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jueves, 28 de agosto de 2014

El placer del cazador

O cómo perderse en la búsqueda de nada


La búsqueda de tesoros ha sido siempre un tema que causa mucha curiosidad, sobre todo porque parece ser un aspecto de tiempos que ya pasaron y no volverán. Películas como Piratas del Caribe y libros como Veinte mil leguas de viaje submarino son prueba de que el hombre se siente atraído por el misterio intrínseco en la búsqueda. Esa inestabilidad del proceso de búsqueda, en el cual no se sabe si se encontrará lo que se busca, si uno se topará con cosas nuevas o si, simplemente, no pasará nada, parece ser placentera para muchos individuos.
            Aunque siempre el viaje tiene un destino, aunque siempre se busca la recompensa – un monstruo submarino o el tesoro más grande jamás robado en el Caribe – la travesía implica también una recompensa en sí misma y produce en el buscador una satisfacción por la aventura que trae consigo, ya sea esta tan compleja como ir tras la pista de la verdadera identidad de J.T. LeRoy o tan sencilla como la de un pequeño papel en Recoleta.

Lo que esconden unos y buscan muchos en las grietas de la ciudad

            Hace unos meses, el año pasado más bien, me topé gracias a un familiar con la plataforma Geocaching. Sus miembros se consideran a sí mismos una comunidad y viven detrás de los “tesoros”. En su página web oficial, www.geocaching.com, definen la actividad como “un juego de caza de tesoros de la vida real donde se usan aparatos de localización GPS. Los participantes navegan hasta unas coordenadas específicas con su GPS y una vez allí intentan encontrar el geocache (contenedor) escondido en ese lugar”. Perfecto para los Indiana Jones.
            Para poder jugar, se deben cumplir ciertos pasos, que siguen así: primero, el jugador debe registrarse en el portal, creando una cuenta, con un usuario y una contraseña (así luego podrá mantener el récord de caches encontrados). Una vez que ya tiene su cuenta, proporcionando su código postal se hará con los distintos caches que se encuentren cercanos a él. Copiando las coordenadas en su dispositivo GPS puede llegar al lugar y entrenar la vista para encontrar el contenedor que esconde, por lo general, una lista de nombres de jugadores anteriores que han conseguido el cache y firmado su hazaña (el jugador deberá entonces, estar siempre también armado con un bolígrafo para dejar el autógrafo correspondiente). El jugador puede tomar fotos del cache que no revelen su ubicación exacta, para que la búsqueda del cache no pierda el elemento de diversión, y volverlo a colocar en su lugar. Finalmente, el jugador puede compartir su historia e imágenes online con el resto de la comunidad.
            Ya el slogan del video promocional lo advierte: “hay aventuras sucediendo todo el tiempo, a todo tu alrededor”. Y, así, invitan a los nuevos curiosos a unirse al crew de búsqueda. Actualmente hay 2.440.001 caches activos y más de seis millones de geocachers alrededor del mundo, así que parece que la premisa está dando resultados.
            Cual club de la pelea, el Geocaching tiene también sus reglas:

1.Si te llevas algo del cache debes dejar otra cosa de igual o mayor valor a cambio. Esto aplica para los caches que tienen más que el simple trozo de papel para firmar, en los cuales los jugadores van dejando souvenirs y elementos que pueden tener muy poco valor monetario, pero sí guardan algún valor sentimental.
2.Debes registrar tu hallazgo en el logbook, el pequeño trozo de papel para firmar.
3.Por último, debes escribir sobre tu experiencia de búsqueda y encuentro en la página web.

            Después de esto, serás un geocacher bautizado.

