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martes, 19 de agosto de 2014

"Miento para contar mi verdad"




Una noche de estreno con Radagast: la risa como implosión de la desgracia, el absurdo como puerta de escape y la importancia secreta de la luz roja para un samurái a quien todos insisten en llamar mago.


                                                                                                                    Valeria Tentoni

–Agustín, está un señor Palottini, dice que…
–Ah, sí, sí. Que pase.

     Faltan dos horas, todavía, para que den sala y Agustín Aristarán, a quien nadie llama Agustín, en realidad, salvo el chico nuevo del teatro que todavía no lo conoce (porque si lo conociera lo llamaría “Mago”, como lo llaman todos desde su adolescencia, o “Rada”, por Radagast, el personaje que lo acompaña desde que comenzó a hacer esto que él, dice, no es magia sino humor), cruza el pasillo de la sala para recibir al señor Palottini, y lo hace como un Moisés entre las aguas partidas de las doscientas sillas metálicas plegables que, minutos antes, estaban cerradas contra las paredes en pilas de diez, esperando por el trabajo de ese mismo chico que lo llama por el nombre que le dieron sus papás pero con el que nadie, o casi nadie, se le dirige.
     Radagast extiende su mano derecha, que es recibida y sacudida por la mano derecha del señor Palottini, camarógrafo que llega a hacer una nota. Ya se conocen o, en realidad, mejor decir que al Mago todos lo conocen en Bahía Blanca, donde nació. Acá empezó a trabajar haciendo malabares, a los doce, en plazas y esquinas. Aunque, recuerda, la primera vez que actuó en público fue a los seis, como presentador de una Baby Jazz Band en la que también tocaba la batería. Pasó a espectáculos callejeros un poco más armados y después a animar fiestas de quince, casamientos, reuniones empresariales; todo eso que se señala como “eventos”. Una época en la que decía a todo que sí y, por eso, no sorprende que encuentre en uno de esos días al peor show de su vida, cuando recibió cubitos de hielo sacudidos desde la mesa de unos tipos con la corbata en la cabeza, absolutamente pasados de merca. “Pero, bueno, me sirvió para aprender. Todo eso hace que uno tenga experiencia y sepa cómo salir de situaciones complicadas”.
     Después Radagast se fue, como todo aquel que por estas tierras intenta convertirse en alguien parecido al que desearía ser, a formarse y trabajar a Buenos Aires. Pero siempre volvió a su ciudad natal para estrenar. “Es mi casa”, dice. “Estreno en Bahía Blanca porque es mi lugar, me siento seguro aunque tenga miedo. Sé que la gente, de alguna forma, va a responder. Y si no viene la gente común, va a venir mi familia. No me gusta, igual, cuando son todos conocidos. De hecho, a mis familiares no los dejo nunca sentarse muy adelante. Ellos me conocen, yo no les puedo vender mi cuento. Mis tías me cambiaron los pañales, ¿cómo les miento a ellas? No les puedo mentir”, explica. “Porque estoy mintiendo, todo el tiempo, en el escenario. Miento para contar mi verdad, pero estoy mintiendo”.
     Y aunque no le haría falta ese temor a la sala vacía (sus espectáculos siempre se agotan), igual está nervioso. “Lo que pasa es que tengo cagazo con los espectáculos nuevos. Con lo otro ya no. Es mi vida, nunca hice otra cosa. Me agarran nervios sí cuando veo que hay cosas un poco adversas que no sé si podré manejar; un grupo de borrachos, que el sonido no ande bien. Procuro que eso no suceda: si el sonido es malo no actúo, tampoco salgo a las tres de la mañana, por ejemplo, para que la gente no esté muy en pedo”. Pero no se le nota. Palottini, por lo menos, no parece darse cuenta de que está un poco alterado. Ni el notero que lo acompaña, un chico con Síndrome de Down. Los tres se ponen de acuerdo en cómo resolver la nota antes de que tenga que volver a ocuparse del video, del sonido, de las luces. “Recién venimos de hacerle una nota a Dady Brieva”, le explican. “¿Está Dady Brieva, hoy?”, pregunta, y ahí sí se le nota. Y es curioso, parece que no le hubieran avisado minutos antes que se vendieron todas las entradas del día y que hubo que agregar fecha para el siguiente. “Sí, pero la gente no sabe. Sabe de esto”, responde el camarógrafo. “En cinco lo hacemos”, insiste Palottini, que parece que tendría que haber estado ahí antes, quizás antes de ir a lo de Brieva.
     El Mago no se queja. Sonríe. Pica hasta el camarín y vuelve con un truco en el bolsillo. Lo tuvo que ir a buscar porque nunca anda con trucos encima: “Detesto al mago que hace magia todo el tiempo. Bah, detesto al mago tipo”, dirá después. Los magos, en cambio, a él lo adoran. Quizás porque es el único que les ofrece advertencias como esas. Da workshops y clínicas en todo Latinoamérica. “Yo les digo: loco, no molesten a la gente. La magia molesta si no te la piden, si no tienen deseo de verla. Y, si te piden, hace un truco. Uno solo. Yo igual no hago casi nunca, aunque me pidan”. Solo si está de ánimo, porque es su trabajo: nadie le pediría a un podólogo que le lime los callos en medio de un almuerzo.
    Antes de encender el flash de esa cámara obsoleta para cualquier estudio de televisión de Buenos Aires, el mamotreto que Palottini carga al hombro como una bazooka, el Mago le pregunta al notero cómo va el programa. “Vamos a ganar un Martín Fierro en cualquier momento”, le responde. “¿En serio?”, retruca. “Sí, está nominado de verdad”, le sopla Palottini, que seguirá soplando preguntas y respuestas durante toda la entrevista. “Ahora sí, dale”, arenga al notero.

