jueves, 28 de agosto de 2014

El placer del cazador

O cómo perderse en la búsqueda de nada


La búsqueda de tesoros ha sido siempre un tema que causa mucha curiosidad, sobre todo porque parece ser un aspecto de tiempos que ya pasaron y no volverán. Películas como Piratas del Caribe y libros como Veinte mil leguas de viaje submarino son prueba de que el hombre se siente atraído por el misterio intrínseco en la búsqueda. Esa inestabilidad del proceso de búsqueda, en el cual no se sabe si se encontrará lo que se busca, si uno se topará con cosas nuevas o si, simplemente, no pasará nada, parece ser placentera para muchos individuos.
            Aunque siempre el viaje tiene un destino, aunque siempre se busca la recompensa – un monstruo submarino o el tesoro más grande jamás robado en el Caribe – la travesía implica también una recompensa en sí misma y produce en el buscador una satisfacción por la aventura que trae consigo, ya sea esta tan compleja como ir tras la pista de la verdadera identidad de J.T. LeRoy o tan sencilla como la de un pequeño papel en Recoleta.

Lo que esconden unos y buscan muchos en las grietas de la ciudad

            Hace unos meses, el año pasado más bien, me topé gracias a un familiar con la plataforma Geocaching. Sus miembros se consideran a sí mismos una comunidad y viven detrás de los “tesoros”. En su página web oficial, www.geocaching.com, definen la actividad como “un juego de caza de tesoros de la vida real donde se usan aparatos de localización GPS. Los participantes navegan hasta unas coordenadas específicas con su GPS y una vez allí intentan encontrar el geocache (contenedor) escondido en ese lugar”. Perfecto para los Indiana Jones.
            Para poder jugar, se deben cumplir ciertos pasos, que siguen así: primero, el jugador debe registrarse en el portal, creando una cuenta, con un usuario y una contraseña (así luego podrá mantener el récord de caches encontrados). Una vez que ya tiene su cuenta, proporcionando su código postal se hará con los distintos caches que se encuentren cercanos a él. Copiando las coordenadas en su dispositivo GPS puede llegar al lugar y entrenar la vista para encontrar el contenedor que esconde, por lo general, una lista de nombres de jugadores anteriores que han conseguido el cache y firmado su hazaña (el jugador deberá entonces, estar siempre también armado con un bolígrafo para dejar el autógrafo correspondiente). El jugador puede tomar fotos del cache que no revelen su ubicación exacta, para que la búsqueda del cache no pierda el elemento de diversión, y volverlo a colocar en su lugar. Finalmente, el jugador puede compartir su historia e imágenes online con el resto de la comunidad.
            Ya el slogan del video promocional lo advierte: “hay aventuras sucediendo todo el tiempo, a todo tu alrededor”. Y, así, invitan a los nuevos curiosos a unirse al crew de búsqueda. Actualmente hay 2.440.001 caches activos y más de seis millones de geocachers alrededor del mundo, así que parece que la premisa está dando resultados.
            Cual club de la pelea, el Geocaching tiene también sus reglas:

1.Si te llevas algo del cache debes dejar otra cosa de igual o mayor valor a cambio. Esto aplica para los caches que tienen más que el simple trozo de papel para firmar, en los cuales los jugadores van dejando souvenirs y elementos que pueden tener muy poco valor monetario, pero sí guardan algún valor sentimental.
2.Debes registrar tu hallazgo en el logbook, el pequeño trozo de papel para firmar.
3.Por último, debes escribir sobre tu experiencia de búsqueda y encuentro en la página web.

            Después de esto, serás un geocacher bautizado.

Por las ansias de un curioso

            El 2 de mayo del 2000, el Gobierno de Estados Unidos, bajo la presidencia de Bill Clinton, descontinuó el uso de disponibilidad selectiva para los GPS, con el fin de que estos fuesen más útiles y accesibles para uso civil y comercial en el país. A partir de esta resolución, cualquier mortal con un dispositivo de localización satelital tiene la posibilidad desde entonces de marcar su localización en un sistema de coordenadas o mapa virtual.
            Al día siguiente, Dave Ulmer,  curioso nato, decidió probar si la efectividad del sistema de localización era confiable. Para ello, escondió un “destino de navegación” en el bosque y lo llamó “Great American GPS Stash Hunt” (algo que traducido sería más o menos “gran colección de caza americana por GPS”). Luego subió la información a un grupo virtual de usuarios de GPS y les dio la libertad de buscarlo. La regla, como se ha mantenido hasta el presente, era: llévate algo y deja otra cosa a cambio.
            Lo que Dave dejó fue una caja negra con una libreta (logbook), un lápiz y algunos “premios” para los afortunados que la encontraran. Compartió las coordenadas con el grupo en sci.geo.satellite-nav. Las coordenadas eran N 45° 17.460 W 122° 24.800. En tres días, dos personas habían utilizado sus GPS para localizar la caja y compartido sus experiencias online. En la semana que le siguió ya los participantes habían empezado a experimentar y a esconder sus propios premios en distintas locaciones, con lo que la nueva idea se vio viralizada rápidamente.
            En el primer mes desde la creación de ese primer cache, Mike Teague, la primera persona en encontrar el original dejado por Dave, recolectó las coordenadas los distintos caches que fueron naciendo y los subió a su propio sitio web. También creó una lista de mails para mantener a los miembros activos al tanto de lo que iba sucediendo dentro de la naciente comunidad. Dentro del grupo se discutió el nombre para la práctica y, finalmente, dieron con “Geocaching”. Unos meses después, en septiembre, Jeremy Irish tomaría las riendas de Geocaching de manos de Teague.
            Luego de experimentar la emoción de encontrar su primer caché, el desarrollador web apasionado de los GPS, Jeremy Irish creó el sitio web para la actividad a modo de hobby. Irish perfeccionó la forma en la cual se comunicaban los geocachers y añadió a los caches la posibilidad de ser encontrados utilizando un código postal, lo que hacía más fácil el reto para los que no estaban familiarizados con las coordenadas. El 2 de septiembre del 2000, la página fue lanzada oficialmente. Para ese momento existían tan sólo 75 caches en todo el mundo. Desde el nacimiento de Geocaching.com el crecimiento de la comunidad ha sido indetenible, y medios como el New York Times y CNN han dedicado secciones a promocionar la actividad.
            Como colocan en su página web, “la emoción de la búsqueda apela tanto al niño interno como al externo”. Rápidamente todos fueron movidos por el evento y querían tener un cache nuevo que conseguir cada día. Con el simple boca a boca, la actividad ha crecido desde entonces y el número de caches ya supera los dos millones, y contando.