Por las ansias de un curioso

            El 2 de mayo del 2000, el Gobierno de Estados Unidos, bajo la presidencia de Bill Clinton, descontinuó el uso de disponibilidad selectiva para los GPS, con el fin de que estos fuesen más útiles y accesibles para uso civil y comercial en el país. A partir de esta resolución, cualquier mortal con un dispositivo de localización satelital tiene la posibilidad desde entonces de marcar su localización en un sistema de coordenadas o mapa virtual.
            Al día siguiente, Dave Ulmer,  curioso nato, decidió probar si la efectividad del sistema de localización era confiable. Para ello, escondió un “destino de navegación” en el bosque y lo llamó “Great American GPS Stash Hunt” (algo que traducido sería más o menos “gran colección de caza americana por GPS”). Luego subió la información a un grupo virtual de usuarios de GPS y les dio la libertad de buscarlo. La regla, como se ha mantenido hasta el presente, era: llévate algo y deja otra cosa a cambio.
            Lo que Dave dejó fue una caja negra con una libreta (logbook), un lápiz y algunos “premios” para los afortunados que la encontraran. Compartió las coordenadas con el grupo en sci.geo.satellite-nav. Las coordenadas eran N 45° 17.460 W 122° 24.800. En tres días, dos personas habían utilizado sus GPS para localizar la caja y compartido sus experiencias online. En la semana que le siguió ya los participantes habían empezado a experimentar y a esconder sus propios premios en distintas locaciones, con lo que la nueva idea se vio viralizada rápidamente.
            En el primer mes desde la creación de ese primer cache, Mike Teague, la primera persona en encontrar el original dejado por Dave, recolectó las coordenadas los distintos caches que fueron naciendo y los subió a su propio sitio web. También creó una lista de mails para mantener a los miembros activos al tanto de lo que iba sucediendo dentro de la naciente comunidad. Dentro del grupo se discutió el nombre para la práctica y, finalmente, dieron con “Geocaching”. Unos meses después, en septiembre, Jeremy Irish tomaría las riendas de Geocaching de manos de Teague.
            Luego de experimentar la emoción de encontrar su primer caché, el desarrollador web apasionado de los GPS, Jeremy Irish creó el sitio web para la actividad a modo de hobby. Irish perfeccionó la forma en la cual se comunicaban los geocachers y añadió a los caches la posibilidad de ser encontrados utilizando un código postal, lo que hacía más fácil el reto para los que no estaban familiarizados con las coordenadas. El 2 de septiembre del 2000, la página fue lanzada oficialmente. Para ese momento existían tan sólo 75 caches en todo el mundo. Desde el nacimiento de Geocaching.com el crecimiento de la comunidad ha sido indetenible, y medios como el New York Times y CNN han dedicado secciones a promocionar la actividad.
            Como colocan en su página web, “la emoción de la búsqueda apela tanto al niño interno como al externo”. Rápidamente todos fueron movidos por el evento y querían tener un cache nuevo que conseguir cada día. Con el simple boca a boca, la actividad ha crecido desde entonces y el número de caches ya supera los dos millones, y contando.

Cátedra sobre escondites

            Antes de adentrarme en Geocaching, todos los escondites me resultaban iguales; unos más grandes, otros más sucios, algunos más cómodos... pero no los imaginaba separados en categorías. La gente de Geocaching.com tiene una lista de tipos de caches con los que puede encontrarse un geocacher en su proceso de búsqueda. A continuación los más destacados:

-El caché tradicional es el más sencillo y común, que consiste en, como mínimo, un logbook y son encontrados con unas coordenadas específicas dadas.
-Los caches misteriosos o “Puzzle cache” tienen un grado mayor de dificultad y pueden requerir, por ejemplo, la resolución de un acertijo por parte del geocacher para determinar las coordenadas correctas.
-Un “Multi-cache” es el que se forma con distintas locaciones, donde normalmente todas te llevan a un cache nuevo, hasta que finalmente das con el que tiene el logbook para anotarte.
-“Earth cache” es una localización especial que las personas pueden visitar para aprender algo nuevo sobre el planeta, y normalmente incluyen información que educa al geocacher sobre algún tema junto a las coordenadas. Estos caches tienen incluso una página web por separado: www.earthcache.org
-Un “Letterbox hybrid” es un cache para el que suelen darse pistas en lugar de coordenadas, aunque puede ser que algunos incluyan las coordenadas de todas formas.
-Un evento cache es... pues eso precisamente: un evento. Se dan las coordenadas y se convoca a todos los geocachers de una determinada zona a participar en él. También existen mega-eventos, con más de quinientos geocachers, y giga-eventos, que reúnen más de cinco mil asistentes.
-El evento “Cache In Trash Out” (CITO) es una iniciativa en la cual los geocachers convocados se unen para preservar la naturaleza, limpiar ciertas áreas, plantar árboles y otras actividades que ayuden a mantener limpio y saludable algún lugar que luego puede hacerse propicio para esconder caches.

