sábado, 22 de noviembre de 2014

El hacker que no fui


«Andá con cuidado», me dicen antes de salir. Pero estoy muy apurado, el cielo amenaza con una tormenta de primavera y no tengo tiempo para explicarles que no hay nada de lo que cuidarse.  Lo sé porque cuando tenía 14 años cayó en mis manos un ejemplar de una revista de computación que ya no se edita. Por aquel entonces, la tecnología llegaba a mi casa con delay: Windows 3.1 cuando Windows 95 inundaba las PCs de escritorio, acceso a internet por dial up cuando la banda ancha explotaba en velocidades y ofertas. Y yo, que recién empezaba el secundario, quería saberlo todo y empecé a leer y releer esa revista del mismo modo en que se leen esas novelas de iniciación que nos ubican en el mundo y nos hacen enfrentar a nuestra insignificancia.
Coleccioné aquella revista durante dos, casi tres años. Estaba impresa en colores brillantes, adentro el papel era de textura mate, suave pero resistente, y la cantidad de páginas era exagerada para aquel período de devaluación y crisis económica. En las tapas solían aparecer chicas jóvenes y voluptuosas que posaban, con algún disfraz que siempre implicaba la menor ropa posible, “ilustrando” el tema de la nota de tapa. Hoy, más de diez años después, puedo entender que ese gesto editorial encerraba, más que una cosificación de la mujer, una ironía perversa: ponía enfrente del geek que leía la revista (y ese era, sin duda, su lector ideal) al imposible objeto de deseo, la chica desnuda que se cachondeaba con lo tecnológico. El contenido oscilaba entre artículos para usuarios principiantes y avanzados, high-tech y soluciones caseras a problemas de hardware, análisis comparativos de software y una gran pila de saberes sobre los que yo no tenía ni la más remota idea, como el sistema Linux. Sin embargo, había un fantasma que recorría, muchas veces en silencio, todas esas páginas: el hacker.
Cuentan que los primeros hackers no nacieron en los laboratorios del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT) sino dos años después de que Alexander Graham Bell inventara el teléfono. En 1878, un grupo de adolescentes que habían sido contratados para maniobrar los paneles de control de la red telefónica de Nueva York, fueron echados por la compañía porque les pareció más interesante descubrir cómo el sistema funcionaba antes que conectar y redirigir las llamadas al lugar correcto. Los hackers informáticos sí aparecieron a mediados del siglo xx, cuando las computadoras, controladas por un exclusivo grupo de profesionales llamado “El Sacerdocio”, eran enormes bóvedas de metal enclaustradas en condiciones de temperatura adecuadas que costaban millones de dólares por unidad. Los “sacerdotes” se encargaban de administrar los turnos para que los estudiantes del MIT pudieran hacer uso de las computadoras.
Por entonces, se decía en el Instituto que los estudiantes se dividían en tools y hackers. Los tools eran los alumnos de 10 que, si no estaban cursando, estaban en la biblioteca estudiando, mientras que los hackers casi nunca iban a clases, dormían durante el día y se pasaban toda la noche concentrados en alguna actividad no académica. Además de gigantescas, las primeras computadoras eran lentas y de uso engorroso y los primeros hackers fueron aquellos que, guiados por un espíritu de exploración, buscaron el modo de mejorar su rendimiento. Desde ese momento, existen dos grandes relatos históricos sobre los hackers: sombreros negros y sombreros blancos.
*

En octubre de 2011, un grupo de amigos, militantes y compañeros hacktivistas que se conocían de iniciativas como el Partido Pirata y Once Libre consiguieron que la Biblioteca Popular de Barracas les prestara su salón de usos múltiples para desarrollar los encuentros del espacio HackLab. Once Libre hoy ya no existe. Funcionaba en el tercer piso de un antiguo hotel en el que Carlos Gardel, dicen, habría cantado una vez. Sus fundadores, el grupo Articultores, proponían el cruce comunitario entre arte y huertas urbanas. Luego de conseguir el permiso gubernamental para el uso del piso, llegaron al ex hotel y encontraron ratas, gorriones, ventanas rotas, manchas de humedad y botellas de vino por doquier. Instalaron conexiones de agua y electricidad y convirtieron medio siglo de abandono y decrepitud en una galería clandestina de arte contemporáneo y una residencia de artistas nacionales y extranjeros, hasta que un conflicto con la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas derivó en su desalojo.
Antes de que cualquiera de los participantes del HackLab de Barracas llegue ya hay dos chicos de diez y once años jugando a la pelota en el pequeño parque que forma parte de los terrenos de la biblioteca. Si bien son las cuatro y media de la tarde y el HackLab arranca a las cuatro, esperan, sin prisa, porque saben que alguien ya llegará. A los quince minutos están ambos, Nicolás y Facundo, arrimados a la larga mesa que está en el centro del salón de usos múltiples, desarmando un reproductor mp3. Tienen una caja de herramientas que ellos mismos localizaron apenas entraron al salón. Ninguno de los dos titubea, revisan los destornilladores y se meten con el reproductor como si de algo habitual se tratara. Uno de los hacktivistas tiene un ojo en ellos y otro en el manojo de cables de la MacBook que traía en su morral. Se corre los rulos castaños que le tapan la vista y les explica:
–Hay que atarlo, soldarlo y… Ahora me fijo si tienen estaño. Chicos, ¿se animan con el estaño?
–Dale.
–Che, ¿y cómo se les rompió?
–Jugando a la pelota.
De a poco van llegando más miembros del espacio. El procedimiento es siempre el mismo: saludan, bromean, sacan su portátil y la enchufan a alguna de las tantas zapatillas que hay conectadas. A esa mesa comunal, que pronto estará atestada de cables enmarañados, cilindros de estaño, reuters y cargadores, la rodean paredes blancas con pancartas, flyers y advertencias. Uno de ellos, en colores verde y rojo chillones, anuncia la apertura de un bar autogestivo en San Telmo; otro convoca a “TRAER BASURA BIODEGRADABLE”; está también por ahí pegado el diseño del barco pirata, logo de The Pirate Bay; y un cartel en blanco y negro con resaltados en rojo reza “HARDWARE OBSOLETO. SI ANDA, NO LO DESARMES. Si lo trajiste sin andar, pegale un cartel explicando por qué no anda. Si lo vas a usar después, pegale un cartel explicando para qué. Si lo vas a usar, preguntá si nadie lo está usando. Si lo probaste y no anda, separalo para desguase o tiralo. Si lo moviste, ponelo donde estaba. Si te lo vas a llevar, CONTRIBUÍ CON OTRA COSA.” Al fondo del salón, dos cortinas azules apenas cubren un enorme depósito, allí yace la acumulación originaria del HackLab: una mina de hardware en la que algunas cosas funcionan, otras no y a otras habrá que darles un par de tornillazos.
Mientras algunos están compenetrados con sus notebooks y conectan y desconectan cables de los routers, dos de los participantes salen un momento y vuelven con una bolsa de supermercado: yerba, agua tónica, bizcochos agridulces, galletas de avena y paquetes de cigarrillos. Son (hasta ahora) todos varones y parecen poco acostumbrados a que los entrevisten; cuando les pregunto si el hacktivismo les ha traído algún problema serio, Max, con ojos saltones y con algo de pudor, responde: “estamos llenos de problemas en serio, ninguno que tenga que ver con este espacio. Un problema en serio es que me estoy quedando pelado”.
–¿Hace cuánto formás parte de HackLab?
–El HackLab está hace tres años. Antes no había HackLab, la gente se juntaba pero no era HackLab. Yo estoy hace tres años también. Los conocí a los chicos por un espacio que se llama Buenos Aires Libre. Fui un tiempo, seis meses, y vi que no pasaba nada. Es un espacio que arrancó en el 2001 y buscaba armar una red alternativa de internet con antenas. Yo cuelgo una antena en casa, la conecto con una antena en tu casa, tipo radioaficionados, pero con internet, para armar una red en caso de emergencias. En los seis meses en los que estuve nunca vi que nadie arme una antena y la primera vez que vi que alguien arme una antena fue acá. En una vuelta cruzamos los espacios: la gente del Buenos Aires Libre vino a hacer algo acá, cuando el espacio estaba recién arrancando y vi que acá se laburaba y me vine para acá.
Avanza la tarde y el grupo aumenta. En una notebook minúscula, Aza, el único del grupo que no usa anteojos, explica el funcionamiento de Wifislax, una distribución de Linux orientada a la seguridad de redes. “Si el vecino paga 7 megas de internet y se la pasa laburando o mirando tele y cuando se conecta lo usa para giladas, es deber nuestro zarparle el wifi y compartirlo con quien lo necesite” explica uno de los hacktivistas. Según su página web, “el objetivo del hacklab es ser un espacio donde se subvierte la tecnología y se exploran sus posibilidades liberadoras, experimentando con tecnología, compartiendo conocimiento y buscarles posibles aplicaciones o usos no convencionales”.
Fauno es otro de los primeros que llega. Me muestra un ejemplar de El manifiesto telecomunista, una compilación de artículos de Dmitry Kleiner, un libro traducido y editado desde el colectivo editorial En defensa del software libre: “teníamos un artículo que había escrito yo sobre neutralidad tecnológica y las licencias del software libre, y un montón de artículos que estábamos traduciendo o queríamos traducir, y pensamos en publicarlos en una revista. Ahora ya vamos por el tercer número y en el medio también sacamos este libro.”
–¿Hay otros espacios de encuentros de hackers en Buenos Aires?
–Hay un par de espacios pero más que HackLab son HackerSpaces, nosotros le damos una vuelta más hacktivista al asunto. Se comparten muchas cosas, qué sé yo. Pero son políticamente distintos. Acá no cobramos ninguna cuota y no tenemos una jerarquía, no hay fundadores. Tampoco es una meritocracia.
–¿Tenés formación en informática?
–Yo soy programador, estudiaba Antropología y la dejé. Estaba bueno, pero me aburrí. Tuve mi computadora de chico, aprendí a programar de chico.
–¿Y cómo te acercaste a la parte política del hacking?
–Fueron intereses mezclados. Por lo menos para mí siempre fue familiar, mis viejos fueron militantes. Pasé por otros lugares. Siempre discutimos entre nosotros y hacia otros grupos que hay una apropiación de la tecnología que no es tecnocrática, que no vamos a resolver el mundo inventando algo de software pero sí podemos generar una tecnología que sea para nuestros fines. Siempre discutimos la vigilancia, la biometría, las cámaras de seguridad…
*

