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jueves, 28 de agosto de 2014

“A la mikve se va sin relojes”

                                                                                                                     


                                                                                                                           
Silvia tenía que salir antes de su farmacia y dejar a su hermano y socio para que cerrara él. La señora Cojaba, cuyo nombre significa “estrella”, la había invitado a la inauguración de la mikve de Barracas, situada en la calle Azara, una suerte de spa donde se realiza un ritual hebraico. Hasta el momento, las mujeres judías del barrio que querían tener su baño ritual, tenían que dirigirse a las mikvaot (plural de mikve) de Once. Ahora había un baño cerca de la comunidad. A Silvia la ortodoxia no le interesó jamás, pero tenía muchos clientes de la comunidad judía religiosa del barrio y todos siempre se portaron muy bien con ella. Especialmente Cojaba, una señora bastante joven que contaba en ese entonces con trece hijos y ya tiene varios nietos. Esposa de un rabino, ortodoxa de cuna y sumamente erudita en su metier. Hija de una judía argelina que nació en el seno de una familia liberal y un buen día dejó el continente africano para estudiar en una Yeshivá de París. La Yeshivá es un lugar donde se estudia Torá, el libro sagrado de los judíos, que coincide con los cinco libros del Pentateuco: Génesis (Bereshit), Éxodo (Shemot), Levítico (Vaykrá), Números (Bemidvar) y Deuteronomio (Devarim). Yael quiso acompañar a su madre Silvia a la inauguración de la mikve, un poco por curiosidad y otro poco para zafar de una reunión organizativa del viaje de egresados a Bariloche.
Ese día, en el medio de las charlas y el ágape, se realizó un sorteo. Cojaba sacó un numerito para ver quién se ganaba el primer turno en la mivke. Salió el número de Yael. Todas las presentes se rieron porque la joven era soltera y el premio no le sirvía. Las mujeres ortodoxas van a la mikve al finalizar el período menstrual y antes de reencontrarse sexualmente con sus esposos. Inmediatamente, Cojaba se apresuró para cambiarle el premio por unos repasadores y volver a sortear.


La religión judía tiene tres distintas vertientes: el judaísmo ortodoxo, el conservador y el reformista. El movimiento reformista, o judaísmo liberal, fue creado en Alemania en el siglo XIX como un intento de adaptarse a los cambios sociales producidos por la Modernidad. La tendencia liberal se trasladó posteriormente a Estados Unidos. El movimiento conservador se estableció en la segunda mitad del siglo XIX. Sus fundadores no querían identificarse con la ortodoxia, que juzgaban anacrónica. Tampoco acordaban con el reformismo, que cambió de forma radical la religión. Los conservadores fijaron para ellos cinco principios: el cumplimiento de los preceptos positivos, es decir, aquellos que hay que realizar; el hebreo como lengua de rezo; el cuidado del kashrut (es decir, qué y cómo se puede comer); el shabat (sábado) como día de descanso y la creencia en el día de la redención. El movimiento ortodoxo sostiene la creencia de que Dios otorgó al pueblo judío la Torá escrita y condujo al proceso de la Torá oral, es decir, la interpretación. El principio fundamental es el cuidado riguroso de las leyes del Shulján Haruj, un libro compilado por el rabino Iosef Caro en la ciudad de Safed (Norte del actual territorio israelí) en el siglo XVI, que contiene las principales leyes judías y los 613 preceptos. También se lo llama Halajá. La principal tendencia conservadora o liberal en Argentina se consolidó institucionalmente en 1962, cuando el rabino estadounidense Marshall T. Meyer fundó el Seminario Rabínico Latinoamericano. Es el lugar donde se forman los rabinos conservadores y reformistas argentinos y, desde hace aproximadamente veinte años, también rabinas.

Habría que desmitificar una serie de prejuicios sobre el judaísmo. En primer lugar, la idea de que el sexo sólo es para concebir. En segundo lugar, y en consecuencia, el mito de la sábana que separa los cuerpos de las parejas y que sólo permite la penetración a través de un orificio. 
Según el enfoque de Jabad Lubavitch, un movimiento judaico internacional deudor del jasidismo del siglo XVII y XVIII, no existe tal cosa como la cultura “judeo-cristiana”. La visión del sexo como impulso maligno y la idea de pasión como Dios supremo es rechazada por el dogma judío ortodoxo. En el contrato matrimonial está estipulado que el esposo debe satisfacer las necesidades sexuales de la esposa. “El placer sexual de la mujer no constituye un tabú, sino su derecho dentro del matrimonio.” Uno de los argumentos que esgrime Jabad Lubavitch es la etimología de los términos hebreos. El primer hombre fue llamado “Adám” porque fue creado de la “Adamá” (tierra o suelo) y la traducción se mantiene casi idéntica. Sin embargo, Eva no guarda relación con el original hebreo “Javá”: “Eva se deriva del término oeff’, palabra que en inglés antiguo significa mal.” Jabad Lubavitch ve en esto una asociación con la idea de pecado, tentación y ulterior caída. Sin embargo, Javá viene de la raíz “jai”, que significa vida. La ortodoxia judía considera que la perspectiva romántica del matrimonio ha sido tergiversada por la idea de una supuesta moral judeocristiana que no sería tal. No obstante, existe en el judaísmo más religioso cierta noción de santidad de la relación física en el marco del matrimonio. Los modos de vida contemporáneos y heterodoxos pondrían en riesgo esa idea de santidad. La perspectiva de Lubavitch y de la ortodoxia en general no se considera legataria de lo que llaman “cultura occidental y cristiana” y en ese ámbito es donde entraría el rechazo a la idea de tentación carnal. El sexo es sagrado pero sólo al interior del matrimonio. Pero incluso la sexualidad tiene sus protocolos.