–¿Sos actor?
–No, no soy actor recibido… No soy actor. Actúo.
–Te vi en Tinelli, decile –le dice Palottini al notero que le diga al Mago.
–Estás en Tinelli, te vi.
–Me viste haciendo sánguches. ¿Te gustó?
–Sí.
–Decile: “Así que triunfaste en Buenos Aires…” –le pide Palottini al notero que le pregunte al Mago. Cada vez que le habla asoma su cabeza por el costado del flash y se le ilumina media cara.
–Así que estás en Buenos Aires…
–No, preguntale de nuevo: “Así que triunfaste en Buenos Aires…”


     Después de un rato de esa nota triangulada, finalmente llega el truco. “Hago humor y magia. Así como lo escuchaste”, le dice antes, y le propone: “¿Te muestro?” Saca la pelotita del bolsillo. La hace aparecer en una mano, después en otra, después desaparecer. Y, para dar por terminado el aunto, grita: “¡RA-DA-GAST!”. Siempre, en algún punto de las rutinas, grita su nombre artístico con la misma fuerza de quien sacude una alfombra en la ventana para que se le vaya el polvo. “RA-DA-GAST”, separa en sílabas, a cámara, los ojos eyectados de sus cuencas, la boca desencajada.

–Bueno, decile muchas gracias.
–Muchas gracias.
–No, gracias a vos.

     Antes de irse, Palottini sigue preguntando, pero con la cámara apagada. “Yo estoy contratado y hago lo que me dicen que tengo que hacer”, explica el Mago. Podría estar diciendo también: “Es la vez número quinientos que me rompen las pelotas con lo de Tinelli desde que estoy yendo a hacer la publicidad de Subway”, pero no. Es amable, escucha y atiende como si no fuera la vez número quinientos que le rompen las pelotas con lo de Showmatch, donde hace apariciones de apenas un minuto, en el personaje de un vendedor de comida al paso. Consiguió ese trabajo en una fiesta privada en Buenos Aires, donde estaba haciendo a Radagast. Lo fueron a buscar: “Te queremos para la publicidad en la tele”. Tuvo que pasar, igual, un casting en Ideas del Sur. “Nadie entra ahí sin pasar por esos castings”, explica.
     “Qué se yo, me lo dicen de buena onda. Pero ¿qué es pegarla? Yo estoy ahí porque es un laburo y porque me pagan bien. Una vez, un amigo me dijo: tenés que pensar en las tres P, prestigio, popularidad o plata. Fijate qué te da cada trabajo y qué queres en ese momento. La plata es muy buena y ya está, lo hice por eso. Yo no estoy esperando la oportunidad de que el “Maestro Tinelli” me señale y me toque. ¿Para qué, para convertirme en el Mago Black? ¿En Xipolitakis? No deja de resultarme muy loco ver ese mundo, es alucinante. Pero ya está. Es un zoológico. No me interesa pertenecer a eso. Sí me interesa utilizarlo como una herramienta para hacerme más conocido para que me pase esto que me pasa hoy: entradas agotadas. Me gustaría ser mas popular para vivir de teatro en teatro y dejar los eventos. No me quejo de los eventos, son los que me dan de comer. Pero a mí me gustaría estar en sala todo el tiempo”, explica. En el exterior sí le pasa: Colombia, México, Venezuela, Perú, cruceros. “Es que en Argentina no hay mucho circuito de magia”, sabe.

–Pero jugátela, vos: si la llegás a pegar con Tinelli… –insiste Palottini, juntando sus manos sobre su cabeza como un yogui saludando al sol.
–Ya va a llegar –devuelve, con la elegancia de quien coincide para despachar.
–No podés dejar pasar esta oportunidad.
–Ya va a llegar. Todo llega.