-          Él encaja perfectamente con el perfil. Es inteligente, pero de bajo rendimiento; alejado de sus padres; tiene pocas amistades. Ejemplar caso de reclutamiento soviético.
-          ¿Y qué dice eso sobre el estado de nuestro país, eh?
-         
-          Quiero decir, ¿tiene usted alguna idea de por qué un chico brillante como este pondría en peligro las vidas de millones?
-          No, señor. Él dice que hace estas cosas para divertirse.
(WarGames, 1983)
Estalló en la noche del último día de agosto. En uno de los foros de 4chan, un sitio web compuesto por tablones de imágenes subidas por usuarios anónimos, comenzaron a postearse fotos privadas. Todas mujeres. Actrices, cantantes, modelos, socialites. Los abogados de algunas emitieron a los pocos días comunicados en los que confirmaban la veracidad de las fotografías. Otros la desmintieron. Y unos terceros la desmintieron y, a los pocos días, la confirmaron. Para la mañana siguiente a la filtración, ya había un sospechoso, carne fresca para la ciberjusticia.
–Lo que hicieron es vulnerar un servicio de iPhone, un servicio en el que vos sacabas una foto y automáticamente se alojaba en la nube. Por lo general, cuando te logueás a un sitio web, ponés tu usuario y tu contraseña y tenés tres oportunidades para poder entrar sin que se te bloquee la cuenta. Ese método se utiliza para protegerse de un ataque de fuerza bruta: probar todas las combinaciones de contraseña posibles hasta encontrar una con la que pueda acceder a una cuenta. Lo que falló, aparentemente, es eso. Se podía probar infinidad de veces la contraseña y no había ningún bloqueo ni restricción. Cuando enganchaban la contraseña, sacaban todas las fotos.
A la filtración le siguió la condena moral de la comunidad artística. Jennifer Lawrence, una de las afectadas, dijo en una revista que “cualquiera que mire esas fotografías estará perpetuando un delito sexual”. Algo parecido a lo que tuiteó la guionista y actriz del indie Lena Dunham: “Recuerden, cuando miren esas imágenes estarán violando a estas mujeres una y otra vez. No está bien.” A lo que aclaró: “En serio, no olviden que la persona que robó estas imágenes y las filtró no es un hacker: es un agresor sexual”. La distinción tiene resonancias con el carácter extremadamente ambiguo que el término hacker ganó en el inconsciente colectivo las últimas décadas del siglo xx. La diferencia entre “hackers de sombrero negro”, aquellos que aparecen en los medios de comunicación como criminales informáticos, anarquistas que utilizan sus conocimientos para allanar sistemas “seguros”, y “hackers de sombrero blanco”, curiosos que utilizarían la tecnología para comprender e informar.
Hace unas semanas, en una de las oficinas porteñas de una empresa de seguridad informática, descubrieron una vulnerabilidad. Cualquier servidor que corriera bajo el sistema Linux corría peligro de ser explotado por un hacker, y hacer lo que éste quisiera: transferir bases de datos, borrar un sitio web entero, apagar el servidor mismo, pasar los datos de sus clientes. Todo por una pequeña vulnerabilidad del sistema, una pieza llamada “bash”, el intérprete de comandos. Cuando Maximiliano Cittadini, uno de los especialistas del área, se puso a investigar cómo la vulnerabilidad estaba siendo activamente explotada, encontró un grupo de hacking que conectaba cada servidor allanado a una sala de chat, desde la cual mandaba comandos a todos los servidores a la vez. En la sala de chat había 280 servidores bajo el control de ese grupo.
–¿Cómo empieza una vulnerabilidad?
–En realidad empieza por alguien que la descubre. En la parte de seguridad, tenés mucha gente que hace investigación. Hay gente que corre atrás del fuego y gente que investiga, que es un laburo mucho más proactivo. Te agarran y te dicen “vamos a sacar al mercado este celular”, uno lo agarra y se fija por dónde se puede atacar, cómo, y se van descubriendo cosas. Hay cosas que se descubren antes de que salga a la venta y cosas que se descubren después. El problema está en las últimas. Hay un mito que dice “Windows es una porquería, Linux es súper seguro, no tenés ni un problema”. La vulnerabilidad de hace unas semanas fue en Linux. O sea, el sistema operativo que era súper blindado, al que no le podía pasar nada, tuvo la vulnerabilidad más fácil de explotar en 26 años de historia. Entonces, detrás del mito de que Windows no sirve y Linux es muy bueno, te encontrás con que todos los servidores de internet están basados en Linux porque se creen que son más “seguros”.
En la primera década del 2000, cuando Maximiliano empezó a desarrollarse como analista de seguridad informática, hablar de un “virus” o del “ataque de un hacker” era hablar de un chico muy inteligente, con muchos recursos a su alcance, que estaba en los primeros años de universidad o acababa de salir de la educación media y programaba virus para ver cuántas máquinas infectaba o qué red era capaz de demoler. El spring break del hemisferio norte, las vacaciones de primavera, era la gran época de software malicioso y virus. En aquel tiempo, si un virus se detectaba en Japón, podía tardar 12 horas en llegar a la Argentina. A meses del cambio de milenio, el virus Melisa, que circulaba a través del archivo adjunto de un correo electrónico, logró que las oficinas de Microsoft tuvieran que cancelar temporalmente la recepción de e-mails. El virus recibió su nombre de una bailarina exótica de Florida con la que su creador, David L. Smith, estaba obsesionado.
–¿Por qué hackers y por qué crackers?