Darle pies a las cosas

            Aparte de los distintos tipos de caches, se pueden encontrar “trackables” (“rastreables”) en los lugares donde se esconden los caches. Estos trackables tiene un código que es activado en el portal y sirve para hacer que el cache “viaje” hacia un destino o haga un recorrido específico que el creador ha pensado para él. Con esto, los geocachers pueden interactuar con los caches, moviéndolos por el mundo y ayudándolos a llegar al lugar para el cual están, se podría decir, destinados.

El que busca... encuentra

            Desde que me enteré de la existencia de Geocaching, quise jugar. Nunca lo hice porque siempre había algo más urgente que me reclamaba. O por falta de memoria. Finalmente, me decidí, un año después, a hacer mi primer intento.
            Primero me dediqué a investigar todo lo que pudiera sobre Geocaching y otros tipos de actividades parecidas, como el Letterboxing (que es más o menos lo mismo, pero en lugar de dejar una lista y un lapiz, hay un sello personalizado para cada cache, y el buscador lleva un cuaderno donde los va coleccionando). Después de meterme en todos los rincones de la web de Geocaching.com y algunos blogs, me empecé a emocionar con la búsqueda que pretendía hacer. El espíritu de los líderes de la organización y de los otros jugadores es muy enérgico y te contagia las ganas de salir a explorar (así sea un lugar que ya sientes conocer demasiado).
            Como era mi primer intento en esto, me puse como meta un cache tradicional, no muy lejos de casa, y con un nivel de dificultad bajo. Me fui al buscador de la página y seleccioné “Argentina”. Hay 677 caches en el país. Nunca pensé que fueran tantos. Conseguí una herramienta útil que resalta los geocaches para principiantes y presté atención sólo a esos, lo que me ahorró bastante tiempo de navegación inútil.
            Me decidí por el del Cementerio de La Recoleta porque decía ser sencillo, me quedaba cerca de casa, y porque, sencillamente, es uno de mis lugares favoritos en toda la ciudad. Siempre que tengo tiempo libre, voy a dar algunas vueltas entre sus calles. Creo que, aparte de la paz del lugar, me gusta la idea de tratar de descubrir algo nuevo cada vez que voy. Tal vez por eso me atrajo esto del Geocaching desde un principio.
            Leí la información sobre el cache antes para saber qué buscaba exactamente: era un envase de film de 35 mm que sólo contenía un logbook, entonces advertían: “BYOP” (“bring your own pen” o “trae tu propio lápiz”), ya que sólo se podía anotar el descubrimiento; no había nada intercambiable allí. También estaba anotado que el cache se encontraba en una de las paredes y no en alguna tumba, supongo, para que nadie se ponga a molestar la paz del lugar de descanso eterno de nadie más.
            Me llamó la atención la advertencia que leí al final de la página del cache: “es mejor si consigues un momento libre de personas para tomar el geocache, porque en Argentina el Geocaching no es un juego tan popular como en otros países. Incluso peor, las personas suelen robar cosas que no tienen valor para ellos (como los caches) sólo por diversión. Entonces, debes tomar el cache lo más rápido que puedas y dejarlo de la misma manera, siempre tratando de pasar desapercibido. Además, cuidado con los geomuggles (término con el que se refieren a los individuos que no juegan), porque ellos no son necesariamente inofensivos.” Un tanto fuera de lugar para mi gusto, la advertencia, pero no vi que nadie se quejara de ello en los comentarios, así que, o todos aceptan la maldad imperante, o decidieron dejarlo pasar.