Mientras terminan la nota, entra su asistente a la sala. “Cuarenta mangos el silbato”, le dice. Se habían olvidado el que tenían y tuvo que recorrer toda la ciudad para encontrar uno a esa hora.
     Comienzan a probar sonido. El dueño de la sala se balancea en lo alto mientras intenta acomodar el proyector que disparará un clip al principio en el que se presentan todos los personajes: Radagast, pero también su representante, un garca de escritorio con habano y saco dorado, y Sarrasqueta (una vieja creación que no retoma desde hace años y hoy vuelve a personificar). El Mago se ubica en el centro del escenario. Parece haber hecho esto miles de veces: nada lo aturde, su cuerpo sabe lo que hace antes de que él se entere. “Mi nombre es Sarrasqueta. Soy mentalista y sé exactamente lo que están pensando en este momento. Están pensando que mis papás son primos, ¿no?”, dice probando el micrófono. Y después: “Bajale la ganancia al mínimo”.
     Empieza a sonar una pista. Es el tema de Chiquititas, “Corazón con agujeritos”, pero en versión tango. Una no se da cuenta sino hasta pasados los primeros treinta segundos de Radagast cantándolo, ahora vestido con un jean y una camisa pero, en el show, con una bata de seda fulgurante. Mientras lo ensaya chequea los mails que le entraron al celular, los mensajes de WhatsApp. Puede darse ese lujo sin desafinar ni una vez. Su mirada está perdida en la diminuta pantalla mientras su boca con cada dolooooor, se muere mááás. “Pica mucho ahí, ¿no?”, pregunta, mirando hacia el control.
     Lo que sigue es organizar la iluminación: pedirá una luz roja de seguimiento, solo un círculo de luz roja, cuando haga “lo del samurái”. El chico desde el control levantará el pulgar a la distancia, le dirá que sí, que se quede tranquilo, y le mostrará cómo sabe muy bien cuál es la luz roja de seguimiento para su samurái. Pero, en vivo, le devolverá luz blanca. Y el Mago seguirá como si nada aunque ahora, viéndolo dar la indicación precisa, una se imagina que para él sí que es importante que sea roja y no blanca la puta luz que está pidiendo mientras grita “¡Samurááááái!” en medio de una secuencia de trucos con unos abanicos orientales que terminará con un aplauso desenfrenado, como todos los que le arranca al público.
     De ahí pasa a organizar unas campanitas de colores que se colgará en las muñecas, en los tobillos, en la boca y en el cierre del pantalón, para hacer sonar Oh Susana. Son campanitas musicales, cada una responde a una nota. Si se le pregunta cuenta: “Vi un show, hace como siete años, que las tenía. Me volví loco hasta que las conseguí, pero no había por ningún lado. Las primeras que encontré eran de plástico. Las compré igual, claro. Y seguí comprando en todo el mundo: en cada lugar al que voy pido, y si encuentro las llevo. Estas son las francesas, las que más uso, las mejores”. El chico del control sigue haciendo zigzaguear su porcentaje de efectividad. El Mago está en la tarima, listo, con todas las campanitas en su lugar. Sale la pista por los parlantes, pero está a oscuras. No le importa: Comienza a moverse: se agita, malabarista del sonido, haciendo golpear cada campana la nota que hace falta. Ti ru rún tin tun ti ru ru, ti ru rún tin tun ti ruu, ti ru run tin tun ti ru ru, ti ru rún tin tun ti ruuuu. Mentalmente, todos completamos: “ohhh-suuuu-sanaaaaa”, mientras él se agita con la melodía. “Es más difícil que envolver un triciclo”, dice después, y el que está bajando de acomodar el video se empieza a reír.
     Queda poco más de media hora para dar sala. El Mago se va al camarín. Se sienta a tomar Coca-Cola frente a un perchero donde se reparten el espacio un mameluco naranja para su primer personaje, unos zapatos de payaso mayúsculos, una galera, una gorra y un traje de baño elástico que usará para un truco con cartas, un aro y una colchoneta. Su caja de magia ya está abierta y preparada al lado del escenario. Tiene palabras escritas por dentro de modo tal que solo sean visibles para Radagast, pero no para el público. Se lee: “JAJAJA” por todos lados. Hay nombres de familiares, de mascotas. “Son palabras que me puse para darme...” y no completa sin que lo interrumpan preguntándole por el ukelele o por la pista o por cualquier cosa. Nada de lo que vaya a ocurrir en las próximas horas está fuera del control esmerado y detallista de Agustín. 
     “Japarapapapapepo” llama la atención: “Fue mi primera palabra mágica. Mi recuerdo de gran tentación con Alfredo Casero, que la tiró en un lugar súper absurdo y me quedó. Y entonces usaba eso”. Además del padre de Cha Cha Chá, programa que empezó a mirar porque su hermano lo ubicó en el televisor, dice que tiene por referentes a los Monthy Python y a Rowan Atkinson, cuyo personaje más conocido es Mr. Bean. El humor absurdo es lo que más le atrae y a lo que aspira: algo que empezó a cocinarse para él desde la infancia, inclusive antes de encontrarlo en los sketchs del trío maestro que se completaba con Alberti y Capusotto. “En mi casa todo se resolvió con humor”, explicará. Sarrasqueta, por caso, es un personaje que tiene que ver también con eso.
     “La magia no es una gran pasión que tengo. Es una gran herramienta que quiero mucho, pero a mí me gusta hacer reír. Yo me voy contento cuando la gente se ríe, no cuando se sorprende”, dice. La magia, parecería, le supo dar más trabajo. “No, la magia me dio un título. Me dio el título de mago. Pero la gente nunca me contrató por mi magia: nunca me contrataron porque sorprendo. Me contrataron porque hago reír”. Está seguro. Cuando sale de Argentina no tiene demasiados problemas, por otra parte: “Mi humor no es muy local. Me di cuenta con el tiempo, y además lo intento universalizar yo. No hago chistes de actualidad, no hago chistes políticos, no hago humor con modismos de acá, uso pocos juegos de palabras, que son muy locales. Mi humor no tiene eso”.
     La palabra mágica más grande de su caja es “Bianca”. Así se llama su hija, de ocho años. La tuvo a los veintidós. “La primera vez que se subió al escenario conmigo tenía dos, fue en Villa Gessel. Ella me dijo que quería bailar una canción, pero que la quería bailar sola. ‘Vos me presentás y yo bailo’, me pidió. Y bailó La vecinita tiene antojo, un reggaetón, con un tutú de danza clásica rosa”, cuenta. Hoy, que es viernes, Bianca también actuó. Pero en La Plata, donde viven. Y en la escuela, por el acto del 25 de mayo. “Salimos del acto de ella y vinimos en auto para acá. Bailó el pericón. Estoy medio limado de cansancio, pero la adrenalina te acomoda”, explica.
     Un viaje en auto entre estas dos ciudades lleva, aproximadamente, unas nueve horas de ruta. Pero Radagast, dice, se activa desde que pisa el escenario. “Yo, antes de salir a escena, no tengo idea de qué voy a decir”.  Lo que sí sabe es a qué va, y qué no se perdona ahí arriba: “Si me doy cuenta de que alguno está descubriendo la mentira, trabajo para él. Para que me crea. Puede haber diez mil personas, pero si uno solo no me está comprando me vuelvo loco. Es el maldito ego del artista, de querer que a todo el mundo le guste”. No es un riesgo que no esté dispuesto a correr: “Es el mejor trabajo del mundo. Encima me aplauden y me pagan, viajo por el mundo, no lo puedo creer”, dice.

–¿Te imaginabas esto cuando empezaste?
–Y, empecé a los doce. Bah, me empezaron a pagar por esto a los doce. Yo sabía lo que quería. Y lo busqué. Todo el tiempo lo busco.
–¿Y en qué te gastabas la plata cuando tenías doce años?
–En zapatillas. A mi hermano le compraban zapatillas caras porque era muy patón, es muy alto, y a mí no. No tenían plata para comprarme zapatillas así. Me compraban las Topper de lona. A mi hermano unas zapatillas re copadas, de basquetbolista. Así que la primera guita que gané me empecé a comprar zapatillas. Y trucos de magia.
–¿Te acordás de las primeras zapatillas que te compraste?
–Unas Pumas azules, con unas tiras. Salían un huevo. Mi vieja me decía “¡Cómo vas a gastar esa guita en zapatillas!” –dice. Sus botinetas de cuero marrón, impecables y exquisitas, brillan mientras tanto en sus pies como si aullaran: “¡Somos carísimas!”, y sacaran la lengüeta.
–Bueno, Radagast es un personaje con zapatos muy muy grandes –respondo, y señalo el par rojo y negro que debe medir unas cuatro o cinco veces de largo y ancho lo que uno común.
–Radagast es la mejor versión mía. Es lo que yo quisiera ser todo el tiempo.
–¿Todo el tiempo?
–Y, o sea… Radagast no tiene mucho filtro. Habla y dice lo que quiere, porque él es el dueño de su universo. Nadie le puede decir cómo es: si es de él y está solo. Los personajes que te acompañan toda la vida, como este payaso que tengo yo, que lo considero más un payaso que un mago, son un poco la mejor versión de uno. Yo no voy por la calle diciendo las cosas que dice Radagast: sería un insano, un loco de mierda.