–Hackers y crackers son dos cosas totalmente distintas. El cracker por lo general rompe. Incluso cuando nombrás la palabra: crack. Agarra algo y lo rompe. El término cracker se utilizó para referirse a quienes rompían el sistema de validación de licencia de un software. El hacker se asocia a la investigación. El hacker lo que busca es saber cómo funciona algo o cómo sacarle un mejor provecho a lo que está utilizando. Dentro de los que hacen hacking, tenés los que hacen ethical hacking, que buscan la vulnerabilidad para sustentarla, y los que buscan la vulnerabilidad para aprovecharla. Va todo por la ética de cada uno.
–¿Un analista de seguridad informática es un hacker?
–Cuando querés saber cómo funciona una vulnerabilidad, te tenés que poner el sombrerito de hacker y probar el alcance, cómo te afecta, cómo afecta a tus productos y cómo afecta a tus clientes. Entonces, hay veces en que sí, en las que hago mucho ethical hacking. Y lo bueno es que a veces lo usamos como laboratorio. Nosotros en realidad tenemos que hacer exactamente lo opuesto: proteger todo. Pero para saber proteger tenés que saber cómo piensa el atacante. Vos tenés que saber cómo va a pensar el atacante para poder ir blindando las cosas que necesitás proteger.
–¿Y el atacante por qué ataca?
–Depende de la motivación. Hay motivaciones que tienen que ver con lo económico. Otras que tienen que ver con el activismo. El activismo es una rama que se empezó a ver y a hacer popular hace seis, siete años. Tiene que ver con expresar una idea a través del hacking. Por ejemplo, Anonymous tiene que ver con esa rama del hacktivismo. Hace unos años, cuando estaban sancionando la Ley de Minería a Cielo Abierto, el grupo de Anonymous de Argentina empezó a bajar y atacar páginas de minerías. Entonces, eso es una forma de activismo. ¿Cuál es el rédito que tienen? Ninguno, en realidad quieren hacer escuchar su voz y nada más que eso. Después tenés el rédito económico, como en todos lados.
Cuando los programadores de virus con nombres de mujer se dieron cuenta del alcance que un virus tenía, comenzó la búsqueda de rédito económico. Mientras los hogares del 2000 se sumían en la fantasía de más y más megabytes de banda ancha, el spam se convertía en la gran ofensa de los mercaderes contra la tan anhelada seguridad de los usuarios full-time de internet. Y un día las personas, con voto de confianza o no, empezaron a ingresar sus números y claves de tarjeta de crédito, empezó a pagar sus cuentas por homebanking y transformaron a E-bay, Amazon y MercadoLibre en los mega-shoppings del ciberespacio. Los novísimos virus bancarios lograban, alterando los sistemas de homebanking, que las combinaciones de usuario y contraseña viajaran hacia el atacante, al que sólo le restaba hacer las transferencias de dinero a su antojo. En el 2004, Jason Smathers, empleado de AOL, robó los datos de 92 millones de clientes de la compañía y los vendió a grupos de spammers.
–¿Tenés formación en informática?
–Mi formación es autodidacta, ir y leer cosas que me interesan. Obviamente arranqué de muy chico leyendo. En ese momento todo el material no estaba tan disponible como ahora, tenías que leer muchas cosas en inglés. Era ir y hablar con alguien a ver si le pasó o si sabía de algo. Por lo general, sentarte con personas que sabían más que vos para ir aprendiendo más. Después entré en el colegio secundario, hice un industrial porque el tipo de cosas que me gustaban eran de ese estilo. Ahí me metí con electrónica porque la computación no existía como carrera grande. Recién en los últimos años veíamos algo de internet; tenías que estar muy amigo del rector para que te deje usar una conexión a internet. Te estoy hablando del año 97. De ahí fue leer, leer, leer las cosas que te interesan. Y esa es mi formación: leer e ir investigándolo. Fui dos años a Ingeniería Electrónica en la UTN y me equivoqué porque no me gustaba tanto como creía.
Hoy, la diferencia entre un password de seis caracteres en minúscula y uno de nueve caracteres que combine minúsculas, mayúsculas, letras y números reside en el tiempo que un hacker tardaría en descifrarlo: 10 minutos y 44.530 años, respectivamente. Temerosas de cualquier grieta de software por la cual puedan meterse intrusos, la mayoría de las empresas cuentan con un sistema de premios o recompensas para quien encuentre vulnerabilidades. Los investigadores pueden optar por adentrarse en un software o hardware, avisarles a las empresas y ser recompensados; o hacer pública la vulnerabilidad, sin explicar cómo se hace y después avisar a la empresa cómo resolverlo; o bien vender esa vulnerabilidad en el mercado negro y que otro la utilice para explotar la falla.
–La seguridad informática es imposible entonces…
–Obvio, se trata más bien de qué riesgos estás dispuesto a asumir. Lo cierto es que, a partir del acceso a Internet, vos asumís un riesgo y si no sabés mucho, podés perder tu identidad online en todo momento. Parte de nuestro objetivo es minimizar esas cosas y a las personas les toca la parte más difícil que es educarse. En seguridad informática, hay algo que se llama awareness, concientización, que se dice es la parte más difícil. Implica llevar todos los aspectos tecnológicos a términos súper simples para que cualquiera los pueda entender. Utilizar términos pedagógicos para que las personas lo entiendan, lo asimilen y lo utilicen. Y aun así, después vas a ver que en las oficinas se gritan las contraseñas de un escritorio al otro. Entonces la seguridad se la pasan por cualquier lado y eso después trae consecuencias.
*