            Los comentarios sobre este cache, tanto de personas que lo encontraron, como los de las que no tuvieron suerte, me hicieron darme cuenta del tamaño de esta actividad, del movimiento que ha logrado generar y de la comunidad que se ha creado. Me hizo pensar en el hecho de que esta gente no se ha unido con otro fin que el de la diversión y no han parado de crecer. Personas de Suiza, Portugal, Alemania, Estados Unidos, Italia, Austria, Holanda, Suecia, Canadá y otras partes del mundo han dejado prueba de haber encontrado este cache. Como todas excepto una lo catalogaron de “fácil”, me doy cuenta de que he decidido bien. No me quiero decepcionar en la primera misión.
            En la descripción, también dejan una frase encriptada (en inglés, con su clave para decifrarla) como ayuda para el que quiera más orientación. La descifré, hecho que no requirió mucho de mi inteligencia, y salí de casa a buscarlo.
            El día estaba bastante frío, pero al menos había sol para aliviar un poco el camino. Llegué al cementerio y estaba prácticamente vacío. Decidí ir en día de semana para tener menos chance de toparme con “geomuggles” que luego pudieran hacerme sentir culpable por haber causado la pérdida de un cache en mi primer intento de encontrar uno.
            No se trata de un tesoro real, pero las ansias son verdaderas. La curiosidad se aviva, la vista se aguza. Empiezas a sentir todas esas reacciones físicas del que anda tras algo, del que investiga, del espía. Te cuidas de que no te vean y entonces percibes la sensación del que está infringiendo la ley y no quiere ser descubierto en el delito. Se manifiesta también la excitación del juego y se te vienen a la mente, sin poder evitarlo, los recuerdos de la niñez, cuando jugabas a las escondidas con los vecinos; de cuando te embarcabas en misiones importantísimas en las vacaciones familiares a la playa o el campo; de cuando ibas con tus primos/hermanos/amigos a investigar lo que pasaba en aquél lugar recóndito del planeta que era el último piso de la casa o el quincho. La memoria del juego se reactiva y te vuelves a poner en los zapatos del pirata que busca tesoros, del explorador que abre los ojos a mundos nuevos y del científico que busca descubrir algo realmente importante para la humanidad.
            Sientes todo aquello y sólo estás buscando un tubo de plástico que contiene dentro un papel con una lista de nombres de gente que no conoces y tal vez nunca te cruces en la vida. Me hace pensar en lo que podría sentir si estuviera buscando algo realmente crucial para mi vida. Entonces comienzo a entender, de alguna forma, a los investigadores, detectives y hombres que se esfuerzan por seguir explicando el universo. Toparse con algo de verdadero, gran significado, debe ser maravilloso.
            Yo me dediqué a buscar mi pequeña recompensa para sentir que había cumplido con la misión que me tocaba, al menos por un rato. No sé si fue el hecho de que la pista era realmente sencilla o que yo ya había paseado el cementerio muchas veces, pero el cache fue fácil de encontrar. Como es de esperarse, no daré pistas sobre su ubicación para que cualquiera que se entusiasme tanto como yo pueda vivir la experiencia sin spoilers. Cuando abrí el pequeño tubito vi que el logbook estaba arruinado; parecía haberse mojado, así que sólo le tomé una foto y lo volví a colocar en su lugar. En la página web, otro usuario también reclamaba el estado de la lista, así que hay que esperar que el propietario del cache la cambie para poder anotar nuevos nombres.
            Volví a casa feliz por mi primer hallazgo, y esperando que renovaran el cache para poder anotarme. En la página sobre este geocache se registran 640 visitas, 570 de ellas exitosas y 35 infructuosas. También reportan la cantidad de veces que se le han hecho arreglos: cuatro nada más (y esperamos la siguiente). Me sentí como la vez que me hice mi primer tatuaje: lo ves, te gusta, y quieres otro. La experiencia te deja con las ganas de seguir investigando, y la comunidad que se mantiene en contacto a través de Internet te llama a pertenecer a ella.