     Sin embargo y por ejemplo Radagast, de chico, iba a la escuela en monociclo. Siempre fue, siempre ha sido un gran ridículo. Es capaz de salir a pasear en rollers por La Plata marcha atrás como una cruza entre Michael Jackson y Félix Baumgartner. “De chico jugué mucho. Mucho. Solo, con amigos. Me inventaba mundos. Puedo decir que lo sigo haciendo, porque ahora tengo una nena y jugamos un montón”, explica. “¿A qué juegan con Bianca?”, le pregunto. “Hacemos como personajes”. Hay dos figuras, “un gallego y un francés medio malo”, que sólo hace existir para ella. “Y a veces a mí me posee el demonio y Bianca me lo tiene que sacar, tiene que hacer unos rezos para que se vaya: me puede pasar en cualquier momento, ella sabe lo que tiene que hacer, unos conjuros especiales. Una vez estabamos jugando en casa, sin darme cuenta que había otras nenas, sus amiguitas, que no entendían nuestro código. Yo entré a poseerme y se asustaron, hubo que decirles que era un chiste. Bianca gritaba ‘¡Fuera demonio del cuerpo de mi padre, fuera demonio del cuerpo de mi padre!’, y no entendían nada”. En el colegio, cada dos por tres, al Mago le piden que haga magia. Él dice que solo hace magia si ella lo autoriza. Les responde eso a los directivos en sus oficinas y los tipos se lo quedan mirando como si estuviese por rematar con una risa para dejar en claro que está bromeando. Pero no pasa eso: “Si mi hija me dice que no, yo no voy: si me lo pide mi hija, voy. Es su espacio, yo no quiero ir a ocupar un lugar de centro si ella no lo desea, porque no quiero que pase un momento vergonzoso. Para mí, lo único que tienen que hacer los padres es darle confianza a sus hijos”, dice. Y asegura que eso fue lo que aprendió de la experiencia con los suyos que, cuenta, nunca dejaron de creer en él.
     Sus papás, que ya forman parte de esa serpiente en pausa que es el público en la entrada. Radagast revisa su caja de trucos: dice que ahí tiene sus “juguetes”. Chequea que todo esté en su lugar: las cartas, la sal con la que ejecutará una de sus rutinas más delirantes, el vestuario. “Yo no soy buen mago. Tengo fundamentos para decir por qué no soy buen mago. Eso también hizo que tuviera que buscar por otros lados. No me considero mago: sé hacer trucos y tengo la capacidad de poder meterlos en un espectáculo de entretenimiento, pero la magia es una herramienta, nada más”.

–¿Y el humor?
–El motor.
–¿Y cómo se aprende?
–No se aprende, se vivencia. Es fundamental, para mí, la risa. A un mundo sin risa lo imagino como a un mundo muerto. Pero ojo que para mí la risa es un remedio a la desgracia: la risa no es felicidad. Pienso en los Augustos, en los primeros payasos; los borrachos, era eso, eran los borrachos del pueblo, las personas de las que la gente se reía. Y después aparecieron los que tenían la habilidad de imitarlos y así nacieron, con un tipo de estupidez premeditada. Y la gente se reía de ellos.
–Leí el otro día que las cosquillas no tienen ningún otro sentido más allá de generar entre dos personas lazos de confianza. Que no tienen sentido biológico sino eso. Y que la risa de las cosquillas es una respuesta de pánico.
–Es que sí, es diabólico. Vos mirás a una persona reírse y es una cuestión diabólica: la cara se transforma, inclusive. El asunto es: mirá lo que te está pasando y yo me estoy riendo de vos. Pero es maravillosa.

     Como cuando con las campanitas, mi cabeza también completa mentalmente el tarareo, y canta Fito Páez: “Y hay mucha rabia suelta y angustia, nena. / Y hay mucha, mucha desesperación”. 
     Salgo y me uno a la fila, quiero buscarme una de esas sillas plateadas, mirarlo todo como si no hubiese visto las entrañas de la maquinaria recién nomás. No voy a lograrlo, por eso lo que sigue ya no puedo escribirlo. Distingo a Bianca. Está sentada entre el público. Cuando todo haya terminado, jugará en el escenario vacío a las escondidas con la hija del sonidista mientras lo espera. Me dan ganas de pedirle que a mí también me saque el diablo del corazón.



