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sábado, 22 de noviembre de 2014

“El teatro no es serio... es mágico”



Como siempre Analia recibió a Alfredo y a Nicolás. Les mostró los camarines ocho y cuatro. Ambos eran amplios. Estaban pintados de blanco y tenían percheros para colgar los vestuarios prolijamente. La decoración la completaban grandes espejos rodeados de pequeñas bombitas de luz característicos de los camarines, un mostrador y dos sillas también blancas.
Alfredo Alcón y Nicolás Cabré llegaron a Mar del Plata en la temporada de verano del 2005. Presentaron, de jueves a domingo, El gran regreso. Una historia basada en la amistad, la nostalgia, el amor y la paternidad, que se confunde entre dos generaciones. Alcón interpretaba a un padre que no podía contener las ganas de volver a pisar un escenario. Nicolás Cabré encarnaba a Enrique, un joven desocupado y sin familia que debía soportar las ocurrencias de su padre.
El 14 de julio de 1993, Analia dejaba su trabajo de portera en el Colegio Nueva Pompeya para comenzar a trabajar en el Teatro Auditorium Centro Provincial, donde precisaban gente. Le prometieron un trabajo inestable. No era para todos los días, la iban a llamar cuando la necesitaran.
-Empecé en la limpieza. Preguntaba si tenía que venir y siempre me decían que sí porque yo cubría todos los baches que había. Servía el vino en la inauguración de las muestras, estaba en los baños, cualquier cosa.
Dos años después, Analia, ya trabajaba como personal de planta y comenzaba  a encontrar su lugar en el Teatro. Un trabajo que, dice, la emociona, porque le gusta estar entre artistas. Le gusta atender bien a la gente. Analía siente al Teatro como parte de su casa y los camarines son los espacios que ella tiene para recibir a sus invitados. Por eso cuando Alfredo Alcón llegó al Teatro, ella escuchó los pedidos especiales para su camarín. Le gustaban las plantas y quería que se las cambie todos los días.
Analía desde su casa le traía una planta distinta cada día, “todas de gajito” dice ella. Alfredo le preguntó por qué le cambiaba las plantas. Ella le contestó: “usted me dijo que le cambie”. A partir de ahí Analía tuvo una relación “hermosa” con Alfredo que duró los dos meses de verano.
***
-Yo me animo a todo. Cuando se murió mi hija de un mes y medio estaba deprimida y empecé a trabajar en el Hospital Italiano de La Plata de secretaria. Llegue a trabajar en quirófanos oftalmológicos. Preparaba y organizaba el material quirúrgico y los equipos que se utilizan en una cirugía. En el Teatro me animé a hacer cambio de vestuario.
Así, animándose a casi todo Analía se convirtió en camarinera. Hoy hace 20 años que trabaja en ese lugar como encargada del sector. Ella dice que es “su vida”. Quizás, es una cuenta pendiente que le quedó porque le encanta el ballet. Los camarines de Hernán Piquín, Julio Bocca, Maximiliano Guerra y Eleonora Cassano pasaron por las manos de Analía.
-Una vez me preguntaron si me animaba a hacer cambio de vestuario, que es cambiar a los actores entre escena y escena. Rápido hay que ayudarlos a ponerse otra ropa.  Aparte, cuidar la indumentaria, coserla, lavarla y plancharla. Tener todo ordenado. En mi vida lo había hecho. Me fue bárbaro.
Con Don Fausto, la obra protagonizada por Victoria Onetto y Danilo Devizia, Analía tuvo su gran cambio de vestuario.
Los camarines estaban en el segundo piso del Edificio Casino. Analía cada noche de la temporada del 96 entraba al camarín 4. Allí, encontraba a Danilo sentado en un sillón que había puesto exclusivamente para él. Flaco, alto y con los pelos revueltos, como era su costumbre, se entregaba a las manos de Analía que lo vestía de negro y le colgaba del cuello una capa roja. El cambio llevaba unos minutos. Y no había más tiempo que ese. En esos escasos minutos Danilo se convertía en el Diablo.
El Diablo bajaba al escenario y Analía entraba al camarín de al lado a buscar la ropa de Victoria Onetto. Ella estaba sobre el escenario haciendo la escena en la que se desnudaba completamente. Analía con la ropa en la mano corría por las escaleras al primer piso donde se encontraba la puerta “de  atrás” del escenario. En pocos minutos debía estar al pie del escenario para abrigar a Victoria luego de que terminaba su escena.   
Para el artista, el camarín es parte de su privacidad. Es como el cuarto para un adolescente. Un lugar de resguardo. El Teatro tiene capacidad para “casi cualquier cosa” dice Analia. “Porque he ido a otros teatros y los camarines ¡ay, mamita! Entonces cuando vienen los actores acá ya ellos te dicen en qué camarín les gustaría estar”.
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La tarde del 16 febrero del 2002 estaba despejada, sin nubes y hacía calor en Mar del Plata. Un día ideal para ir a la playa, esos en los que hay una brisa fresca que de tanto en tanto permite respirar cuando el sol ya casi se torna insoportable.
Con una camisa magenta y un capri negro, Mónica estaba parada y apoyada sobre la pared, cerca de la puerta de salida. Su marido trabajaba desde hacía dos meses en el Auditorium.
El director del Teatro, Gustavo Giordano, la había llamado a través de su marido para hacer la escenografía de su próxima producción Discépolo, esa mezcla milagrosa. La obra se estrenó en julio de 2002 con la dirección de Paco Hase y la actuación de Juan Darthes, Emilio Comte, Luis Rende, Jorge Taglioni.
Mónica lo conocía a Gustavo de haber trabajado juntos en la puesta de Las últimas lunas, de Juan Alberto de Mendoza. Por eso llegó al Teatro en la primera vez que se hacía una producción avalada desde la Subsecretaria de Cultura y Educación. “Ahí entré haciendo esa escenografía supuestamente por un contrato que nunca se concretó y me quedé como personal de planta”, comenta Mónica.
La obra fue record de convocatoria en sus dos temporadas de verano en la sala Piazzolla. “La puesta fue muy buena. Desde lo estético de mucha síntesis visual. Cada espacio y cada elemento estaba representado por objetos que simbolizaban lo que queríamos contar”.
El elenco estaba conformado por actores de Buenos Aires y La Plata, por ello los costos de la obra eran altísimos en traslados, alojamientos y comidas. También, según Mónica, el director de la obra “era un tipo bastante difícil, entonces a todo le ponía un pero, todo lo cuestionaba y eso complicó un poquito las cosas”.
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Eva Perón, cuando venía a Mar del Plata, se acercaba a tomar una copa y escuchar un poco de tango en la Dancing del Casino Central, ubicado en la Rambla de la ciudad. Pero, desde el 20 de enero de 1945 ese lugar dejó de existir para convertirse en la Sala Auditorium con 1182 butacas. A partir de 1994 recibió el nombre de sala Astor Piazzolla en honor al bandoneonista y compositor marplatense. Desde entonces y hasta hoy es una de las salas más grandes de la ciudad.   
En el Edificio Casino, actualmente, sigue funcionando el casino central de Mar del Plata y comparte el edificio con el Teatro Auditorium Centro Provincial de las Artes.
La construcción comenzó en 1938 bajo la dirección del arquitecto Alejandro Bustillo. El proyecto consistía en dos edificios gemelos de estilo imperial en el sector costero de las viejas ramblas. El dos de diciembre de 1939 se inauguraron ambos complejos que recibieron el nombre de Edificio Casino - Hotel Provincial.
Según Mónica, la única sala de toda la ciudad que tiene un escenario a la italiana clásico con todas sus características es la Piazzolla. Tiene parrilla: una estructura de madera cerca del cielorraso que se encuentra a 17 metros de altura, con las maderas ubicadas en forma paralela, igual que una parrilla para hacer asado. Desde allí se cuelgan todos los decorados, las luces y aquello que se oculta en el espacio aéreo durante una obra. Tiene una cámara negra: una tela que cubre todo el fondo del escenario que no tiene que reflejar luz, pero sí absorberla. Un proscenio -zona del escenario más cercana al público- y foso de orquesta que es la otra característica que hace que sea un escenario a la italiana clásico.  “Muchas salas de la ciudad tienen las primeras características pero ninguna cuenta con foso para orquesta”, explica Mónica.
El foso se encuentra debajo del proscenio y habitualmente está cubierto por unas estructuras de fenólico desmontables que hacen de piso del proscenio. La última vez que se utilizó el foso de escenario fue en la temporada de verano 2014 con Vale Todo, un musical protagonizado por Enrique Pinti, Florencia Peña y Diego Ramos que contaba con orquesta en vivo. El telón es de boca a la americana, es decir que  se abre de forma vertical y funciona de forma automática con distintas velocidades.
La forma semicircular de la sala, la  buena distribución de las butacas y la amplia abertura de la boca de escena, permiten que casi la totalidad del escenario quede a la vista de todos. Según Mónica es un “detalle importante para los escenógrafos, porque, por ejemplo, en el Teatro Colón de Buenos Aires desde los palcos laterales se ven tres cuartos del escenario, hay partes que directamente no ves”.
Ya convertido en un complejo cultural de cinco salas, en 1999 el decreto 3/9/99 declaró monumento histórico nacional, provincial y municipal al conjunto urbano integrado por el Hotel Provincial y Casino.
En 1969, el Gobierno de la Nación transfiere las instalaciones del Casino y del Auditorium, su patrimonio, administración y funcionamiento al Ministerio de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. En mayo del 2003, bajo la ley 13056, se creó el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. A partir de ese momento el Teatro Auditorium y todos los teatros provinciales comenzaron a depender de este organismo que los nuclea y administra, en este momento bajo la presidencia de Jorge Telerman.
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La suerte ayudó a Mario a entrar a trabajar en el Teatro. Hace once años un amigo le dijo que había una vacante para portería y que a él le coincidían los horarios por eso no lo podía tomar. Mario se presentó y hoy continúa trabajando ahí, pero en sonido.  
El hermano de Mario, Gonzalo, trabaja en el área de mantenimiento del Teatro. “Mi hermano hacía trabajos muy fuertes y pedí que lo hagan entrar. En esa época todavía estaba enamorado del teatro. Si me preguntas ahora, no la hago entrar a mi hermana”.
Mario hoy ya no está enamorado del Teatro, pero sí de su trabajo. Para la mayoría de las personas que trabajan allí todo lo que sucede en ese ámbito termina siendo “una cagada”.
Sin embargo, el Auditorium le sirvió para cambiar su concepción del arte. Él pinta, dibuja y hace música. “Acá aprendí mucho. No para que me tomen una prueba. Pero mi idea de cómo eran muchas cosas se modificó. La música, por ejemplo. Vi tantas cosas en vivo que obviamente alteré mi percepción.”
Trabajar en un teatro provincial es trabajar en la administración pública. Personajes como “Flora la empleada pública”, de Antonio Gasalla, también existen. La idea del empleado público tomando mate y pintándose las uñas ocurre en este espacio. Mario dice: “Re achancha mucho este lugar porque es un trabajo rutinario como cualquier otro. Si mañana viene un artista que te gusta y va a tocar en el Teatro y pasado va a tocar en otro lado, vas a verlo a otro lado porque eso significa otra salida”. 
Pedro Aznar ya estaba sentado sobre una banqueta alta con su guitarra en la mano y el micrófono de pie prendido cuando se abrió el telón el sábado 24 de mayo de 2014 a las 21:30 en el Auditorium. Mario estaba “enloquecido” por verlo. Sin embargo, tocaba en su lugar de trabajo. Desde la butaca de la fila 15 que ocupaba, pensaba “que siga tocando porque estoy viendo a Aznar en el teatro y por otro lado decía ¡uh! loco me quiero ir a mi casa, ya me quiero ir del Teatro”. Así Mario se peleaba entre la posibilidad de “consumir arte gratis” como dice él  y las ganas de dejar su lugar de trabajo.