            Mientras sigo navegando por la página, descubro un reto para este “verano” (se guían por las estaciones del hemisferio norte): “Los siete recuerdos de agosto” propone a los geocachers que salgan a encontrarse con seis tipos de caches distintos y los registren en su perfil durante ese mes: uno tradicional, uno misterioso, un multi-cache, un EarthCache, un VirtualCache y un Event Cache. Por cada cache recibirán un “recuerdo”, que es más bien una especie de sello virtual; una vez que terminen la misión, desbloquearán un séptimo souvenir especial, llamado el “Achiever” (“Cumplidor”). Particularmente, creo que es la oportunidad perfecta para seguir explorando este mundo de aventureros e investigadores modernos.
                                                                                   Érika Hernández Lehmann

lunes, 30 de junio de 2014

Trabajo en el camino al trabajo




Erika Hernández Lehmann

            Subida al colectivo, camino a la estación de Constitución, el paisaje va mutando de acuerdo con nuestra cercanía al sur de la ciudad. Los carteles pasan de ser sobre marcas reconocidas y publicitan eventos como el show de José Alberto El Canario o espectáculos tipo “Strippers Vinicius”. La ciudad puede ser delimitada y reconocida también a través de la publicidad que se exhibe en sus calles.
            La terminal de Constitución sorprende de lo grande, con ese look de aeropuerto que saca el aliento. Vuelvo a sentir algo parecido a lo que sentí cuando llegué a Ezeiza desde Venezuela hace dos años, aunque, como es de esperarse, en una escala menor; mi destino no me causa tanta intriga y mi viaje no es tan largo como entonces.
            Compro el boleto y me dirijo a tomar el Ferrocarril Roca. Del andén 1 al 5 se puede ir a Temperley en cualquier tren eléctrico, así que entro por uno de los pasillos donde hay dos trenes esperando para partir. Veo las horas, el de la derecha parte a las 11:30 y el de la izquierda a las 11:42. Son las 11:27. La mayoría de la gente corre al de la derecha y yo me decido por el de la izquierda, por pura rebeldía. Además, el tren al que me subo es más bonito, de los nuevos; así de sencillo es mi razonamiento en ese momento.
            Me siento del lado derecho del vagón, pegada a la ventana. En el centro del andén una mujer grita “¡A tres por diez los chipáaas!” y yo que me compré un scone de cuatro quesos en Starbucks antes, a treinta pesos, me siento una boluda.
            Pablo Bles tiene ya su “tarima” montada, y en el micrófono guinda un cartel (una hoja A4 plastificada) con su perfil de Facebook, PabloBlesOk, y Twitter y un anuncio que invita a los viajantes: “SUMATE!!!”
            A mi lado se sienta una señora que va muy tapada a causa del frío y que está inmersa en su mundo gracias a los audífonos que lleva puestos. Pablo afina la guitarra y los comerciantes recorren el vagón ofreciendo café, panchos y gaseosa, como para amenizar el evento. También pasa el señor que ofrece “los auriculares Sony” para los que tal vez ya están cansados de oír a Pablo en este trayecto.
            Empieza el show “Hay un abismo entre ella y yo, ningún ismo entre los dos”, canta Pablo su tema Sirenita de ciudad, donde le pide a la chica “Nunca conozcas el mar, quédate en este río” y la invita a “nadar en sueños”. Se acaba el primer tema y, después de aceptar los merecidos aplausos, invita a los oyentes a pedirle canciones suyas si las conocen; para mi sorpresa, la gente no se hace esperar: “¡Todas!”, le dicen. Pienso entonces que los músicos son una especie de trabajadores sociales que hacen de la rutina del día algo mejor.
            El segundo tema se va con los mismos aplausos y Pablo habla de la próxima canción: una que le dedicó a una ex llamada Cinthya, ocho años después de haber terminado; se la mandó por e-mail y terminó puteado porque la canción se llamaba Julieta; “pero es que Cinthya no rima con nada”. Nos reímos y Pablo canta. Cuando pregunta si nos gustó, la señora a mi lado grita “¡SÍ!” y me doy cuenta de que los auriculares son pura facha y que ha ido escuchando todo el rato. En la quinta estación se baja Pablo, luego de decirnos que no seamos amarretes y dar la vuelta con la gorra.
            A las 12:00 llego a Temperley para hacer la transferencia y “no se sabe si sale a las 2:00 o a las 3:00” el tren hacia Haedo, según la mujer de Informes. La señora que está delante de mí y que hizo la pregunta se queda con la misma cara de ponchada que yo. Me voy a dar una vuelta por la estación pensando en que no podré llegar a destino; el trabajo llama en Capital y me va a tocar regresar antes de lo que pensaba. Me cruzo de vuelta con la señora que tenía la misma ruta que yo y me parece que ella sí se va a quedar a esperar, pero también parece que está acostumbrada y que se ha hecho amistades en la estación; se pone a hablar con otra mujer que observa a los transeúntes apurados desde el pie de una escalera. Cada personaje parece tener su rincón asignado en la estación y un perro con remera se rasca las pulgas frente a la boletería.