Fabiana no siempre fue religiosa. Durante muchos años, vivió el judaísmo de manera liberal. Cursó el profesorado de inglés, aprendió canto y buscó respuestas a sus preguntas en todas las disciplinas esotéricas disponibles en Buenos Aires. Un día descubrió que el judaísmo tenía respuestas a todos sus interrogantes (respuestas tentativas, como lo son todas, pero con siglos de aceptación) y eligió la ortodoxia como modo de vida. Se casó, tuvo cinco hijos. En el barrio de Barracas es conocida por su hermosa voz. Doce años después de la inauguración de la mikve del barrio, en donde ella cantó, Yael le golpea la puerta y ella la recibe con café y rosquitas. Primero que nada, le enseña a distinguir entre las miztvot, es decir, los preceptos, y el jok, o sea, la ley. La ley no tiene explicación, se basa en la fe. La tebilá (es decir, el ritual que se realiza en la mikve), si bien forma parte de otras mitzvot, es más bien un jok. No es tan clara su prescripción como en el caso del kashrut.
La tebilá es un método preventivo que la ciencia hoy apoya. –asegura–. Impone a la pareja cinco días sin contacto durante la menstruación. Ni siquiera sentarse juntos. Se establece una relación de amistad, lejos del hastío de la cercanía permanente.

La noción de matrimonio judío se basa en la idea de reencuentro de dos almas que se originan en el shamaim (cielo) y que cuando advienen a la vida, se separan. La boda es ese reencuentro y estos siete días reactualizan ese tiempo de separación. Son jornadas de renovación de ganas para que la unión sea más dulce.
Después de los cinco días de menstruación, vienen los siete días de purificación, llamados “días blancos”. Durante ese tiempo, que corresponde a la reconstrucción del endometrio, la mujer se hace una serie de revisaciones llamadas Bediká. No se mantienen relaciones durante esos días, lo que evita que quede alguna herida abierta. La revisación última se llama Efsek Tahará, que viene de tahor, es decir, puro. Esta revisación se hace antes de la caída del sol.
A la mikve se va sin nada cuenta Fabiana. Hay una mujer, la balanit, que controla que no tengas ni una sola uña larga, ni un anillo, ni un poco de rimmel. No te mira exhaustivamente, pero chequea que todo esté ok, te da la toalla y te acompaña hasta el agua.
Está en cada uno ser riguroso: “Todo depende de cuánta ir hat shamaim tenés, o sea, ‘temor al cielo’. Cuánto más temor al cielo, mejor persona sos, porque este temor reemplaza todos los otros miedos posibles.” La tebilá consiste en una serie de inmersiones. El objetivo también es relajarse y salir de la rutina, lograr que te rodee toda el agua. Se dice una berajá (bendición) después de la primera inmersión y se continúa con otras seis. Finalmente, al salir del agua y cubrirse con una toalla, se pide por los hijos, por el hogar, por el marido, por algún enfermo en proceso de sanación, etc. Es un momento de mucha santidad. Tanto, dice Fabiana, que en el siglo XIX, en Rusia, muchos lo hacían en aguas naturales y al aire libre. “Al finalizar el ritual, se tiene el sentimiento de lo que puede ser el mundo venidero. Esto se debe a que el cuerpo de la mujer es un potencial creador que se asocia con Dios para dar vida. Si el óvulo no fecunda, es una pérdida de vida. Por eso se considera la sangre menstrual como impura, y no por la idea de suciedad.” 
La tebilá es un ritual que se realiza “sin relojes”. El tiempo que corre debe quedar afuera para lograr la relajación más completa posible. Según Fabiana, la construcción de la mikve es más importante que la de una sinagoga, porque constituye la santidad del pueblo judío: si la mujer no realiza el ritual, no puede reencontrarse con el marido ni concebir. Es una ley que no se puede explicar ni comprender con el intelecto. Es algo que hay que hacer para poder sentir: “Nuestra frase para eso, que se aplica a muchos aspectos de la tradición, es ‘Naasé ve nishma’; está tomada del libro de Éxodo y significa “haremos y escucharemos”. Primero se lleva a cabo la ley y luego se entiende el por qué. En esto radica nuestro libre albedrío.”  


Yael acampó junto con sus pares en el Monte Guilboa, cerca del lago Tiberias, que en hebreo se dice Kineret. Sus aguas son azules y el movimiento parece el de un mar, pero es un lago. El día que fueron de excursión al Kineret, Yael se metió con las Topper blancas porque la orilla estaba llena de piedras y antes de salir de su única inmersión, se llenó una botellita con agua de recuerdo. Pero era un lago, no un mar. Y la tebilá se hace en aguas corrientes.  

