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sábado, 13 de septiembre de 2014

Colombianos en el comedor



Un colombiano sabe que “donde come uno comen dos”, que “a las palabras sueltas se las lleva el viento” y que “una buena acción es la mejor oración”. Por eso más que refranes, estas son frases que describen la labor de algunos colombianos residentes en Argentina, quienes constantemente se reúnen para ayudar a los demás. Ellos son estudiantes, trabajadores y en algunos casos desempeñan ambas actividades. Unos son bajitos, otros altos, cuando están juntos se ven pieles y cabellos de varios colores. Sus acentos delatan de cuál región de Colombia vienen, y en su sonrisa se refleja la satisfacción que les da invertir su tiempo libre, en acciones que beneficien a la sociedad.
        Syomara Garzón y David Carvajal son los protagonistas de esta historia. Ella llegó a la capital argentina el 8 de julio de 2011, en un clima de invierno parecido al de Bogotá, su ciudad natal. Él eligió el final del verano de este año para viajar a Buenos Aires; así, un 7 de marzo conoció un país que lo recibió con altas temperaturas como las de su Bucaramanga. Syomara y David son dos colombianos que aunque no se conocían, se encontraron el otoño pasado para llevar alegría y ayudas alimenticias a un comedor comunitario, demostrando que su vocación no tiene fronteras.

Unidos por “La sonrisa de los niños”
David Carvajal llegó a Argentina con dos propósitos principales: ingresar a la Universidad de Buenos Aires para estudiar Derecho y encontrar la forma de ayudar a una comunidad de la localidad de Rafael Calzada, donde vive Cristina una amiga que conoció por Internet. El primero de sus propósitos lo descartó hace un par de meses, cuando reparó en que la extensa duración de la carrera lo alejaría por más de cinco años de su ciudad. Además, algunos motivos económicos dificultaron su estadía en el país. Esto lo llevó a tomar la decisión de regresar a Colombia. Antes de irse logró concretar el segundo propósito creando el proyecto “Alegría”, un nombre acorde con el comedor comunitario “La sonrisa de los niños”, el lugar donde comenzó a desarrollarlo.
        Un mes después de su llegada a Buenos Aires, David visitó a Cristina. Cuando estaba caminando hacia su casa vio a unos niños reunidos jugando y compartiendo algunos huevos de Pascua, en un lugar que parecía una escuela rural, de esas que se ven en las veredas colombianas. La escena le llamó la atención y ambos fueron a hablar con Susana Torterola, una ama de casa que voluntariamente lleva dieciocho años como encargada del comedor. Susana le contó a David que de lunes a viernes, desde hace treinta años, un grupo de mamás se reúne para darle almuerzo y merienda a más de ciento ochenta personas, entre niños, adultos mayores y mujeres embarazadas. También aprovechó la oportunidad para comentarle que llevaban un mes sin recibir el subsidio de alimentación que les otorga el Gobierno Nacional, y que por eso necesitaban con urgencia ayuda para poder mantener el lugar abierto. 
        De inmediato, a David se le ocurrió crear un grupo en Facebook para convocar a personas que estuvieran dispuestas a colaborar con alimentos. Él ya tenía suficiente experiencia como para saber lo que debía hacer en ese momento, ya que desde pequeño se ha interesado por el trabajo comunitario. Además, desde hace ocho años ha reunido a más de ciento veinte voluntarios de Bucaramanga, para llevar ayuda a personas de algunos sectores vulnerables de la ciudad. Fue así como nació el proyecto “Alegría” y con él, la idea de contribuir al bienestar de la comunidad mediante el trabajo voluntario de diferentes personas, especialmente, de algunos colombianos que conoció en la residencia temporal donde se hospedaba en Palermo.
        “Cuando David vino me comentó que él en Colombia también trabajaba con chicos y me propuso hacer una página de Facebook para convocar gente que nos trajera ayudas alimenticias, a mí me encantó la idea. Yo me alegré porque ni siquiera un argentino vino a decir que quería ayudar”, dijo Susana Torterola al recordar la primera vez que David se acercó al comedor. Luego aseguró que desde que este joven colombiano y sus colaboradores se interesaron, los niños están entusiasmados con los regalos, dulces y juegos que les llevan en cada visita. 
        Según David Carvajal, las actividades en el comedor comenzaron a mediados de abril. Alrededor de veinticinco personas (colombianos y argentinos) se sumaron al proyecto “Alegría”. Desde ese momento hasta finales de junio, se reunieron constantemente para llevar recreación, deportes, talleres de dibujo, pintura, manualidades y algunas ayudas alimenticias a los beneficiarios del lugar. “Comenzamos yendo los sábados y a medida que veíamos cómo disfrutaban cada vez más de las actividades, incrementamos las visitas. Hubo semanas en las que algunos íbamos entre tres y cuatro días”, dijo enfatizando en la constancia de su proyecto.