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Para los 90 el Auditorium tenía cien personas trabajando. “Eran como una gran familia” explicó Analía “y se hacían todas las cosas, porque el teatro es grande como está ahora”. Era un teatro con una idea más colaborativa. Todos hacían todo.
Ahora tiene una planta permanente de doscientos empleados, cada uno con sus tareas asignadas. Durante el día se encargan de la firma de un contrato, la prensa, la folletería que se entrega en el show, la descarga de la escenografía, la prueba de sonido y la preparación de los efectos lumínicos. Sin embargo, es a la noche cuando se produce la magia y el Teatro tiene otro color, otro aroma; en síntesis, un encanto distinto. Analía se queda hasta que el último personaje porque “si hay vestuario hay que poner llave contra llave, más llave”.
Analía conoce ese espacio más de noche que de día. El Teatro tiene tres pisos y el trabajo le permite “andar” como dice ella. Porque “tengo dos chicas que trabajan conmigo. Ahora veo que esté todo bien y empiezo: salgo, voy al tercer piso, paso por el primero, saludo a todos mis compañeros, veo cómo va todo, me doy unas vueltas por todos lados”.
Gracias a sus recorridas diarias, puede observar que ahora hay mucha división y pelea entre los compañeros. Según ella “cambio la época y, por ahí, los más grandes nos tenemos que acostumbrar a la gente joven. Es un poco difícil pero yo me acostumbro. Soy muy versátil, muy flexible”.
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Los jueves a la noche hay comida obligada en la cocina del segundo piso.
“A la noche cuando tengo un cachito me gusta cocinar, aparte de todo me gusta cocinar”, dice Analía. “Me han hecho una cocina muy linda. Entonces, cuando tengo mi momento y tengo ganas, cocino, cuando no, lo hace otro”.
Son las tres de la tarde del jueves seis de febrero de 2014. Analía llegó temprano a trabajar, hoy su función es cocinar un pastel de papas para treinta y cinco personas a pedido del elenco de Vale Todo. Pinti quedará afuera de la cena porque tiene su propia dieta.
La cocina del segundo piso está junto a los camarines. Es un espacio de 4 X 4 pintado de color verde pálido, decorado con un corcho que permite “pinchar” la programación mensual, los horarios del personal y notificaciones varias. También hay seis lockers, que utiliza el personal del teatro, cada uno con un candado diferente.
Analia está sentada en una mesa que podría contener a 10 comensales, pero de alguna extraña manera esa noche la ocuparán treinta personas. Allí pela los 10 kilos de papas que necesitará para la comida. Luego de cinco horas de preparación, ya lo puede meter al horno industrial que compraron entre todos los compañeros del turno noche.
-Fue la primera vez en mi vida que hice un pastel de papa tan grandote. Solita lo hice y se chuparon los dedos. La mayoría de los elencos ya saben que nosotros cocinamos, entonces cuando termina la función me piden el plato. El productor de Virus y de Miguel Mateos, va a venir en noviembre con Lerner y ya me dijo que le tengo que preparar lasaña.
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-¿Cuál fue el momento más feo que pasaste en el Teatro?
- Eso no te lo voy a contar. Yo era joven y recién entraba al teatro. No sabía cómo era manejarme con ciertas cosas. Hoy ya aprendí. Esa persona después vino y me pidió disculpas, me regaló un poncho divino.
Se queda callada. Cree que no puede contar. Hay cosas que siempre quedarán para uno. Pero ella no se aguanta. Me hace gestos de inyectarse y aspirar.
-¿Es muy complicado el tema de las adicciones a la noche?
-Sí. Hasta el que menos te imaginas. Lo hacen todos. Pero ya aprendí, también, a manejarme con eso. Aprendes, también, a entender cómo es la noche.
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“Si vos tenes un espectáculo a las 10 de la noche probablemente a esa hora no te pidas un café con leche. La persona que se droga o que vende o lo que fuera es la misma persona si viene a las diez de la mañana que si viene a las once de la noche, pero a la noche está más dispuesto”.
Como dijo una vez el reconocido actor Horacio Peña “El teatro no es serio… es mágico”. Y la industria del entretenimiento maneja otros códigos. Más allá de la presión porque todo salga bien, de noche se respira un clima más relajado, más festivo. La mayoría de las personas que trabajan en el Teatro tienen años en el oficio, su trabajo sale de “taco”. Eso les permite tomarse ciertas libertades como sentarse en el bar y consumir alcohol con total naturalidad. El problema, como siempre, son los excesos.
Mario sostiene que  “la gente es la misma, lo que cambia es la noche, porque mueve otras cosas, que se yo. Lo que pasa es que la mayoría de los espectáculos son a la noche y eso es así porque esto es un Teatro”.
El Café del Teatro está delimitado por el espacio que ocupan las mesas de manteles bordó y sus sillas haciendo juego en el mismo tono. En un lateral un pequeño escenario con un piano, un rincón más para realizar presentaciones. Al fondo, sobre un espejo que ocupa toda la pared de cuatro metros por cinco de alto, está la barra pintada de color beige con una inscripción que dice Café Teatral Emilio Alfaro. De esta manera, el Café queda integrado en otro espacio más amplio: Foyer Alto. Es decir, el vestíbulo que presenta la gran escalinata de alfombra roja que permite el acceso a la sala Astor Piazzolla.
Allí es común ver gente tomando algo. Gente que viene a la obra, gente que trabaja ahí. Todos tienen ese lugar como punto de reunión. Se puede ver a un empleado con amigos, como si esa fuera su salida del sábado. “Porque trabajando de noche se pierde toda la vida social”, dice Mario. El personal del teatro tiene franco el lunes. Siempre van a contramano de las normas establecidas socialmente para el festejo y las salidas con amigos.  
-Yo nunca vi a nadie pero sí sé que pasa, tampoco soy pelotudo -dice Mario.