domingo, 22 de junio de 2014

Una locomotora es la fucking Gioconda



“Vamos a hacer Yo quiero ver un tren: ustedes saben que es un tema que se sitúa en el futuro, y habla de que estalló una guerra con unas bombas neutrónicas que arrasaron todas las ciudades. Entonces, obviamente, ver un tren es como ir al Louvre, porque no quedó nada (…) La locomotora resistió, quiérase o no, y entonces quizás en el futuro quede así enterrada una locomotora y alguien la quiera ver, tenga la necesidad de verla, como si fuera, prácticamente la estatua de una virgen”, explica Luis Alberto Spinetta antes de cantar. Está en YouTube, hablando a través de la red y del tiempo desde un acústico de MTV en 1997. “Ahora el mundo no tiene ni agua. La mañana me encuentra sospechando en el aire (hiper ultra contaminado) caminando en la nada”. Pide palmas y arenga: “Llévenme a ver un tren, llévenme a ver un tren, oh yeah, llévenme a ver un tren, no los recuerdo, yo quiero ver un tren, yeah”. Después el Flaco loquea cantando sobre una base y termina con esa línea que ahora, en casa, frente a los folletos del museo taller Ferrowhite, me parece tan exacta como los nombres que, me entero, tienen los hombres con los que me pasé la tarde.
      “Pedro Caballero (mecánico del Galpón de Locomotoras de Ingeiero White), Roberto Orzali (marino mercante), Florentino Mazzone (trabajador de YPF) y Pedro Marto (estibador)”, se detalla con precisión al pie de una foto que muestra a estos cuatro hombres, jubilados, sus pelos blancos, sosteniendo enormes herramientas de cartón. Y sonriendo. Identifico rápidamente a los tres que sí conocí: Pedro, Roberto y Florentino.
    A poco de entrar al predio, el último es el primero que nos encontramos. Florentino acaba de despedir a un grupo de participantes de un taller de fotografía que había conseguido un permiso para entrar a hacer tomas en la vieja usina San Martín, desguazada en el 2000 después de proveer de electricidad a la ciudad de Bahía Blanca durante 56 años. Florentino se nos acerca hablando desde antes de alcanzarnos. Lo hace como si nos conociéramos de siempre o, mejor, como si ese hombre nunca dejara de hablar, no supiera cómo pulsar el silencio.
Y no debería reprochársele: lo que se cree, al principio, es el ruido del mar –porque sí, el mar está ahí aunque antes de él haya un alambrado con coronas de púa, y lo prueban los barcos, a lo lejos, con las luces encendiéndose en el atardecer, cuando parece que no hace falta pero hará falta dentro de tan poco que la luz es una posta a media entrega durante unos minutos de indecisión maravillosa– no es otra cosa que el trajín de los elevadores, detrás de la otra usina. La que sí funciona. Y en medio de esa mímica turbia del silencio, entonces, Florentino: una radio encendida que se dirige a unos y a otros, un faro disponible y alegre, alegre, alegre. Así también los demás, una vez dentro, se me aproximarían. Pero ¿cómo preguntar el nombre de alguien sin interrumpir la fe y la belleza cuando la conversación ya está tan avanzada, cuando nos hemos dicho cosas de esas que se confiesan con el atrevimiento de la intimidad intempestiva, cuando nos hemos mirado un poco y hemos reconocido en el otro algo de eso en lo que más tememos convertirnos, algo de eso en lo que más tememos no ir a convertirnos jamás?


                                                   *

Al Ferrowhite se llega, desde Bahía Blanca, por la Ruta Nacional Nº 3, camino al puerto de Ingeniero White. Se toma por el Puente Colón, se cruza el barrio inglés (donde vivían los gerentes del tren, mientras que la alcurnia ferroviaria se quedaba con Villa Harding Green), se dobla en el empedrado, se sigue, se cruza la vía y se sigue, se toma una rotonda. Ahí, la ruta. Y se sigue. Así hasta llegar a cien metros del parque industrial y ver los carteles que dicen “Ingeniero White”, después de lamentar un horizonte mordisqueado por chimeneas con lenguas de fuego y humo sucio que se traduce en un profundísimo olor a mierda que entra por las ventanillas. Los días nublados, las industrias aprovechan a disimular sus desperdicios: tenemos suerte, hoy estuvo despejado. Ya hubo escapes de cloro y de amoníaco, y el viento no pocas veces, milagrosamente, salvó a la Springfield argentina de un desastre, desviando hacia el mar los venenos. Las familias del puerto han observado cómo se desvalorizan sus inmuebles año tras año, entrampados en una zona industrial que colonizó sin más una zona urbana. Los pescadores artesanales del puerto han visto cómo las especies merman año tras año al punto de volver obsoleta su fuente de trabajo por causa de la contaminación. Pero, claro; las plantas, cuya instalación fuera rechazada en Europa, industrias que no producen ninguna mercancía de consumo directo como para justificar la pauta en medios de comunicación de sus productos, son, prácticamente, los únicos auspiciantes que posibilitan la supervivencia económica de diarios, radios, eventos culturales y televisión en la ciudad.
