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sábado, 13 de septiembre de 2014

Sexo - Sexo - Zoom - Sexo



¿Alguna vez pensó que su vida sería mejor si tuviera más sexo? ¿Cree que muchas personas son demasiado complicadas a la hora de echarse un polvo? ¿Se imagina un mundo en el que tener sexo fuera tan fácil como ir al kiosko de la esquina a por un alfajor? ¿Estaría dispuesto a revolcarse con un desconocido sin que nadie sepa su identidad? ¿Le gusta garchar?
Si la mayoría de sus respuestas son afirmativas, esto le va a interesar. Vamos a hablar de sexo, pero no de esa cosa que llaman erotismo en las que se necesitan dos enamorados, sábanas blancas y caricias de pétalos en la espalda. No, del sexo que vamos a hablar es el burdo, el ordinario, el instintivo, ese que se practica en Zoom, un bar gay ubicado en el centro de la capital de Buenos Aires  donde los hombres pagan sesenta pesos para poder garchar con quien quiera y esté dispuesto a garchar con ellos. Las mujeres no pueden entrar, es exclusivo para ellos.
La primera vez que fui con intenciones de hacer “trabajo periodístico” llevé a Omar, un amigo gay que nunca había ido a un lugar como estos. No paraba de pedirme que le describiera con detalles el lugar y que le explicara qué se hacía adentro. La respuesta era siempre la misma: “es oscuro y la gente va a coger”. Mi peor error fue habérselo dicho con una semana de anticipación. Estoy seguro de que varias noches no pudo dormir
Llegamos a la calle Uriburu y Santa Fe como a las diez de la noche y caminamos media cuadra hasta llegar al sitio. Justo al lado queda un gimnasio con un vidrio enorme por el que vimos a algunos sujetos alzando pesas mientras otros corrían en la cinta con musculosas sudadas y pantalones cortos. La previa perfecta.
La puerta era discreta. Solo se alcanzaba a ver al interior una luz de neón azul que contrastaba con las paredes pintadas de negro y las escaleras al subsuelo. Antes de entrar miramos a los lados por si alguien nos estaba observando, éramos como dos espías en una misión secreta. Al comprobar que no había moros en la costa, bajamos y de frente encontramos la taquilla con una reja que protege el vidrio y al que cobra el dinero. Ya para ese punto Omar estaba sonrojado. Lo sabía porque en casos similares se le empezaba a descontrolar la manía de tocarse la nariz cada ocho segundos. Pagué las entradas y pasamos el torniquete para llegar hasta el bar que es como un lobby con cuatro pubs en cada extremo y una barra de pared a pared en la que venden tragos y artículos sexuales como el consolador súper piel negro de 20x5, la remera con el estampado “zoom” en todas las tallas o películas con títulos como “Daddy Meat” o “Jet Set Muscle”. 
Las luces de neón reinan; azules, rojas, moradas, negras y de cualquier color para evitar ver con claridad lo que pasa o quién pasa al lado. Ponen remixes de canciones conocidas. Algo de Rihanna, Britney, Shakira, Madonna, Katy Perry, todas divas, todas eróticas, todas invitando a pecar.
Lo llevé a caminar para que conociera bien las instalaciones. La arquitectura del lugar es sencilla: imagínese un piso de oficinas de alguna empresa de seguros. Esas que tienen un cubículo pegado al otro y al otro lo suficientemente pequeño para meter un escritorio modesto, un computador y una silla donde los funcionarios reciben a las personas. Pues lo mismo pero sin escritorio ni silla ni luz. Lo que hay, en algunas, es un televisor sostenido por un soporte en la parte superior que pasa pornografía gay todo el tiempo. Es como un laberinto en forma de cuadrícula.
Caminamos hasta el final de uno de los pasillos. Había pocos hombres, todos silenciosos, precavidos y con la expresión facial más sensual que podían armar. Uno parado contra la pared nos sostenía la mirada. La comunicación se basaba en eso, en los ojos, eran ellos el radar del sexo. Otros pasaban caminando y lo rozaban a él o a mí, otros nos ignoraban.