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Francella llegó al Teatro en enero del 2006. Durante toda la temporada presentó junto a Enrique Pinti Los productores. Una obra con libreto, música y letra de Mel Brooks. Era la historia de dos productores teatrales que planeaban hacerse ricos produciendo el mayor fracaso de Broadway. La obra se caracterizaba por un sentido del humor irreverente apoyado en acentos exagerados, estereotipos homosexuales, personajes nazis y muchos chistes sobre el propio mundo del espectáculo.
Durante los dos meses que permanecieron en la ciudad, trabajaron con entradas agotadas el 80 por ciento de los días que subieron a escena. Se llevaron siete premios Estrella de Mar y Pinti recibió el “Estrella de Mar de Oro”. Una temporada a puro éxito.
-¿Con quién no te gustaría volver a trabajar?
-¿Te lo digo, no te lo digo?
La voz  no sale. Los labios se mueven: “Francella”.
-¿Por qué?
-Porque no tengo empatía. Nadie tuvo empatía con él. Venía y empezaba a los gritos: ¡Analía! Es un cabrón, como que él era el que se llevaba todo por delante. No es la persona linda que vos ves. Es excelente actor, pero como persona para mí no. No, no, no. Muy soberbio.
-¿Con quién te gustaría volver a trabajar?
-Me encantaría trabajar con Nancy Dupláa  y Pablo Echarri. Excelentes personas.
El sábado 29 de diciembre a las 21 se abrió el telón rojo. Sobre el escenario aparecieron Pablo Echarri y Nancy Dupláa discutiendo, puteándose. Encarnaban a Mario y Valeria, una pareja de alcohólicos y adictos a la cocaína. Él acababa de salir de prisión en libertad condicional con el plan de conseguir un empleo y mantenerse sobrio. Sin embargo, la aparición de un extraño sombrero sembró la duda del engaño entre los dos.
De miércoles a domingo presentaban El hijo de puta del sombrero. Allí revivían esa historia en la que el alcohol, el humor y el odio hacían estragos. Se llevaron tres premios Estrella de Mar y la sala se mantuvo toda la temporada hasta la mitad.
***
Era casi medianoche de enero del 95. Sobre el escenario, Viuda e Hijas de Roque Enroll. Los más grandes del rock se presentaban esa noche en un recital compartido. Pappo cerraba el show.
Analía estaba parada frente a las hornallas de la cocina con un par de medias. Después sobre la estufa. Eran las medias de Pappo, empapadas.
-Pappo se había ido donde estaban las chicas a tomar un cafecito. Bueno, tomaban algo. Bueno, no sé qué.
Y otra vez los gestos, esta vez era una copa.
“Será café lo que estaba tomando, bueno no sé”, insinúa.
Analía no quiere contar pero cuenta. Ese “no sé qué” que estaban tomando, se cae sobre los pies de Pappo. Se le mojan las medias y faltaban 10 minutos para que salgan a escena.
-Se mojó todo -cuenta Analía.
Pappo gritaba: “Analía por favor ¿qué hago, qué hago?”.  
Diez minutos después, en el momento en que debía salir al escenario las medias estaban secas. Pappo abrazaba a Analía y ella lo recuerda con cariño: “fue espectacular”.