El protagonista de WarGames (1985), David Lightman, era algo parecido a aquellos míticos estudiantes del MIT, esos que casi nunca iban a clase y dedicaban la mayor parte de su tiempo a averiguar cómo es que las computadoras funcionaban. Sólo que David era un estudiante de secundario, vivía en los últimos años de la Guerra Fría, y ya tenía en su casa una minicomputadora. Cuando se entera de que existe un juego llamado “Guerra Termonuclear Global”, logra acceder a WORP, una supercomputadora del gobierno federal dedicada a operaciones bélicas, sin saber de quién depende WORP ni que el juego es, en realidad, un simulador de guerra nuclear. WarGames se convirtió en un film de culto e introdujo la figura del hacker dentro de la cultura mainstream norteamericana: mitad héroe, mitad criminal, o cuáles serían los peligros de llevar la curiosidad a algunos extremos.
En la habitación de 6 metros cuadrados que Walrus tiene en un edificio de Boedo, hay tres computadoras (dos portátiles y una de escritorio), una impresora láser, cables gruesos que no terminan en ningún lado, y varias pilas de libros y revistas junto al escritorio en ele que recibe la luz del ventanal que da a la Avenida Independencia. Walrus no es David Lightman, tiene casi cuarenta años y no le interesan (ya) los videojuegos.
–A mí WarGames me encantó. La disfruté a lo loco, pero tiene esa cosa terrible de representar a los hackers en términos de ambigüedad moral que no me cierra. Los yanquis no lo pueden hacer de otra forma. Viste que si aparecen hackers en una película y no hacen el mal, no se los llama hacker en ningún momento.
–¿Puede ser por la distinción que inventaron entre los hackers de sombrero negro y los de sombrero blanco?
–¡Pero eso es un cuento también!
A Loyd Blankenship se lo conoce más popularmente como The Mentor. Durante los años 70 y 80 formó parte de élites de hackers, los primeros grupos —estimulados sobre todo por la aparición de las computadoras personales— que se organizaron para compartir información y recursos, y hoy es una leyenda viva, a la que se recuerda por el manifiesto hacker que escribió en 1986, luego de ser arrestado. Aún hoy, las razones del arresto son un misterio (“justo estaba en una computadora en la que no debía estar” comentó una vez). Aquel texto, “La conciencia de un hacker”, dice en sus dos párrafos finales:
Sí, soy un criminal. Mi crimen es el de la curiosidad. Mi crimen es juzgar personas por lo que dicen y piensan, y no por cómo lucen. Mi crimen es ser más listo que ustedes, algo por lo que nunca me van a perdonar.
Soy un hacker y este es mi manifiesto. Quizá detengan a este individuo, pero no podrán detenernos a todos. Al fin y al cabo… todos somos parecidos.
Walrus tiene el manifiesto de Blankenship enmarcado y colgado en una de las paredes blancas de ese centro de operaciones. Cuando le pregunto por el texto, mira el cartel con extrañeza, como si no recordara haberlo puesto ahí.
–Me interesaban… me siguen interesando, bah, esas grandes declaraciones de los primeros que entendieron el hacking como una herramienta que trascendía los chiches, las computadoras y la tecnología. Tampoco eran tan grandes, ok. Justamente son concisas, como ese manifiesto, y eran algo revolucionario por el modo en que lo expresaban.
–Y del hacktivismo actual, ¿qué pensás?
–No me interesan. Hablan mucho, pero no sé muy bien qué hacen. De cualquier manera, exagero. No digo que no puedan existir hackers que trabajen con audacia, pero me parece que la cultura hacker ya no responde a un núcleo. Es algo disperso. Yo hablaría de los hacktivismos actuales. Qué palabra horrible, además.
–¿Por qué?
–Porque el hacking es activismo.
–¿Cualquier hacking?
–A ver, cualquier exploración que tenga como objetivo pensar de otra manera, ver las cosas de otra manera… eso para mí es hacking.
En septiembre de 2013, a veinte cuadras del piso en Boedo de Walrus, la Policía Federal llevó a cabo la “Operación Zombie”, que demoró un año de investigación y produjo la detención in situ de un chico de 19 años. El “súper hacker”, como los medios lo llamaron, estaba acusado de ser la cabeza de una banda de hackers que realizaban fraudes electrónicos internacionales. En YouTube se puede ver la grabación en video del allanamiento: un Proyecto Blair Witch del Estado contra los hackers de sombrero negro.
–¿Está casado?
–Sí.
–…
–Es una profesora de inglés y no hay mucho más que contar.
–¿Hijos?
–Sí, y es lo único que te voy a responder sobre eso.
–¿Y ella sabe que vos sos hacker?
–Claro que sí. Creo que es como un orgullo secreto que tiene ella. Lo cierto es que es una especie de conexión que tengo con las cosas del mundo que necesito pero con las que no me quiero involucrar: tener una tarjeta de crédito, por ejemplo.
Pienso en Richard Stallman, otra leyenda viva de los hackers. Stallman fue uno de los principales desarrolladores del Proyecto GNU, un sistema operativo basado en Unix, cuyo fin era otorgar a los usuarios el control y la libertad de uso sobre los materiales informáticos: ejecutar, compartir, estudiar y modificar software. Hasta hoy, Stallman continúa trabajando como rabioso activista full-time de la cultura libre. Tampoco tiene tarjeta de crédito, ni celular, ni cuentas en redes sociales; da nombres falsos al momento de comprar pasajes y pide que no etiqueten sus fotos en Facebook.
En las pilas de revistas y libros de Walrus, que llegan a la altura del escritorio, como si este se continuara en esos ejemplares, hay más literatura de ficción que libros de informática. Hay ediciones de Jorge Luis Borges, Paco Urondo, Rodolfo Walsh y Adolfo Bioy Casares. Y también autores extranjeros: Philip K. Dick, Clarice Lispector, Paul Auster y Raymond Carver. Debajo de todo están las revistas. La mayoría en inglés.
–Todos los hackers que conozco siempre empezaron por algo así [el caso del “súper hacker”], medio tonto. Uno sabe cuál es la belleza del hacking pero lo primero que hace es poner en crisis una red, si es de una autoridad, mejor. Es una etapa adolescente en el hacking, jajaja. Pero tampoco quiero pensarlo así porque eso implicaría que después viene una madurez y yo no sé si la idea de un “hacking maduro” es potente.
–Cuando empezó tu interés por el hacking y la informática, ¿eras adolescente?
–Era adolescente, estaba terminando el colegio secundario y llegó a mi casa la primera computadora, a principios de los noventa. Me volví loco. Estuve, no sé, dos meses, tres meses sin salir de mi casa. En ese momento no era como ahora que uno pasa por un local de electrónica y ve 500 notebooks de 500 marcas. Uno tenía que imaginarse las computadoras como uno se tenía que imaginar cómo sonaba un disco según lo que dijeran en una revista, mucho tiempo antes de poder escucharlo. A mí me volvió loco tener eso que hasta aquel momento había sido puras palabras en revistas.
–Esa fue tu primera computadora, pero vos ya tenías un bagaje al respecto…
–Leía revistas y en la biblioteca de mi barrio había un par de cosas de computación. Manuales de DOS, esas cosas. Pero era muy complicado leer ese material y después no tener ningún espacio donde aplicarlo y jugar con todo eso que uno leía.
«Andá con cuidado» me dijeron antes de salir. Yo ya sabía, por todas esas revistas que me formaron en mi adolescencia, que no había nada de lo que cuidarse. Pero estaba apurado como para ponerme a explicar la diferencia entre hackers y crackers, entre hackers de sombrero blanco y hackers de sombrero negro, o para señalar cómo nos llegaban representaciones distorsionadas de lo que un hacker es. De todas formas, puedo fantasear con que el hacker que no fui se redime. Si una operación comando derribara la puerta del centro de operaciones de Walrus, se lo llevarían a él, y a mí por cómplice. No habría tiempo de dar ninguna explicación al comando. Quizás Walrus se sentiría un poco como The Mentor. Y yo sentiría que algo de ese chico de 14 años que leía y releía cómo armar una red, aún sobrevivía.
–¿Cómo es que alguien se hace hacker?