Llegamos al final del camino y cruzamos a la derecha para entrar al cuarto oscuro. No se veía ni la mano pegada a la cara. Le dije a Omar que se fuera apoyando contra la pared para no caer. Fuimos con pasos lentos, yo iba primero guiando la excursión cuando de repente encontré un cuerpo. Me quedé un instante quieto con mi mano izquierda puesta en el pecho del desconocido y él me mandó la suya a mi pantalón: estaba comprobando mi herramienta. Yo hice lo mismo para no parecer romántico y nos empezamos a besar. Omar se acercó y chocó contra nosotros dos. Yo me separé y avancé un poco con la intención de dejar a Omar en frente del desconocido y quedar como buen anfitrión. Supongo que se hicieron la misma inspección de paquete, no tenía acceso visual para corroborar. Estaba esperando a que Omar se acercara y me dijera que nos fuéramos, en cambio, no pasaba nada, busqué su hombro para comprobar que estaba todo bien pero su cuerpo no estaba a mi altura. Bajé un poco la mano en medio de la oscuridad y toqué su cabeza. Omar, el tímido Omar, estaba arrodillado haciéndole sexo oral al desconocido.
Zoom está habilitado legalmente como un café bar que también comercia juguetes sexuales y películas, mejor dicho es una especie de fusión entre bar y sex shop. Eso significa que tener sexo dentro del lugar no está permitido porque no fue inscrito para tal finalidad. Sin embargo, tampoco está prohibido.
Florencia Ancao, abogada de la Universidad de Buenos Aires, especifica que los únicos establecimientos en los que se puede tener sexo son los “albergues transitorios” conocidos comúnmente como moteles: en ningún otro lugar comercial están amparadas las relaciones sexuales. El artículo 953 del código civil de Argentina dicta que “El objeto de los actos jurídicos deben ser cosas que estén en el comercio, o que por un motivo especial no se hubiese prohibido que sean objeto de algún acto jurídico, o hechos que no sean imposibles, ilícitos, contrarios a las buenas costumbres o prohibidos por las leyes, o que se opongan a la libertad de las acciones o de la conciencia, o que perjudiquen los derechos de un tercero. Los actos jurídicos que no sean conformes a esta disposición, son nulos, como si no tuviesen objeto”. Eso uiere decir que las prácticas sexuales son lícitas siempre y cuando un tercero no considere que tener sexo en un lugar comercial vaya en contra de la moral y las buenas costumbres, y por supuesto, no se sienta  perjudicado.
En mayo de 2013, miembros de la policía metropolitana de Buenos Aires irrumpieron en Zoom para hacer una inspección a causa de las denuncias de la fundación La Alameda, una organización no gubernamental fundada en el 2001 que lucha contra la trata de personas, el trabajo esclavo y el proxenetismo,  que aseguraba que en el recinto había comercio sexual y narcotráfico. Durante casi dos horas bloquearon la puerta principal impidiendo la salida o entrada de personas. Testigos aseguran que a todos los clientes los pusieron en una fila y anotaron sus nombres en una lista.
 Este hecho fue calificado por la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) como un acto de discriminación y homofobia. En un comunicado, la CHA consideró que acciones de este tipo “nos hacen retroceder 29 años de nuestra historia, cuando existían los edictos policiales y la brigada de moralidad de la policía nos llevaba presos a las comisarías.”
Linon S.A., la firma que explota comercialmente el bar Zoom, presentó una demanda contra la fundación La Alameda por daños y perjuicios ya que no se encontraron pruebas por las acusaciones. Solo se podía hacer referencia a algunas faltas menores en materia de salubridad, como algunos preservativos usados que se encontraban en el suelo porque el personal de limpieza, que se mueve rápidamente por los pasillos, no los había retirado hasta el momento de la revisión.
No se puede considerar un prostíbulo, ya que no se administran el intercambio de sexo por dinero (incluso está prohibido según uno de los carteles pegados en la ventanilla de la caja), así que la criminalidad de las actividades realizadas queda a juicio de quienes se puedan ver afectados por las diligencias que se realizan en ese subsuelo oscuro y que quieran emprender una acción judicial en contra del establecimiento.


