sábado, 3 de mayo de 2014

Los planos de una ciudad


En el compendio de crónicas Bogotá (Libros del Náufrago, 2011), Fernando Quiroz traza una cartografía de su ciudad natal a través historias y personajes caídos de los márgenes de un mapa que, según se soñó una vez, contenía a la ciudad de oro.

La leyenda de El Dorado, la ciudad indígena hecha completamente de oro, es todavía una de las gemas ardientes de la multicolorida Santa Fé de Bogotá, la capital colombiana. La abundancia del metal precioso en sus habitantes, sus ríos y sus cerros hizo creer a los conquistadores españoles que, en alguna de aquellas colinas frondosas, en alguno de esos inmensos espejos de agua entre montañas se encontraba El Dorado, la ciudad hecha completamente de oro, que reinaba por encima de todos los caciques que adoraban al sol investidos de poder dorado. La ciudad –una especie de Machu Picchu erigida completamente en oro– nunca fue hallada. Pero en Bogotá, capital de un pueblo creyente y cabalístico en medidas iguales, nadie afirma que no exista, tal vez hundida en la laguna que lleva su nombre.
Bogotá ha crecido al sol y a la sombra de su leyenda nunca ahuyentada –no casualmente, el aeropuerto de la ciudad se llama El Dorado– en un terreno difícil y un destino nacional asociado al orden administrativo y financiero de uno de los países más desiguales y con menor desarrollo capitalista del mundo occidental. Bogotá, también, ha visto desarrollar sus calles y carreras en dirección norte y sur, este y oeste, en pocos años, y se ha descubierto a sí misma como un centro de atracción turística en la ardua tarea que ha iniciado el Estado colombiano por sacar de encima de su reputación internacional el fantasma del narcotráfico.
Bogotá es el baño dorado de una nación pobre y carcomida por la violencia de una guerra interna que lleva más de medio siglo y que en Bogotá (Libros del Náufrago, 2011), del cronista Fernando Quiroz, aparece explicada en una línea: “…todo se jodió después de que mataron al doctor Gaitán”. El autor de la frase de contundencia histórica irreprochable es un borrachín vago y reaccionario que lava su alma yendo a la misa de la Iglesia 20 de julio, al sur de Bogotá, y que responde al nombre de Gustavo Arévalo. Será a través de estos personajes que son el lecho del lago donde todavía se sueña con El Dorado.    
En estas crónicas reunidas, la obra de Quiroz se descubre como una cartografía huidiza y saltimbanqui de una ciudad de mil caras que conviven en una superficie de edificios relucientes y coches asiáticos y un bajofondo de jóvenes educados a bazuco y arma blanca –como la desdichada protagonista de La mujer del prójimo–, gente que pasa sus días en la calle –como Jairo Gualdrón, que lleva Una vida de mierda– o vive de trabajos infames como la cremación humana o la prestación de servicios religiosos sin otra convicción que la que da el dinero. Quiroz sabe que la ciudad es lo que esconde y allí está él, recorriendo los barrios de El Chapinero, Usaquén o La Soledad no como recorrido de pintoresquismo romántico sino como escenarios necesarios para un puñado de historias que salen solo después de remover unos trastos, en los depósitos del Museo del Oro, La Quinta de Bolívar o alguno de los demás centros de atracción turística de la ciudad. Sus historias también le sirven para hablar de las creencias religiosas de los bogotanos (El Divino Niño), la violencia institucionalizada (La mujer del prójimo, El patio de los locos), la precariedad económica de todo un pueblo (Tardes de Leonel, “Nuestra patria es el cielo”) o el irrenunciable y trasnochado optimismo del bogotano medio en De inventores y quijotes, una crónica que recuerda a El cartero llama mil veces, el texto que Gabriel García Márquez dedicó al servicio de correos de la misma ciudad en 1954.