            Después de pasear un rato por la estación, ver el movimiento de gente y algunos avisos pegados a las paredes (como uno un tanto creepy que dice “El papá viajaba en el estribo del tren... ella lo sigue esperando” junto a la cara llorosa de una joven), me voy de nuevo al andén a esperar el tren que me lleve de regreso a Constitución.
            El tren de regreso no es tan bonito y nuevo como el de ida, pero lo que sí tiene igual o incluso en mayor medida es el comercio. Esta vez: alfajores Vauquita con baño de repostería, tres por diez; “caramelos Halls para la tos y la garganta: uno vale cuatro, tres valen diez”. En el tren, me parece que casi todo sale a tres por diez, excepto el Mantecol, del que con diez pesos te llevas sólo dos.
            En la pared, en la estación de Banfield leo en mayúsculas “SOMOS INSTANTES” y me doy cuenta de lo diferente que es viajar sin música. Vamos todos callados, serios y absortos en nuestras preocupaciones diarias; no hay nada que haga más ligero el camino.
            El mecanismo de venta de los comerciantes del tren es bajarse en una estación y correr hasta el siguiente vagón para iniciar el mismo discurso una y otra vez. Se sube un hombre que ofrece lo que hasta ese momento no había visto, pero que no podía faltar: las figuritas del mundial: ocho en cada paquete, cuatro paquetes por diez pesos, que son 32 figuritas.
            Cada quien ofrece lo que tiene, como Pablo con su música; lo que le parece que vende bien, como los que eligen dulces y caramelos; lo que considera útil, como las lupas con forma de tarjeta para llevar en la cartera y leer en el viaje; o lo que puede, como el que vende cintas métricas a veinte pesos. En la puerta del vagón se encuentran todos mientras esperan que el tren pare en la próxima estación. Se han hecho amigos, supongo, de tanto verse en el mismo lugar de trabajo, o tal vez se conocen de antes y se han repartido los rubros de comercio. El de las figuritas le dice al de la cinta métrica que en la ferretería está a dieciocho y agrega “re ortiva, el tipo”, para dejar en claro que es en joda. Discuten sus ventas como tal vez lo hagan (o no) los magnates de Wall Street y, así, se bajan del tren: haciendo análisis económico.
            El último vendedor que veo antes de llegar a Constitución también vende barajitas y lleva muy buena onda. Se pone a hablar con el encargado de cerrar las puertas. El hombre le pregunta al vendedor  qué lleva y si eso le da plata. El vendedor responde que sí y que “igual yo hice plata con las de Violetta”. Entiendo que se conocen hace tiempo. El vendedor le pregunta al operario por su domingo y por el día laboral hasta el momento; lo oigo decir que le faltan dos vueltas más antes de quedar libre.
            Antes de entrar en el punto donde se detiene el tren, pasamos una especie de caseta y saludan a un hombre que, supongo, controla la llegada de los trenes. El vendedor dice “¡Hay que estar ahí parado!” y el operario de puertas responde “Encima ese muchacho tiene tres hernias de disco, tres”. El tren se detiene, yo me bajo, más gente se sube, el operario tiene que volver al mismo lugar de nuevo y el señor de las hernias tiene que mantenerse de pie para verificar que todo vaya bien.
            La gente que se gana la vida en el tren puede que no la tenga fácil económicamente, aunque puedan ver el provecho del negocio si saben qué venderle al público; les toca hacer estudio de marketing para asegurar la comida en sus casas. El hecho es que estas personas han creado su gremio sin saber que lo son y colaboran con su servicio a que el resto de los que usan el tren como medio de transporte para llegar a sus puestos laborales la tengan un poco más liviana: les acercan el snack de entre-comidas, les mejoran la calidad de la lectura, les entretienen el paladar, les consienten el oído, entre otras distracciones que hacen el viaje más corto. Muchas veces el que acepta un artículo o un servicio por dinero cree que sólo él colabora con la causa del otro, pero no se da cuenta de que esa persona que recibe su dinero también colabora con él en alguna medida. Es un proceso de intercambio, no sólo de mercancía, sino de formas de vivir la rutina.