Salí del cuarto oscuro solo y empecé a caminar por los pasadizos cruzando la mirada con algunos. Ya se empezaba a ver a más hombres rondando por el lugar. Uno de los que daban vueltas tenía como unos cincuenta años, era calvo, camisa formal y pantalón de lino recto, toda la facha de señor. Desde que entraba en mi campo visual a lo lejos, clavaba su mirada en mí. Yo no lo veía directamente, pero sentía sus ojos quemando los míos. Ese era el llamado sexual, el grito de apareamiento antes que cualquier palabra o toque, la mirada sostenida era la forma de saber si con alguien existía la posibilidad de tener sexo o si era tiempo perdido.  
Ya llevaba tres vueltas y no encontraba ninguno con el que me interesara hacer algo más. Me apoyé contra una de las paredes y me quede ahí como si fuera una prostituta en alguna calle de la ciudad a la espera que algún carro parara para poder ofrecer sus servicios, con la diferencia que yo no pensaba cobrar.
Uno era bajito, negro y con ropa como de cantante de cumbia villera; pantalones anchos, camisa negra que le quedaba grande con un estampado cualquiera y una pañoleta que le cubría la cabeza. Otro alto con una barriga prominente, el cabello despeinado y algo desesperado. Ese a todos los veía, a todos los consideraba, a todos los tocaba, no le importaba quién fuera, su objetivo era tener la mayor cantidad de encuentros sexuales posibles, cada tanto alguno le hacía una señal y entraban a una de las cabinas privadas y cerraban la puerta.
Otro era joven. Un metro setenta de estatura, contextura delgada, cabello negro liso, tatuajes en los brazos, musculosa negra, jean ceñido, arete negro en la oreja derecha.  Pasó y me miró. Al tiempo volvió a pasar, me miró y además me sonrió. Luego pasó de nuevo, me miró, además sonrió, me dijo hola y se apoyó contra la pared a mí lado.
–Qué onda –me dijo
–Bien. ¿Y vos?
–Bien.
Silencio
–¿Querés ir a una cabina? –volvió a hablar.
–Dale.
Pequeña, bastante pequeña, la única luz provenía de la pantalla del televisor arriba de nosotros que mostraba una orgía. Me quitó la camisa y le quité la camisa. Besaba bien. No había donde colgar la ropa así que la pusimos en la manija de la puerta. Besos húmedos, manos ajenas que me agarraban el culo y propias que le tocaban la espalda. En una de las paredes había una ventanita corrediza, la miré un momento y la abrí. Había un vidrio que dejaba ver lo que pasaba en la cabina continua.
Me besaba el cuello y bajó al pecho. Yo tenía puesta mi mirada en lo que pasaba a través del vidrio. Había un tipo grande con muchos músculos, era del tipo gimnasio. Estaba detrás de otro más delgado con el cabello rubio que se apoyaba contra la pared del fondo mientras el grandote con los pantalones abajo y sus manos en la cintura del rubio, empujaba y empujaba con su pelvis. Se empezaron a escuchar los gemidos de ambos, el grandote volteó un segundo y se quedó mirándome. El que estaba conmigo ya me había bajado el pantalón y estaba arrodillado. Su boca hacía el resto del trabajo. La ventana que daba a la cabina continua a la del grandote con el rubio también se abrió. En esa estaba un tipo de edad media y traje de corbata. Se agachó y comenzó a meter su mano por el agujero circular debajo de la ventana, (era lo suficientemente grande para que entrara un miembro masculino, pero no tanto para una cabeza)  casi estaba adentro todo su brazo cuando alcanzó el pene del rubio y lo comenzó a masturbar mientras seguía siendo penetrado por el musculoso.
La promiscuidad es una de las claves sociales para entender el rechazo que puede generar en la sociedad lugares con este tipo de prácticas. Para la Organización mundial de la salud (OMS) es promiscua cualquier persona que mantenga relaciones sexuales con dos o más parejas en el lapsus de seis meses. A partir de esto se han generado múltiples discusiones que giran en torno a suposiciones, por ejemplo, la relación entre promiscuidad y género; ¿son más promiscuos los hombres o las mujeres?