        Días antes de su regreso a Colombia, David comenzó a gestionar la construcción de una pequeña biblioteca en el lugar, ya que pensó que sería bueno que los niños tuvieran “un espacio para estudiar, leer y aprender”. Un arquitecto colombiano la diseñó y algunos vecinos del comedor ayudaron a limpiar el terreno destinado para este proyecto. Pero el tiempo en Argentina se le terminó y tuvo que volver a Bucaramanga. Por el momento la obra está parada. Sin embargo, este colombiano continúa planeando desde lejos cómo puede colaborar para que la biblioteca se pueda construir.  
David sintió la necesidad de buscar más colaboradores antes de irse. Su idea era encontrar otro grupo de personas dispuestas a ayudar desinteresadamente y así, tener la certeza de que el proyecto continuaría. Entonces, compartió su labor en “Somos más los colombianos buenos en Argentina”, un grupo de Facebook creado por el bogotano Andrés Barrera. Un espacio que busca  “superar la virtualidad, conservar la buena imagen de Colombia y demostrar que estamos haciendo las cosas bien”, dijo Barrera.
Una comunidad de colombianos que a través de Internet encontraron la oportunidad de integrarse, planear y desarrollar ideas que apuntan al beneficio de la sociedad. Sus acciones son esporádicas pero concretas: llevaron café a los habitantes de la calle de San Telmo, celebraron el día del niño en el Parque Lezama y en junio de este año se vincularon con el proyecto “Alegría”.   
Una de las integrantes del grupo más interesadas en el proyecto de David era Syomara Garzón, la joven bogotana que llegó un invierno de 2011. Syomara es estudiante de maestría en la Universidad de Buenos Aires, y alterna sus actividades académicas con un trabajo de tiempo completo, en una consultora de productos médicos. Además, por su liderazgo y compromiso, ahora es una de las administradoras de “Somos más los colombianos buenos en Argentina”.
Syomara se comunicó con David luego de contar con la aprobación de Andrés Barrera y de los otros administradores del grupo. Ambos establecieron la fecha de encuentro en el comedor comunitario para realizar una actividad de integración, y fue así como el 1 de junio los dos grupos se unieron por “La sonrisa de los niños”.
Susana Torterola aceptó que más colombianos los visitaran. Sin la presencia física de David las condiciones cambiaron, ya que se disminuyó la frecuencia de las actividades. Los nuevos voluntarios no contaban con el tiempo suficiente para asistir al comedor la misma cantidad de veces que los anteriores. A pesar de esto, propusieron que cada mes algunos integrantes del grupo “Somos más los colombianos buenos en Argentina”, junto a los primeros colaboradores se reunirían. Así, entre todos celebrarían los cumpleaños de los niños, realizarían actividades recreativas y entregarían las donaciones recolectadas.
David Carvajal regresó a Colombia, pero desde la distancia sigue administrando la página de Facebook “Comedor La Sonrisa de los Niños”, con la cual comenzó a difundir su proyecto. Además, está en contacto permanente con Syomara para transmitirle nuevas ideas y acompañar virtualmente el proceso, que continúa con menor intensidad que antes, pero con la misma intención de ayudar a esta comunidad.