            Yo, como volví antes de lo esperado, paso a comprar las chipá que ofrecía la mujer entre los andenes 4 y 5, para así poder compararlas con las de Starbucks. En la mesa también tienen sopa paraguaya, que de sopa no tiene nada y se parece más a un budín salado (según la vendedora, con masa paraguaya, queso y cebolla). Llevo mi respectivo tres por diez y salgo de vuelta a la ciudad, donde me toca subir al 39 sin ninguna esperanza de que alguien me cante en el camino.

jueves, 15 de mayo de 2014

Una dosis del "Lacra"

            

     Vas a reseñar un libro y lo primero que te piden las costumbres periodísticas es que le preguntes algo al texto, que te plantees una hipótesis y que busques respuestas a lo largo de tu disertación. Te sumerges en la web y el autor te quita el empuje, te saca la batería, cuando lo ves diciéndole a otro periodista que “las preguntas tienen inteligencia y las respuestas nunca”. Listo, puedes olvidarte de interpelar su obra. Te dices que, si la idea de reseñar un libro es exaltarlo, y  las respuestas nunca pueden ser buenas, mejor no preguntarle nada a esta obra.
            Entonces ¿a dónde apuntar? A la memoria. Si el libro es de crónicas autobiográficas, ese tiene que ser el punto de partida.
            Viene el autor y le sigue respondiendo a ese otro “La mente es una enfermedad, pero al mismo tiempo me siento como si viviera equivocado. Tengo un vicio, es así, cuando hilvano mi vida, un buen recuerdo termina en un mal recuerdo inexorablemente” Como dirían los argentinos: ¡Pucha! Segundo Strike. Prozac metafórico y seguir tipeando...
            Como joven, a veces se hace difícil pensar a un casi septuagenario “cool”, canchero, que no haya formado parte antes de Kiss, Guns 'n' roses o AC/DC. Resulta que la Argentina tiene, al menos, uno: Enrique Symns. Y no es que sea un “abuelito rock” o uno de esos que hablan todo el tiempo de “sus tiempos” y de la felicidad de aquellos olvidados días. Symns tiene otra experiencia del pasado: “se aprende del miedo y se aprende del dolor, de la dicha no se aprende nada”, le dice a Guido Carelli Lynch para la Revista Ñ.
            Outlaw, outsider y rodeado por la decadencia, dejándose consumir por ella. Así es el Symns de El señor de los venenos, editado en 2009 y reimpreso en 2013 por El cuenco de plata. Sin embargo, no se para a compadecerse de sí mismo ni pretende que el lector lo haga; aunque por momentos pueda aparecerse como un hombre brillante, condenado a la vida de la calle, las drogas y la ilegalidad, no hay espacio en este discurso para la lástima y la compadecencia. A Symns no se le quiebra la voz cuando escribe los momentos más oscuros. Esa vida turbulenta que llevó no busca tranformarse tampoco en el diario de viajero del hippie que teje pulseritas –que  alguna vez le tocó tejer– o en la evidencia y testimonio del prontuario criminal del joven delincuente –que está bastante explícitamente anotado– . Es una obra que no trata de ser todo lo que es, que no trata de ser nada más allá de sí misma y abarca mucho más allá de sus propios límites enunciativos.
            “La mayor parte de los libros transitan por las pulcras plazas de la civilización, una cantidad bastante menor se interna en los bosques donde circulan leyendas y fantasías y solamente un puñado de textos se sumerge en la selva de lo innominado y nos hace sentir la presencia exhuberante y peligrosa de aquello que crece y se manifiesta lejos de las ciudades del pensamiento.” Symns reflexiona en el prólogo a esta cuarta edición el carácter social de esta obra, que lo muestra a él como personaje principal, pero lo sitúa dentro de un mundo que puede pasar muchas veces inadvertido por el paseante que se desplaza levitando por las calles... hasta que, como a Baudelaire, se le cae la aureola; se topa con Symns (este Symns o cualquier otro) y se vuelve consciente de ese otro lado del mundo.
            El Señor de los venenos no sólo es un muestrario de drogas, escenarios oscuros, desventuras y experiencias transgresoras del orden; no es sólo el paso de un joven, que luego se convertiría en hombre, por distintos paisajes, acompañado de distintas personas (con distinto grado de moral y aprecio por el prójimo); no es, como algunas otras autobiografías, un catálogo de primeras veces; no es sólo el vertido terapéutico de este hombre, que ya bastante mayor ha decidido usar la literatura para dejar huella de su paso por este plano. Tampoco diré lo que sí es, pues la obra no merece que se la encuadre de tal forma y se le anule ese carácter anárquico que exhuma por todos lados.

            El “Lacra”, como en algún momento fuera apodado, se identifica como un depredador que no vive sino que “persiste”. Sin embargo, el que escribe, lleno de artimañas y con el amplio portafolio de tácticas de distracción, bien podría estarnos soplando confetti a la cara; después de todo, “la traición y el engaño producen un sentimiento indescriptible de satisfacción”.
                                                                                               Erika Hernández Lehmann

lunes, 5 de mayo de 2014

Si Blue Jasmine fuera cronista

                                                                     

            
                                                                     “El ataque de pánico es un fin del mundo que                                                                                                                          cabe en diez minutos.”                                                                                                                                   Pánico. Ana Prieto.