Cátedra sobre escondites

            Antes de adentrarme en Geocaching, todos los escondites me resultaban iguales; unos más grandes, otros más sucios, algunos más cómodos... pero no los imaginaba separados en categorías. La gente de Geocaching.com tiene una lista de tipos de caches con los que puede encontrarse un geocacher en su proceso de búsqueda. A continuación los más destacados:

-El caché tradicional es el más sencillo y común, que consiste en, como mínimo, un logbook y son encontrados con unas coordenadas específicas dadas.
-Los caches misteriosos o “Puzzle cache” tienen un grado mayor de dificultad y pueden requerir, por ejemplo, la resolución de un acertijo por parte del geocacher para determinar las coordenadas correctas.
-Un “Multi-cache” es el que se forma con distintas locaciones, donde normalmente todas te llevan a un cache nuevo, hasta que finalmente das con el que tiene el logbook para anotarte.
-“Earth cache” es una localización especial que las personas pueden visitar para aprender algo nuevo sobre el planeta, y normalmente incluyen información que educa al geocacher sobre algún tema junto a las coordenadas. Estos caches tienen incluso una página web por separado: www.earthcache.org
-Un “Letterbox hybrid” es un cache para el que suelen darse pistas en lugar de coordenadas, aunque puede ser que algunos incluyan las coordenadas de todas formas.
-Un evento cache es... pues eso precisamente: un evento. Se dan las coordenadas y se convoca a todos los geocachers de una determinada zona a participar en él. También existen mega-eventos, con más de quinientos geocachers, y giga-eventos, que reúnen más de cinco mil asistentes.
-El evento “Cache In Trash Out” (CITO) es una iniciativa en la cual los geocachers convocados se unen para preservar la naturaleza, limpiar ciertas áreas, plantar árboles y otras actividades que ayuden a mantener limpio y saludable algún lugar que luego puede hacerse propicio para esconder caches.

Darle pies a las cosas

            Aparte de los distintos tipos de caches, se pueden encontrar “trackables” (“rastreables”) en los lugares donde se esconden los caches. Estos trackables tiene un código que es activado en el portal y sirve para hacer que el cache “viaje” hacia un destino o haga un recorrido específico que el creador ha pensado para él. Con esto, los geocachers pueden interactuar con los caches, moviéndolos por el mundo y ayudándolos a llegar al lugar para el cual están, se podría decir, destinados.

El que busca... encuentra

            Desde que me enteré de la existencia de Geocaching, quise jugar. Nunca lo hice porque siempre había algo más urgente que me reclamaba. O por falta de memoria. Finalmente, me decidí, un año después, a hacer mi primer intento.
            Primero me dediqué a investigar todo lo que pudiera sobre Geocaching y otros tipos de actividades parecidas, como el Letterboxing (que es más o menos lo mismo, pero en lugar de dejar una lista y un lapiz, hay un sello personalizado para cada cache, y el buscador lleva un cuaderno donde los va coleccionando). Después de meterme en todos los rincones de la web de Geocaching.com y algunos blogs, me empecé a emocionar con la búsqueda que pretendía hacer. El espíritu de los líderes de la organización y de los otros jugadores es muy enérgico y te contagia las ganas de salir a explorar (así sea un lugar que ya sientes conocer demasiado).
            Como era mi primer intento en esto, me puse como meta un cache tradicional, no muy lejos de casa, y con un nivel de dificultad bajo. Me fui al buscador de la página y seleccioné “Argentina”. Hay 677 caches en el país. Nunca pensé que fueran tantos. Conseguí una herramienta útil que resalta los geocaches para principiantes y presté atención sólo a esos, lo que me ahorró bastante tiempo de navegación inútil.
            Me decidí por el del Cementerio de La Recoleta porque decía ser sencillo, me quedaba cerca de casa, y porque, sencillamente, es uno de mis lugares favoritos en toda la ciudad. Siempre que tengo tiempo libre, voy a dar algunas vueltas entre sus calles. Creo que, aparte de la paz del lugar, me gusta la idea de tratar de descubrir algo nuevo cada vez que voy. Tal vez por eso me atrajo esto del Geocaching desde un principio.
            Leí la información sobre el cache antes para saber qué buscaba exactamente: era un envase de film de 35 mm que sólo contenía un logbook, entonces advertían: “BYOP” (“bring your own pen” o “trae tu propio lápiz”), ya que sólo se podía anotar el descubrimiento; no había nada intercambiable allí. También estaba anotado que el cache se encontraba en una de las paredes y no en alguna tumba, supongo, para que nadie se ponga a molestar la paz del lugar de descanso eterno de nadie más.
            Me llamó la atención la advertencia que leí al final de la página del cache: “es mejor si consigues un momento libre de personas para tomar el geocache, porque en Argentina el Geocaching no es un juego tan popular como en otros países. Incluso peor, las personas suelen robar cosas que no tienen valor para ellos (como los caches) sólo por diversión. Entonces, debes tomar el cache lo más rápido que puedas y dejarlo de la misma manera, siempre tratando de pasar desapercibido. Además, cuidado con los geomuggles (término con el que se refieren a los individuos que no juegan), porque ellos no son necesariamente inofensivos.” Un tanto fuera de lugar para mi gusto, la advertencia, pero no vi que nadie se quejara de ello en los comentarios, así que, o todos aceptan la maldad imperante, o decidieron dejarlo pasar.
            Los comentarios sobre este cache, tanto de personas que lo encontraron, como los de las que no tuvieron suerte, me hicieron darme cuenta del tamaño de esta actividad, del movimiento que ha logrado generar y de la comunidad que se ha creado. Me hizo pensar en el hecho de que esta gente no se ha unido con otro fin que el de la diversión y no han parado de crecer. Personas de Suiza, Portugal, Alemania, Estados Unidos, Italia, Austria, Holanda, Suecia, Canadá y otras partes del mundo han dejado prueba de haber encontrado este cache. Como todas excepto una lo catalogaron de “fácil”, me doy cuenta de que he decidido bien. No me quiero decepcionar en la primera misión.
            En la descripción, también dejan una frase encriptada (en inglés, con su clave para decifrarla) como ayuda para el que quiera más orientación. La descifré, hecho que no requirió mucho de mi inteligencia, y salí de casa a buscarlo.
            El día estaba bastante frío, pero al menos había sol para aliviar un poco el camino. Llegué al cementerio y estaba prácticamente vacío. Decidí ir en día de semana para tener menos chance de toparme con “geomuggles” que luego pudieran hacerme sentir culpable por haber causado la pérdida de un cache en mi primer intento de encontrar uno.
            No se trata de un tesoro real, pero las ansias son verdaderas. La curiosidad se aviva, la vista se aguza. Empiezas a sentir todas esas reacciones físicas del que anda tras algo, del que investiga, del espía. Te cuidas de que no te vean y entonces percibes la sensación del que está infringiendo la ley y no quiere ser descubierto en el delito. Se manifiesta también la excitación del juego y se te vienen a la mente, sin poder evitarlo, los recuerdos de la niñez, cuando jugabas a las escondidas con los vecinos; de cuando te embarcabas en misiones importantísimas en las vacaciones familiares a la playa o el campo; de cuando ibas con tus primos/hermanos/amigos a investigar lo que pasaba en aquél lugar recóndito del planeta que era el último piso de la casa o el quincho. La memoria del juego se reactiva y te vuelves a poner en los zapatos del pirata que busca tesoros, del explorador que abre los ojos a mundos nuevos y del científico que busca descubrir algo realmente importante para la humanidad.
            Sientes todo aquello y sólo estás buscando un tubo de plástico que contiene dentro un papel con una lista de nombres de gente que no conoces y tal vez nunca te cruces en la vida. Me hace pensar en lo que podría sentir si estuviera buscando algo realmente crucial para mi vida. Entonces comienzo a entender, de alguna forma, a los investigadores, detectives y hombres que se esfuerzan por seguir explicando el universo. Toparse con algo de verdadero, gran significado, debe ser maravilloso.
            Yo me dediqué a buscar mi pequeña recompensa para sentir que había cumplido con la misión que me tocaba, al menos por un rato. No sé si fue el hecho de que la pista era realmente sencilla o que yo ya había paseado el cementerio muchas veces, pero el cache fue fácil de encontrar. Como es de esperarse, no daré pistas sobre su ubicación para que cualquiera que se entusiasme tanto como yo pueda vivir la experiencia sin spoilers. Cuando abrí el pequeño tubito vi que el logbook estaba arruinado; parecía haberse mojado, así que sólo le tomé una foto y lo volví a colocar en su lugar. En la página web, otro usuario también reclamaba el estado de la lista, así que hay que esperar que el propietario del cache la cambie para poder anotar nuevos nombres.
            Volví a casa feliz por mi primer hallazgo, y esperando que renovaran el cache para poder anotarme. En la página sobre este geocache se registran 640 visitas, 570 de ellas exitosas y 35 infructuosas. También reportan la cantidad de veces que se le han hecho arreglos: cuatro nada más (y esperamos la siguiente). Me sentí como la vez que me hice mi primer tatuaje: lo ves, te gusta, y quieres otro. La experiencia te deja con las ganas de seguir investigando, y la comunidad que se mantiene en contacto a través de Internet te llama a pertenecer a ella.