La alegría que esconden los globos de colores

El pasado viernes 20 de junio fue un día frío, pero soleado. En Argentina se conmemoraba el Día de la Bandera y algunos lugares estaban vestidos de celeste y blanco. A la 1:00 de la tarde en la estación Lanús, un pequeño grupo de colombianos se reunió para continuar su viaje hacia el comedor “La sonrisa de los niños”. “Uno de los cincuenta comedores comunitarios que funcionan en el partido de Almirante Brown”, según Susana Torterola, la encargada.
Ese día Adriana Carrero, Hugo Armando Bejarano, Juan Sebastián Rincón, Walter Donato, Syomara Garzón, Milly Marcela Ramírez, junto a su esposo argentino Gustavo Catalano y su hija Sofía, se encontraron para llevar alegría, recreación y alimentos a los beneficiarios del comedor. En bolsas y maletines llevaban tortas caseras (hechas por ellos mismos la noche anterior), gaseosas, globos de colores, obsequios, leche, pan, entre otros productos que lograron recolectar durante los veinte días posteriores a su primera visita.
Más de mil personas conforman el grupo de la red social, pero ese día solo asistieron ellos siete. “Son muchos los que se apuntan, pero a la hora de la verdad casi siempre somos los mismos los que venimos”, comentó Syomara, cuando habían pasado varios minutos luego de la hora señalada para el encuentro. El tren que los llevaría a su destino llegó, decidieron no esperar más y continuaron su viaje hacía el barrio 2 de Abril, en la localidad de Rafael Calzada. Allí los esperaban Susana y los niños que asistieron ese día al comedor.
En la esquina de una calle sin pavimentar estaba el lugar que meses atrás llamó la atención de David Carvajal. A lo lejos se veían niños jugando con un balón, otros sentados en unas sillas de colores. Los demás corrían por el lugar. Un letrero azul y blanco anunciaba en letras mayúsculas el almuerzo de ese día: “GRAN LOCRO”. Al verlo, Syomara le dijo a sus compañeros: “vamos que nos están esperando. Recuerden que la colaboración es de 35 pesos por plato”.   
Los visitantes se reunieron en el salón donde poco antes los beneficiarios del comedor habían almorzado. Se sentaron alrededor de una olla de locro y cada uno comió su plato de este guiso, que representa una de las comidas tradicionales de Argentina. Los colombianos expresaron que sabía a sopa casera colombiana. Gustavo, el argentino, aseguró que era uno de los más sabrosos que había probado. Afuera, los niños esperaban ansiosos por ver qué les habían llevado ese día.
Al terminar el locro, comenzó la decoración del lugar. Algunos inflaron los globos, otros pusieron las serpentinas rodeando un tubo delgado que colgaba bajo el techo. Syomara acomodó las tortas.  Walter y Adriana prepararon la pintura corporal del color de la bandera argentina, que llevaron para pintarles las caras a los niños y conmemorar ese día.
    – ¿De quién es el cumpleaños? –preguntó en voz alta una niña que curioseaba el lugar desde la puerta.
     – De todos  –contestó alguien desde adentro del salón.
Al escuchar esta respuesta, la niña corrió emocionada a contarle algo a sus compañeros. Probablemente les dijo que estaban invitados a una fiesta en la que pronto comerían torta y jugarían con globos de colores.
Quince minutos después, todo estaba en su lugar. Los globos abundaban. Un letrero de “FELIZ CUMPLEAÑOS” colgaba sobre dos tortas y varias pirámides de vasos plásticos, donde se serviría la “chocolatada”, que Susana preparaba en la cocina. Los niños fueron entrando. Syomara, Adriana y Walter adoptaron una actitud que recordaba el estereotipo de los maestros de preescolar: pacientes y amables trataban de organizarlos, sentarlos para pintarles la bandera y explicarles qué harían esa tarde.
La idea era reunirlos para cantarle a quienes habían cumplido años durante el mes. Mientras Syomara hablaba, algunos ponían atención, pero los demás estaban deslumbrados con los globos. Todos querían tener el suyo y trataban de elegir uno que fuera de su color favorito.
Al momento de cantar ya no quedaban globos colgando y la canción se escuchó con una que otra explosión de fondo, acompañada de carcajadas infantiles. Todos trababan de cuidar su juguete de ese día: con una mano lo sostenían y con la otra recibían su merienda. El olor de la “chocolatada” se mezcló con la esencia de coco de la torta. De vez en cuando un “falto yo” que interrumpía el silencio al momento de comer, era cubierto por cualquiera de los voluntarios. “Los niños vienen al comedor buscando comida, pero también alegría, apoyo moral y espiritual, porque aquí somos como una familia”, dijo Susana Torterola, mientras los veía disfrutar de las actividades de esa tarde.
Cuando se acercaba la noche, los voluntarios se despidieron de los niños y de las mamás que aún estaban limpiando el fogón de leña, en el que hicieron el “GRAN LOCRO”. Luego de tomar nota de las cosas que podrían llevar el próximo mes, Syomara y Walter se despidieron de Susana con un “hasta pronto”. Los pequeños, ya sin globos, disfrutaban de unos dulces, que como sus juguetes de ese día pronto se les iban a acabar.
Precisamente, fue esa sensación efímera de alegría, lo que les recordó a este grupo la importancia que tiene ayudar a los demás. Es por eso, que durante todo el camino de regreso a sus casas continuaron pensando y planificando nuevas actividades para las próximas visitas.