***
Para armar la escenografía de Discépolo, esa mezcla milagrosa se contrató un escenógrafo marplatense, José Allos, que no había trabajado hasta el momento en el teatro. José pintaba la escenografía solo en el subsuelo. Dos o tres veces había subido a tomar mate a la cocina del Teatro con Analía y sus compañeros. Allí entre mate y galletitas comentó que en dos oportunidades había visto un par de personas en el subsuelo, pero que después desaparecieron por detrás de una gran columna y no las pudo ver más. A los días, el escenógrafo, “se puso a mirar las fotos colgadas en el corcho de las notificaciones y señaló en las fotos las personas que había visto abajo. Eran compañeros que ya no estaban”, cuenta Analía.
-¿Hay fantasmas en el teatro?
-Sí, claro. Hay porque yo he visto. En  los camarines, las perchas se corren solas. Y hay ruidos. O cerras una ventana y se te abre. Vas y está abierta y no hay nadie.
Baja la mirada y recuerda a sus compañeros que dejaron la vida en el Teatro. “Creo que la gente deja su estigma en el teatro. El amor que uno tiene por este lugar queda, las personas que vivieron por el teatro y para el teatro. Esa es la característica: más que un trabajo es una pasión. La mayoría de los que estamos acá nacimos para hacer teatro y algo nuestro queda cuando nos vamos de nuestro lugar".
De repente se pone contenta otra vez, levanta la mirada y con los ojos enormes dice: “En mi casa hay duendes. A mí me gustan mucho los duendes. Tengo duendes de todos lados del norte, del sur, del este y oeste. En mi casa están los duendes, que sí he visto una vez”.
***
En el ámbito teatral, hay creencias acerca de lo que trae buena y mala suerte. En un teatro no se puede silbar, no se puede usar el color amarillo, no se puede tener claveles, no se puede tejer en un camarín porque puede traer la desgracia a todo el elenco, y si la lana es amarilla el desafío es doble.
-Es mal augurio. Se genera una mala energía en el teatro que puede perjudicar el desarrollo de la obra. Yo igual no le doy importancia –comenta Analía.
La primera vez que se presentó en la Sala Piazzolla Pimpinela La Familia era el 2 de enero del 2010.  Solo faltaban unos minutos para salir a escena cuando Lucía Galán empezó a llamar uno por uno a los integrantes del elenco. Analía corrió juntando gente, sin entender bien para qué. Todos tomados de la mano comenzaron a rezar. Analía observó tranquila, ya estaba acostumbrada a este tipo de rituales.
Durante los dos meses que se presentó el show, todos los días minutos antes de salir a escena 35 personas se tomaban de la mano y comenzaba a decir: Padre nuestro, que estás en los cielos… Analía, que ya se había apropiado de ese espectáculo, rezaba con ellos.
Analía dice “los Pimpinelas que fue un grupo excelente. Como persona, como ser humano, los bailarines, todos. Yo era uno más”.  Porque cuando se programa un espectáculo que dura los dos meses de verano, se forma un vínculo, se conviven muchas horas con los artistas
-Todos los actores principales tienen cábalas. Prenden su velita, sus santos. Esas cosas están en un lugar y no se pueden tocar, no hay que correr nada. Habitualmente las cábalas son vinculadas a la religión  -explica Analía.

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Los primeros días de febrero del 2014 Alejandro Cruz publicó en el diario La Nación un artículo titulado “Paradojas del teatro marplatense”.
El periodista presenta la nota explicando las dificultades que tuvo El conventillo de la paloma, de Alberto Vaccarezza, producción del Teatro Nacional Cervantes, para presentar su obra en la sala Mar del Plata de Carlos Rottemberg, productor teatral. Cruz cuestionó la falta de unión entre salas estatales, porque esta obra terminó en una sala privada existiendo en la ciudad un espacio de la provincia como el Teatro Auditorium.
“Sería lógico pensar que un espectáculo del único teatro nacional con que cuenta el país se presente en la sala provincial; pero no fue así. En verdad, hace años que la sala Piazzolla del Teatro Auditorium se administra como si fuera una sala comercial. Bajo esa lógica se ha programado a Los Midachi, a los Pimpinela, a Martín Bossi o Los productores,  entre tantos otros montajes”.
También Cruz sostuvo que las políticas culturales expresadas por el Instituto Cultural no se correspondían con  el precio de las entradas del espectáculo que en ese momento estaba en cartel. Señalaba: “en el Teatro Auditorium, la sala provincial cuya amplia programación fue presentada bajo las premisas de `pluralismo, inclusión y participación`, se presenta Vale todo, el musical de Cole Porter, con las entradas más elevadas”.
***
Mónica acuerda con el periodista: “El teatro es el lugar ideal para hacer producción, pero producción en serio”. Es decir, tener el dinero disponible y tener una propuesta realmente teatral. El escenario de la sala Piazzolla cuenta con el equipamiento técnico y el recurso humano necesario para llevar adelante casi cualquier producción teatral. “Pero desde el teatro se hacen cosas muy chiquitas y siempre con falta de presupuesto. Si no, en el foyer se arma un decorado en relación con una temática, pero no es una cosa teatral”.
El Auditorium no es un teatro de producción. Por eso no cuenta con el financiamiento necesario para el desarrollo de puestas teatrales propias. “Cada producción que hacemos la hacemos como podemos desde los recursos que tenemos. Creo que no estoy  conforme con ninguna de las puestas que hice en estos años acá. Siempre es pintame un fondito. No hay plata. No hay plata. No hay plata”.
Al no tener trabajo de taller escenográfico, falta recurso humano capacitado en construcción, realizadores. Sin embargo, las limitaciones se compensan. “El personal técnico del Teatro no sabe tanto de taller porque no hay producción, pero de montaje puede resolver casi cualquier dificultad que se le presente. Continuamente al Teatro llegan cosas nuevas, entonces el personal tiene un training de armado y desarme más que cualquier otro”.
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Un camión estacionaba en la puerta del Teatro sobre la calle Boulevard Marítimo a las 11 de la mañana del  19 de enero del 2011. Quince cajas negras con detalles en plateado y la inscripción prolighting comenzaban a marchar desde el montacarga con dirección a la sala Piazzolla.
Una vez arriba del escenario, las cajas se abrían y empezaban a aparecer micrófonos, amplificadores, consolas de sonido y luces. Así se armaba el sonido de lo que sería el show de Luis Alberto Spinetta a las diez de la noche, donde el artista comenzaba su gira 2011. “Trajeron todo ellos para estar híper confiados de lo que iba a hacer el show”, explica Mario.
Para las cinco de la tarde ya estaba casi todo armado, mientras los técnicos ultimaban detalles sobre el escenario, Claudio Cardone estaba en teclados, Sergio Verdinelli en batería, Matías Méndez en bajo, Baltazar Comotto en guitarra, Vera Spinetta en voces y el Mono Fontana en teclados. Dirigiendo todo lo que sucedía estaba el Flaco Spinetta. 
-Otra cosa que noto en este tema es que me quedo sin teclado. Me queda la batería pegada. Así que bajame el piso -decía Spinetta.
Mario, desde la consola de sonido, estuvo presente toda la prueba, escuchaba las instrucciones de Spinetta, que estaba con su propio operador. Pero era su trabajo estar por si necesitaban algo.
-Yo estuve en la prueba para ver si me acercaba a saludarlo y nunca me animé. Él iba y venía, y no me animé.
El show terminó. La gente aplaudió de pie. Las luces se prendieron y los espectadores se retiraron. Pero Spinetta no se fue. Se quedó parado  solo en el medio del escenario. Tocaba la guitarra y probaba la pedalera. Mario pensó: que me odie pero si no lo saludo ahora, nunca más. Así que entró al medio del escenario, le estiró la mano y le dijo:
-Solo te quería saludar.
El Flaco le agarró la mano y lo abrazo. Mario se fue del escenario con una sonrisa enorme, se sentía un “héroe”. Lo dejó a Spinetta solo con su guitarra y su pedalera.
            “Lo mejor es todo eso. Estar en contacto con el artista. Con todo el proceso de lo que le pasa al artista”. Mario critica el manejo del Teatro: “Por ahí no sabes ni los horarios de una semana. Con suerte tres días. Te van cambiando los horarios. Está bueno para un pibe soltero”.
Mario ya no opera más, es decir, no acompaña desde la consola al artista. En el Teatro conoció a su mujer, Sandra, con quien tiene dos hijos. Es un padre de familia y para gente con familia “no está tan bueno trabajar de noche y no conocer tus horarios”.
-Pero el trabajo no sé qué tiene de malo. No sabría que decirte.
***
Se abre la puerta del costado por donde entra el personal. Una mujer de 58 años, con un metro cincuenta de altura, rulos rubios y unos lentes gruesos como culo de botella entra gritando con alegría: ¡Hola! ¡Hola!. Es Analía que recién llega a trabajar.
-¿Te vas a jubilar a los 60?  -le pregunta la encargada de personal que la recibe al fichar la entrada.
-¡NO! Yo quiero seguir trabajando-.