            Mientras sigo navegando por la página, descubro un reto para este “verano” (se guían por las estaciones del hemisferio norte): “Los siete recuerdos de agosto” propone a los geocachers que salgan a encontrarse con seis tipos de caches distintos y los registren en su perfil durante ese mes: uno tradicional, uno misterioso, un multi-cache, un EarthCache, un VirtualCache y un Event Cache. Por cada cache recibirán un “recuerdo”, que es más bien una especie de sello virtual; una vez que terminen la misión, desbloquearán un séptimo souvenir especial, llamado el “Achiever” (“Cumplidor”). Particularmente, creo que es la oportunidad perfecta para seguir explorando este mundo de aventureros e investigadores modernos.
                                                                                   Érika Hernández Lehmann

martes, 19 de agosto de 2014

"Miento para contar mi verdad"




Una noche de estreno con Radagast: la risa como implosión de la desgracia, el absurdo como puerta de escape y la importancia secreta de la luz roja para un samurái a quien todos insisten en llamar mago.


                                                                                                                    Valeria Tentoni

–Agustín, está un señor Palottini, dice que…
–Ah, sí, sí. Que pase.

     Faltan dos horas, todavía, para que den sala y Agustín Aristarán, a quien nadie llama Agustín, en realidad, salvo el chico nuevo del teatro que todavía no lo conoce (porque si lo conociera lo llamaría “Mago”, como lo llaman todos desde su adolescencia, o “Rada”, por Radagast, el personaje que lo acompaña desde que comenzó a hacer esto que él, dice, no es magia sino humor), cruza el pasillo de la sala para recibir al señor Palottini, y lo hace como un Moisés entre las aguas partidas de las doscientas sillas metálicas plegables que, minutos antes, estaban cerradas contra las paredes en pilas de diez, esperando por el trabajo de ese mismo chico que lo llama por el nombre que le dieron sus papás pero con el que nadie, o casi nadie, se le dirige.
     Radagast extiende su mano derecha, que es recibida y sacudida por la mano derecha del señor Palottini, camarógrafo que llega a hacer una nota. Ya se conocen o, en realidad, mejor decir que al Mago todos lo conocen en Bahía Blanca, donde nació. Acá empezó a trabajar haciendo malabares, a los doce, en plazas y esquinas. Aunque, recuerda, la primera vez que actuó en público fue a los seis, como presentador de una Baby Jazz Band en la que también tocaba la batería. Pasó a espectáculos callejeros un poco más armados y después a animar fiestas de quince, casamientos, reuniones empresariales; todo eso que se señala como “eventos”. Una época en la que decía a todo que sí y, por eso, no sorprende que encuentre en uno de esos días al peor show de su vida, cuando recibió cubitos de hielo sacudidos desde la mesa de unos tipos con la corbata en la cabeza, absolutamente pasados de merca. “Pero, bueno, me sirvió para aprender. Todo eso hace que uno tenga experiencia y sepa cómo salir de situaciones complicadas”.
     Después Radagast se fue, como todo aquel que por estas tierras intenta convertirse en alguien parecido al que desearía ser, a formarse y trabajar a Buenos Aires. Pero siempre volvió a su ciudad natal para estrenar. “Es mi casa”, dice. “Estreno en Bahía Blanca porque es mi lugar, me siento seguro aunque tenga miedo. Sé que la gente, de alguna forma, va a responder. Y si no viene la gente común, va a venir mi familia. No me gusta, igual, cuando son todos conocidos. De hecho, a mis familiares no los dejo nunca sentarse muy adelante. Ellos me conocen, yo no les puedo vender mi cuento. Mis tías me cambiaron los pañales, ¿cómo les miento a ellas? No les puedo mentir”, explica. “Porque estoy mintiendo, todo el tiempo, en el escenario. Miento para contar mi verdad, pero estoy mintiendo”.
     Y aunque no le haría falta ese temor a la sala vacía (sus espectáculos siempre se agotan), igual está nervioso. “Lo que pasa es que tengo cagazo con los espectáculos nuevos. Con lo otro ya no. Es mi vida, nunca hice otra cosa. Me agarran nervios sí cuando veo que hay cosas un poco adversas que no sé si podré manejar; un grupo de borrachos, que el sonido no ande bien. Procuro que eso no suceda: si el sonido es malo no actúo, tampoco salgo a las tres de la mañana, por ejemplo, para que la gente no esté muy en pedo”. Pero no se le nota. Palottini, por lo menos, no parece darse cuenta de que está un poco alterado. Ni el notero que lo acompaña, un chico con Síndrome de Down. Los tres se ponen de acuerdo en cómo resolver la nota antes de que tenga que volver a ocuparse del video, del sonido, de las luces. “Recién venimos de hacerle una nota a Dady Brieva”, le explican. “¿Está Dady Brieva, hoy?”, pregunta, y ahí sí se le nota. Y es curioso, parece que no le hubieran avisado minutos antes que se vendieron todas las entradas del día y que hubo que agregar fecha para el siguiente. “Sí, pero la gente no sabe. Sabe de esto”, responde el camarógrafo. “En cinco lo hacemos”, insiste Palottini, que parece que tendría que haber estado ahí antes, quizás antes de ir a lo de Brieva.
     El Mago no se queja. Sonríe. Pica hasta el camarín y vuelve con un truco en el bolsillo. Lo tuvo que ir a buscar porque nunca anda con trucos encima: “Detesto al mago que hace magia todo el tiempo. Bah, detesto al mago tipo”, dirá después. Los magos, en cambio, a él lo adoran. Quizás porque es el único que les ofrece advertencias como esas. Da workshops y clínicas en todo Latinoamérica. “Yo les digo: loco, no molesten a la gente. La magia molesta si no te la piden, si no tienen deseo de verla. Y, si te piden, hace un truco. Uno solo. Yo igual no hago casi nunca, aunque me pidan”. Solo si está de ánimo, porque es su trabajo: nadie le pediría a un podólogo que le lime los callos en medio de un almuerzo.
    Antes de encender el flash de esa cámara obsoleta para cualquier estudio de televisión de Buenos Aires, el mamotreto que Palottini carga al hombro como una bazooka, el Mago le pregunta al notero cómo va el programa. “Vamos a ganar un Martín Fierro en cualquier momento”, le responde. “¿En serio?”, retruca. “Sí, está nominado de verdad”, le sopla Palottini, que seguirá soplando preguntas y respuestas durante toda la entrevista. “Ahora sí, dale”, arenga al notero.