Lo que sigue
El 22 de junio, dos días después de la visita al comedor comunitario, algunos integrantes del grupo “Somos más los colombianos buenos en Argentina” se reunieron en el Parque Las Heras. Ese día celebraron su primer aniversario, comentaron las actividades que han realizado, integraron a nuevas personas y planearon más proyectos.
Alrededor de un picnic improvisado escucharon las historias de Marko Antonio Mosquera, un caleño que trabaja como cuentero (narrador oral). Jugaron con Oliver, la mascota del grupo. Los nuevos integrantes se presentaron y los antiguos propusieron volver a reunirse el día del niño. Syomara relató a sus compañeros la actividad de Rafael Calzada. También les habló de David, el joven bumangués que a través del proyecto “Alegría” comenzó a llevarles ayudas a los beneficiarios de “La sonrisa de los niños”.
Para Syomara, la labor que están haciendo con la comunidad del comedor es “la que más compromiso requiere, por eso es una actividad voluntaria”. Un proyecto al que cada vez se suman más colombianos buscando “ayudar desinteresadamente, con pequeñas acciones que beneficien a la sociedad”, aseguró Astrid Malagón, una madre que integra este grupo de colombianos.
Por el momento, un músico, un grupo de titiriteros y un bailarín de salsa se unieron a Syomara y sus colaboradores, para participar en las próximas vistas al comedor. Mientras tanto, a través del grupo “Somos más los colombianos buenos en Argentina”, se sigue promoviendo la donación de alimentos.
“Con estas actividades, también queremos poner nuestro granito de arena para cambiar la imagen del colombiano, porque ya sabemos que los medios de comunicación nos han estigmatizado bastante”, aseguró la diseñadora gráfica Katherine Marcelo. Así, Katherine resume el ideal tácito que ronda a quienes desde pequeños, seguramente han escuchado una frase muy común: “haz fama y acuéstate a dormir”. Estos colombianos saben que además  de ayudar a la comunidad, a través de sus acciones se ayudan ellos mismos.
                                                                      Susana Avendaño Lopera

domingo, 22 de junio de 2014

Camino a Castello



La estación Ingeniero Manuel F. Castello es una de las que conforman la Línea Belgrano Sur que conecta a la Capital Federal con el oeste y el suroeste del Conurbano Bonaerense. Una parada intermedia, un lugar de tránsito, un espacio esencialmente utilizado por quienes frecuentan el Mercado Central.