Analía nunca se va a ir del Teatro, porque esa es su casa, su lugar en el mundo. Las próximas generaciones seguro la verán desaparecer detrás de una columna, correr unas perchas o abrir una ventana. Eso es el teatro: No es serio… es mágico. 

                                                                           María Martha de Ortube

martes, 19 de agosto de 2014

El emblema vivo de Mar del Plata



                                                       María Martha de Ortube

El 23 de mayo de 2010 llovía y hacía frío. Las chicas, firmes, como si las bajas temperaturas y las gotas de lluvia no las alcanzaran, avanzaban por el medio de la 9 de Julio. Chaquetas blancas, rojas y azules vestían la calle. Marchaban hacia adelante, giraban, doblaban a la derecha y la izquierda. La música les marcaba el ritmo. La Guardia Nacional del Mar desplegaba toda su capacidad artística abriendo el desfile de Las Integraciones de las Naciones con motivo de los festejos del Bicentenario de Argentina frente a una gran cantidad de personas amontonadas.
Las bastoneras iban al frente con polleras y chaquetas blancas. El bastón giraba en el aire, pasaba de la mano derecha a la izquierda, se lanzaba al cielo y como un bumerang volvía  a la mano derecha. Detrás el cuerpo de baile con sus chaquetas rojas, pollera blanca, botas blancas y gorriones blancos con una pluma roja, les seguían el paso. Al fondo, la bastonera de las tamboreras daba la entrada al cuerpo de percusión con sus chaquetas azules. Atrás, casi imperceptible, venía la Trafic cargada de amplificadores para que la música llegara a los oídos de todos.
Las vallas delimitaban el Paseo del Bicentenario, sobre la 9 de Julio, entre las avenidas Corrientes y Belgrano. Allí, con el handy en la mano, estaban Alejandro, el director de la Guardia del Mar, Mariana, la coordinadora, y Valeria, la secretaria.
Mariana observa detalladamente. Busca fallas. Evalúa. 
–Acá hacemos tres temas y después va la percusión –indica Alejandro al sonidista que está en la Trafic blanca.
–Adelante, atrás, adelante. El brazo bien estirado –dice  Valeria a las integrantes que desfilan.
                                                                ***
“Tres, dos, uno… Fuego! En menos de un segundo, los edificios de una manzana (115)  donde la municipalidad hará una plaza fueron dinamitados cuando Mar del Plata dormía: minutos después de las 4 de la madrugada de ayer, expertos del Ejército demolieron más de mil toneladas de cemento. Lo hicieron en secreto y sin público. Fue la primera vez que en el país se realiza una experiencia con explosivos en una zona tan densamente poblada”. (Clarín – Junio de 1999)