–¿Sos actor?
–No, no soy actor recibido… No soy actor. Actúo.
–Te vi en Tinelli, decile –le dice Palottini al notero que le diga al Mago.
–Estás en Tinelli, te vi.
–Me viste haciendo sánguches. ¿Te gustó?
–Sí.
–Decile: “Así que triunfaste en Buenos Aires…” –le pide Palottini al notero que le pregunte al Mago. Cada vez que le habla asoma su cabeza por el costado del flash y se le ilumina media cara.
–Así que estás en Buenos Aires…
–No, preguntale de nuevo: “Así que triunfaste en Buenos Aires…”


     Después de un rato de esa nota triangulada, finalmente llega el truco. “Hago humor y magia. Así como lo escuchaste”, le dice antes, y le propone: “¿Te muestro?” Saca la pelotita del bolsillo. La hace aparecer en una mano, después en otra, después desaparecer. Y, para dar por terminado el aunto, grita: “¡RA-DA-GAST!”. Siempre, en algún punto de las rutinas, grita su nombre artístico con la misma fuerza de quien sacude una alfombra en la ventana para que se le vaya el polvo. “RA-DA-GAST”, separa en sílabas, a cámara, los ojos eyectados de sus cuencas, la boca desencajada.

–Bueno, decile muchas gracias.
–Muchas gracias.
–No, gracias a vos.

     Antes de irse, Palottini sigue preguntando, pero con la cámara apagada. “Yo estoy contratado y hago lo que me dicen que tengo que hacer”, explica el Mago. Podría estar diciendo también: “Es la vez número quinientos que me rompen las pelotas con lo de Tinelli desde que estoy yendo a hacer la publicidad de Subway”, pero no. Es amable, escucha y atiende como si no fuera la vez número quinientos que le rompen las pelotas con lo de Showmatch, donde hace apariciones de apenas un minuto, en el personaje de un vendedor de comida al paso. Consiguió ese trabajo en una fiesta privada en Buenos Aires, donde estaba haciendo a Radagast. Lo fueron a buscar: “Te queremos para la publicidad en la tele”. Tuvo que pasar, igual, un casting en Ideas del Sur. “Nadie entra ahí sin pasar por esos castings”, explica.
     “Qué se yo, me lo dicen de buena onda. Pero ¿qué es pegarla? Yo estoy ahí porque es un laburo y porque me pagan bien. Una vez, un amigo me dijo: tenés que pensar en las tres P, prestigio, popularidad o plata. Fijate qué te da cada trabajo y qué queres en ese momento. La plata es muy buena y ya está, lo hice por eso. Yo no estoy esperando la oportunidad de que el “Maestro Tinelli” me señale y me toque. ¿Para qué, para convertirme en el Mago Black? ¿En Xipolitakis? No deja de resultarme muy loco ver ese mundo, es alucinante. Pero ya está. Es un zoológico. No me interesa pertenecer a eso. Sí me interesa utilizarlo como una herramienta para hacerme más conocido para que me pase esto que me pasa hoy: entradas agotadas. Me gustaría ser mas popular para vivir de teatro en teatro y dejar los eventos. No me quejo de los eventos, son los que me dan de comer. Pero a mí me gustaría estar en sala todo el tiempo”, explica. En el exterior sí le pasa: Colombia, México, Venezuela, Perú, cruceros. “Es que en Argentina no hay mucho circuito de magia”, sabe.

–Pero jugátela, vos: si la llegás a pegar con Tinelli… –insiste Palottini, juntando sus manos sobre su cabeza como un yogui saludando al sol.
–Ya va a llegar –devuelve, con la elegancia de quien coincide para despachar.
–No podés dejar pasar esta oportunidad.
–Ya va a llegar. Todo llega.