Para evitar ardores genitales en el Mar Muerto, Yael procuró no abrir mucho las piernas. En todo Israel procuró no abrir mucho las piernas por si daba vueltas el Espíritu Santo (Yael no cree en brujas pero que las hay, las hay). De todos modos, Nazareth no estaba en el recorrido turístico. Lástima. A ella le fascinan las iglesias ajenas y además, es una de las ciudades israelíes con mayor población árabe, así que se debe comer muy bien. Si tuviera que reflexionar sobre las veces en que sin pretenderlo, hubiera cumplido con el ritual de la mikve, no sería el caso del Mar Muerto, porque sumergirse ahí es imposible, so pena de un ardor de ojos colosal. De todos modos, Yael se metió, se sacó fotos, intentó alguna pose flotando en esas aguas que parecen aceite y sin tener en cuenta que la flotación le impediría tener total autonomía sobre sus movimientos, tuvo algunos percances: padeció unas gotitas de agua salada en el ojo, que no se podía limpiar poque tenía las manos mojadas con la misma agua. Se la bancó. Cuando salió, se le curaron algunos callos de los pies. De ahí también se llevó una botellita y hasta probó del líquido unos años después para ver si sentía la sal. Se sentía.

En el río Jordán hizo remo pero el bote dio vueltas sobre su propio eje. Tarde y con grandes esfuerzos, llegó al final del trayecto con sus compañeros y se olvidó de elongar los brazos, pero no de traerse una botellita con agua del río en donde bautizaron a Jesús. No se sumergió en las aguas, no estaba previsto. 


Las palabras de Fabiana convencieron a Yael por su coherencia, pero como la joven tiene una inclinación heterodoxa, necesita que algún rabino conservador o reformista la oriente. Se dirige a la comunidad Amijai de Belgrano, ubicada en Arribeños 2355, en pleno barrio chino. La recibe el Rabino Alejandro Avruj.
¿Cuál sería el origen de esta práctica?
El ritual de la mikve es uno de los más antiguos que tiene el pueblo judío. El agua está profundamente asociada no sólo a la tradición judía sino a una cantidad de culturas en todo lo que concierne a la purificación, la espiritualidad y el renacimiento. Inicialmente tiene que ver con la idea de la renovación. El agua es el único elemento que aparece en el libro del Génesis que indica cómo era el mundo anterior al mundo. El primero de los versículos dice: En el comienzo de la Creación de Dios, todo el universo, estaba en medio de la oscuridad, en medio de un caos revuelto, y la oscuridad se cernía sobre el abismo. Y el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.” Es el único elemento que aparece: una especie de mar gigantesco revuelto en la oscuridad y caótico, donde Dios comienza a poner claridad, luz, orden. Así como se sabe científicamente que el origen de la vida nace en el agua, según la Biblia también: el primer ser vivo que aparece en la tradición del génesis son los peces, y de allí salieron los reptiles y de allí salieron las aves. Todo lo que tiene que ver con el mundo de la ciencia, ya lo dice el génesis hace varios milenios. El agua está profundamente asociada con el nacimiento y el renacimiento. La tebilá en la mikve es un ritual que se utiliza para una cantidad de momentos relacionados con nuevos comienzos.
¿De dónde viene la palabra mikve?
De Mikvá, que es el lugar donde se unen las aguas, que a su vez viene de la palabra tikvá, que es esperanza. Tiene que ver con el lugar en donde esa esperanza nace.
La tebilá, según el rabino Avruj, debe realizarse en un lugar de aguas naturales y corrientes. La prescripción de la mitzvá exige que el agua fluya, que no esté estancada. Puede ser un mar o un río, pero no un lago.
¿Cuál es el valor simbólico del agua?
El agua está presente en la mayoría de las culturas religiosas en lo que concierne a la purificación. Es como el bautismo en la religión cristiana. Volviendo al Génesis, hay una historia muy linda que dice que cuando Dios manda el diluvio, el mundo estaba envilecido y sacudido por la corrupción y la maldad. Dios hace renacer la humanidad con Noé. Nosotros desde acá vimos un diluvio pero Dios lo que hizo fue meter el mundo en una mikve, para darle una nueva oportunidad.
¿Cuáles son las fuentes donde aparece mencionada o aludida esta práctica?
En la Torá aparece como “mikvaot ha maim” (fuentes de agua) en el Génesis. En el momento de la creación, cuando Dios divide la Tierra del Agua, juntó las grandes mikvaot shel maim (fuentes de agua) y las separó. En el relato del diluvio se abrieron las grandes fuentes del cielo y cayeron las aguas. El ritual aparece más fuertemente decretado en los textos de la Mishná y el Talmud, que son compilaciones de comentarios sobre la Torá, posteriores a los tiempos bíblicos, donde ya existían estas prácticas. Incluso hay otras costumbres que hoy se hacen de manera más natural, que son desprendimientos de aquellas. Por ejemplo, antes de la bendición del pan se realizan tres lavados especiales de manos y se pronuncia una bendición especial que se llama “Netilat iadaim”. Algo que parece natural y obvio, no es ni natural ni obvio. El primer chorrito es para sacar la suciedad. El segundo es para limpiar el agua sucia con la cual se limpió la suciedad. El tercer chorrito es para demostrar que no se enjuaga para lavar sino para purificar el espíritu antes de comer. Ciertas tradiciones nos dicen que algunos grupos, especialmente los esenios, antes de ir a la mesa a comer el pan, iban a la mikve. El acto de lavarnos las manos es una pequeñísima expresión de cómo era esta tradición en la antigüedad.
¿En qué consiste la construcción de la mikve a nivel técnico?
 Se trata de dos piletas contiguas. En una se junta agua de lluvia y en la otra, agua calentita de la canilla. Esto es posible gracias a un sistema que tiene que estar corriendo todo el tiempo, pero con agua nueva, cristalina. Se abre una compuerta y, como las dos fuentes tienen la misma cantidad, las aguas no se mezclan. El líquido funciona como una pared. Pero se chocan y es como si se besaran. Cuando te metés en el agua calentita, simbólicamente también te estás metiendo en una pileta que tiene agua de lluvia. Ese es uno de los sistemas.
¿Está pautado el rito?
Hay diferentes salmos o textos que se pueden leer. Generalmente, uno se sumerge tres veces en la mikve. En algunas tradiciones, siete veces. Tiene que ver con una conexión espiritual con lo más profundo de uno. Bajo el agua, los sentidos cambian: uno no ve ni escucha igual. El agua te cubre por completo: la idea es volver al origen como si fuese un gran útero y renacer para un proyecto: de casamiento, de familia, de identidad judía, de sanación, del nuevo año, etc. por eso se va sin ropa ni accesorios. Exactamente como uno vino al mundo para comenzar otra vez.