La manzana 115 era un emblema de la ciudad. Un rectángulo que no llamaba la atención por su belleza física, todo lo contrario. Pero sus edificios y puntos de venta de objetos eran conocidos por marplatenses y turistas. Era la esquina de Moreno y Boulevard Marítimo, en pleno Centro de la ciudad, frente al Casino Central. A cincuenta metros de la rambla y de la playa era unos de los pasos obligados.  
Allí estaba el famoso Hotel Bristol. Entre los edificios de departamentos había locales comerciales y dos restaurantes con amplios salones ilustrados con fotos de los platos más característicos de la ciudad como las rabas. El viejo edificio del Ente Municipal de Turismo también estaba ahí. Todo eso quedó reducido a escombros en 40 segundos en junio del 99.
En la manzana 115, hoy la Plaza del Milenio, estaba el viejo edificio  en el que Valeria se anotó en marzo del 92 junto a 202 chicas más.  Tenía 15 años y medía más de 1,65, la altura mínima para ingresar a la Guardia Nacional del Mar. La decisión le llevó dos años, no le gustaba exponerse. Su mamá la ayudó a conseguir la confianza necesaria para inscribirse.
Al mes siguiente de la inscripción, el teléfono de la casa de Valeria sonó. Tenía que acercarse para una preselección. La directora de ese momento, Norma Magrini, la observó en malla. Su físico y altura se correspondían con las condiciones necesarias para pasar a la siguiente etapa.
En la segunda parte, la coreógrafa le enseñó una coreografía, le facilitó la música y un mes después, Valeria se presentaba a rendir.  Quedó entre las 15 para integrar el grupo coreográfico de chaqueta roja.
Estuvo diez años como integrante de la Guardia. Dos fuera de ella porque, la mayoría de sus amigas ya no estaban y se apartó. En ese tiempo sintió que cada miércoles y viernes quedaban reducidos a escombros como el edificio en el que había pasado tanto tiempo. Luego volvió como secretaria. Hoy lleva otros diez años en ese puesto. 
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Corría 1969 y Alejandro tenía cuatro años. Su mamá, Norma, y su papá, Luis, habían tomado la responsabilidad de crear un grupo coreográfico que acompañe a la Reina Nacional del Mar en sus presentaciones en la ciudad y fuera de ella.
Ambos profesores de educación física contaban con los conocimientos necesarios para agrupar a los chicos, crear las diferentes coreografías y buscar una banda de música. En un principio, las chicas fueron seleccionadas por la profesora Magrini, que ejercía la docencia en la escuela Normal.
“Allí yo sabía cuáles eran las chicas que tenían buena conducta y condiciones para aprender coreografías. Les fui proporcionando la idea y con ellas arme el primer grupo”, comentó Norma en la revista Toledo Con Todos en 1996.
Los primeros años demandaron mucho trabajo para Luis y Norma. Había que agrupar a los chicos, crear las coreografías, buscar una banda de música.
“Me dijeron que no había presupuesto y que tenía que hacerlo ad-honorem, y creo que ese fue el motivo por el cual acepté –agrega– vi que era algo que podía ser una creación artística, estaba dentro de mis posibilidades y le dije que sí. Fui a mi casa, le comenté a mi esposo y desde ese momento estamos trabajando juntos”, dijo Norma en la entrevista.
Norma y Luis sumaron a sus tres hijos adolescentes a la Guardia. Alejandro, con su corta edad, también tuvo un lugar con un pequeño tamborcito de juguete. Para él “era un tema. Como hijo se sufre. Vos queres tener un fin de semana en familia y era una época en  la que todos los viernes salíamos de viaje con la guardia. Éramos uno más dentro del grupo y ahí uno tenía que compartir los padres con 60 compañeros”.
Cuando los hermanos de Alejandro dejaron la Guardia en el 79`, luego de 10 años, él solo tenía 14.  Por eso decidió continuar. Del tamborcito pasó a un redoblante. Y cuando se creó el grupo de abanderados, pasó a formar parte de este. Luego fue  profesor de abanderados y, después de muchos años, se convirtió en director cuando Luis decidió dar un paso al costado.
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De junio a noviembre del 92 Valeria y Lorena corrieron los muebles, hicieron espacio. Pusieron la música fuerte y comenzaron a bailar.  A veces la escena se repetía en la casa de Valeria, otras en la de Lorena.
–Uno, dos, tres, adelante, giro. Uno, dos, tres, el brazo a la derecha y a la izquierda. Otra vez. Uno, dos, tres –dice Lorena.  
Lorena integraba la Guardia del Mar desde hacía un año. Los directores la asignaron madrina de Valeria y debía enseñarle las 30 coreografías que conformaban el repertorio. Hasta que Valeria no las aprendiera todas no le entregarían el uniforme y no sería efectivamente una integrante de la Guardia.
Horas y horas de ensayo dieron sus frutos. El 18 de noviembre de 1992 Valeria recibió su uniforme. Su papá la esperaba en la puerta del Centro de Educación Física Nº2 donde ensayaban habitualmente. Valeria salió con una sonrisa enorme en su rostro. Ya pertenecía a la Guardia. Había que reacondicionar rápido el uniforme porque debutaba a los dos días. Había que pintar el gorro, mandarlo a limpiar, coser los botones, lustrar las botas.
Las chicas llegaron por la mañana a la Ciudad de Buenos Aires. Almorzaron en una casa antigua, que tenía un patio central y una galería. Allí con la ayuda de Lorena, Valeria, se  peinó, se maquilló y se puso el uniforme de la Guardia.
–Vos estas sola, sola. No estaba tu mamá. Te tenes que arreglar con las condiciones que impone el grupo. Horarios, la comida –dice Valeria cuando se acuerda de ese momento.
Vestidas con el uniforme dejaban de ser Lorena o Valeria para convertirse en La Guardia Nacional del Mar, que  avanzaba en la muestra de autos antiguos que se realiza habitualmente en San Isidro. Era noviembre del 92. En la última escuadra marchaba Valeria por primera vez.
La familia de Valeria se quedó en Mar del Plata. Fue  uno de los pocos desfiles que no pudo ver.
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El cargo de director de la Guardia Nacional del Mar le llegó a Alejandro de la mano de la peor crisis que padeció la institución: la gestión de Elio Aprile. Según Alejandro,  “un gobierno que decidió darle la espalda a la Guardia”.
El 27  de agosto de 1996 se promulgó la ordenanza nº 10702, “la baja del funcionamiento municipal al Conjunto Coreográfico – Musical Guardia del Mar”. La política estatal de recorte presupuestaria de los años 90 también alcanzaba a la Guardia. 
–Ese fue un gran cimbronazo porque pertenecer a la municipalidad te da la contención necesaria en lo que respecta al costo del mantenimiento de la Guardia que dependía absolutamente del Estado –dice Alejandro
–Era horrible, porque vos formabas parte del grupo. Había que acortar presupuesto y la Guardia llevaba mucha plata. Igual en ese momento ni lugar para ensayar teníamos. En verano, por ejemplo, practicábamos en la Rambla –recuerda Valeria
Norma, como madre fundadora de la Guardia comunicaba a la prensa la angustia que sentían cuando peligraba la existencia de la institución. Con los ojos llenos de lágrimas les gritaba a los marplatenses a través de los medios de comunicación que los querían “matar en vida”. Sin la decisión política de que la Guardia participará en los eventos más importantes de la ciudad, moriría por decantación, porque perdería  su finalidad como institución, que es la de promocionar a Mar del Plata a través de un cuerpo coreográfico.
Después de mucho trabajo, la Municipalidad y la Asociación Amigos de la Guardia del Mar, que fue creada legalmente ese año, acordaron un convenio. La Asociación asumía la explotación, mantenimiento artístico del grupo, contrataciones y obligaciones civiles. A su vez, garantizaba la presencia del Grupo en todas las presentaciones que el EMTUR (Ente Municipal de Turismo) consideraba que tenían fines promocionales de la ciudad.
Por su parte, el Municipio autorizaba a la Asociación a utilizar el nombre de “Guardia Nacional del Mar” de la cual tenía la licencia y, a cambio de la presencia de la Guardia en todas las actividades que considerara necesaria, les otorgaría un subsidio. Eso le permitió a la Guardia poder alquilar un espacio como sede, algo que nunca antes se había conseguido, y cobrar aquellas presentaciones de índole privada que realizara la Guardia.
Para el actual presidente del Emtur (Ente Municipal de Turismo), Pablo Fernández “la Guardia Nacional del Mar es una parte muy importante de la historia cultural de nuestra ciudad. Hace a la identidad, a la promoción de Mar del Plata, a sus valores. Se tomó una decisión que la Guardia vuelva a tener ese protagonismo promocional dentro y fuera de la ciudad que había perdido. Debe y tiene que ser la gran embajadora de la ciudad de Mar del Plata”.
“Hemos pasado todo tipo de situaciones. Ahora estamos en un momento de repunte. De seis años a esta parte hemos recuperado el aspecto económico, la difusión de la guardia y artísticamente estamos en nuestro mejor momento,” dice Alejandro.  
Hoy la Guardia Nacional del Mar siente la responsabilidad de guiar a las guardias del país en su proceso de formación. Ya que ha inspirado la creación de cuerpos coreográficos a lo largo del país. Ha sido el modelo a seguir de muchas de ellas. Hoy existen en la Argentina más de 30 Guardias con el mismo formato. Todas ellas llevan por delante la palabra “Guardia” haciendo referencia a la Guardia del Mar.

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Después de diez años, Valeria se ponía por última vez las botas, la chaqueta y la pollera blanca. Junto con cuatro amigas dejaban, en el desfile de navidad del 2002, de ser parte de la Guardia. Durante el evento  se reían  y lloraban a la vez. Buscaban la complicidad entre los nervios y la tristeza.
–Cuando no estaba en la guardia esos miércoles y viernes eran rarísimos.
Fueron dos años. “No podía ver a la guardia de afuera. Yo dejé la guardia y nunca la pude ver. Una sola vez”.
Era el primer desfile del año en la Plaza del Milenio y el primer desfile que Valeria vería desde afuera de la Guardia.
Se acercaba junto a su mamá cruzando la plaza Colón. La Guardia apareció por la calle principal. Valeria no lo pudo soportar. Se puso a llorar y volvió a su casa. No las pudo ver más hasta el día que la llamaron para integrar el grupo de trabajo de la Guardia.
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El viernes 27 de junio a las 19:15 ya es oscuro y la calle Savio no está muy iluminada. A una cuadra de la avenida Juan B. Justo, una de las principales de la ciudad, un reflector ilumina el logo de la Guardia del Mar que está pegado sobre la puerta de vidrio indicando que allí es la sede.
Desde la calle se entra directamente a un hall central con una barra de lo que alguna vez fue un buffet. Una pequeña puerta es el acceso al gimnasio principal, un amplio espacio con ventiladores colgados en las esquinas y pequeñas pantallas infrarrojas  a gas apagadas. Un espejo acompañado por una barra, como las que usan en los salones de danza clásica recorre todo el largo del salón. Sobre el espejo hay flores de cartulina y un cartel que dice Bienvenidas.
Volviendo al hall central, que funciona como un distribuidor, se tiene acceso a la oficina del director y una  escalera que lleva a la planta alta donde ensayan los abanderados. Ese espacio es similar al de abajo pero sin las estufas ni el espejo, ni las flores. Su techo es lo suficientemente alto como para tirar las banderas al aire.
En la oficina del director, que está decorada solo con fotos de los desfiles de la Guardia Nacional del Mar, es donde Mariana, la coordinadora, se reúne con las aspirantes a ingresar a la Guardia para realizarles una entrevista personal.
Para ello, Mariana se sienta de un lado de escritorio. Del otro lado hay una chica que ha demostrado un baile “correcto”. La joven aspirante es callada, tímida. Tiene la mirada fija en el regazo. Esquiva los ojos de Mariana, que le pregunta:  
–¿Por qué queres entrar a la Guardia?
La chica levanta la mirada y mira fijo a Mariana. Contesta: 
–Porque yo cuando bailo y veo a la guardia bailar me conecto con la vida.
Según cuenta Mariana, esa chica “entró de cajón porque vimos el aporte que la Guardia y ella se pueden hacer mutuamente. El compromiso de esa chica será diferente al de todas las demás”.
En cada entrevista, la coordinadora pregunta “¿Por qué te interesa ser integrante de la Guardia? “ Muchas con la mano en la cintura, muy derechitas, como si fueran “la reina de la batata”, dice Mariana, sostienen que su intención  “es representar a la ciudad de Mar del Plata”.
Las chicas que ingresan a la Guardia Nacional del Mar tienen entre 13 y 16 años. Mariana sabe que hay cosas personales que las llevan a anotarse. Que el discurso de que quieren representar a la ciudad de Mar del Plata es aprendido y que a esa edad aún no tienen desarrollado el sentido de responsabilidad cívica. Por eso, como buena docente que es, intenta desestructurarlas y les pide que sea una sola palabra la que describa ese sentimiento. Casi siempre es “Me encanta”.
Durante el período de ingreso a la Guardia hay chicas que  van porque la madre no pudo entrar y luego les gusta; y chicas que vieron a la Guardia desfilar y eso les  despertó un gran interés. Si no entran en un año, se acercan el año siguiente y sino, el otro. “Algunas se han llegado a anotar hasta tres veces. Eso es lo más genuino”, dice Mariana.  
“Hoy hay que gente que siente lo mismo por la Guardia que yo y la vive con la misma pasión por eso sigue en pie hace más de cuarenta años” explica Valeria. 