“Decir que los hombres son más promiscuos que las mujeres es falso porque las razones en torno a la sexualidad de las personas son culturales y no biológicas, son una construcción histórica”, asegura Máximo Javier Fernández, antropólogo e integrante de Antroposex, un colectivo interdisciplinario de investigación en las áreas de antropología y sexualidad vinculado a la universidad de Buenos Aires. Él reconoce que siempre ha habido lugares en los que se dan encuentros sexuales espontáneos entre hombres.
–En los bosques de Palermo hay una zona en la que los tipos van con sus autos y saben que siempre hay chabones con los que se puede tener sexo. Es inseguro si se analiza, pero también, el miedo a ser descubiertos y a correr alguna clase de peligro es parte del morbo para algunos. Lugares como Zoom, lo que hacen, es llevar esas prácticas que normalmente se ven en la calle a lugares que de alguna forma son controlados y que reducen un tanto el riesgo que corren las personas.
Para Máximo Fernández también es fundamental la clase de hombres que entran a lugares como Zoom. Siempre se alcanza a percibir el clasismo y la discriminación.
–Se sabe que todos van a coger, pero es diferente que vaya alguien vestido con un jean caro y con una buena camisa que alguien que tenga ropa barata o descuidada, eso siempre va a hacer las diferencias, incluso podemos decir que el cuerpo tiene marcas que muestran de dónde venimos. La entrada también es parte de esa exclusión, no todos tienen los 60 pesos para invertir en esa clase de entretenimiento.
Para Adolfo Pribluda, perteneciente a la sociedad de integración gay lésbica Argentina (SIGLA) estos lugares no hacen la diferencia entre el mundo gay y el heterosexual. “Últimamente se da el fenómeno que en los espacios de convergencia como bares y boliches, conviven sin divergencias los hetero, homo o bisexuales. Ya los lugares conocidos como saunas y el tema de la promiscuidad tienen que ver con relaciones sin compromiso, que se remiten por lo general a lo estrictamente genital”, explica.
No es un tópico aislado. Cada tanto se pone de moda cierta tendencia que abre el diálogo, como lo hicieron en sus tiempos el intercambio de parejas swinger, el sadomasoquismo, las orgias o el sexo público.
Máximo, de Antroposex,  es muy abierto con sus opiniones. Hablaba de su propia sexualidad y de esos temas con una naturalidad que me hacía pensar que ponerse rojo cuando alguien tocaba el tema era lo más ridículo del mundo. Aún, el tabú que rodean esas tramas espinosas es una barrera que dificulta la comunicación. Le pregunté si creía que el mundo sería un lugar mejor si la gente cogiera más y me respondió con un “posiblemente sí”.
Lo que vale la pena en medio de todas estas opiniones públicas es la lucha por la igualdad y por el reconocimiento de los derechos. Las agrupaciones de minorías siempre han estado vinculadas en estas batallas que implican asuntos sociales, legales, culturales y políticos. En este momento Antroposex  está trabajando por el derecho al aborto legal. Dice Máximo que es compromiso de todos esforzarse por el cambio aun cuando se pueda pensar que los homosexuales nada tienen que ver con el tema del aborto, es algo que va más allá de eso. Se trata de trabajar por lo que creemos justo.
Ya era la una de la mañana y encontré de nuevo a Omar, que me dijo que llevaba tres polvos en su ajuar. Yo en cambio me había quedado en el primero y, para ser sincero, se me estaba haciendo difícil cazar el siguiente. No era tan fácil como lo decían los foros en internet. Reunir la valentía para tomar la iniciativa era la parte más complicada y el hecho de estar sobrio no me facilitaba la cosa.
Le sugerí que nos fuéramos para la casa, pero estaba tan entusiasmado con su aventura que era lo último que pretendía hacer. Dimos un par de vueltas en las que aprovechó para mostrarme los que ya había chuleado en la lista y darme los detalles con cada uno. Le había ido bien a mi amigo que en la calle se comportaba como todo un caballero. Nunca me hubiera imaginado verlo pasar de la recatada oruga a una mariposa alborotada. La clave está en no importarle lo que los demás piensen de usted: de todas formas, todos están ahí por una sola razón.
