Un sacudón
acompañado por el ruido de la fricción de las cadenas que unen a los vagones
nos puso en movimiento y el tren, traqueteando, tomó velocidad. Por alguna razón recorrió sin parar
unas cuantas estaciones hasta que repentinamente, se quedó parado. Me asomé por
la ventanilla y vi como los pasajeros empezaban a saltar a los pastizales y a
caminar hacia la locomotora. Estela, una de mis vecinas de asiento, dijo que
era la misma locomotora que hacía diez días los había dejado a pie en Juan
XXIII (una de las estaciones en las que no habíamos parado). Salté al pasto y
camine detrás de Estela y la canasta que alzaba con ambas manos hasta que llegamos
delante de la máquina y seguimos por el medio de las vías, donde el pastizal ya
era un basural.
Había empezado el viaje por
la mañana en la estación de Temperley. Es una encrucijada ferroviaria donde los
trenes eléctricos conviven con los
diésel, y los andenes conservan la
estructura inglesa del siglo XIX. En esta estación se acantonaron las tropas
radicales en julio y agosto de 1893 para hacer maniobras y marchar a tomar La
Plata. Más de sesenta vagones movilizaron a los diez mil milicianos radicales
que se concentraron durante varios días, depusieron al gobernador de la Provincia,
el periodista Julio A. Costa y proclamaron en su lugar a Juan Carlos Belgrano.
No hay recuerdo de ese hecho en la estación. Imaginé por un momento a los
hombres vestidos de civil con sus boinas blancas, haciendo rancho en los
galpones de los alrededores.
Las personas concentradas ahora en los andenes no eran milicianas.
Eran trabajadores refugiados de la lluvia. Hacía ya más de cuarenta
minutos que esperaba cuando apareció una
locomotora muy sucia; entre barro y grasa apenas se le notaba el color
original, celeste y blanco. La gente se trepó y, empujado no sé si por bolsos o
canastos, terminé sentado en un banco gris de chapa, tan frío que fruncía mis
piernas para no apoyarlas.
El vagón estaba lleno. No
imaginé ver tanta gente en un espacio tan pequeño. Los pasajeros destilaban olores
que se condensaban en uno solo, fuerte y penetrante: roña, mezcla de sudores, y ropas perfumadas con frituras, carbón y leña. El coche apenas
tenía vidrios en las ventanas y el vaho pronto me invadió y ya no lo sentí.
Dos mujeres estaban sentadas
frente a mí y tenían una canasta con bollos apoyada entre sus piernas y las
mías, lo que me obligó a flexionar mis piernas hacia atrás, no sin incomodidad
y dolor. Hablaban en voz alta. La dueña de los chipás era cocinera en un bar
por las noches; la otra, empleada doméstica
en casa de un ferretero que era “un miserable”. Tanto que la hacía irse
antes de que estuviera lista la comida para evitar que se llevara las sobras.
Porque las sobras eran del ferretero, que después las tiraba. Estela
– así le decía la otra– cocinaba minutas frente a la estación de Lomas, en un
bar donde se vendían más drogas que comida, pero gracias a eso todavía le pagaban y –aseguró
bajando la voz– le habían aumentado el sueldo.
Un chico muy joven estaba sentado a mi lado con un bolso sobre las piernas. Miraba el techo. El
tren estaba detenido desde hace casi diez minutos, cuando un vendedor
ofreciendo alfajores rompió el silencio de la masa compacta de pasajeros. Yo
estaba inquieto por el frio del asiento, los gritos de Estela y la demora en arrancar. El resto estaba entregado al diario destino de viajar en el
Roca, nombre por el que todavía se conoce a la línea del que fuera el Ferrocarril del Sud, para el que
trabajó mi abuelo, en la época de la administración de los ingleses. Conservo
los botones hechos en London y Birmingham de los gabanes del abuelo
Luciano, con los que yo jugaba cuando era un niño. Se había retirado en
momentos de la nacionalización, y en mi casa se decía que cuando terminaron de
jubilarse los últimos que sirvieron a los operadores ingleses, el tren empezó a
destruirse.
Todavía conservo, también, el
boleto de cartón de mi primer viaje en tren a los ocho años, con un compañero
de primaria hasta la estación Dock Central del Roca –que hoy no opera– en una
formación Fiat, esas con doble locomotora. En mi casa jamás supieron del viaje.
Fue uno de mis grandes secretos.