         Prácticamente todo el discurso de la región está financiado por las industrias del polo: carreras, pistas de salud, recitales, muestras, canales, revistas, obras de teatro. Hay una red antigua de relaciones institucionales (que incluye a la Municipalidad, a la Universidad Nacional del Sur y a la Universidad Tecnológica Nacional) que asegura un estado de resignación desinformado y un nivel de queja controlado, atomizado, incapaz de organizarse de modo suficiente, y dispersado por la intromisión milimétrica y precisa de la pauta industrial en la vida doméstica de los bahienses. Uno de los periodistas más conocidos de radio de la ciudad, mientras yo cubría mi primera nota y preguntaba por qué motivo el polo había financiado un mural en una de las paredes de la Tecnológica, me advirtió: “Si querés trabajar acá, eso que ves salir no es humo, nena: es vapor de agua”.
     Entonces, decía, para llegar al Ferrowhite, que está en la órbita del Instituto Cultural de la Municipalidad y en noviembre cumplirá diez años abierto, hay que pasar en medio de esa lengua de brea estirada entre baldíos y barrios obreros con la contaminación de fondo, atravesar un aire que se pegotea a la ropa, al pelo, a los pulmones. En el caso de un visitante, la respuesta será una ducha. En el caso de un vecino, probablemente, un cáncer: una de las causas de muerte más comunes en la zona, algo que nadie quiere publicar. Y esa pasarela no puede ser obviada porque denuncia, de algún modo, la misma desidia que denuncia el Ferrowhite.
        Después se toma el boulevard y se pasa frente a unas tres cuadras de cabarets de puerto. Se lee en carteles colgantes que llevan muchos años sin recambio: La sirena, El delfín, Champán, El nuevo tiburón, New Las Vegas, Burlesque. También hay prostitución, pero nadie quiere hablar de eso. En 2011 me tocó cubrir un “accidente” en una esquina que parece una casa, pero está en la misma cuadra de todos los cabarets. Una chica paraguaya se había caído por la ventana de un primer piso, en medio de la noche. Su nombre no circuló, no figuraba en el parte, no lo dijo nadie. “Se le cayó el celular y se le fue el cuerpo para adelante cuando lo quiso atajar”, me dijo el comisario, en su despacho. Lo miré fijo: “¿De qué trabaja la chica? ¿Por qué no quiere dar notas?” “Fue un accidente”, insistió. Los vecinos, sin embargo, corrían la versión de que intentaba escapar.
     Me pregunto cuántas casas así hay en Ingeniero White. Me pregunto qué habrá sido de esa chica. Cuántas chicas más así hay ahí. Me pregunto cómo una ciudad como Bahía Blanca podría producir alguna vez un periodismo que se pregunte por cosas como el negocio de la contaminación o la trata de personas: me lo pregunto después de haber trabajado en tres medios gráficos que no pudieron resistir en una ciudad en la que cuando se dice la palabra “diario” se usa el singular sin peligro de confusión.
      Doblando justo frente a la esquina en cuestión, y pasando al lado del Museo del Puerto (toda otra aventura que merece igual atención pero aquí nos excederíamos) se toma La niña. “Puente en condiciones precarias”, advierte un cartel, pero no parece haber más remedio que asumir el riesgo, puesto que otro puente no hay. Al fondo ya se recorta la vieja usina, su torre, y al lado otra chimenea roja y blanca que dispara humo.
        Lo que se ve desde arriba cuando se cruza el puente es tanto que es confuso, difícil de poner en palabras (el folleto del Ferrowhite, de hecho, viene con un plano en el que detalla qué corno hay ahí entre tanta cosa que hay, qué era antes y qué es ahora, qué está desguazado y qué sigue en pie, qué funciona, qué no). El punto más alto del puente queda sobre la playa ferroviaria: hay varios tendidos de rieles paralelos, y vagones de carga, grises y oblongos, enganchados. Como si un gigante estuviese jugando en otro lado y hubiese olvidado sus chiches por acá. Parecen esperar un turno viejísimo, pero están en actividad: eso se advierte cuando se ve, al lado y por contraste, una enorme zona de piezas abandonadas, lo que el desguace regurgitó y nadie sabe dónde meter. Gigantes pedazos de tren oxidados, con ese color feroz que se bambolea entre el rojo y el marrón tan característico de lo que nunca más será de provecho y ha recibido, exactamente, ese trato. Ese abandono no es trágico por sí mismo o por lo menos una no puede darse el lujo de leerlo así cuando se encuentra, después, con las historias de las personas que vieron a esos bichos completos y en funciones.
Cuando uno llega al Ferrowhite llega también a una de las poquísimas zonas en todo el puerto que ofrecen una vista (modesta, apenitas, ganada a fuerza de resistencia, porque querían rellenarla) al mar. Antes, ahí, estaba la rambla de Arrieta: hubo, aunque parezca imposible ahora, un balneario. Las industrias fueron copando toda la costa y lo que ahora se ve de mar desde la Casa del espía –un café que es parte del predio, construido en el mismo estilo que la usina, con los mismos materiales y diseño, donde se han filmado películas y publicidades– ya no es apto para recibir bañistas.