Mientras terminan la nota, entra su asistente a la sala. “Cuarenta mangos el silbato”, le dice. Se habían olvidado el que tenían y tuvo que recorrer toda la ciudad para encontrar uno a esa hora.
     Comienzan a probar sonido. El dueño de la sala se balancea en lo alto mientras intenta acomodar el proyector que disparará un clip al principio en el que se presentan todos los personajes: Radagast, pero también su representante, un garca de escritorio con habano y saco dorado, y Sarrasqueta (una vieja creación que no retoma desde hace años y hoy vuelve a personificar). El Mago se ubica en el centro del escenario. Parece haber hecho esto miles de veces: nada lo aturde, su cuerpo sabe lo que hace antes de que él se entere. “Mi nombre es Sarrasqueta. Soy mentalista y sé exactamente lo que están pensando en este momento. Están pensando que mis papás son primos, ¿no?”, dice probando el micrófono. Y después: “Bajale la ganancia al mínimo”.
     Empieza a sonar una pista. Es el tema de Chiquititas, “Corazón con agujeritos”, pero en versión tango. Una no se da cuenta sino hasta pasados los primeros treinta segundos de Radagast cantándolo, ahora vestido con un jean y una camisa pero, en el show, con una bata de seda fulgurante. Mientras lo ensaya chequea los mails que le entraron al celular, los mensajes de WhatsApp. Puede darse ese lujo sin desafinar ni una vez. Su mirada está perdida en la diminuta pantalla mientras su boca con cada dolooooor, se muere mááás. “Pica mucho ahí, ¿no?”, pregunta, mirando hacia el control.
     Lo que sigue es organizar la iluminación: pedirá una luz roja de seguimiento, solo un círculo de luz roja, cuando haga “lo del samurái”. El chico desde el control levantará el pulgar a la distancia, le dirá que sí, que se quede tranquilo, y le mostrará cómo sabe muy bien cuál es la luz roja de seguimiento para su samurái. Pero, en vivo, le devolverá luz blanca. Y el Mago seguirá como si nada aunque ahora, viéndolo dar la indicación precisa, una se imagina que para él sí que es importante que sea roja y no blanca la puta luz que está pidiendo mientras grita “¡Samurááááái!” en medio de una secuencia de trucos con unos abanicos orientales que terminará con un aplauso desenfrenado, como todos los que le arranca al público.
     De ahí pasa a organizar unas campanitas de colores que se colgará en las muñecas, en los tobillos, en la boca y en el cierre del pantalón, para hacer sonar Oh Susana. Son campanitas musicales, cada una responde a una nota. Si se le pregunta cuenta: “Vi un show, hace como siete años, que las tenía. Me volví loco hasta que las conseguí, pero no había por ningún lado. Las primeras que encontré eran de plástico. Las compré igual, claro. Y seguí comprando en todo el mundo: en cada lugar al que voy pido, y si encuentro las llevo. Estas son las francesas, las que más uso, las mejores”. El chico del control sigue haciendo zigzaguear su porcentaje de efectividad. El Mago está en la tarima, listo, con todas las campanitas en su lugar. Sale la pista por los parlantes, pero está a oscuras. No le importa: Comienza a moverse: se agita, malabarista del sonido, haciendo golpear cada campana la nota que hace falta. Ti ru rún tin tun ti ru ru, ti ru rún tin tun ti ruu, ti ru run tin tun ti ru ru, ti ru rún tin tun ti ruuuu. Mentalmente, todos completamos: “ohhh-suuuu-sanaaaaa”, mientras él se agita con la melodía. “Es más difícil que envolver un triciclo”, dice después, y el que está bajando de acomodar el video se empieza a reír.
     Queda poco más de media hora para dar sala. El Mago se va al camarín. Se sienta a tomar Coca-Cola frente a un perchero donde se reparten el espacio un mameluco naranja para su primer personaje, unos zapatos de payaso mayúsculos, una galera, una gorra y un traje de baño elástico que usará para un truco con cartas, un aro y una colchoneta. Su caja de magia ya está abierta y preparada al lado del escenario. Tiene palabras escritas por dentro de modo tal que solo sean visibles para Radagast, pero no para el público. Se lee: “JAJAJA” por todos lados. Hay nombres de familiares, de mascotas. “Son palabras que me puse para darme...” y no completa sin que lo interrumpan preguntándole por el ukelele o por la pista o por cualquier cosa. Nada de lo que vaya a ocurrir en las próximas horas está fuera del control esmerado y detallista de Agustín. 
     “Japarapapapapepo” llama la atención: “Fue mi primera palabra mágica. Mi recuerdo de gran tentación con Alfredo Casero, que la tiró en un lugar súper absurdo y me quedó. Y entonces usaba eso”. Además del padre de Cha Cha Chá, programa que empezó a mirar porque su hermano lo ubicó en el televisor, dice que tiene por referentes a los Monthy Python y a Rowan Atkinson, cuyo personaje más conocido es Mr. Bean. El humor absurdo es lo que más le atrae y a lo que aspira: algo que empezó a cocinarse para él desde la infancia, inclusive antes de encontrarlo en los sketchs del trío maestro que se completaba con Alberti y Capusotto. “En mi casa todo se resolvió con humor”, explicará. Sarrasqueta, por caso, es un personaje que tiene que ver también con eso.
     “La magia no es una gran pasión que tengo. Es una gran herramienta que quiero mucho, pero a mí me gusta hacer reír. Yo me voy contento cuando la gente se ríe, no cuando se sorprende”, dice. La magia, parecería, le supo dar más trabajo. “No, la magia me dio un título. Me dio el título de mago. Pero la gente nunca me contrató por mi magia: nunca me contrataron porque sorprendo. Me contrataron porque hago reír”. Está seguro. Cuando sale de Argentina no tiene demasiados problemas, por otra parte: “Mi humor no es muy local. Me di cuenta con el tiempo, y además lo intento universalizar yo. No hago chistes de actualidad, no hago chistes políticos, no hago humor con modismos de acá, uso pocos juegos de palabras, que son muy locales. Mi humor no tiene eso”.
     La palabra mágica más grande de su caja es “Bianca”. Así se llama su hija, de ocho años. La tuvo a los veintidós. “La primera vez que se subió al escenario conmigo tenía dos, fue en Villa Gessel. Ella me dijo que quería bailar una canción, pero que la quería bailar sola. ‘Vos me presentás y yo bailo’, me pidió. Y bailó La vecinita tiene antojo, un reggaetón, con un tutú de danza clásica rosa”, cuenta. Hoy, que es viernes, Bianca también actuó. Pero en La Plata, donde viven. Y en la escuela, por el acto del 25 de mayo. “Salimos del acto de ella y vinimos en auto para acá. Bailó el pericón. Estoy medio limado de cansancio, pero la adrenalina te acomoda”, explica.
     Un viaje en auto entre estas dos ciudades lleva, aproximadamente, unas nueve horas de ruta. Pero Radagast, dice, se activa desde que pisa el escenario. “Yo, antes de salir a escena, no tengo idea de qué voy a decir”.  Lo que sí sabe es a qué va, y qué no se perdona ahí arriba: “Si me doy cuenta de que alguno está descubriendo la mentira, trabajo para él. Para que me crea. Puede haber diez mil personas, pero si uno solo no me está comprando me vuelvo loco. Es el maldito ego del artista, de querer que a todo el mundo le guste”. No es un riesgo que no esté dispuesto a correr: “Es el mejor trabajo del mundo. Encima me aplauden y me pagan, viajo por el mundo, no lo puedo creer”, dice.

–¿Te imaginabas esto cuando empezaste?
–Y, empecé a los doce. Bah, me empezaron a pagar por esto a los doce. Yo sabía lo que quería. Y lo busqué. Todo el tiempo lo busco.
–¿Y en qué te gastabas la plata cuando tenías doce años?
–En zapatillas. A mi hermano le compraban zapatillas caras porque era muy patón, es muy alto, y a mí no. No tenían plata para comprarme zapatillas así. Me compraban las Topper de lona. A mi hermano unas zapatillas re copadas, de basquetbolista. Así que la primera guita que gané me empecé a comprar zapatillas. Y trucos de magia.
–¿Te acordás de las primeras zapatillas que te compraste?
–Unas Pumas azules, con unas tiras. Salían un huevo. Mi vieja me decía “¡Cómo vas a gastar esa guita en zapatillas!” –dice. Sus botinetas de cuero marrón, impecables y exquisitas, brillan mientras tanto en sus pies como si aullaran: “¡Somos carísimas!”, y sacaran la lengüeta.
–Bueno, Radagast es un personaje con zapatos muy muy grandes –respondo, y señalo el par rojo y negro que debe medir unas cuatro o cinco veces de largo y ancho lo que uno común.
–Radagast es la mejor versión mía. Es lo que yo quisiera ser todo el tiempo.
–¿Todo el tiempo?
–Y, o sea… Radagast no tiene mucho filtro. Habla y dice lo que quiere, porque él es el dueño de su universo. Nadie le puede decir cómo es: si es de él y está solo. Los personajes que te acompañan toda la vida, como este payaso que tengo yo, que lo considero más un payaso que un mago, son un poco la mejor versión de uno. Yo no voy por la calle diciendo las cosas que dice Radagast: sería un insano, un loco de mierda.