–Voy a reformular tu pregunta porque no creo que exista eso de “volverse hacker”. El hacking es un modo, una búsqueda. Es algo que podés pensar sin meter a la tecnología en el medio. Con la literatura, si querés. Leés una novela del siglo xix y le encontrás una vuelta: la podés leer como una novela enloquecida del siglo XX. Ahí estás haciendo lo que te decía: hacking como operación de dar vuelta las cosas.
                                                                                                  Fernando Ojam

Los espigadores urbanos


                                               Orlando
                                               Sole y familia
                                         Sandra Milena y Ricardo

Son las 21:00 en Capital Federal. Los autos hacen ruido mientras circulan por la Avenida Santa Fe. Es invierno. ¡Bah!, eso dice el calendario. Es una noche cualquiera, de esas donde el clima realmente no tiene mucho que ver


***
José Luis
“Soy de Fiorito, de donde es Maradona”

Con su “carro” estacionado y vestido con su traje de rayas verde fosforescente, se encontraba José Luis, un reciclador de Lomas de Zamora quién pidió no ser fotografiado mientras contaba su historia.

En la esquina de la calle Charcas, José Luis había encontrado esa noche, la que sería su cena horas más tarde. Una pizza en aparente buen estado de queso y morrones que yacía sin dueño dentro de la basura de uno de los tachos del lugar.

Acá vos encontrás de todo. Hoy por ejemplo llevo ropa, medias, comida, afirmaba con una emoción única, mientras hurgaba dentro de su costal los objetos que había recolectado hasta el momento.

Con 44 años José Luis asegura que llegó a esta actividad por circunstancias del destino.
Antes yo era oficial especializado de Telefónica, pero tuve una operación en el intestino, de acá hasta acá señala abriéndose la remera y mostrando la cicatriz que tiene en su abdomen.   –Me operaron y a los quince días se me vino la panza, se me descoció. Por eso, laburo en blanco ya no encuentro. Yo soy un tipo juicioso, tengo 11 hijos, 8 mujeres y 3 varones, pero con una sola esposa ¡eh!, cuenta riéndose ante la increíble hazaña de fidelidad con su pareja.

Actualmente, en la ciudad de Buenos Aires existen alrededor de 12 cooperativas de recicladores en funcionamiento. Según el gobierno nacional, se han creado más de 4.500 puestos de trabajo para los cartoneros y recolectores de basura inscriptos.

Estos recuperadores urbanos se encuentran formalizados y mediante el apoyo del gobierno porteño, han mejorado sus condiciones generales de trabajo para resguardar su salud y su seguridad, así como para garantizarles el acceso a una obra social y a los elementos necesarios para cumplir con su tarea, entre los que se encuentran uniformes, bolsones, camiones y colectivos.

Por otro lado, el gobierno afirmó que las cooperativas brindan a la ciudad un servicio público, ya que fueron integradas al Servicio Público de Higiene Urbana en el año 2002. Así mismo, la formalización de los recicladores urbanos logró reducir el trabajo infantil, establecer una nueva logística en el circuito de los residuos y pasar de la separación de éstos en la vía pública, a la clasificación en los Centros Verdes.




Yo trabajo en una cooperativa. Cualquiera puede ser reciclador, cualquier persona que no tenga trabajo puede ser reciclador. Te vas y te acercás a una cooperativa y le decís mirá, necesito el trabajo y ya, tenés que buscarlas. Están ahí en Once o por Retiro también las encontrás. Son un montón de gente, de todas las edades estamos acá.

Dice el adagio popular que “lo que no sirve que no estorbe”, y en este mundo donde todo parece desechable, existen a su vez personajes como José Luis, encargados de darle una segunda oportunidad a aquellos objetos que fueron desechados por la sociedad.

En Francia, muy lejos de Argentina existe otro Luis, cuyo nombre se pronuncia algo distinto, pero que a la larga no termina siendo muy diferente del José Luis de esta historia. Se trata del pintor Louis Pons quién es conocido en el mundo por elaborar sus obras con materiales encontrados y recogidos de la basura. En el documental  Les glaneurs et la glaneuse (Los espigadores y la espigadora) de  Agnés Varda (2000), Pons asegura que los objetos recuperados en la basura son la materia prima de su trabajo, en donde pinta con los objetos y compone con el azar. “Todas esas cosas son mi diccionario. Para la gente, un montón de porquerías. Para mí una maravilla, un montón de posibles, son indicaciones, trazos, que recojo de la naturaleza”.

-Yo en mi casa tengo tres teles, pero porque me los regalaron, acá la gente me conoce y entonces te regalan teles, ropa, cocina, heladeras, calefón, todo eso. Yo dejo esto para el fin de semana que entrego, y ya capaz que tengo tres teles y entonces vendo una.  Por mi casa hay una feria, a tres cuadras de mi casa está, entonces llevo algunas cosas y las vendo allá -cuenta José Luis quién confiesa que su trabajo le genera un ingreso extra, al vender parte de lo encontrado.
-El trabajo es fácil, sólo tenés que lidiar con los del carro que pasan porque te toca decirles ¡Amigo aquí estoy trabajando yo! a veces respetan a veces no, entonces ahí tenés que agarrar y decirles ¡la concha de tu madre, andate de acá! Y ya está y bueno, lo otro es que a veces hay basura que tiene, viste por ejemplo yo voy a sacar las basuras del bar y tienen de todo, pero a nosotros nos pusieron una vacuna, bueno cuatro vacunas para la tuberculosis viste, el gobierno de acá por el olor.
A veces junto el papel y está todo untado de caca de perro también, mirá, me mostraba José Luis, al mismo tiempo que sacaba un papel periódico enrollado de la carreta con excremento canino.  
 – Mirá todos los bollos, toda la mierda del perro, pero por mes te hacés 2000 mil pesos, la gente del sistema nuevo cobra 4500 pesos más el incentivo del cartón que son 2000, entonces cobran 6500 pesos, se gana bien.
Y así transcurre una noche más de trabajo para José Luis, quien asegura que lo único raro que ha visto dentro de las basuras de Buenos Aires, han sido perros y gatos muertos dejados al azar de quién como él, los encuentran a diario en las calles de la ciudad. 