                                                 *

      Entro y está sonando el bolero de Ravel: el lugar que ocupa el Ferrowhite antes fue el taller de mantenimiento de los trenes, y los techos de ese galpón enorme son altos, altísimos. Entonces, la música llega como en una iglesia, reverberando en esa zona vacía que hay entre la altura de los que andamos y las cosas y el límite efectivo con lo que ahora ya empieza a ser la noche, afuera. El museo conserva en el piso las marcas del taller de mantenimiento, un almacén, y está cruzado al medio por las vías. Se pueden ver las dos víboras de hierro saliendo por debajo de sus paredes, raíces expuestas cruzando la playa de pasto y llegando hasta la usina, esa construcción desorbitada que fuera declarada Monumento Histórico y Patrimonio Arquitectónico Nacional. Florentino me explicará que eso es porque había que cargar cosas pesadísimas de un lugar al otro, que no había otro modo de llevar si no era con el tren. “San Atilio, salvad al castillo”, se lee en la pared, y en una silueta grande de una escafandra sobre la inscripción. Atilio era un trabajador de la usina: y es que en el Ferrowhite un trabajador es un héroe y un artista. Un hacedor que produce mundos (o posibilidades de mundo): “Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva de futuro”.
       El Ferrowhite guarda más de 5000 piezas del ferrocarril y el puerto “escamoteadas por un grupo de ferroviarios durante las privatizaciones de la década del noventa”. Pero cómo se hizo el museo es algo que se comprende, recién, cuando uno se pone en diálogo con las personas que deambulan allí. O bailan, pero lo hacen de modo imperceptible. Sí, creo que más ajustado es decir que esas personas están bailando, en ronda, alrededor de algo que consigue sus bordes solo con ellos ahí. Podríamos preguntarnos si el museo será el mismo sin estos hombres dentro, voces y cuerpos como entre fantasmas tangibles: bielas, cajas, bancos, morsas, ruedas, tornos, mesas de trabajo, motores, frenos. Y todo enorme, grandísimo. Partes de cosas que son cosas, también, por sí solas, pero que remiten a lo que fueron (hay fotografías que muestran a las partes de las cosas, ahora cosas, en sistema con otras partes de cosas para conformar a las cosas y hacerlas funcionar). Perec podría haber escrito este lugar mucho mejor que cualquiera.
     El primer sistema de objetos ante el que me detengo es una mesa de trabajo con una caja de metal vieja en el centro de una reunión de tuercas, pinzas y tenazas. Un hombre de unos setenta y largos, quizás ochenta, con una remera corta sobre una de manga larga, se me acerca, encapuchado con un gorro de lana celeste con vivos rojos. Es tremendamente vital y habla, como Florentino, sin parar. La temperatura de sus ojos se beneficia con el marco del gorro: son dos ojos en los que podrían navegar barquitos de papel hasta triturarse e irse al fondo del fondo. “Este era mío. Yo lo traje”, me dice. Giro y ya lo tengo encima, señalándolo todo como si con eso lo hiciera existir solamente para mí. “Cuando se dieselizó el ferrocarril, en el año 59, mandaron 100 cajones de Buenos Aires para los mecánicos, esto es para la parte mecánica, después los eléctricos más chicos, así que este cajón tiene 55 años. Tuvo varios herederos, y cuántas pinturas, cuántos cosos, pero ¡mire qué cajón!, ¡55 años, che!”, y golpea cuatro veces con la mano, la chapa recibe el golpe y responde con un sonido de lata que se encuentra con Ravel en el aire, “sobrevivió y me lo traje para acá”.
     “La máquina de vapor era un laburo pesado, quedabas todo descangallado en la cintura, eran todos laburos pesados, ¡mirá qué herramientas! Era todo laburo bruto”, dice, y me hace seguirlo hacia otro lado. Ni se me ocurre negarme. “Estas son las originales, acá metías el caño y hacías fuerza, de a cuatro, hernias de disco, las piernas, no había montacargas, hacías fuerza, todo a base de fuerza humana, por eso a los cuarenta y pico ya te sacaban del trabajo de la máquina. Ya con la diesel se humanizó más. Te quemabas con los caños de bronce, viste, era laburo, pero ¡teníamos ferrocarril! Ahora no tenemos nada. Y tenía un laburo solo la gente. Yo a la tarde salía del laburo y me iba para el club, a Comercial, a la comisión de fiestas. Ahora salen del trabajo y van a buscar otro trabajo y van a la noche a buscar otro trabajo, por eso está el stress, están los psicólogos y están todas las crías de la vida moderna. Antes no había psicólogos La vez pasada vino una convención de psicólogos, acá. ¡A mí qué psicóloga ni psicólogo! En tiempo mío mi vieja me daba un zapatillazo y se terminaba. Vos venías a las seis de la tarde, te tomabas unos mates y te ibas a hacer la quinta, o las gallinas, y después a jugar al boliche a las cartas. A la noche a comer, a escuchar la radio, los Pérez García, y a las diez y media a dormir. Ahora es imposible, yo antes a las diez terminaba de comer, ponía el velador, me leía el diario, apagaba la luz y diez y media estaba durmiendo. Toda la gente se iba a dormir”, continúa. Y recién entonces puedo preguntarle cómo entró a trabajar y me dice que de peón. “Sobreviví a todos los gobiernos: militares, políticos, civil, peronistas y radicales, toda la cría, y todavía estoy acá, contemplando el panorama, en el museo, ahora pertenezco al museo, ahora estamos acá, observo y miro y me callo la boca”.
     “Era otro mundo, viejo. Es la evolución de la humanidad, lo nuestro fue otro mundo. Nosotros antes llamábamos por teléfono y estaba la telefonista, ahora apretás un coso y hablás a Alemania, en tiempo nuestro para llamar a Buenos Aires había que esperar tres días, te agarraba un coso en el corazón y ¡adiós Pampa mía! Ahora es otro mundo”, insiste Pedro. “Había como diez tornos acá, este era el taller de la usina”, explica mientras avanza. “Estaba el tornero, el sopletero, el plomero, el soldador, había como treinta oficios con la máquina de vapor”. Pedro entró en el 2006 y trajo todas sus herramientas: todo el museo está hecho con aportes de hombres como él y, de hecho, en la folletería se deja un teléfono al que se puede comunicar quien haya trabajado en el ferrocarril, la usina o el puerto o tiene familiares que lo hicieron.
     Como es tarde, Florentino entra y se nos reúne. Quedamos pocos en el museo y temo estar reteniéndolos, porque es la hora de cierre. Sin embargo siguen hablando, como locomotoras increíbles hacia delante. Se nos suma Roberto, que fue marino, y narra cómo un morocho enamoraba a todas las tripulantes enseñándoles a usar el timón, cómo conoció el mundo trabajando en alta mar. Quedamos reunidos frente a una balsa enorme hecha con botellas de plástico que Roberto tripuló en su viaje de bautismo. La prefectura, al verlos pasar, les prohibió seguir navegando en ese portento. “La balsa flota, eh, se fueron de Galván a White… Después se armó lío con la prefectura, lo vio el prefecto, lo vio… Porque no podés navegar con esto. Bueno, pero nos dimos el gusto de andar. Se llama El arca obrera, mirá, viene con un instructivo”, dice Pedro.
       Es una denuncia a la contaminación, una maniobra irónica descollante, una protesta: no se puede leer de otro modo. “Agarrás, vos, después fabricás una y te mandás a mudar. Tiene todo su significado eso. ¡Estuvo en el Centro Recoleta esta balsa, eh!”
      “¿Te imaginás al Prefecto tomando un matecito, cuando nos ve pasar? ¡Ah, andá que hay unos locos ahí, sin permiso. Se armó la podrida”, interviene Roberto. “Estamos todos medio rayados en este museo”, me dice. Y Pedro agrega: “Lo más cómico pasó a los días: entran dos señoras al museo y yo les conté y les dije nah, es que había un prefecto mal arriado, y me dice la señora: Tiene razón, es mi marido, es un mal arriado”. Se ríen como chicos y cuando se ríen se convierten en seres hermosísimos. ¿Cuántas veces se escucharon las historias entre sí? Y se escuchan entre ellos como si todo acabara de sucederles.
    El museo ya está cerrado. A lo lejos titilan, azules, no los astros –difícil ver las estrellas desde White con el empañado humeante– sino las luces de los barcos. “La pasamos bien. Yo me jubilé: vengo acá y revivo”, dice Pedro, mientras nos despedimos.
     El Ferrowhite, pienso mientras cruzo de vuelta el puente, es como la Mona Lisa. Tiene ese gesto que uno está tentado a creer que es una sonrisa pero en realidad es algo mucho más complejo, mucho menos alegre y mucho más inasible.
      Y mucho, pero mucho más valiente.
                                                               

                                                   Valeria Tentoni

sábado, 3 de mayo de 2014

Una historia sencilla, tres visiones



La de Valeria Tentoni, Duraznos sangrantesacá.

                                                               