Fabiana coincide con el rabino liberal en la concepción de la impureza. Según Alejandro Avruj, al decir “puro” o “impuro”, uno suele poner una connotación moral. En el mundo bíblico, no tiene que ver con eso. Una persona es impura porque ingresa a ese estado y así como ingresa puede salir. No se vincula con su conducta ni con sus actos, ni con sentimientos o forma de ser. En esos tiempos había muchas formas de impureza en tanto estado del cuerpo: las secreciones cutáneas, el período menstrual, el contacto con un muerto, etc. Por ejemplo, cuando uno sale de un cementerio, se tiene que lavar las manos. Se ingresa en un estado que requiere una limpieza, una mikve. El rabino aclara: “No son tradiciones que nosotros sostengamos en el mundo más liberal pero sí existían en otros tiempos y está prescripto qué hacer en los textos de la Halajá.”

Chantal se casa. Ella y su novio Marcelo acordaron una ceremonia liberal oficiada por la rabina Karina Finkielsztein. En algún momento, Chantal también quiso ser rabina pero se inclinó por el psicoanálisis. Unos meses antes de su casamiento, ella calcula cuándo tendría su último período antes de la boda, para poder realizar la tebilá según el rito liberal. La rabina le sugiere que invite a las mujeres más importantes de su vida. Llega el día fijado, un miércoles de mayo. Somos cinco las presentes. Karina nos explica que el origen de la práctica se rastrea en las primeras fuentes bíblicas, donde se dice que Dios separó los cielos de las aguas. Mientras tanto, Chantal se prepara y una vez que tiene sólo una salida de baño, entra a la mikve y se sumerge. Ahí entramos nosotras. El recinto es pequeño, tiene una pileta en forma de L y alrededor una superficie donde sentarse. A duras penas entramos en cuclillas. Chantal está parada en la pileta y apenas sobresalen sus hombros. Las luces están apagadas y sólo hay una vela prendida así que no se ve su desnudez. Karina orienta el orden de las inmersiones. Le pide a Chantal que cada vez que se sumerja piense en la etapa que se cierra y en las cosas que desea dejar atrás. Luego, le pide a Yael que prenda la segunda vela. “Esa vela la vas a guardar y cuando Marcelo y vos busquen su primer hijo, volverás a encenderla. Vamos a regalarle ruaj a Chantal.” Empezamos a cantar. Sin letra. Sólo tarareamos una melodía harto usada en los rituales judaicos. Ruaj significa hálito, soplo, espíritu, viento. Y es una de las primeras palabras que aparece en el Génesis. Salimos del recinto, húmedo y caluroso. Chantal permanece sola en la mikve en un momento de introspección total. Sale, se cubre con la salida de baño, y se sienta en la mesa del salón contiguo con todas nosotras, muertas de hambre, como si hubiéramos hecho diez largos y anchos, muy dispuestas a comer masitas. Entonces, Karina nos enseña que la novia está en uno de sus momentos más sagrados y que tiene una suerte de conexión Wifi con Dios. Por eso, antes de comer, nos puede dar bendiciones.