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Orlando
“A mí lo que me gusta es la jardinería, pero yo le “jalo” a todo”


Son las 10:00 en Cali, Colombia y Orlando Mosquera ha estacionado su carretilla en una esquina, para hacer algo de jardinería en un barrio del sur de la ciudad.

Este hombre de 50 años es un reciclador como se dice todoterreno. Es jardinero, albañil y pintor, además de trabajar en el campo, en la finca de su familia ubicada en el eje cafetero. Con una remera azul donde se lee Dos Tigres, pareciera que estas letras le hicieran juego con su garra para trabajar en cualquier “camello” que le salga como él dice.

–Yo antes de las 6:00 ya estoy parado, así como en las fincas que uno se toma el tintico, y a las 6 ya uno tiene que estar en el corte trabajando, pa´que le rinda a uno. Así mismo es el reciclaje, yo primero recolecto y después separo los materiales, la chatarra aparte, el papel aparte, todo va a parte y luego voy y lo vendo en una chatarrería que hay por Cabaza, aunque le confieso que uno se hace más platica con la jardinería, porque uno en un momentico se hace que 50.000 o 100.000 pesitos y es más ligero, en cambio con el reciclaje por ejemplo con el papel, a veces tiene uno que andar mucho y se gana disque 10.000 o 20.000 hasta 30.000 máximo y vea, a mí esa carretica con la que hago el reciclaje, me costó así barata, barata, unos 50.000 pesitos y eso que la compré por allá en el centro.

Para 2014, el gobierno nacional de Colombia decretó que el salario mínimo legal vigente quedaría fijo en unos $616.000 pesos colombianos, un equivalente aproximado a unos 300 dólares, con los que sobreviven hoy por hoy millones de familias colombianas.

Sin sueldo fijo y sin casi ninguna garantía o subsidio que los cobije, los recicladores del país de Gabo no viven un cuento de mariposas amarillas, sino que es la soledad quién los acompaña en esta dura y desagradecida labor.

–La gente ve las carretas y le coge rabia a uno, usted sabe que hay manes viciosos y pues por unos, pagamos todos, porque hay muchos que andan con esas carretas es haciendo daños, entonces la gente lo lleva en la mala a uno y cree que todos somos iguales y no, ese trabajo a veces es una deshonra porque a uno lo ven mal. Yo trabajo en eso por la necesidad y pues porque ya uno está viejo y si no por mí yo me buscaba otro trabajo y dejaría éste.

Acompañado de “Niño”, un perro de facha parecida a la de Ayudante de Santa de Los Simpsons, don Orlando recuerda el día que se lo regalaron y cuenta que se lo dio un vecino de la misma cuadra donde nos encontrábamos haciendo la entrevista.








–A Niño me lo regaló el doctor de aquí de la veterinaria, cuando se me murió el mío. El mío se me murió ahí –explica, señalándome diagonalmente a donde nos encontrábamos. – Ahí cayó, ya tenía muchos años, veinte, le dio esa taquicardia sí o no, y dio la vuelta y ¡tras! cayó muerto, estiró la pata y ahí al otro día fui y lo enterré por allá por la 14 y pues el doctor se dio cuenta que se me había muerto el perro y me trajieron ese así chiquitico y desde ahí ando con él. Yo a Niño lo acostumbré a subirse a la carreta, yo le digo súbase y bájese y cuando vamos caminando él no se tira, él se va ahí quietico, antes le gusta subirse porque como ahora está gordito entonces se cansa más, así que ahí lo llevo.

Este hombre de dentadura ausente pero con una pasión y verraquera presentes, afirma que nada es difícil y que por el contrario, su trabajo es una bendición.
–En esto todo se lo va encontrando uno botado, uno se puede encontrar que zapatos, a veces la gente le regala a uno ropita o lo llaman a uno y le dicen, vea llévese todo ese cartón y así, le gente le guarda cosas a uno y si no, pues me voy pa´ otros barrios, me voy pa´allá pal Ingenio, pa´ La Ciudadela Comfandi, me ando por todos esos barrios como El Guabal, Panamericano así que no me quejo patrona, esto es lo que hay.

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Sole
“Lo más difícil de este trabajo es no conseguir nada”


Cayó una manzana de la bolsa de un hombre que hurgaba dentro de la basura de un kiosko de Capital Federal. La fruta rodó y pronto llegó a las pequeñas zapatillas blancas de Camila, la hija menor de Sole, una recicladora de 26 años de la ciudad de Pilar.

Esta rubia de ojos verdes ha salido esta noche en compañía de sus tres hijos, Pablo, Lucas y Camila a buscar objetos abandonados.

–Yo salgo a buscar ropa para mí y para los chicos y siempre salgo con ellos porque no tengo con quien dejarlos.
–¿Y el papá?
–No está.
–Ese parece colombiano  –le  digo mientras nos reímos y los niños parecieran no entender el chiste en el comentario.

A diferencia de muchos recicladores en Argentina, Sole no se encuentra inscripta en ninguna cooperativa, no tiene ninguna vacuna y su uniforme está hecho de las ropas que le ha heredado el reciclaje. Como si Santa Claus hubiera quedado en deuda con ella, Sole sale todas las noches con sus hijos en búsqueda de los regalos que él olvidó.




–Yo trabajo sola porque no tengo carro y necesito hacerlo porque se me quemó mi casa en un incendio, así que bueno necesito conseguir ropa, zapatillas y eso. Ellos salen a las 17:00 del colegio, así que a las 20:00 o 21:00 horas ya estamos acá.

–Nuestro colegio sale 200 pesos ¿el tuyo cuánto vale? me pregunta Lucas, inquieto por saber la respuesta.
–Yo ya no voy más al colegio, así que no tengo que pagarlo.
–¿De dónde sos?
–De Colombia
–¿Y cuánto sale ir a Colombia?
–Podés encontrar boletos desde 5000 pesos si tenés suerte, le dije entusiasmada ante el interés que mostró el chico de poder ir algún día a mi país.

Lucas pateaba un balón envuelto en una bolsa plástica que tiraba y regresaba hasta sus pies. Pronto llegarían un hombre y una mujer, que empujaban un carro de mercado lleno de termos y lo que parecía ser comida en unas cajas. Saludaron a los muchachos y les preguntaron:-¿Qué van a querer hoy? Hoy tenemos huevo o pan y de tomar chocolate o jugo.

Se trataba de dos voluntarios de una iglesia de Barrio Norte que salían todos los lunes a repartir alimentos a las personas de la calle. Con la familiaridad de encontrarse a las personas que aprecias, los niños se alegraron al verlos mientras escogían del menú, la comida que estas personas habían traído a regalarles.

Según cifras de las Naciones Unidas, más de 1,000 millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día. En el caso particular de la Argentina, un estudio de la Universidad Católica Argentina (UCA), reveló que un 27,5% de argentinos viven en situación de pobreza. La cifra es casi ocho veces más alta de lo que había informado el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), organismo oficial del Gobierno nacional a finales de 2013.