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Valeria, Mariana y Alejandro son la familia que alberga a más de 60 chicas todos los lunes, miércoles y viernes después de las 19  en la sede.
Mariana y Alejandro son marido y mujer desde hace 14 años. Hoy tienen un hijo de seis años, Felipe, que recorre las instalaciones de la Guardia Nacional del Mar como si fueran propias, igual que lo hacía Alejandro en el 69. Quizás Felipe sea el que continúe con este emblema local que representa a la ciudad de Mar del Plata dentro y fuera del país.
Valeria, tiene un profundo amor por la Guardia. Lo dejaron demostrado las lágrimas de alegría que tuvo cuando Alejandro, junto a Luis y Norma, la fueron a buscar a su casa para trabajar en el puesto de secretaria.  “Me encantaba la guardia y me encanta hoy. La guardia a mí me dio mucho. Hoy le estoy devolviendo algo de lo que me dio”.

La Guardia Nacional del Mar conserva entre sus más valiosos tesoros la filosofía que Luis y Norma supieron crear. Alejandro lo comenta en pocas palabras:
–Un grupo sano que puede representar y dejar bien parada a la ciudad desde lo artístico en todo el país. Una institución que busca dejar algo a cada uno de los chicos que pasan por ella desde lo humano.
 “En definitiva más allá de la Pompa, el brillo, los sones de la banda, el ritmo y la gracia de las danzas, de las sonrisas y la belleza está el trabajo de una verdadera escuela de vida que rescata por ejemplo, a una juventud sana física y moralmente. Sin temores, sin complejos ni frustraciones”
 (En La Capital, 18 de diciembre de 1987)


La Guardia Nacional del Mar, con 47 años de vida, ya es un emblema de la ciudad. La tarea de Alejandro, Mariana y Valeria es perfeccionar el grupo  desde lo artístico y principalmente desde lo humano. No solo enseñan a bailar, mover el bastón o tocar el bombo, sino también los valores de independencia, compañerismo, salud, solidaridad y entrega de todos los chicos que pasan por ella.