Alguna vez Karina le concedió un reportaje al diario Clarín donde afirmó “La religión judía es más de preguntas que de respuestas”, mientras que Fabiana había encontrado en la religión, todas las respuestas que buscaba. Yael se pregunta si no estará allí la diferencia filosófica fundamental entre la ortodoxia y el judaísmo liberal. Lo que define el punto común del judaísmo reformista o conservador está en las palabras de Karina: “Todo depende de en qué comunidad quieras vivir tu judaísmo.”




Calor. Mucho calor. Los guías del contingente de jóvenes argentinos no avisaron a sus huéspedes -quizás no lo sabían- que iban a pasar por Mea Shearim, el barrio ultraortodoxo de Jerusalén. En los alrededores del Muro de los Lamentos, hay mujeres que se dedican a ofrecer, si no a imponer, pañuelos negros con los que taparse los brazos y las piernas. Son como centinelas del recato. Yael tiene un enterito violeta corto y una musculosa. El pañuelo negro le sirve para los hombros, pero nada más. Por primera y única vez, siente que sus rodillas, sus antebrazos, sus codos están desnudos. No le importa demasiado, pronto estará en el sur, en Eilat, una ciudad que se yergue sobre el mar rojo. Ahí sí hay aguas corrientes.

                                                                                                    Yael Tejero  

lunes, 7 de julio de 2014

Un café bajo Camino de cintura




Siempre viví en Barracas y nunca había pisado la estación Buenos Aires de la línea Belgrano Sur, que parte desde la capital hacia dos destinos diferentes: González Catán o Marinos del Crucero General Belgrano. Esta terminal es un resto anacrónico. No sólo por su ubicación (basta recorrer algunas calles de Barracas para sentir que la sombra de Prudencio Navarro nos cuida o nos acecha), también por el aspecto que van tomando las paradas conforme avanza el tren. Al ver una formación detenida, me apresuro a subir casi por inercia. Antes, pregunto: “¿Este va a Mendeville?”, pero mis interlocutores no reconocen el nombre de la estación. A eso de las 15 se ve gente grande, la mayoría duerme y hacia el interior del vagón hay cierta calma. Algunos roncan. Es probable que hayan salido demasiado temprano. Mientras los carteles en rojo advierten sobre los peligros de viajar en los estribos, la gente sube y baja por ambos lados, abre y cierra la puerta con el tren en movimiento. Comienza el camino rumbo a Marinos del Crucero General Belgrano.
El oficial Gorosito se para en la puerta del vagón. Le pregunto si viaja como pasajero o está en servicio. Me dice que está trabajando. Le cuento que normalmente uso el Sarmiento, a veces el Roca, pero que nunca había visto policías en esas líneas. “Es que no hay adicionales en el Sarmiento –me cuenta–, esta línea necesita más atención. Estamos para intervenir por si hay algún accidente o siniestro. A esta hora van los trabajadores, es gente tranquila” Su compañero –también policía– abre y cierra la puerta amagando con sentarse en el estribo. “El problema es en Villegas, que ahí suben muchos pibes drogados con paco. En ese caso, los llevamos al furgón. Otro lugar peligroso es la villa que le dicen Puerta de Hierro”. “¿Me sugerís algo para el regreso?”, le pregunto. “Andá con la ventanilla subida –me responde–, que no te tiren un cascotazo. Hay chicos que arrojan piedras y están con adultos que los ven y se ríen. No les dicen nada. Me bajo acá. Un gusto.” Gorosito baja junto con el otro policía. Estamos en la estación Tapiales, centro administrativo de este ferrocarril. No parece subir ningún otro oficial para reemplazarlos. ¿Qué pasará entonces al llegar a Villegas?  
Me acerco a una parada que se asemeja a la estación de destino. Pregunto: “¿Está cuál es?”. “Mendevishe”, me responde un muchacho que también viaja en el estribo. Ahora entiendo por qué no me comprendían los primeros pasajeros con los que hablé: yo no pronunciaba bien el nombre. El tramo desde Buenos Aires a Mendeville no demanda más de media hora. Y esta no es una estación sino un apeadero, ubicado apenas unos minutos después de Aldo Bonzi, en la localidad de La Matanza, una de las más pobladas y pobres del Conurbano. Camino de Cintura (o Ruta Provincial N° 4) pasa por encima de las vías del tren. A simple vista se ve como un barrio de casas humildes, que mezcla barro y asfalto. Al costado derecho de la estación, mirando en dirección a Belgrano, hay una plaza triangular. Abundan afiches del intendente de La Matanza, Fernando Espinoza. Le pregunto a un baqueano que espera en el andén con un libro en la mano si tiene alguna opinión sobre la campaña de Espinoza: “Como todos los intendentes de La Matanza en todos los tiempos, democráticos o no, apoya fervientemente a quien gobierne a la provincia y a la nación porque se trata de un territorio con casi dos millones de personas. Siempre necesitan fondos. Este tipo sobrevive únicamente por los fondos que le gira el gobierno. No es una localidad pobre por su mala administración, que la tiene. Sino porque la postergación social es tanta que no hay política que la soporte. Por eso, Espinoza apoya a todo y a todos aunque sea un ferviente kirchnerista que desde hace tres años aspira a la gobernación de la provincia.”