                                           La feroz realidad

¿Por qué leer un libro sobre un bailarín de malambo poco conocido? ¿A quién le interesa la vida de un hombre común, ni tan pobre ni tan rico?  Preguntas como estas se hizo la periodista y escritora argentina Leila Guerriero a medida que escribía su reciente y cuarto libro publicado por Anagrama. La respuesta quizás está en la belleza del relato. Una historia llena de clima, tensión, potencia y suspenso que logra transportar al lector a un mundo desconocido pero sobre todo real.  
Una historia sencilla es una crónica de largo aliento que comienza con la frase: "Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile." Luego del punto y aparte la autora explica cómo es  Laborde, un pueblo de 6 mil habitantes en el sur de Córdoba, qué es el malambo, quiénes lo bailan y  qué significa para los participantes ganar el festival que desde 1966 allí se realiza. "Ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin" escribe cuando la autora se entera que los ganadores, en un pacto tácito, jamás podrán volver a competir en ningún otro festival. "En enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea-simple-de contar la historia de un festival y tratar de entender por qué esta gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir."
El libro está escrito en primera persona, con una prosa clara pero colmada de sutilezas. La cronista, considerada una de las mejores en Latinoamérica, describe la primera vez que vio bailar al que será el personaje principal de su historia, Rodolfo González Alcántara, y lo hace así: " El primer movimiento de las piernas hizo que el cribo se agitara como una criatura blanda mecida bajo el agua. Después, durante cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño. Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia (...)."
Desde el lugar de una narradora testigo confidente, Guerriero intenta comprender a medida que va transcurriendo el relato, un mundo desconocido y complejo para ella; un mundo que la deslumbra y que con palabras intenta organizar y comprender. Una historia sencilla es el resultado de un trabajo riguroso y exhaustivo de investigación periodística que obligó a la autora a pasar tres años siguiendo y acompañando a Rodolfo González Alcántara en el festival, en su casa, en un bar. Entrevistó  a sus padres, a sus amigos, a su pareja. Lo vio  sufrir, llorar, se metió en su camarín, lo escuchó rezar. Conoció sus miserias y sus logros. Estuvo con él antes, durante y después que el bailarín se convirtiera en la persona que es hoy. Quiso saberlo todo y cuando lo supo escribió esta novela de no ficción o “novela verdadera”, como dijo  Ricardo Piglia en la presentación del libro.

Ver para entender. "He aquí un hombre al que la vida le ha cambiado para siempre." se lee en las últimas páginas. Y con esa frase la autora nos dice por qué esta no es solo una historia sencilla sino un retrato del espíritu de sacrificio, esperanza y superación.
                                                                              Camila Bretón

                                   
                                   Una historia difícil de contar

        Hay historias de ficción, de no ficción, de todos los temas posibles, de lugares habitados o deshabitados, de amores y de odios; todas ellas conforman el universo del lenguaje.  Algunas son más complejas que otras, como la de Rodolfo González Alcántara, un hombre que participó en el Festival Nacional del Malambo, un evento que además de permanecer en el anonimato, otorga a sus campeones un singular premio. 
Ésta es la reseña de un libro que narra una historia difícil de contar: la de un hombre real y común.
Hay quienes se pasan la vida encerrados en sus mundos tratando de encontrar hechos complicados, fantásticos o inigualables; pero también hay quienes salen de sus burbujas a buscar historias reales, de carne y hueso, esas que hacen poner los pelos de punta, que llevan a reír a carcajadas, que originan lágrimas, que evocan sentimientos, pensamientos, deseos, y que aunque pueden parecer ser sencillas, tal vez son las más difíciles de contar.
Las historias que emocionan están por todas partes: en los medios de comunicación, en la calle, en el trabajo, en los conocidos y en los desconocidos. El punto está en observar más allá de lo que se ve a simple vista, así se encuentra lo que vale la pena mostrar.
Y si a la observación se le mezcla curiosidad, pasión, investigación y ganas de narrar, el resultado es Una historia sencilla, el último libro de la periodista Leila Guerriero, quien luego de “dos largos años” de tener una cita pendiente con el Festival Nacional del Malambo (cita que ella misma se puso desde que leyó en el diario La Nación la nota “Los atletas del folklore ya están listos”, de Gabriel Plaza), recorrió quinientos kilómetros desde Buenos Aires hasta el sudeste de la provincia de Córdoba, donde está Laborde: “La Capital Nacional del Malambo”, para encontrarse con la que sería una de las historias más difíciles que ha escrito. 
Un cúmulo de experiencias, tradiciones, valores, de elementos tangibles e intangibles esperaban por alguien que se atreviera a reconocerlos, recolectarlos y narrarlos. Esa fue la oportunidad que Guerriero aprovechó, y lo que sería una crónica para una revista (idea con la cual llegó a Laborde en el verano de 2011), se transformó en el libro que habla sobre niños vestidos de gauchos, paisanas con el cabello trenzado, hombres que mantienen viva la tradición del malambo, un baile “absolutamente simétrico en una estructura humana que es lógicamente asimétrica”, y de todo lo demás que gira en torno a su personaje principal: Rodolfo González Alcántara, un bailarín que arriba del escenario con su zapateo la dejó “muda” y un hombre común que con su lucha por “tener una vida mejor” la cautivó.
Entonces, ¿cómo hacer de la historia de un hombre común algo único, algo universal? Sencillo: valiéndose de la humanidad de un protagonista que lucha constantemente por alcanzar una meta. Esto es algo que la autora tiene claro, en especial, por su interés sobre las “cosas que nadie está mirando”, tal como le confirmó a Matías Méndez, en una entrevista para Infobae. Así, con una serie de interrogantes (escritos en primera persona como el resto del libro), Guerriero se pregunta y lleva al lector a preguntarse: “¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla– revestida?”
Al parecer sí interesan esas historias y no solo en Argentina, donde se originó la narración sobre Rodolfo y su malambo, sino también en España, país en el que está instalada Anagrama, la editorial que publicó este libro; en Colombia, un lugar en el cual los relatos de gente común podrían opacar los rastros que deja la guerra, y hasta en Estados Unidos, donde David Lynch sorprendió con la película basada en hechos reales, que cuenta la aventura de un hombre de 73 años que tenía un objetivo claro: volver a ver a su hermano. Esta es The Straight Story o Una historia sencilla (en Latinoamérica), filme del cual Guerriero confiesa que tomó el nombre para su obra, porque es en ellas “donde no pasa absolutamente nada y sin embargo pasa absolutamente todo”.
Es por eso, que Leila Guerriero con su capacidad de observar con atención hasta el más mínimo detalle, de “soportar la emoción del otro”, de mezclarse entre los personajes para obtener pequeños relatos que nutren su historia y de anotar todo lo que la mente pueda olvidar o confundir, construye un texto que muestra a través de diálogos, comparaciones, datos, anécdotas suyas y ajenas, las situaciones que atraviesan hombres como Gonzalo Molina “El Pony”, Sebastián Sayago, Ariel Pérez y sobre todo Rodolfo González Alcántara, para competir en un Festival que mezcla el folklore con la competencia, convierte a los participantes en “aspirantes”, y como premio entrega “el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina”, que cuando se gana es “al mismo tiempo, la cúspide y el fin”. 
                                             Susana Avendaño Lopera