domingo, 6 de julio de 2014

La vida en las vías




La estación ferroautomotora de Mar del Plata tiene cuatro entradas. Dos sobre la Avenida Luro, la otra sobre la calle San Juan y la última desde el estacionamiento. Tres de estas entradas tienen acceso directo a la estación de micros, que comparte el edificio con la estación del ferrocarril. La  última puerta es  el  ingreso a la confitería central, con mesas y sillas de madera barnizadas y un televisor plasma en el que habitualmente se ve TN. Unos pasos más adelante aparecen los locales de venta de productos regionales y de remeras con inscripciones de la ciudad. La firma de pulóveres marplatense “Mauro Sergio” también tiene allí un pequeño local. Más de 40 plataformas para el arribo de micros, puestos de panchos y  televisores anuncian la entrada y salida de los coches.  
En el pasillo continuo hay más de cincuenta boleterías para la venta de  pasajes de ómnibus. Gente que va y viene. Valijas que chocan entre sí en el apuro de llegar a destino.
Al fondo a la izquierda se presenta un nuevo escenario. Amontonamiento de sillas vacías, una única boletería que dice grande “Ferrobaires”, el depósito y el vestuario de los colectiveros. Un montón de puertas cerradas.  Si se vuelve a doblar  a la izquierda, un gran espacio vacío. Una nueva puerta que nos lleva a la calle – la única que tiene acceso a la estación de trenes – y un conjunto de puertas de vidrio. Todas cerradas, excepto una que permite el paso a las plataformas del tren. Allí los andenes, las vías y el viejo edificio del ferrocarril. 
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Corría el año 96. Mario llegaba a su primer día de trabajo. Su padre le había podido conseguir un empleo en la estación de trenes de Mar del Plata. Él sería ferroviario como su papá y su abuelo. Esos andenes que lo habían visto crecer lo recibían para darle trabajo. Sería el último ferroviario de su familia.
El entusiasmo se le notaba con una sonrisa que le dejaba ver todos los dientes. Como ahora, cuando se acuerda de esa época. Empezó a trabajar en la “bandeja automovilera”: la carga de los autos para transportar los vehículos. Poco después pasó a la oficina de control de trenes. En ese lugar, Mario se sentaba frente a un mapa “inmenso”, como lo describe él, y coordinaba las 17 formaciones que llegaban a Mar del Plata durante el día. Todas circulaban por una sola vía. Calculaba, entre otras cosas, los siete minutos que tardaba el tren de estación Camet a Vivorata y cuál debía frenar para dar paso a la siguiente formación. Mario evitaba que los trenes chocaran.
En el 2008, su  “corazón inquieto”, dice Mario,lo llevó a cambiar de sector y empezó a trabajar en la parte de encomiendas. “Me ofrecieron si quería trabajar ahí y ya llevo 12 años “Absolutamente todo se puede mandar, una casa completa, bicicletas, motos, mascotas, todo. Sigue siendo un servicio mucho más económico que un camión. Por ejemplo, mandar un auto tiene más o menos el mismo costo que de nafta en ruta”.
El área donde trabaja hoy se encuentra en el edificio viejo de la antigua estación de trenes, donde antes funcionaba una cafetería. Quizás en algún momento estuvo pintado de beige. Tiene tantas manchas y sus paredes están tan sucias que sólo se puede imaginar el color que alguna vez tuvo. Muebles amontonados, colchones, un tráiler para motos, entre otras cosas, aguardan su traslado a Plaza Constitución, Buenos Aires. El tren con las encomiendas sale los domingos.  
Todos los días, Mario recorre la construcción que hoy es patrimonio histórico municipal. Fue creada el 26 de septiembre  de 1886 por Dardo Rocha, el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires.  El ramal General Roca, que llega a Mar del Plata, fue operado desde sus inicios en 1948 por Ferrocarriles Argentinos. Durante el gobierno de Carlos Menem, cuando se concesionaron y reorganizaron varios servicios ferroviarios, la estación pasó a  formar parte de Ferrobaires, empresa perteneciente al Estado de la provincia de Buenos Aires.  Los ferroviarios que transitan los andenes recuerdan como una mejor época cuando pertenecían a Ferrocarriles Argentinos. 
Durante los  90, Mario y sus compañeros de trabajo vivían con incertidumbre. Hubo una época en la cual llegó a funcionar apenas un servicio semanal. “Una cosa increíble. Creíamos que en algún momento ese tren también iba a parar y nos íbamos a quedar sin trabajo”.
 Mario sabía que en su casa había seis bocas que alimentar, por ello siempre buscó la manera de complementar su trabajo de ferroviario. En la estación observó el negocio que hacían los autos y combis que trasladaban pasajeros al centro de la ciudad. Con unos ahorros se compró su primera combi. El trabajo rendía bien. Mario tenía el contacto con el ferrocarril, entonces consiguió, que se le vendiera al pasajero desde Estación Constitución el pasaje de tren y el traslado en su combi.
Años después, Mario ya acumulaba dos vehículos y junto a un compañero, Pedro, alquilaron un hotel. Con trabajo, esfuerzo e improvisación salieron adelante la primera temporada. Varios veranos después Pedro decidió dejar el hotel y la dueña de la propiedad decidió venderla. Mario accedió a un leasing empresarial para quedarse con el hotel y mantener su fuente de trabajo. Debió vender las combis y trabajar el doble, pero logró terminar de pagar el hotel.
Sin embargo, tantas horas fuera de su casa atendiendo sus actividades laborales desgastaron la pareja y se divorció años después. Hoy, su exmujer se encarga del hotel y a él le alcanza con su trabajo de ferroviario.  
Menem y Duhalde también tuvieron un divorcio, pero éste fue político. Duhalde apoyó la candidatura a la presidencia de Néstor Kirchner, quien rápidamente se ganó la simpatía de los ferroviarios con las políticas públicas que generó. Entre ellas, la de reflotar, junto al intendente de Mar del Plata Daniel Katz, el proyecto de la creación de la Ferroautomotora. La terminal de ómnibus se mudaría a los terrenos de la estación del ferrocarril. Por entonces, la terminal de micros funcionaba en instalaciones insuficientes para recibir a todos los viajantes y el edificio dejaba mucho que desear por su escaso mantenimiento y gran deterioro.
La obra contaría con una inversión de 170 millones de pesos, con 40 dársenas para los ómnibus, cinco andenes para trenes y 1.000 puestos de trabajo. El inicio de los trabajos recién se concretó en 2008.  La nueva estación ferroautomotora, que fue inaugurada por Cristina Fernández de Kirchner  el 22 de julio de 2011, unifica en un mismo predio a la vieja estación de trenes y la nueva terminal de ómnibus. La estación, con una superficie de más de 75.000 metros cuadrados, está ubicada entre  Luro, San Juan, 9 de Julio y Misiones.  Según Mario “lo único que hicieron fue poner la terminal de micros al lado de la estación vieja del ferrocarril y le dieron más prioridad al sector de micros porque hay intereses políticos”.
El gobierno adjudicó la construcción, gerenciamiento y explotación de la terminal a la UTE conformada por Néstor Otero y Emepa-Ferrovías. Los ferroviarios de la zona denuncian la ineficiencia de las obras por parte de la UTE. “Lo único que se hizo fue el techo que está mal. Le dieron a este hombre, Otero, el trabajo con tal de terminar. Y este Otero no sabe nada de ferrocarriles. Hay muchísimas falencias que solamente las sabe el empleado que lo vive diariamente”.
En verano, cuando aumenta el movimiento de gente, las dificultades se multiplican. “En temporada –explica Mario– el tren viene más largo y la gente queda afuera del techo. En días de lluvia, porque en verano también tenemos días lluvia, la gente baja y se moja. Viene con equipaje, porque a la ciudad hay que venir con abrigo. Vienen con los valijones arrastrando entre las piedras bajo la lluvia. Es un mal servicio que se le hace brindar al ferrocarril cuando el usuario es la prioridad”.
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Mario levanta la vista, mira a su alrededor, mueve rápidamente las manos y dice “desde que empezaron a hacer la ferroautomotora ya llevo cinco mudanzas”. Trabaja incómodo. El espacio que ocupa no tiene baño. En un rincón hay un pequeño televisor de tubo, un sillón y estufa eléctrica que solo alcanza para mantener las manos calentitas. A pesar de todas las falencias que viven a diario, Mario y el resto de los trabajadores del ferrocarril intentan enfocarse en su trabajo. “Todo es una cuestión de guita, no importa la parte humana. Quieren que la estación se llene de gente,  porque si no hay movimiento no generas trabajo y uno busca conservar la fuente laboral”.
      Los empleados del ferrocarril no ocultaban su alegría cuando la secretaría de Transporte de la Nación auguraba recibir un máximo de 1.200 ómnibus y 11 formaciones ferroviarias por día, con un movimiento mensual de 2.200.000 pasajeros. De las 73.333 personas que la Secretaria proyectaba que iban a llegar a la ciudad por día, el viernes 30 de mayo del 2013 no había ninguna. La entrada al hall central de la ferroautomotora “Eva Perón” era un espacio despoblado. A la derecha se podía ver el movimiento de los micros de larga distancia. Parecía que la gente, los locales y el ruido le daban la espalda al salón principal que da entrada a la estación ferroviaria.  Un espacio enorme, un gran salón de baile al que los invitados no han llegado aún. En el centro de la escena había un puesto de información turística. Allí, un chico con cara de aburrido hablaba por teléfono.
Las plataformas ferroviarias también estaban desiertas. Se escuchaba cómo el viento golpeaba contra el tinglado, que a pesar de tener pocos años de funcionamiento ya se encuentra oxidado. Merodeando las plataformas solo estaban Mario y las dos boleteras encerradas en sus cabinas.
El ferrocarril tiene un solo servicio semanal de encomiendas. Las formaciones con pasajeros vienen tres veces a la semana, día por medio. “Llegan a la ciudad lunes, miércoles y viernes. Vienen con poquita gente. Al  haber solo un horario la gente busca otras alternativas y se va por el micro, a pesar de que los coches son buenos y hay calefacción.” Sin embargo, cuando las maquinas se encuentran encendidas y los pasajeros ultiman detalles para subir al tren, los ferroviarios ya se encuentran en posición de trabajo. Todo está listo para que el tren arranque. Sobre el andén se siente la algarabía de los ferroviarios jubilados. Todos vienen a saludar a sus compañeros que empiezan un nuevo viaje. Son más los ferroviarios que hay en la plataforma que los pasajeros. “Ayer viajaron aproximadamente 200 personas y un tren tiene capacidad  para un poco menos de mil.”  

Mario se pone serio. La nostalgia y la desilusión esconden los dientes que se le veían cuando sonreía recordando otras épocas. “Esto camina gracias al esfuerzo de la gente, del ferroviario que quiere que esto siga caminando. El viejo galpón de encomiendas es el que está un poquito más allá. Comenzaron a hacer la infraestructura y ahí quedó. Hoy es un juntadero de gente que viene a dormir o a consumir drogas”.

                                                        María Martha De Ortube