En la boletería atienden una señora y un muchacho. A duras penas logro ver sus caras. Para responder mis preguntas deben tener una autorización de la administración y para eso, debo gestionar el trámite en la estación Tapiales. Les explico que no busco información confidencial. Me cuentan que acá es tranquilo, que no es como en Villegas. Y que por suerte podemos hablar: “En Laferrere es taca taca taca, vendo boleto todo el tiempo, no podemos parar.”
–¿Usted sabe por qué se llama Mendeville?
–Mendevishe, ni idea. Pero cuando yo trabajaba en Merlo Gómez, vino una señora a decir que era la nieta de Merlo Gómez. Mendevishe debió ser alguien.
Le pregunto si conoce a alguien en los alrededores de la estación que pueda informarme más sobre la rutina cotidiana de los trenes. Me responde que no son empleados fijos de esa parada, que los mueven de un lugar a otro: “No conocemos a nadie acá.” Pregunto por el bar que está frente a las taquillas y que parece cerrado. No saben nada o fingen no conocer. Noto que mucho no me van a decir sin la correspondiente autorización y con vidrio de por medio. Me dirijo a un bar muy chiquito que se encuentra sobre el andén, pero sus accesos están cerrados. Un cartel dice “Toque timbre”. En seguida se asoma una mujer, abre la ventana y nos indica que la entrada es por la calle. Me siento y le pregunto si puedo conversar con ella. Accede. Me pido un café con leche y un Jorgito de chocolate mientras Patricia (así se llama) y su padre adoptivo (que se presenta como “Alberto Cortés, el pampeano, quizás me viste en televisión”), escuchan mis preguntas.
–¿Hace mucho que trabajan acá?
–Cuarenta años. La estación la hicieron a nuevo. Habilitaron hace poco la boletería. Ahora esto es terreno federal y no se puede vender bebidas alcohólicas. Es una zona un poco abandonada, pasan el 406 que va de Lomas de Zamora a Ramos y el 628, no hay más líneas que bajen de la autopista. Además, en Villegas, cada tanto cortan el tren y la gente que va a Marinos de Belgrano tiene que tomar hasta cuatro colectivos para llegar. Una vez tuvimos seis días seguidos de corte.
–¿Cómo sigue funcionando el tren en esos casos?
–Llegan a Bonzi y vuelven. Y del otro lado, llegan hasta Casanova o Castillo y regresan a Belgrano. Las paradas del medio quedamos aisladas y no llega nada. Además, nos faltan barreras. Las pedimos de muchas maneras y nada. Yo recorro en auto más de cuatro kilómetros y tengo que subir a la autopista para moverme cinco cuadras porque no hay barreras.
– ¿Cambió mucho la zona en estos cuarenta años?   
–Mucho. El barrio antes era otro mundo. Cuando la autopista no estaba y los autos iban por tierra, había mucho movimiento, locales, comercios. Ahora es una zona medio abandonada. A lo sumo hay gomerías o chapa y pintura. Todo se fue reacomodando, pero el municipio no se organizó: son tan pocas líneas de colectivo que bajan, que la gente no tiene combinaciones posibles.
Patricia me señala en dirección izquierda a la estación, yendo para Belgrano, cruzando el puente de Mendeville, que es precisamente la parte de Camino de Cintura que pasa por encima de la estación. Hay un barrio de casas. Es la cooperativa 15 de Diciembre: “Allí antes no había nada. Era campo. Ahora al menos hay un barrio.”
De la zona comercial que fue hace más de treinta años, Mendeville se convirtió en una parada abandonada que empieza a despojarse de su aspecto campestre y rústico cuando se construyen las casas de la cooperativa. El terreno que ocupa el bar pasó a ADIF, la Administración de Infraestructura Ferroviaria Sociedad del Estado. Por eso la puerta está enrejada: para que no acceda al andén el que no pagó el boleto. Igual nadie controla. Patricia sigue contando:
–En otro tiempo, mi papá adoptivo, que ya era grande, recibía a los laburantes viejos como él: albañiles, obreros, ferroviarios, todos tomaban un poco del alcohol. Almorzaban un guiso de mondongo con un tinto y no pasaba nada. No eran borrachos. Pero bueno, es la ley. Estoy de acuerdo, pero nos perjudicó.
– Tenés una historia personal ligada a los trenes…
– Así es. Mi padre biológico era auxiliar y lo mandaban donde no había personal. Nos mudábamos mucho de una estación a otra del antiguo ramal Carhué, que ya no existe. Metíamos las cosas en los vagones de carga pero a veces tardaban tanto tiempo en salir que vivíamos dos o tres meses en algún vagón. Para mis hermanos y yo, era fascinante. En ese entonces, las estaciones todavía tenían aljibes y me acuerdo de que juntábamos agua de ahí. También vivimos en los galpones con materiales de carga, sobre todo cereales. Se llenaban de palomas y mi padre se encargaba de sacarlas. Íbamos con mi mamá y mis hermanos y las espantábamos. Él las encandilaba con los faroles, las metíamos en una bolsa y luego comíamos paloma al escabeche. Vivimos en estaciones que ya no existen: Henderson, Ortiz de Rosas. Ahí llegamos a vivir debajo de un tanque de agua. En ese lugar, crecían flores rojas que juntábamos para mamá y las cargábamos en las zorras. Cruzábamos la tanquera y con las carretas íbamos al colegio.   