Yo ya estaba resignado a abandonar la faena y dedicarme a convencer a Omar que era suficiente cuando vi junto a la puerta de una de las cabinas a un tipo bueno. Rodeaba los treinta años, cabello corto negro, brazos marcados, algo de panza, mandíbula fuerte y un jean ajustado. Todo el que pasaba se quedaba fijo mirándolo pero él no les daba bola a ninguno. Después de todo, no era tan común ver personas que encajaran en los patrones establecidos de belleza, mejor dicho, ese lugar estaba lejos, muy lejos de ser un video en el que se encuentran muchos tipos sacados de comerciales de ropa interior de Calvin Klein que se reúnen a coger casualmente. Él seguía ahí con su actitud indiferente; era muy exigente o solo estaba ahí en plan voyerista. Decidí no prestarle atención, pero me demoré más en exhalar que en Omar adelantarse unos pasos y hablarle como si no fuera gran cosa.
Yo me quedé ahí parado asombrado por las habilidades sociales que un cuarto oscuro y condones tirados por todo piso le habían dado de repente a Omar. Dio media vuelta y se vino hacia mí. “Dice que quiere con los dos”. Era la forma de terminar la jornada, aunque Omar me llevara ya dos goles de ventaja no me pensaba ir con un solo punto en mi marcador así que le asentí con la cabeza, me tomó de la mano y nos fuimos al encuentro con nuestro destino que tenía cara de ejecutivo.
Atravesamos la puerta y lo primero que hizo Omar fue abrir las dos ventanas para dar acceso visual a las cabinas de los lados. Había pasado de ser el novato con el tic hace tres horas al veterano mañoso. Nos empezamos a besar entre los tres y a sacarnos las camisas. Lo más extraño era estar besando a mi amigo al que nunca le había tocado ni siquiera un pelo por accidente. Fuera los pantalones junto con bóxers y comenzamos. Cada uno con un miembro diferente en la mano, haciendo lo que se podía en el espacio reducido y con la canción “When Love Take Over” en la voz de Kelly Rowland de fondo. En las cabinas de los lados, los espectadores miraban mientras se esmeraban por hacer lo suyo con el desconocido de turno. Omar me empezó a besar y el cara de ejecutivo a bajar.
No supe muy bien lo que estaba haciendo porque no tuve la oportunidad de verlo, pero se notaba que tenía experiencia en ese campo. Estábamos besándonos cuando sentí por la intensidad de los gemidos que Omar estaba a punto de correrse. Me excité al punto en que sin mucha demora yo lo seguí hasta el orgasmo.
El desconocido subió y nosotros no sabíamos si continuar o empacar los instrumentos y salir del recital. Fue un momento de silencio en el que ninguna palabra parecía ser la adecuada.
–¿Me quieren ayudar ahora a mí? –nos dijo.
¡Ni más faltaba!. Sin hacerlo esperar, bajamos los dos a hacer el mayor esfuerzo por devolver el favor recibido. No tardó mucho hasta que explotó. Empezamos a vestirnos, nos dimos el beso de cortesía y sin la necesidad de preguntarnos el nombre salimos por el torniquete, no miramos al cajero y subimos las escaleras a la calle.
Eran las tres y media de la mañana cuando dejábamos atrás la puerta negra con luces de neón que permanece abierta las veinticuatro horas del día. Sabía que a Omar le había encantado la experiencia, lo confirmé cuando me dijo “tenemos que volver” con sus ojos hechos llamas.

                                                                      Yamid Zuluaga Quintero

sábado, 28 de junio de 2014

Donde vive la estación De Elía



Faltaban quince minutos para las 14 y estaba sentado en una caseta que vende choripanes y otras delicias gastronómicas muy argentinas a bajos precios. Me tocó el banco que estaba más cerca de la parrilla. Podía ver en todo su esplendor los chorizos cortados en la mitad sobre las brasas que ardían con el fuego y que hacían ese sonido estimulante de la carne quemándose. El aire me traía el humo de frente que hacía más cálida la espera del tren que me llevaría de regreso desde la estación De Elía en el occidente al Buenos Aires de siempre, el que aparece en todas las fotos de los turistas.