Para el gobierno nacional, la indigencia alcanzó al 5,1% de las personas en el primer semestre de 2008, mientras que otras mediciones la ubican en más de un 10%, impactando a 4 millones de argentinos.

–Venimos en tren, en el rojo siempre a esta hora.
–Ah re bien, yo te puedo conseguir ropa para darte.
–Dale, te paso mi número, 115…
–Igual si no te llamo, veámonos mañana a esta misma hora.

La conversación termina con una despedida que pacta un próximo encuentro entre ambas y Sole continúa su camino por las veredas que la llevarían hasta el tren, de vuelta a Pilar.









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Carlos Andrés
“Lo más feo que he visto reciclando fue un trapo lleno de sangre”

Temeroso ante la curiosidad que tenía de preguntarle por su trabajo, pensando quizás que lo iba a aventar con la policía o lo iba a putear por estar armando lo que parecía ser un “bareto”, lo suavizo y le digo que todo está bien, que estamos en confianza y que sólo será una charla donde el me contará sobre su oficio y yo simplemente grabaré su testimonio. Cauteloso pero algo más relajado, Carlos Andrés por fin se tranquiliza y se vuelve compinche mío.

–Un primo reciclaba así que me uní a él y el me trajo acá por estos barrios, pero ahora ya yo trabajo solo, llevo ya dos años en el negocio. Yo salgo por ahí  a las 4 de la tarde que saco la carreta, tres días a la semana en este barrio y otros barrios más abajo, porque la carreta no es mía no, es de un dueño de una bodega que me la presta y yo le vendo la chatarra, el cobre, el bronce, el periódico, la pasta, PT que es esa pasta gris que son los tarros de Coca Cola, que eso es lo que más plata da, por ahí unos 35.000 o 40.000 pesos, si me va bien.

En Cali, el sistema oficial de recolección de basuras está a cargo de tres nuevas firmas concesionarias, Emas, Ciudad Limpia y Promoambiental, quienes son las responsables del aseo urbano del oriente, centro, norte y sur de la ciudad.

El nuevo sistema entró en vigencia el 1 de septiembre de 2014, después de que se liquidara al antiguo y tradicional organismo de control de basuras Emsirva, para implementar nuevas medidas y poder lograr un mejoramiento en el tema de la limpieza de la capital vallecaucana.

Ramiro, un empleado de la cooperativa Promoambiental, asegura que pertenecer a instituciones como éstas le ha garantizado mayores beneficios y un mejor sueldo, a diferencia  de trabajar por su cuenta como reciclador independiente.
– Se gana bien, uno se gana el salario mínimo más todo lo que ampara la ley. Te vacunan y  uno está cobijado con la Aseguradora de Riesgos Profesionales (ARP) por si te llega a pasar algo. El trabajo es bueno.

Son las 21:00 horas en Cali, Colombia, y Carlos Andrés continúa buscando dentro de los tachos de basura, que han sacado los conjuntos residenciales del barrio Capri en el sur de la ciudad.
Vea todo lo que la gente bota, todo lo que desperdician –dice, mientras va retirando restos de alimentos ya descompuestos–. Eso pasa, a veces uno mete la mano y pilla toda esa comida ahí tirada y eso huele maluco porque casi todo está podrido, eso es como lo más cochino de esta vuelta.



Este joven de 17 años afirma que a pesar de las dificultades que trae consigo ser un reciclador independiente, le gusta su trabajo, estucar paredes para después pintarlas y pasar tiempo de calidad con su familia, porque como él dice:
Gracias a Dios hay trabajo y nunca nos ha faltado un bocado de comida, ni tampoco nos ha tocado comer de lo que se encuentra uno en la basura. Este trabajo me gusta porque bueno o malo, es el que nos da la plata para lo que necesitamos.


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Germán
“Si tenés suerte, podés encontrarte cadenas de oro o plata”

Con un piercing en la oreja y la facha de un cantante de cumbia, se paseaba Germán con su costal frente a un restaurante del barrio Recoleta en Buenos Aires. Este cartonero de Lomas de Zamora asegura que no es reciclador y que no siempre ha buscado en la basura, pero que a veces le ha tocado meter las manos en ella, para encontrar los cartones y las botellas que necesita. De chico Germán ya recogía cartones en la calle y de grande continuó con este oficio.

–Vos tenés que ir por ejemplo al frente y decirles que si tienen cartones para tirar y si quieren sacártelos a vos a tal horario, y ellos te dicen bueno vení a tal hora y ellos te lo sacan, y si el lugar queda fijo para vos ya es tuyo, pero como ahora no hay un lugar fijo para sacar cartones, todos se pelean por el cartón.

Con un aire relajado, Germán remueve dentro de las basuras amagándole al tiempo, y cómo no  vive cerca, paga por días una habitación cerca del congreso y los fines de semana se va a Lomas para estar con su familia.

–Algo bueno siempre te encontrás, si me sirve lo dejo para mí, sino lo puedo vender en lugares donde compran cosas así lindas, tipo antiguas. También tenés la parte fea, de las cosas que te podés encontrar por ejemplo un pañal o cosas sucias como condones, eso ya depende de lo que tire la gente.














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Sandra Milena y Ricardo
“Vivimos en una chimba de casa”

Como salidos de una novela de amor, Sandra Milena y Ricardo se pasean románticamente acompañados de su idilio y la carretilla de reciclaje con la que han salido esta noche a trabajar. Oriundos de Cali, son una mezcla perfecta entre la timidez de ella y la sagacidad de este morocho que no se calla y habla sin filtro hasta por los codos.
Vea yo no soy reciclador, yo lo que soy es oficial de construcción, o sea maestro de construcción sino que la obra donde estaba camellando, están en paro porque el dueño se fue para Popayán, en el Cauca, a ver su finca y nos dejó en el aire.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE), la tasa de desempleo en Colombia para agosto de 2014, fue de un 8,9%, inferior al año pasado, cuando alcanzó un 9,3%. Mauricio Perfetti, director del DANE, afirmó además que en el país, se han creado más de 445 mil nuevos empleos. “En 18 ciudades de 24 analizadas, el desempleo fue reducido durante el trimestre junio – agosto de este año, así que se mantiene la tendencia de reducción del desempleo”. A su vez, el presidente Juan Manuel Santos declaró que hasta el momento, Colombia completa casi 41 meses consecutivos de caída en la desocupación mientras que el ministro de Trabajo, Rafael Pardo aseguró que las políticas del Gobierno Nacional para implementar un trabajo digno y de calidad, han marcado una generación sostenida de puestos que han generado a su vez,  un aumento en la ocupación de tipo formal en el país”.
Yo esta carreta la hice con 150.000 pesos de lo que me quedó de mi trabajo, es más le digo algo yo ni sé ni reciclar, sino que yo con ella salgo a patrullar y a rebuscármela con mi mujer. Llevo apenas veinte días en éstas madre, y salimos a buscar lo de siempre, cartón, pasta, aluminio, latas de cerveza y bueno lo que se atraviese de ahí pa´ allá.
Pronto ella interrumpe la conversación y pregunta a grito desorientado por la ubicación del batallón del ejército, que queda un poco lejos de donde estamos y algo fuera de lugar de lo que estamos hablando.
–Eso queda pa´ allá pa´la Quinta, pa´ donde vamos, pa´allá pa´ la casa, le respondió él.
Mirá, esta mañana salimos nosotros a las 6 de la mañana y vea esa carreta desocupada, ya la gente ni bota nada. Ahí pedimos fue un caldo que nos regalaron por allá de buena voluntad y nos dijeron 10,12 para 8, 16 que habíamos, eso hay mucho reciclador.