“Pero ¿quién te mandó a ese lugar?”, “¿A qué vas a ir allá si eso es feo?”, “Tené cuidado que te pueden afanar el celular.”, “Decile a alguien que te acompañe porque hay mucho guacho por la zona.”, “Andá de día.” Interrogantes y recomendaciones fue lo primero que recibí de algunos argentinos que conozco al preguntarles si sabían cómo llegar a la estación Buenos Aires de la Línea Belgrano Sur, esa que me llevaría hasta la estación Ingeniero Castello para buscar una historia en un ferrocarril del que nunca había oído hablar, y del que pocos minutos después de conocerlo pensé: “definitivamente, este no es un tren del que se le hable a los turistas.” En todo caso, lo segundo que me dijeron casi todos fue: “No, ni idea de dónde sale, buscá en Google y ya está”. Si ni siquiera habían ido al lugar ¿cómo podían presumir lo que me podía pasar?
Atendí a la recomendación de buscar en Internet y luego de tener algunas referencias claras emprendí el viaje que me llevaría a Castello. Era un sábado frío con vientos de otoño, las baldosas sueltas de las aceras de la capital (que tiran chorros de agua al pisarlas) me indicaron que había llovido la noche anterior y las nubes espesas que cubrían el cielo no dejaban salir el sol: el escenario perfecto para ir a ese lugar del que me habían dado tan “buenas” referencias.
Tomé un colectivo que me llevó hasta la avenida Vélez Sarsfield al 700, bajé en uno de los paraderos y comencé a caminar hasta encontrarme con la calle Olavarría, pues el dato más exacto que llevaba en ese momento era la dirección: Olavarría 3120. Poco después de estar caminando por un sector que parecía deshabitado, en donde pasaban pocos carros, una que otra persona y muchos perros callejeros, divisé a lo lejos un techo de color gris oscuro; enfocando la mirada pude ver las letras “LBS” (Línea Belgrano Sur). Todavía hacía frío, las nubes espesas continuaban tapando el sol y el olor a tubería podrida se mezclaba con la humedad, una combinación poco agradable para los cinco sentidos. Por suerte, ya estaba cerca del ferrocarril que me llevaría hasta Ingeniero Castello, mi destino “peligroso” de ese día.
Habría sido más fácil encontrar la estación Buenos Aires de la Línea Belgrano Sur (donde comenzaría mi recorrido en tren), de haber sabido que está junto a la terminal del colectivo 59; o por lo menos si algunos de los que me hicieron tantas advertencias (en especial los amantes del fútbol), hubieran tenido en cuenta que se encuentra frente al estadio del Club Atlético Huracán.
Dos perros flacos custodiaban la entrada, probablemente esperando por algún bocado de comida, pero ese día comerían poco. No había filas, quioscos abiertos, ni vendedores ambulantes; era un sábado tranquilo, sin mucho movimiento en una estación que conecta a la Capital Federal con las zonas oeste y suroeste del Conurbano Bonaerense. Precisamente, fue en ese momento cuando pensé que ese no era un tren del que se les hablara a los turistas.
Observé el tablero que muestra la hora de salida, me di cuenta de que tenía poco tiempo para comprar el tiquete y subirme a alguno de los coches. Le indiqué a la máquina que expide los boletos mi destino y tomé deprisa el papelito que salió, caminé con rapidez hacia el único tren que estaba estacionado en los andenes, aunque no tenía la seguridad de que fuera el que estaba buscando. Antes de subir pregunté a dos personas si ese me llevaba a la estación Ingeniero Castello, pero al parecer no sabían de qué les hablaba. El sonido de algo que parecía ser una campana hacía que las pocas personas que estaban más lejos de los vagones corrieran hacia ellos y no tuve más oportunidades de preguntar. Sentí un impulso de subir al coche que tenía más cercano, estaba sucio, no había nadie sentado allí, entonces decidí cambiarme de lugar. Caminé un poco hasta encontrarme con un trabajador del tren quien me confirmó que pronto pasaríamos por Castello.
El tren inició su marcha y mientras tanto yo recorría con la mirada las partes superiores del vagón buscando algún mapa que me indicara las estaciones; pasamos varias pero yo seguía sin saber en dónde estaba. Al parecer, uno de mis vecinos de viaje notó que no era una pasajera frecuente y comenzó a indicarme el nombre de cada una. Entre estación y estación, le conté cómo es Colombia y él me contó que venía de trabajar, que todos los días usa el tren, que no suelen haber muchos turistas por el lugar, entonces salió la pregunta: “¿qué estás haciendo por acá?”. Luego de contarle el propósito de mi visita continuó orientándome hasta que en Tapiales me dijo: “la próxima es Castello”. Le di las gracias y no volvimos a hablar.
Parada intermedia