     Sin embargo y por ejemplo Radagast, de chico, iba a la escuela en monociclo. Siempre fue, siempre ha sido un gran ridículo. Es capaz de salir a pasear en rollers por La Plata marcha atrás como una cruza entre Michael Jackson y Félix Baumgartner. “De chico jugué mucho. Mucho. Solo, con amigos. Me inventaba mundos. Puedo decir que lo sigo haciendo, porque ahora tengo una nena y jugamos un montón”, explica. “¿A qué juegan con Bianca?”, le pregunto. “Hacemos como personajes”. Hay dos figuras, “un gallego y un francés medio malo”, que sólo hace existir para ella. “Y a veces a mí me posee el demonio y Bianca me lo tiene que sacar, tiene que hacer unos rezos para que se vaya: me puede pasar en cualquier momento, ella sabe lo que tiene que hacer, unos conjuros especiales. Una vez estabamos jugando en casa, sin darme cuenta que había otras nenas, sus amiguitas, que no entendían nuestro código. Yo entré a poseerme y se asustaron, hubo que decirles que era un chiste. Bianca gritaba ‘¡Fuera demonio del cuerpo de mi padre, fuera demonio del cuerpo de mi padre!’, y no entendían nada”. En el colegio, cada dos por tres, al Mago le piden que haga magia. Él dice que solo hace magia si ella lo autoriza. Les responde eso a los directivos en sus oficinas y los tipos se lo quedan mirando como si estuviese por rematar con una risa para dejar en claro que está bromeando. Pero no pasa eso: “Si mi hija me dice que no, yo no voy: si me lo pide mi hija, voy. Es su espacio, yo no quiero ir a ocupar un lugar de centro si ella no lo desea, porque no quiero que pase un momento vergonzoso. Para mí, lo único que tienen que hacer los padres es darle confianza a sus hijos”, dice. Y asegura que eso fue lo que aprendió de la experiencia con los suyos que, cuenta, nunca dejaron de creer en él.
     Sus papás, que ya forman parte de esa serpiente en pausa que es el público en la entrada. Radagast revisa su caja de trucos: dice que ahí tiene sus “juguetes”. Chequea que todo esté en su lugar: las cartas, la sal con la que ejecutará una de sus rutinas más delirantes, el vestuario. “Yo no soy buen mago. Tengo fundamentos para decir por qué no soy buen mago. Eso también hizo que tuviera que buscar por otros lados. No me considero mago: sé hacer trucos y tengo la capacidad de poder meterlos en un espectáculo de entretenimiento, pero la magia es una herramienta, nada más”.

–¿Y el humor?
–El motor.
–¿Y cómo se aprende?
–No se aprende, se vivencia. Es fundamental, para mí, la risa. A un mundo sin risa lo imagino como a un mundo muerto. Pero ojo que para mí la risa es un remedio a la desgracia: la risa no es felicidad. Pienso en los Augustos, en los primeros payasos; los borrachos, era eso, eran los borrachos del pueblo, las personas de las que la gente se reía. Y después aparecieron los que tenían la habilidad de imitarlos y así nacieron, con un tipo de estupidez premeditada. Y la gente se reía de ellos.
–Leí el otro día que las cosquillas no tienen ningún otro sentido más allá de generar entre dos personas lazos de confianza. Que no tienen sentido biológico sino eso. Y que la risa de las cosquillas es una respuesta de pánico.
–Es que sí, es diabólico. Vos mirás a una persona reírse y es una cuestión diabólica: la cara se transforma, inclusive. El asunto es: mirá lo que te está pasando y yo me estoy riendo de vos. Pero es maravillosa.

     Como cuando con las campanitas, mi cabeza también completa mentalmente el tarareo, y canta Fito Páez: “Y hay mucha rabia suelta y angustia, nena. / Y hay mucha, mucha desesperación”. 
     Salgo y me uno a la fila, quiero buscarme una de esas sillas plateadas, mirarlo todo como si no hubiese visto las entrañas de la maquinaria recién nomás. No voy a lograrlo, por eso lo que sigue ya no puedo escribirlo. Distingo a Bianca. Está sentada entre el público. Cuando todo haya terminado, jugará en el escenario vacío a las escondidas con la hija del sonidista mientras lo espera. Me dan ganas de pedirle que a mí también me saque el diablo del corazón.



El fin del principio




El sueño roto de Gabriel Spartino. Un alivio de luto antes del aniversario del 2 de abril. Los circuitos de excepción. El rastro de Mariano Bruera. Cómo una solución puede convertirse en un problema.

                                                                                                           Luciano Lahiteau

El 21 de octubre de 2013, Gabriel Spartino tenía fe. Desde que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner había anunciado, en junio de 2012, el lanzamiento del Programa Crédito Argentino (Pro.Cre.Ar), este analista de sistemas cuarentón, regordete, con las manos grandes como galletas a las que acude para explicarse, supo que la oportunidad de abandonar veintitrés años de peregrinación como inquilino había llegado.    

El 27 de febrero de 2011, Enrique Sette se sentía complacido. En un acto que se celebró en el Salón Dorado del Palacio Municipal de La Plata, el intendente Oscar Pablo Bruera lo ordenaba como Secretario de Gestión Pública, añadiendo un nuevo eslabón a la cadena de cargos públicos que este arquitecto entrecano, de formas duras y ojos grises había hilvanado gracias a su buena ubicuidad política.