Echando mano del ritmo aletargado y húmedo de esta ciudad en la cima de la leyenda de prosperidad inhóspita de Colombia, Quiroz describe en forma contundente, no abusa del diálogo y solo hace uso del habla coloquial cuando la narración lo requiere, exceptuándonos de la visita etnográfica y la mirada extrañada. Quiroz es él mismo uno de los personajes que pinta y por eso, a pesar del espanto de la pobreza y de la muerte, la violencia y la desesperanza, se toma su tiempo y sus páginas para dejar que su amor por Bogotá brote como un manantial dorado a través de los aromas en Suma de mis olores, los sabores en la hermosa Cadáver exquisito o haciendo gala de la reputación bohemia de la ciudad en Tarde de perro.
                                                                                                  
                                                                                                     Luciano Lahiteau

La entrevista como excusa



Cuando fue entrevistada para el ciclo Audiovideoteca de Escritores, María Moreno planteó: “Yo parto de una desgrabación. Compaginar, seleccionar, hacer el montaje, ya ponen en cuestión la autoría del texto. No creo que el reportaje sea un género de la verdad pero, al mismo tiempo, sin la mirada del escritor, ¿qué autonomía puede haber de ‘los hechos’?” La pregunta adquiere relevancia sobre todo en Vida de vivos, el volumen que compila veintisiete textos preparados por Moreno de sus encuentros, desde los años 70, con una fauna cultural variopinta compuesta, entre otros, por Jorge Porcel, Tomás Abraham, Martín Karadagian, Sara Facio y Blanca Cotta.
Decimos que los textos son “preparados” porque, por un lado, se trata de entrevistas glosadas en las que la periodista y crítica no se limita a alternar preguntas y respuestas sino que introduce reflexiones sobre la posición de algunos de sus interlocutores en el campo cultural, análisis de tics y obsesiones exhibidas durante el encuentro, o bien da cuenta de aquellos detalles que a la voz desgrabada se le escapan. Pero, al mismo tiempo, la autora incluye en algunos textos una suerte de “memoria de la entrevista”: una mirada retrospectiva en la que María Moreno misma re-observa a sus personajes e, incluso, a ella misma en tanto entrevistadora.
A pesar de estar dividido en tres secciones de extraña titulación, Vida de vivos forma parte de esa generosa estirpe de libros que invitan a leer en desorden. Y ahí reside la grandeza del trabajo de Moreno: no hay personajes aburridos (o, en todo caso, la presuposición de ello puede ser absolutamente desarticulada) sino conversaciones mejor o peor logradas. Hay que creerle a la entrevistadora cuando comienza su encuentro con Silvina Ocampo diciendo que se enamoró de ella, sobre todo cuando Ocampo se empeña en respuestas llenas de imágenes infantiles, juegos de palabras y figuraciones románticas que la convierten en uno de los personajes menos interesantes del libro. No es lo que sucede con María Inés Mato, la nadadora de aguas abiertas, y sus contestaciones alucinadas, en las que la práctica de la natación se transforma en una verdadera (así la llama Moreno) performance política.
Además de su comentario de los hechos in situ, Moreno aparece, primero, en la introducción titulada “Entre nos”, una remembranza fabulosa (a la vez que sólida crónica de época) de sus primeros pasos infantiles como “preguntadora” en la que luego teoriza sobre las diferentes posibilidades que el género del reportaje permite (“lo ideal para hacer una entrevista es no saber nada sobre el entrevistado y mucho menos haberlo entrevistado antes con éxito”), a la vez que expone algunas actitudes que el entrevistador puede utilizar como estrategias de acceso al diálogo (el hacerse el tonto o los silencios, por ejemplo).
En la última parte, “Militantes”, se dan cita tres personajes que restituyen, por medio de la voz, su propio cuerpo como espacio de disputas (institucionales, clínicas, educativas). Personajes a los que Moreno hace hablar mucho y a través de los que da forma a un fresco complejo de luchas de poder, escenarios político-jurídicos, e imaginarios sobre la enfermedad y los géneros. Aquí, más que en las dos primeras partes, Moreno construye tres retratos que, sin opacar la palabra de Lohana Berkins, Mauro Cabral y Gabriela Liffschitz, agregan densidad (y fuerza dramática, por momentos) a esas historias de vida.

Vida de vivos es, entonces, una deliciosa colección de confesiones, frases para el bronce y recuerdos en la medida en que la mirada de la entrevistadora también lo es. Más que insistir en lo difuso de los límites entre ficción y realidad (muchas décadas de giro lingüístico y posestructuralismo ya han discurrido sobre ello), el trabajo de María Moreno obliga a revisar los modos en que el periodismo y la crítica construyen personajes, en que el entrevistador deja sus huellas en un reportaje, y en que, a partir de una voz o un intercambio de voces, es posible construir un cuerpo, una biología que se deja atravesar por una época.
                                                                                             Fernando Ojam