Cuando busqué en Internet cómo es la estación Ingeniero Castello encontré un mapa de la Línea Belgrano Sur que indica que ésta se conecta con otras líneas ferroviarias. Eso me animó porque generalmente las estaciones de conexión que conozco son grandes y llenas de elementos interesantes. De inmediato imaginé: “Voy a buscar a alguien que cante o que toque algún instrumento, tal vez le pregunte a algún quiosquero cuánto tiempo ha pasado viendo ir y venir los trenes, o en el mejor de los casos sucede algo inusual y ahí tengo mi historia”. Sin embargo, todos esos pensamientos se me vinieron al piso cuando bajé del tren y vi letreros desgastados por el paso del tiempo, sillas vacías, pocos transeúntes, un hombre sentado con los ojos cerrados en una esquina de uno de los dos paraderos con techo que conforman la estación y luego de que partiera el tren: soledad.
¿Dónde estaban los músicos, los quiosqueros, los vendedores ambulantes o por lo menos los ladrones? No había ni siquiera perros callejeros. Observé por unos minutos cada rincón de esa estación pequeña y solitaria. El ruido de los carros que pasaban a gran velocidad por la autopista Ricchieri se mezclaba con el silencio que provenía de un terreno solitario y extenso al otro lado de la estación; hacia el frente solo veía tres edificios altos, blancos, con ventanas pequeñitas que me daban la sensación de estar encerrada en ese lugar; el cielo todavía estaba gris y pasaba un viento muy frío, ya que la estación Ingeniero Castello está a alto nivel, sobre las estaciones Agustín de Elía (Ferrocarril General Roca) y Kilómetro 12 (ramal Puente Alsina, LBS), en la localidad de Tapiales.
Para no congelarme comencé a caminar hasta que llegué a la boletería. Cuatro personas hacían fila para comprar el tiquete que les pasaba una mano que salía por un pequeño orificio de la ventanilla. El vidrio estaba tapado con un papel amarillento que impedía ver al boletero y un hombre con aspecto de guardia que estaba cerca del lugar comenzó a mirarme con curiosidad. Me sentí intimidada, entonces retrocedí y me senté en una de las sillas para dar la impresión de que esperaba el tren.
Me animé a hablarle a un hombre mayor que estaba sentado a mi lado. Su nombre es Salvador Cruz y nació en la provincia de Salta. Él me contó que en los noventa llegó a Buenos Aires y que desde ese momento, casi todos los días frecuenta la estación Ingeniero Castello porque queda a quince minutos de su trabajo como repositor de tomates en el Mercado Central. También me dijo que ha visto varios cambios en la estación, que ahora está más bonita, que no sabe el por qué del nombre del lugar; pero en ningún momento me habló de inseguridad. Llegó el tren y Salvador se despidió al ver que me había quedado sentada, saqué mi cámara e hice clic. Cuando la máquina arrancó se me acercó el hombre con aspecto de guardia, quien seguramente ya se había dado cuenta de que yo no era una pasajera usual.
-¿Tiene algún permiso para sacar fotos?, me preguntó.
-No sabía que hay que tenerlo, contesté.
-¿Para qué las está sacando?
-Para ponerlas en una crónica que estoy escribiendo, es un trabajo de la universidad.
En ese momento, el hombre dejó de lado su cara seria al descubrir que lo que yo necesitaba era ayuda y no regaños. “Es que a los de arriba no les gusta que tomen fotos de las estaciones ni de los trenes”, me dijo en voz baja mientras caminábamos hacia la boletería.
-Aquí Roque te da la información que necesites  -me indicó señalándome al hombre.
Roque Iturralde es el boletero de las tardes en la estación Ingeniero Castello, a él le pertenece la mano que minutos antes yo había visto entregarle boletos a los pasajeros. Casi no hablaba y se veía que estaba incómodo con mi visita. Sin embargo, me hizo pasar al interior de la boletería. Percibí el olor a mate y observé restos de bizcochitos de grasa sobre una mesa grande de madera. “A veces nos juntamos aquí para comer algo con los compañeros de trabajo”, me comentó como queriendo explicar la presencia de estos elementos.
Nuestra conversación fue pausada y ocasionalmente interrumpida por los pasajeros que buscaban su boleto, o por el aviso titilante de la máquina que los expide pidiendo cambio de papel. Roque me aclaró que me recibió en su lugar de trabajo porque era un día calmado, pero que en semana hubiera sido imposible ya que hay muchas personas que transitan por la estación, “tantas que yo digo que es necesaria otra boletería”, anotó.
              Para Iturralde, “esta es una estación de servicio, especialmente para quienes van al Mercado Central, es una parada intermedia en donde el tren se detiene poco tiempo y un lugar en donde la gente circula constantemente.” Para mí es un espacio sin cafeterías, restaurantes, ni quioscos, una zona de tránsito para personas que bajan del tren con bolsas vacías y vuelven a él cargados de cosas; un sitio que no me recomendaron visitar, que a primera vista me pareció desolado, pero que con el paso de las horas me mostró su utilidad. Puede parecer extraño, pero cuando salí de la boletería el cielo estaba despejado y en los andenes varias personas esperaban su medio de transporte; el sonido de un silbato me indicó que era tiempo de volver a casa.
                                                                                          Susana Avendaño Lopera 