El 22 de octubre de 2008, el fiscal Jorge Paolini tenía certezas. Luego de una investigación previa, había dado inicio –junto a su colega Esteban Lombardo- a un expediente en la UFI Nº 8 de Investigaciones de Delitos Complejos en el que este joven de espalda pequeña, boca estrecha y flequillo beatle, acusaba a Mariano Bruera, el hermano del intendente asumido ese mismo año, y a Hernán Bracco, de falsificación de documentos públicos y defraudación para beneficiar a concesionarios de servicios públicos.
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La fe de Gabriel Spartino tuvo su gratificación el 22 de octubre de 2013, cuando el sorteo de la Lotería Nacional lo consignó entre los beneficiarios del Pro.Cre.Ar. Era la oportunidad que había estado esperando: hasta entonces, todos los llamados a concursar habían sido para remodelación y construcción, nunca para aquellos –como él– que no fueran propietarios de tierras. “En el mismo momento de alegría por el sorteo, teníamos la desazón de ver que los terrenos disponibles en La Plata no cumplían los requisitos del programa”, dice ahora, jugando con las manos, peinándose las cejas con los puños. Por causas especulativas, las parcelas disponibles, dice Spartino, superaban ampliamente el rango de $120.000 y $150.000 que establecen las bases del programa impulsado por el Estado Nacional. El sueño había sido corto.
Spartino usa camisas cuadrillé aunque no juegue al rugby. Tiene ese cabello rojizo y fino que en el interior de la provincia de Buenos Aires, de donde viene, identifica a los gringos. A pesar de la hiperinflación, sus padres pudieron sustentar sus estudios en 1990, el año en que llegó a La Plata. Desde entonces Spartino, que ya se graduó como analista de sistemas informáticos, que ya se casó y que ya vio nacer a su hija Fiorella, de seis años de edad, es inquilino. En todos estos años, Spartino nunca militó en política ni se preocupó por otra cosa que no fuera el bienestar de su familia, aunque se enorgullece de su frase célebre favorita: “Conmigo quien quiera, contra mí.... ¡quien se atreva!”. Lo fanatiza The Wall, de Pink Floyd, y, al mismo tiempo, cree que lo importante es la educación. Tal vez por eso sintió, sobre el final de 2013, que él y los otros beneficiarios del Pro.Cre.Ar. que venían encontrándose semana a semana en la Plaza Azcuénaga de 19 y 44, preocupados por los precios en el mercado inmobiliario, estaban capacitados para organizarse, formar una comisión y llevar una propuesta de solución al Ejecutivo municipal.
–La propuesta fue comprar lotes rurales en forma de consorcio. Al intendente Bruera le pareció muy interesante, porque se generaban tierras habitables.
Con ese fundamento y el apoyo del grupo de beneficiarios que representa Spartino – “Hoy somos 3.200 miembros en el grupo de Facebook, pero manejamos unos 1.500 beneficiarios reales”, calcula– una ordenanza bendecida por el intendente Bruera creó un registro de oferentes de tierras para beneficiarios del Pro.Cre.Ar. y abrió una vía exprés para los trámites de rezonificación en el municipio. En febrero de 2014, antes de que se cumpliera el primer aniversario de la inundación del 2 de abril, Bruera promulgó la Ordenanza Municipal Nº 11094, que creó el registro de oferentes de tierras (el cual caducaría a los noventa días de su apertura) y autorizó al Departamento Ejecutivo a implementar un “procedimiento simplificado para el visado de planos” que acelerase los plazos administrativos, dados los límites que establecen los reglamentos de Pro.Cre.Ar.    .
La Comuna consiguió 5.600 terrenos para beneficiarios del plan Procrear, tituló en su edición del 27 de marzo el diario El Día. Con la buena predisposición de 61 propietarios de tierras, la gestión Bruera había logrado superar “todas las expectativas” y recobrar las esperanzas a 2.500 beneficiarios, entre los que estaba Spartino. Los terrenos se repartían entre las zonas sur y oeste de la ciudad, con una pequeña porción en el norte. Desde la Secretaría de Gestión Pública, el arquitecto Sette detallaba: “el 50% de los terrenos que hemos conseguido para poner a disposición de beneficiarios está ubicado en las localidades del sur del distrito, entre Villa Elvira, San Lorenzo, Parque Sicardi y Arana”. Algunas de las localidades, obvió decir el funcionario, más afectadas por la inundación del 2 de abril.
–Ahí hay un punto de partida equivocado –apunta un colega de Sette, Alejandro Casas, quien forma parte del Instituto de Estudios Urbanos del Colegio de Arquitectos Distrito 1 de la provincia de Buenos Aires– porque son zonas de suelo rural que pasan a ser recalificadas como suelo urbano, al menos en todos los casos que se registran hasta ahora.
Alejandro Casas es un hombre de contextura mediana y voz profunda. Tiene una mirada desafiante en esos ojos de color marrón y circularidad perfecta, que de vez en cuando se ensombrecen bajo un flequillo peinado a mano, que cae en diagonal sobre sus cejas.
–El problema es que está todo en suelo rural –continúa–. A nosotros nos parece interesante agotar el suelo urbano primero, antes de pasar a lotear suelo rural que está desprovisto de cualquier tipo de infraestructura.
Casas y sus colegas del IEU son partidarios de ciudades densas, es decir, de aglomeraciones urbanas concentradas que prioricen la ocupación intensiva del suelo urbano y reserven cordones rurales cercanos que lo oxigenen. Desde que el Ejecutivo municipal empezó a convalidar tierras (a través de dos decretos, el 871 y el 872), los investigadores del IEU se han dedicado a analizarlos uno a uno.
–Son muy al borde –dice Casas mientras señala diez puntos rojos en la pantalla de su laptop. Cada uno de ellos corresponde a un nuevo terreno, creado a partir de las ordenanzas especiales. Y si bien hay algunos que dicen tener aptitud hidráulica, dudo que eso, después de lo que pasó el 2 de abril, sea fehaciente.
Casas lee en voz alta los decretos firmados por Bruera donde se aprueban diez terrenos a rezonificar en dos tandas de cinco parcelas. Comienza por el 871/14 y sigue la lectura con el dedo índice sobre la pantalla y, como habiendo encontrado la respuesta a un juego de ingenio, suelta: mirá. Es un predio ubicado entre las calles 56, 58, 163 y 165 de Los Hornos, la localidad más populosa de La Plata. Debajo de las especificaciones catastrales, los registros de propiedad y planos de mensura se ven los documentos que el municipio cree suficientes para hacer de esos terrenos un lugar habitable: alcance de los servicios públicos, proyecto de apertura de calles y “constancia de solicitud de Prefactibilidad de Aptitud Hidráulica ante la Dirección provincial de Saneamiento y Obras Hidráulicas”. El hallazgo satisface y amarga al mismo tiempo. En lugar de exigir la aptitud hidráulica, el municipio se conforma con la constancia de solicitud, un documento que no prueba nada más que el inicio del trámite.
–Me parece que por la desesperación de salvar la actividad económica y por la falta de suelo en la región, las cosas se están llevando adelante de una manera que es perfectible.
Casas ahora se detiene en una parcela del barrio El Rincón, de Villa Elisa, una localidad verde, el límite norte de La Plata. El punto rojo se cae del ejido urbano. Al oeste lo limita un bosque de eucaliptos que pertenece al Ministerio de Asuntos Agrarios. Por al lado le pasa una línea gris, un curso de agua. La dirección es 43bis y 132, que es la vera del arroyo Carnaval, una zona que se inundó un metro y medio en 2008, señala el arquitecto Casas. Se equivoca, el agua alcanzó el metro ochenta.
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A inicios de marzo de 2008, uno de cada siete vecinos de La Plata tenía el agua al cuello. Así lo calculó Carlos Mariescurrena, director de Defensa Civil, que en una nota de El Día del 5 de marzo de ese año, atestigua que los anegamientos “tuvieron un impacto en un área muy extensa, entre quienes viven en las cuencas medias y bajas de los arroyos El Gato, Carnaval, Martín, Don Carlos y Rodríguez”. Además, el organismo contó la pérdida de una vida –un hombre que se infartó por el susto y la impotencia–, 2.437 evacuados y más de 90 mil personas afectadas por el temporal, algo así como uno de cada siete platenses.
Por entonces, se comenzó a hablar de la construcción ilegal y descontrolada a la vera de los arroyos como una de las razones del desastre, algo que se confirmó el 2 de abril de 2013. En una nota publicada en mayo de 2008, el periodista de Clarín Cristian Scarpetta comprobaba desde un helicóptero lo que los vecinos platenses venían viendo desde hacía algunos años: el avance de la urbanización hasta el borde mismo de los arroyos, un despliegue de la mancha urbana que se da de bruces con el artículo 59 del Decreto Ley 8912 de la provincia, que prohíbe construir a menos de cincuenta metros del cauce. “Casas levantadas sobre terrenos anegadizos, miradores construidos sobre el arroyo Carnaval, piletas de natación cavadas junto a los riachos y desagües enrejados por cuestiones de seguridad –como en el country Grand Bell– son ejemplos que están a la vista”, apuntaba el cronista.
El arquitecto Enrique Sette no tuvo que lidiar con aquel desastre. Por entonces trabajaba como funcionario del Ministerio de Planificación Federal y su relación con Bruera era solo partidaria. Militó para el futuro intendente embanderando un local en la avenida 53 entre 16 y 17, por lo que fue premiado con el cargo de Secretario de Adoctrinamiento del Partido Justicialista de La Plata. Sette cultivaba un afán político-pedagógico desde hacía unos años, cuando estuvo al frente de la Dirección Provincial de Planificación y Control de Gestión en tiempos de Felipe Solá. Allí llevó a cabo su mejor creación, el Instituto Provincial de la Administración Pública (IPAP), un organismo que busca formar “a los agentes provinciales” para su “crecimiento profesional y personal”, de modo que puedan hacer valer su derecho “a la capacitación para transformarse y transformar la sociedad”. 
El destino, sin embargo, le guardaría un desastre mayor, el del 2 de abril. Como el intendente Bruera –que a pesar del surrealista mensaje emitido desde su cuenta de Twitter estaba de vacaciones en Brasil– Sette no estaba en su oficina del Palacio Municipal en la mañana del 3 de abril. Si hubiese querido estar no lo hubiera logrado, porque esta vez el agua había llegado también al centro y se había cobrado 89 muertes, según la investigación –ahora validada por la Suprema Corte– del juez Luis Federico Arias.
La Secretaría de Gestión Pública es un cuadrado de techos altos y mostrador de una madera alisada por los años de uso. Se llega a ella ingresando al Palacio por la puerta principal, dándole la espalda a la Catedral y doblando a la derecha, sobre la nave izquierda del edificio, la que comparte con el despacho de la intendencia. Tal vez Sette haya descubierto que le seguían el rastro durante estas últimas semanas, en las que se negó a atenderme a través de sus secretarias, como lo hizo también el Director de Anses La Plata, Norberto Gómez, quien, abordado en los pasillos de la entidad en Plaza Paso, evitó decir cualquier otra cosa que no fuera “no articulamos con la gestión municipal”.
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El fiscal Jorge Paolini tuvo la crueldad de los justicieros la tarde del 8 de julio. Mientras buena parte del país se sentaba frente al televisor para asistir a la sanguinaria victoria alemana sobre Brasil, Paolini llegó al Palacio Municipal acompañado por efectivos de la policía bonaerense. Estaba allí para cerrar el círculo de su investigación. Entró con orden judicial a las oficinas de Enrique Sette, de Gustavo Petró (director general de Planeamiento y Obras Particulares) y de Roberto Moreno (director de Planeamiento) y pidió la captura de los funcionarios. También la de los empleados municipales Rubén Edgardo Moratis y Cristian Ibarra, quienes actuarían en conjunto con Mariano Bruera, hermano del intendente. El juez de Garantías Nº3, Pablo Raele, negó los pedidos y pidió más pruebas que las del fiscal, que incluyen más de treinta horas de escuchas telefónicas.
La causa se inició a partir de la denuncia del ingeniero agrónomo Guillermo Andreau. Según relatan los medios periodísticos, Andreau aplicó a la ordenanza 11094 con una parcela en 52 entre 162 y 171, por la que empezó a recibir llamados en los que lo invitaban a realizar pagos para agilizar los trámites de rezonificación. Según los trascendidos, los investigados llegaron a pedir un pago de 138 mil dólares y otro de 78 mil dólares.
–Yo hice la denuncia porque estas cosas no se pueden dejar pasar, yo quise ayudar de alguna manera a los beneficiarios del Procrear y, claro, sacar un rédito económico, pero bajo normas legales –le dijo el denunciante al portal Infopoliciales.
Ahora, Sette y los otros tres funcionarios están sospechados de formar una asociación ilícita y pedir coimas a Andreau, mientras Pablo Bruera busca desligarse. El intendente le pidió a la Dirección de Asuntos Legales presentarse como “particulares damnificados”, un planteo que debe ser resuelto por el juez Raele. El fiscal Paolini, en tanto, sigue detrás del rastro de Mariano, el hermano del jefe comunal, a quien conoce desde aquella investigación de 2008, cuando un transportista de Avellaneda declaró que Bruera y su socio le ofrecieron que aportara un millón de pesos en efectivo a cambio de licitaciones de recolección de ramas y otros servicios. Por aquel entonces, el denunciante hablaba de Mariano como “el recaudador”.
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Mariana Sáez es bailarina y tiene treinta años. Como Gabriel Spartino, forma parte de la comisión del grupo unificado de beneficiarios de Pro.Cre.Ar. y como Matías David López, periodista, del grupo de beneficiarios Los Teros, evitan caer en la palabra desilusión, pero sí admiten estar preocupados.
–No sabemos qué pasó. Y obviamente no confiamos en nadie. Pero también sabemos que hubo grandes grupos inmobiliarios que quedaron por fuera del negocio de subdvidir, y que habían amenazado con demostrar irregularidades. Así que no sabemos en medio de qué tironeos estamos. Lo que nos preocupa es que, según algunas informaciones, habrían secuestrado nuestros expedientes, y eso nos va a demorar todo más aun.
–Es la historia de una nueva oportunidad perdida –dice hoy el arquitecto Casas con la mirada a punto de estallarle en la cara-. Frente a toda esta gente que quiere tener su vivienda, con el gobierno nacional que pone los fondos, era una chance excepcional para revitalizar los subcentros urbanos. Pero lo que hizo el municipio fue correrse y dejar que la inversión la hiciera el sector privado, en lugar de planificar el crecimiento.
Gabriel Spartino prefiere no hablar. Dice que para integrar la comisión, armar la ordenanza y explicar las bondades del Pro.Cre.Ar. postergó horas de trabajo y familia, que no quiere hablar de esto ahora y que no tiene ganas de pensar qué sucederá. Eso, ya no tiene ganas.