No pensé mucho antes de ordenar un “choripán con todo”, que pudo haber sido la peor opción porque me esperaban más de dos horas y media de viaje. Mi estómago colombiano poco acostumbrado a los chorizos podía hacer combustión en la mitad del viaje y Dios sabe lo que podía pasar. Por ahora volvamos a la caseta de la estación De Elía del ferrocarril Roca, en zona oeste, en donde esperaba a que me sirvieran la comida que había pedido.
La parrilla estaba custodiada por un gato blanco que se lamía las patas en el suelo y por las moscas que se posaban encima de los chorizos como si estuvieran inspeccionando su calidad. Me quedé viendo cómo se paraban en la superficie roja y frotaban sus dos patas delanteras. Quien le daba vuelta a los chorizos era un viejo con facciones cansadas y cabello rebelde que se adornaba con una calvicie prominente en la parte de la corona de la cabeza. En él se posaba la misión de alimentarme.
El administrador del lugar era menos viejo. Vestía una camisa a cuadros y un buzo beige al mejor estilo Oxford. Su cabello prolijo y sus mangas dobladas hasta el codo lo hacían el único sujeto que no se ajustaba a esa escena llena de obreros con ropas gastadas y manchadas, que ocupaban todas las butacas que rodeaban la caseta. Almorzaban milanesa con papas fritas, sopa, hamburguesas, choris o locro. En una inspección general, la escasez de dientes se compensaba con el exceso de tatuajes mal hechos.
–¿De dónde sos? –me preguntó el dueño cuando me recibió el dinero del pago y dedujo que mi acento no era de por ahí
–De Colombia.
–¿Y le gusta Argentina?
–Me parece más seguro que mi país –respondí.
A dos puestos de donde yo estaba uno de los hombres en medio de su comida me miró.
–Ni crea, eso espere a que lo roben por acá, ¿qué vino a hacer? –me dijo.
–A conocer, porque me aburrí de ver el obelisco –le dije. Se echó a reír y volvió a sus papas fritas tapadas en mayonesa.

La estación De Elía se encuentra en el límite de los barrios Aldo Bonzi y Tapiales, en la Zona Oeste de Buenos Aires. Está debajo del puente que sostiene la estación Ingeniero Castello. Ese punto es la intersección de las dos líneas del tren, una que va a Haedo y la otra a Marinos del Belgrano. Alrededor de la estación solo se ven terrenos baldíos y algunos barrios marginales: casas construidas con láminas zinc, madera, cartón o bolsas de plástico. En la mayoría de ellas se puede ver la ropa colgada en cables y cuerdas amarradas en la entrada que sirven como decoración y también para adivinar quienes viven en cada casa. En una hay un par de jeans anchos, un buzo rosado chico, remeras con estampados y medias, muchas medias en los calados de las rejas que protegen la ventana en una de las cuatro paredes de ladrillo sin empañetar. El techo es un fuerte de latas de aluminio con bloques de ladrillos encima para que el viento, la lluvia o algún ladrón no se las lleve fácilmente.
Encima del refrigerador que estaba en la mitad de la caseta de los choripanes había una escultura chiquita de lo que parecía un santo. Tenía una sotana blanca con una cadenita que le rodeaba la cintura, una pequeña capa roja y en el cuello una especie de alambrado. El encargado de darle la vuelta a los chorizos me dijo que era Gauchito Gil. Me aclaró que en realidad ese estaba pintado de blanco porque el original tiene el vestido rojo. “Por aquí se le pide mucho a Gil”, terminó explicándome.
Ese tal Gil es una figura adorada en el norte de Argentina. Entre las versiones más difundidas se dice que era un trabajador rural que participó en la guerra de la triple alianza (Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay). Antes de ser asesinado le dijo a su verdugo que después de matarlo pidiera por la salud de su hijo enfermo en nombre de Gil. El niño se salvó y el milagro se propagó por toda la región.
Por fin estuvo mi comida. En un plato azul, el dueño me puso una servilleta de papel y encima el pan con un chorizo grande en medio.
–Y por favor deme una coca cola!