sábado, 3 de mayo de 2014

Una historia sencilla, tres visiones



La de Valeria Tentoni, Duraznos sangrantesacá.

                                                               

                                           La feroz realidad

¿Por qué leer un libro sobre un bailarín de malambo poco conocido? ¿A quién le interesa la vida de un hombre común, ni tan pobre ni tan rico?  Preguntas como estas se hizo la periodista y escritora argentina Leila Guerriero a medida que escribía su reciente y cuarto libro publicado por Anagrama. La respuesta quizás está en la belleza del relato. Una historia llena de clima, tensión, potencia y suspenso que logra transportar al lector a un mundo desconocido pero sobre todo real.  
Una historia sencilla es una crónica de largo aliento que comienza con la frase: "Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile." Luego del punto y aparte la autora explica cómo es  Laborde, un pueblo de 6 mil habitantes en el sur de Córdoba, qué es el malambo, quiénes lo bailan y  qué significa para los participantes ganar el festival que desde 1966 allí se realiza. "Ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin" escribe cuando la autora se entera que los ganadores, en un pacto tácito, jamás podrán volver a competir en ningún otro festival. "En enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea-simple-de contar la historia de un festival y tratar de entender por qué esta gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir."
El libro está escrito en primera persona, con una prosa clara pero colmada de sutilezas. La cronista, considerada una de las mejores en Latinoamérica, describe la primera vez que vio bailar al que será el personaje principal de su historia, Rodolfo González Alcántara, y lo hace así: " El primer movimiento de las piernas hizo que el cribo se agitara como una criatura blanda mecida bajo el agua. Después, durante cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño. Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia (...)."
Desde el lugar de una narradora testigo confidente, Guerriero intenta comprender a medida que va transcurriendo el relato, un mundo desconocido y complejo para ella; un mundo que la deslumbra y que con palabras intenta organizar y comprender. Una historia sencilla es el resultado de un trabajo riguroso y exhaustivo de investigación periodística que obligó a la autora a pasar tres años siguiendo y acompañando a Rodolfo González Alcántara en el festival, en su casa, en un bar. Entrevistó  a sus padres, a sus amigos, a su pareja. Lo vio  sufrir, llorar, se metió en su camarín, lo escuchó rezar. Conoció sus miserias y sus logros. Estuvo con él antes, durante y después que el bailarín se convirtiera en la persona que es hoy. Quiso saberlo todo y cuando lo supo escribió esta novela de no ficción o “novela verdadera”, como dijo  Ricardo Piglia en la presentación del libro.

Ver para entender. "He aquí un hombre al que la vida le ha cambiado para siempre." se lee en las últimas páginas. Y con esa frase la autora nos dice por qué esta no es solo una historia sencilla sino un retrato del espíritu de sacrificio, esperanza y superación.
                                                                              Camila Bretón