El cielo estaba gris
desde temprano y caía una lluvia muy fina. El inmenso basural se levantaba por
ambos lados de la locomotora. Solo se escuchaban los pasos sobre el pedregullo
de las vías manchado de combustible. Cientos de personas se perdían en los
pastizales queriendo alcanzar un camino que se veía a la derecha, como a
cuatrocientos metros. Seguí a la mujer de la canasta. El silencio era infinito.
No se escuchaban protestas. Sólo los pasos sobre las piedras de las vías. Otro
tren a gran velocidad en comparación con la del que me había traído, pasó
camino a Témpeley.
Cruzamos en medio de un caserío
muy pobre, que se levantaba a los costados, casi sobre los rieles, de donde asomaban niños y mujeres para ver
pasar la caravana. Caminé hasta que aparecieron un paso a nivel y un cartel.
Había llegado a la estación que llevaba el
nombre de Pedro Pablo Turner, quien fuera
intendente de Lomas de Zamora. Pertenecía a la izquierda peronista. Entre
amenazas de la Triple A y acusaciones dudosas, fue destituido de su cargo y
reemplazado por Eduardo Duhalde. En 1976, después del golpe de estado del 24 de
marzo, aparecería asesinado en un zanjón a la vera de un descampado en Avellaneda.
La estación Turner no tiene andenes: solo
tierra, basura y un viejo sentado en una silla de plástico debajo de una
sombrilla, vendiendo unas tarjetas no sé de qué. Baño no había. Y lo necesitaba
con urgencia.
El sudor me empezó a correr por
todo el cuerpo.
La calle que se recostaba sobre
la estación estaba llena de barro podrido. Me quedé parado al lado del vendedor
de tarjetas perdiendo mi mirada en el horizonte de casitas naranjas, sin
revoque y con los techos más coloridos que jamás haya visto.
Mi situación desesperada afinó mi
vista y mi audacia. Con dos saltos baje del terraplén y crucé una zanja, hasta
el asfalto, pisando agua podrida. Con mi mejor sonrisa pegué dos tímidos golpes
en una puerta de chapa verde, al costado de la cual había un pequeño cartel de
madera que decía tarot. Me abrió una mujer a quien le pregunte si estaba quien leía. Sin mucha atención me hizo pasar,
me quité la campera y me senté frente a una mesa en la propia cocina, al tiempo
que pregunté por el baño.
La mujer flaca y pálida que me
atendió se paró salió de la casa y al instante volvió a entrar, pidiéndome que
la siguiera. En el fondo de la casa había un cuartucho con una puerta y un
inodoro. Agradecí al destino la lejanía de la casa. Se escuchaba el ruido de la
lluvia como piedras sobre el techo del baño. Era peor que el baño de una
estación ferroviaria, no digo peor que el de Turner, porque en Turner no hay
baño.
Luego de recuperar el control de mi vida, me
senté frente a Liliana – así se llamaba
la tarotista– y ella comenzó a barajar cartas españolas con mucha rapidez.
Alcance a reconocer la mesa en una foto colgada en la pared. Alcancé a
reconocer a Diego Maradona detrás de esa misma mesa. La mujer se dio cuenta y
me contó que lo atendió varias veces cuando estaba por divorciarse, y que lo
había traído una cuñada que lo acompañaba siempre. Me advirtió que Diego
“pagaba muy bien”. Me quedé pensando en cuánto me cobraría por su consulta.
Continuó barajando las cartas, hasta que me pidió que cortara con mi mano
izquierda.
Alineó las barajas como iban
saliendo del mazo. Y empezó a hablarme sin parar. Me dijo que pronto tendría un
importante ascenso y que me preparara para que el destino jugara a mi favor,
además de aconsejarme dejar un negocio antiguo que tengo aunque me esperaba un
inmenso dolor, a lo que seguiría una inmensa felicidad. Repitió el ejercicio
cinco veces, armando diferentes dibujos. Me miró y dijo “trescientos pesos”. No
dudé en pensar que había pedido el baño en el lugar más caro de la villa. Ella
lo sabía. Aceptó ciento cincuenta, advirtiéndome que la próxima vez le pagaba
la diferencia.
No pensaba volver a verla jamás.
Crucé la calle y me quedé esperando el tren que regresaba a Temperley. Recordé
que Yrigoyen había sido amigo del
curandero Pancho Sierra.
Me ayudaron a subir al tren, que estaba lleno. Un pasajero me sujetó de un brazo y logré entrar empujando entre
el gentío. El mismo silencio. El traqueteo. Tenía las manos en los bolsillos de
mi pantalón rojo envolviendo el atado de cigarrillos. Los estrujé y los saqué
dejándolos caer en el piso del tren.
No creo en brujas. Pero quizás haya
conocido a una.
Daniel G. Montes