Según consta en la página oficial de la empresa, la línea Belgrano Sur inicia su historia en 1900, como parte de la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires, de capitales franceses. El trazado corría entre las principales líneas británicas con la intención de captar una parte del tráfico de esas líneas, ofreciendo un servicio más barato. Desde el inicio, entonces, nuestras vías férreas eran objeto de disputa colonial. La circulación de este tramo era diferente de las líneas más consolidadas. Y esta situación se mantiene hoy, porque es una de las más precarias. Tenía menor importancia en el movimiento de pasajeros y era periférica en relación con los centros urbanos. Además, la diversidad de los tipos de cargas era menor, lo que refleja la especialización de las regiones. Por eso, los trenes eran ‘cerealeros’ o ‘agroganaderos’.
Hay dos ramales que pasan por Mendeville: el que sale de Buenos Aires y el que parte de Puente Alsina. Los dos terminan en la estación Marinos del Crucero General Belgrano. Originariamente, el ramal de Puente Alsina llegaba hasta Carhué: era el famoso Ferrocarril Midland, de capitales ingleses. Se construyó entre 1909 y 1911 pero muchas de las estaciones o aparcaderos que conforman su recorrido se inauguraron entre 1935 y 1955. Es el caso de las estaciones Aldo Bonzi y Mendeville, que emergen como resultado del aumento de la densidad de población suburbana. Tras la nacionalización de los ferrocarriles en 1947 y 1948, un decreto del poder ejecutivo estableció que las líneas recuperadas debían llevar nombres de “próceres”. La ex Midland se convirtió en Belgrano Sur y luego, en 1954, se unió a la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires (actual ramal Buenos Aires – González Catán). En 1957, todas las líneas ferroviarias de trocha angosta conformaron el Ferrocarril General Belgrano. Una serie de decretos de la última dictadura ordenaron la clausura de todo el tramo que seguía a la estación Plomer (actualmente en desuso). El desguace no paró nunca más. Patricia recuerda las viejas campanas, los timbres, los faroles. Cuando se cerraron estaciones, en el gobierno de Menem, se robaron todas esas antigüedades.    
–Mi padre biológico comenzó con el telégrafo y terminó como interventor. Luego, con las privatizaciones, los mismos ingenieros le consultaban a él, y eso que no tenía estudios. Eran otras épocas. Ahora matan a alguien y tenés que esperar que venga la fiscalía. En ese entonces, mi papá movía el cuerpo y el tren seguía andando. Antes el interventor te decía con quién solucionar todo. Ahora hay mucho trámite y nadie te sabe decir.
En el Belgrano Sur opera la empresa Argentren. Los coches no son un desastre pero distan mucho de ser los trenes que nos merecemos. En febrero de este año, la UGOFE y la UGOMS, sociedades integradas por las firmas Roggio y Emepa, que tenían a cargo las líneas Mitre, Roca, San Martín y Belgrano Sur, se repartieron los ramales para administrarlos de manera separada. Emepa, concesionaria del Belgrano Norte, quedó a cargo del Roca y el Belgrano Sur. La medida no modificó el esquema vigente, donde el Estado se encarga de pagar salarios y realizar las inversiones. Desde la Masacre de Once, ocurrida el 22 de febrero de 2012, todo parece indicar que a las concesionarias les conviene más que los pasajeros no paguen el servicio, así no cubren los seguros por accidente. El gobierno y las firmas se reparten trenes con nombres de próceres. Mientras tanto, los pasajeros siguen viajando mal. Después de un siglo y medio de trenes argentinos, nuestros viajes siempre parecen un amague en el estribo.
–¿Sabés por qué se llama Mendeville?- Le pergunto a Patricia.
–Y… Mendevishe era uno de los dueños de estos terrenos. Un caudillo, seguramente.
Mendeville es una parte del nombre completo de Mariquita Sánchez de Thomson y de Mendeville, conocida por el célebre y al parecer poco verídico hecho de haber cantado por primera vez el Himno Nacional Argentino. Su nombre completo era María de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, que vivió entre 1786 y 1868. Cuenta Felipe Pigna que, en 1801, Mariquita inició un juicio de disenso contra sus padres porque le impedían contraer matrimonio con su prometido. Un conjunto de documentos que la Corona Española imponía a sus colonias desde 1778, contenía los protocolos a seguir para efectivizar los matrimonios de las mujeres blancas menores de 25 años. María logró el visto bueno del entonces Virrey Sobremonte y el edicto perdió efecto. Su querella formó parte de la gestación de una voluntad de independencia cultural respecto de las costumbres de la metrópoli. Sin embargo, más allá del mérito de María, algún funcionario decidió omitir la parte más famosa del nombre (Thomson) y usar la de su segundo marido, Jean Baptiste Washington de Mendeville, cónsul francés en Buenos Aires. Víctima de su época, el progresismo de Mariquita no llegó tan lejos: su orgullo de casta la llevó a sostener la necesidad de crear escuelas diferenciales para los sectores populares y los de èlite. Que su estación se encuentre más allá de la General Paz es un guiño irónico.