Los hombres de la caseta estaban sumergidos en una discusión sobre el Mundial y las posibilidades que tiene Argentina de coronarse campeón. Uno de ellos no estaba tan confiado, pero da igual: con tanta publicidad en televisión  hasta un extranjero empieza a creer que la selección de Argentina se merece la copa, porque, como dice uno de los avisos, “Dios sigue siendo argentino” y “los argentinos somos eso que nos pasa cada cuatro años”.
Sentada a pocos metros en la escalera que subía a la estación Castello estaba una señora con sus dos hijas. Terminé el choripan y me quedó la botella de la Coca Cola medio vacía. Una de las niñas chifló y miré a ver qué le pasaba. Hizo una seña con su mano, como si tomara de un vaso imaginario y yo le mostré la botella de plástico con una seña de interrogación. Ella asintió con la cabeza y me paré para llevarle la botella. Ella me dio un “gracias” mudo y me devolví a la misma banca a esperar el tren de regreso que pasa cada hora.
Le pregunté a una señora a mi lado si el tren iba a tardar mucho. Me confirmó que no demoraría más de quince minutos en llegar. Pasaba cada hora. Aproveché el tiempo para sacar algunas fotos y casi al instante la misma señora me advirtió con cara de “este no sabe dónde está” que tuviera cuidado con el celular. Eso me hizo acordarme de Bogotá. Allí no hay trenes pero sí hay paradas en las que también roban celulares, y zapatos caros. Nadie le habla a quien tiene sentado al lado por miedo a que sea un violador o un ladrón.
El viaje a tierras desconocidas
Tres horas antes de almorzar choripán estaba preparado para viajar, porque sabía que la estación a la que iba quedaba lejos, muy lejos.
Vicente López – Retiro: Eran las 10:55 y estaba corriendo de mi casa a la estación de Vicente López para que no se me fuera el tren que pitaba a lo lejos y que pasa cada quince minutos hasta Retiro. Me subí medio agitado. Muchos leían, no olían a nada y todos bien abrigados y peinados. Con esa indiferencia que causa estar rodeado por desconocidos, se perdían en sus libros y celulares.
Retiro – Constitución: A las 11:50 estaba en uno de los vagones de la línea C del subterráneo que va a la estación donde nace el ferrocarril Roca, que es el que llega hasta la estación De Elía. Percibo, como cada vez que me subo a este subte, un olor como si fuera la mezcla entre aliento a humo de cigarrillo y dientes picados. Una mujer ciega se abría paso con su bastón mientras pedía monedas.
Constitución – Temperley: Sobre las 12:10  iba camino a tomar el tren eléctrico. Ya sentado junto a la ventana empezó el concierto de un hombre ciego con su guitarra cantando algún tango viejo. Justo después de su performance, otro empezó a vender lapiceros Parker con su lema “si usted sabe de Parker no me va a dejar mentir”. Inmediatamente terminado el acto, otro ofrecía caramelos de menta y el último se puso a vender alfajores Nevares a dos por cinco pesos.
Temperley – De Elía: A eso de las 12:50 me perdí buscando el tren que iba a la estación De Elía, la que quería conocer. De pronto vi en uno de los letreros que el mío salía en diez minutos. Ese tren era lleno y lento, muy lento, desesperantemente lento. No me quedó otra que mirar cómo el paisaje cambiaba drásticamente. Pasé de ver edificios a tierra despoblada, me sentía viajando a un pueblo lejano. De tanto en tanto, conjuntos de casas humildes y ni soñar con encontrar una carretera de pavimento.  

El viaje duró dos horas y media. Más o menos 35 kilómetros para conocer un pedazo del Buenos Aires que a pocos turistas les interesa. El Buenos aires de barrios tan pobres como reales, llenos de personas que componen la base de la sociedad, los que trabajan cada día y se la pasan mucho tiempo en esos trenes y en esas casetas. La estación De Elía puede no ser el lugar más vistoso ni el más caro ni el más bonito de Buenos Aires, pero es parte de la “real realidad” que los folletos de las agencias de viajes no incluyen en sus planes.
                                                             
                                                                                                Yamid Zuluaga Quintero