                                   
                                   Una historia difícil de contar

        Hay historias de ficción, de no ficción, de todos los temas posibles, de lugares habitados o deshabitados, de amores y de odios; todas ellas conforman el universo del lenguaje.  Algunas son más complejas que otras, como la de Rodolfo González Alcántara, un hombre que participó en el Festival Nacional del Malambo, un evento que además de permanecer en el anonimato, otorga a sus campeones un singular premio. 
Ésta es la reseña de un libro que narra una historia difícil de contar: la de un hombre real y común.
Hay quienes se pasan la vida encerrados en sus mundos tratando de encontrar hechos complicados, fantásticos o inigualables; pero también hay quienes salen de sus burbujas a buscar historias reales, de carne y hueso, esas que hacen poner los pelos de punta, que llevan a reír a carcajadas, que originan lágrimas, que evocan sentimientos, pensamientos, deseos, y que aunque pueden parecer ser sencillas, tal vez son las más difíciles de contar.
Las historias que emocionan están por todas partes: en los medios de comunicación, en la calle, en el trabajo, en los conocidos y en los desconocidos. El punto está en observar más allá de lo que se ve a simple vista, así se encuentra lo que vale la pena mostrar.
Y si a la observación se le mezcla curiosidad, pasión, investigación y ganas de narrar, el resultado es Una historia sencilla, el último libro de la periodista Leila Guerriero, quien luego de “dos largos años” de tener una cita pendiente con el Festival Nacional del Malambo (cita que ella misma se puso desde que leyó en el diario La Nación la nota “Los atletas del folklore ya están listos”, de Gabriel Plaza), recorrió quinientos kilómetros desde Buenos Aires hasta el sudeste de la provincia de Córdoba, donde está Laborde: “La Capital Nacional del Malambo”, para encontrarse con la que sería una de las historias más difíciles que ha escrito. 
Un cúmulo de experiencias, tradiciones, valores, de elementos tangibles e intangibles esperaban por alguien que se atreviera a reconocerlos, recolectarlos y narrarlos. Esa fue la oportunidad que Guerriero aprovechó, y lo que sería una crónica para una revista (idea con la cual llegó a Laborde en el verano de 2011), se transformó en el libro que habla sobre niños vestidos de gauchos, paisanas con el cabello trenzado, hombres que mantienen viva la tradición del malambo, un baile “absolutamente simétrico en una estructura humana que es lógicamente asimétrica”, y de todo lo demás que gira en torno a su personaje principal: Rodolfo González Alcántara, un bailarín que arriba del escenario con su zapateo la dejó “muda” y un hombre común que con su lucha por “tener una vida mejor” la cautivó.
Entonces, ¿cómo hacer de la historia de un hombre común algo único, algo universal? Sencillo: valiéndose de la humanidad de un protagonista que lucha constantemente por alcanzar una meta. Esto es algo que la autora tiene claro, en especial, por su interés sobre las “cosas que nadie está mirando”, tal como le confirmó a Matías Méndez, en una entrevista para Infobae. Así, con una serie de interrogantes (escritos en primera persona como el resto del libro), Guerriero se pregunta y lleva al lector a preguntarse: “¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla– revestida?”
Al parecer sí interesan esas historias y no solo en Argentina, donde se originó la narración sobre Rodolfo y su malambo, sino también en España, país en el que está instalada Anagrama, la editorial que publicó este libro; en Colombia, un lugar en el cual los relatos de gente común podrían opacar los rastros que deja la guerra, y hasta en Estados Unidos, donde David Lynch sorprendió con la película basada en hechos reales, que cuenta la aventura de un hombre de 73 años que tenía un objetivo claro: volver a ver a su hermano. Esta es The Straight Story o Una historia sencilla (en Latinoamérica), filme del cual Guerriero confiesa que tomó el nombre para su obra, porque es en ellas “donde no pasa absolutamente nada y sin embargo pasa absolutamente todo”.
Es por eso, que Leila Guerriero con su capacidad de observar con atención hasta el más mínimo detalle, de “soportar la emoción del otro”, de mezclarse entre los personajes para obtener pequeños relatos que nutren su historia y de anotar todo lo que la mente pueda olvidar o confundir, construye un texto que muestra a través de diálogos, comparaciones, datos, anécdotas suyas y ajenas, las situaciones que atraviesan hombres como Gonzalo Molina “El Pony”, Sebastián Sayago, Ariel Pérez y sobre todo Rodolfo González Alcántara, para competir en un Festival que mezcla el folklore con la competencia, convierte a los participantes en “aspirantes”, y como premio entrega “el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina”, que cuando se gana es “al mismo tiempo, la cúspide y el fin”. 
                                             Susana Avendaño Lopera