Según información oficial, en Cali existen 3.205 personas viviendo del reciclaje, de los cuales la mayoría de ellos se encuentra actualmente trabajando en la informalidad y realizando su labor en condiciones perjudiciales para su salud y bienestar laboral.
También se dio a conocer que el 70% de los desechos de la ciudad son materiales reutilizables, más o menos unas 375.000 toneladas de basura que estaría apta para ser reciclada. Sin embargo, en la ciudad e incluso en el país no existe una conciencia clara sobre este tema, lo que agrava aún más más la problemática de los residuos sólidos, no solamente en Cali sino a escala mundial.
Irónicamente, la industria del reciclaje mueve  en la ciudad alrededor de 300.000 millones de pesos al año. José Óscar Jiménez, gerente del Grupo Empresarial de Reciclaje, GER, (conformado por trece empresas de reciclaje) explicó que en el sector existe un monopolio conformado por grandes industrias que concentran la compra de material y son ellas quienes  terminan fijando los precios. “Los compradores imponen las tarifas y es por esta razón que en los dos últimos meses el cartón ha bajado en un 13% su precio de compra local y la chatarra en menos de un mes cayó un 9% el precio del kilo, y se prevé que estos dos materiales van a seguir bajando”.
Las grandes industrias a su vez, dicen estar aprovechando la situación de la economía mundial donde no hay mucha demanda de materias primas y hay sobreoferta de chatarra y cartón de fibra larga. Por eso están importando grandes cantidades al país dado que el precio internacional es más bajo. Entre tanto, La Asociación de Recicladores de Cali inauguró una nueva Unidad de Desarrollo Empresarial, que hace parte de un programa de acompañamiento socio empresarial a los recicladores de oficio de la ciudad. A la fecha, se han comercializado más de 106 toneladas de material reciclable por valor de $56 millones de pesos.
Así pues, el negocio del reciclaje es un imperio y en la sucursal del cielo, el papel es adquirido por grandes empresas como Kimberly Clark, Fibras Nacionales y Papeles Nacionales. El cartón es comprado por Sonoco o Cartones América. El vidrio es adquirido por Peldar. La chatarra va a las siderúrgicas Sidelpa y Sidoc, mientras que los ferrosos tienen una compañía que los exporta principalmente a China.
Yo no he visto nada raro en esto, lo único raro basura como un triple hijuputa no más, yo a ella no la dejo meter la mano a la basura porque de pronto va y se encuentra una jeringa, se pringa y de pronto le da una infección o alguna maricada. Este trabajo es un visaje, allá el otro día me la montó un mansito, me sacó palo y machete y me dijo ¡vos no sos de por acá marica, esta zona es mía! Y yo le dije ultimadamente, ¿sabe qué hermano? Yo le doy gracias a mi Dios que ésta yo la hice viejo –y le da unos golpecitos a la carreta, mientras cuenta lo sucedido. – Así que lo suertié y le dije, ¡meta su mano a su basura que sabe qué yo no tengo necesidad de eso!

Petiso pero con las agallas de un boxeador en el  ring,  Ricardo y su aproximado metro con cincuenta no se dejan insultar de nadie y así la gente suela confundirlo con algún “ratero”, este hombre asegura que jamás le ha robado, ni le ha hecho ningún mal a nadie.
Vea yo le digo algo, yo no miro lo ajeno, pero si hay mucho man cochino que abren las bolsas y las dejan abiertas, entonces nos cagan a los demás, pero sabe qué yo con esa no la voy, es que yo no soy reciclador madre, yo soy oficial de construcción. Yo llevaba toda mi vida en la construcción, yo le trabajo a usted hierro, le trabajo vigas, las fundo yo mismo.
¿Osea que te gusta más la construcción?
Claro corazón bello del alma, me responde.
Papi ¿hace cuánto vivimos usted y yo por acá? –interrumpe de nuevo la mujer.
¿Qué Qué? más bien que cuanto llevamos viviendo usted y yo pero allá en el barrio de nosotros será.  ¡Maricona 3 años!, le responde Ricardo.
Ahora nos toca irnos pa´la casa pero ¿le digo algo? Este proceso no es el mío, vea la verdad la verdad, nosotros hacemos esto es para pasar el rato, de pura recocha no más.



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El despilfarro, el consumismo y el desperdicio, son quizás algunas de las palabras más adecuadas a la hora de intentar buscarle una respuesta coherente al mundo de la basura y el reciclaje. No hay duda de que todos en algún momento, hemos comprado y desechado irracionalmente elementos que ya no utilizamos, ayudando a incrementar, sin saberlo, una desenfrenada producción insostenible de desechos y residuos que deambulan por el planeta y  que permanecen por años en nuestras sociedades.


Después de haber observado los diferentes tipos de basura abandonada en algunas de las calles de Capital Federal en Buenos Aires - Argentina, así como en Cali - Colombia, me di cuenta que la diferencia no es mucha y la conclusión es una sola: la calle es la protagonista de estas historias, convirtiéndose en aquél escenario perfecto en el que convergen muy desapercibidos, algunos aspectos de nuestra realidad. “Lo que te está sobrando, a mí me salva la vida”, dice la canción Dame, de Ricardo Arjona, y que con esta frase, resume de alguna forma lo que esta crónica ha pretendido.

Al igual que las personas, los objetos que tiramos alguna vez tuvieron su historia. Una historia que concluye sus días en el olvido de quién los desechó y que halla un nuevo destino en manos de quién se los encuentra.
 Existimos y morimos para darle paso a nuevas generaciones. Así mismo desechamos a las personas, tiramos sentimientos  y nos “limpiamos” de todo aquello que creemos, que ya no nos es más útil. Con ínfulas egoístas, malgastamos los recursos naturales, nos separamos del resto tal cual como los espigadores urbanos separan lo que sirve de lo que no.
La basura no solamente se encuentra en la basura. Basura es seguir pensando que todo se compra para botar, que todo se puede reemplazar, y que mientras despilfarramos la vida, hay muchos involucrados en este azar.
Esto sucedió pues, el día que me pregunté qué se sentiría ser un reciclador y me encontré con que además de ser un trabajo mal pago y desagradecido, es una labor dura y muy llena de adversidades que no todos podríamos soportar.

Mis respetos para los señores y señoras que trabajan en esta actividad, que con sus historias me hicieron ver más allá de lo invisibles que suelen ser para la sociedad y que con su carisma y honestidad, me permitieron entrometerme en sus vidas y en todo aquello que tenían por contar.

                                                                                         Wendy Rolón Quevedo