            La portada invita a abrir el libro de crónicas que Ana Prieto publicó junto a Marea Editorial a mediados del año pasado. La imagen de Medusa, acechando entre las letras de la palabra “Pánico” causa un cierto morbo por saber lo que se encuentra entre sus páginas.

            Medusa, la criatura hermosa que nace del terror y que convierte a los hombres en piedra cuando miran directamente su rostro. La gorgona, movida por la ira al haber sido ultrajada por Poseidón, mata sin piedad a todo aquel que ose enfrentarla directamente, convirtiéndolo en estatua. Sólo Perseo logra vencerla, cuando consigue decapitarla sin mirarla a los ojos, valiéndose del reflejo en su escudo para calcular la estocada mortal.
            Como sucede en la vida cotidiana para aquellos que son víctima de los ataques de pánico, si se dejan llevar y deciden observar directamente “a los ojos” la causa de su pánico sin más preámbulos, se quedan de piedra. Sólo aquél que ve su situación desde una perspectiva distinta, valiéndose de otras herramientas, como el sentido común, el análisis profundo o la evasión de los elementos propiciatorios del ataque, puede salir ileso y evitar esos terribles diez minutos. No es una garantía, pero es una salida tranquilizadora.
            Muchas personas son o han sido víctimas de ataques de pánico en algún momento y no le dan la suficiente importancia, no lo comentan por miedo a mostrar debilidad o, simplemente, no saben darle un nombre al evento. Para estos individuos y todos aquellos que sientan curiosidad por saber un poco más en profundidad de qué se tratan estos episodios, Ana Prieto ha creado una obra que no tiene pérdida. Desde la introducción, pasando por sus diez crónicas, el epílogo y el acertado apéndice, Pánico –Diez minutos con la muerte  pone a disposición de cualquiera los distintos matices referentes al pánico y sus irrupciones en la vida cotidiana.
                Con mucho talento y una prosa amable y fluida, la autora mendocina lleva en este libro a sus lectores en un paseo por las calamidades del pánico, sus raíces y sus implicaciones científicas. Comenzando por esa mirada un poco extrañada de aquellos que nunca sufrieron un ataque de pánico y su imposibilidad de comprender la profundidad de la situación, Prieto pasa por la etimología y la mitología detrás del pánico, nos muestra la ansiedad y la necesidad del control, la explicación científica de las causas y los cambios químicos. El ataque de pánico es colocado tras distintos filtros y llega a verse como una especie de iniciación al cambio personal, un rechazo a la sobreadaptación o un evento temporal (que puede llegar a aislar a cualquiera incluso por años).
            No se le escapa nada a la autora: incluso las distintas medicaciones y los diferentes tipos de terapia como forma acercamiento y tratamiento para estos “diez minutos con la muerte” pueden leerse en el catálogo que expone.
            En definitiva: Pánico es una obra circular. Y a pesar de que los temas relacionados con medicaciones, terapias y síntomas puedan sonar muy técnicos o especializados, no es difícil de entender. Pánico no es un libro para estudiantes de psicología ni nada parecido: es un compendio de crónicas que buscan poner a la sociedad en el contexto de lo que la ansiedad, el pánico y el miedo significan en la vida de alguien que los sufre regularmente. Finalmente: no es un libro para usarse como terapia en su sentido más básico, aunque puede servir como método para tomar conciencia o, sencillamente, como una forma de darle nombre a los oscuros momentos vividos.

            Como si lo enunciara la Jasmine de Woody Allen, esa ex-adinerada venida a menos de Manhattan que no se termina de acomodar a la vida de clase media, al recorte de gastos y el trabajo en relación de dependencia –que evade la realidad para mantener una condición casi aristocrática ficticia y, cuando no lo logra, cae en el vacío de la ansiedad, el pánico y la incertidumbre– Ana Prieto confiesa que “el sufrimiento puede ser muy humanizante, y que la empatía es una fuerza extraordinaria contra el sinsentido” para justificar la necesidad de contar estas historias que, como también habría dicho antes, “se conciben desde el periodismo y se escriben desde la literatura”. 
                                                                             Erika Hernández Lehmann