Patricia me da su teléfono al terminar la conversación. Pienso en sus dos padres, ligados al tren de una u otra forma. No me cuenta nada sobre la historia de su adopción y elijo no invadir ese terreno. Le regalo un ejemplar del periódico que editamos con unos amigos; se llama Andén y el último número habla de trenes. “Ay, cuánto te podría haber contado para este número del diario”, me dice, afligida porque llegué tarde a su vida. En el viaje de regreso, recuerdo de la expresión de Patricia. Cuando le pregunté sobre su historia con las estaciones estaba sorprendida, como si por primera vez hubiera notado que su vida giraba en torno a los trenes. 
                                                                                        Yael Tejero

lunes, 5 de mayo de 2014

Biografía fractal


                                Osvaldo Baigorria
                                        Néstor Sánchez 

Néstor Sánchez nació en 1935 en Buenos Aires. Escribió Siberia Blues (1967), Cómico de la lengua (1973) y La condición efímera (1988), entre otras obras. Un día, recibió una revelación sagrada de la mano del escritor armenio Georgi Ivanovitch Gurdjieff (1872-1949) y desde entonces, se alejó de las instituciones, las letras y todo lo que consideraba profano. Había nacido un misterio en el campo cultural: una figura mítica y escurridiza. A Osvaldo Baigorria este misterio lo convocaba tanto que hizo un libro al respecto. Crónica al tiempo que biografía autobiográfica, Sobre Sánchez es un texto que bordea la figura del enigmático escritor; libro cuyo narrador se manifiesta a través de la búsqueda del otro. Su construcción remite, quizás adrede, a la lógica lúdica de Rayuela, puesto que tiene doble entrada de lectura: lo primero que encontramos es una advertencia que propone, o bien el abordaje lineal (de modo tal que las notas al final, que conforman el capítulo III, no se leerían en hipertexto sino como continuación de las partes precedentes), o bien la lectura atenta de esas notas, que ayudan a la construcción ficcional del biógrafo y su pesquisa. El primer y el segundo capítulo se titulan “Voodoo Child” y “The Néstor Sánchez Experience”. El cuarto capítulo presenta “Libros y artículos consultados”. La narración de “Voodoo Child”, que responde más al perfil periodístico o a la crónica de una investigación personal, contrasta con el academicismo de la última parte, plagada de notas al pie. En estas notas abunda la exposición de las fuentes (entre otras, la revista de los años ’80 Cerdos y peces) o las referencias a las anécdotas propias); y esto quizás sea también una invitación al lector a realizar su propia búsqueda del biografiado. El texto repone todo un universo de significaciones. Por ejemplo, si Sánchez va a ser perfilado como un lumpen, Baigorria cree necesario explicar cómo concibe la palabra a partir de su propia experiencia lumpen. La genealogía de lecturas compartidas con el escritor es uno de los caminos que encuentra Baigorria para responder a sus dos preguntas iniciales: cómo fue la vida de Néstor Sánchez durante su alejamiento de la industria editorial y durante sus días de clochard en los países del Hemisferio Norte y cómo se gestó su renuncia a la escritura frente a una consagración en camino.
Esta crónica/biografía exacerba el valor retórico de la conjetura y la falta de certeza. Así, las incertidumbres del cronista se capitalizan como algo positivo y son materia de reflexión: “Supuestos, conjeturas, nadie sabe, la biografía es un género tramposo: no se puede escribir una vida a menos que se la toque por encima, como si se improvisara.” Precisamente, de la escritura en free jazz y sin standards hablaba Sánchez en los bares porteños según los recuerdos de Ricardo Piglia relatados por Osvaldo Baigorria. De modo que esa analogía entre improvisación y escritura perfila al personaje biografiado.
La caracterización del lugar desde donde se escribe, también construye la posición enunciativa: la isla del Delta del Paraná, con recursos limitados y sin beca de investigación. Esa lejanía geográfica y temporal entre Baigorria y Sánchez, es más bien una ventaja e impone al biógrafo una suerte de viaje y “experiencia” del otro. 

Las lecturas de Baigorria resultan la fuente más apropiada para interpretar los indicios: Jack Kerouac, Osvaldo Lamborghini, Maurice Merleau-Ponty, Aldous Huxley. La de Baigorria es una biografía beatnik, tanguera, jazzera, viajante, y nos recuerda que las fuentes son tan falseables como la memoria. Para él, su libro habría pasado de biografía fallida a postautobiografia: “Es como un fractal. Cada fuente me remite a otra y otra más. (…) hay que trabajar mucho para acercarse a la experiencia vivida por otro. Me pregunto hasta dónde, si es posible aproximarme, o si no estaré proyectando sin querer mis propios fantasmas sobre los agujeros negros que deja la estela de una vida pasada. Pero no tengo más remedio que intentarlo.” Sobre Sánchez es también un estado de la cuestión sobre la relación con un oscuro objeto de deseo que imanta al autor de manera inexorable. 
                                                                                             Yael Tejero