No importa lo que suceda, sonreiré el día de hoy





Los eventos de cultura asiática son cada vez más populares en el país. Sus organizadores, anónimos en su mayoría, son fuentes de mitos y rumores sobre sus profesiones, pasatiempos y ganancias. En esta crónica, los creadores de Otani desmienten esas leyendas urbanas al tiempo que cuentan su origen y los pasos a seguir para hacer una convención exitosa.

                                                                                                      Florencia Suárez
—¡Ya vamos a abrir las puertas! ¡Ya vamos a abrir las puertas!
         No sé de dónde viene la voz pero ahí está: un poco nerviosa pero potente. Los dueños de los stands la escuchan también y se preparan. Manos temblorosas alinean gorritos con orejas de gato, remeras, llaveros y pines, mientras sus ojos recorren la reja en la que se apoyan más de una veintena de adolescentes que esperan desde hace dos horas.
         Danila sonríe de oreja a oreja mientras se prueba un sombrero fucsia chillón. Es peludo y tiene cola: resulta ser Cheshire de “Alicia en el país de las Maravillas”. Le calza a la perfección y se lo queda para protegerse del frío. Como representante de  “Informes”, se acomoda su uniforme marinero de color rojo y blanco mientras se sienta detrás de su netbook y revisa los últimos detalles. Ya está por empezar.
         Julieta está nerviosa: es su primera vez en la convención de manga y anime, Otani, a cargo de la sección de “Juegos”. Se acomoda el pelo cinco veces en menos de dos minutos mientras engancha los pines en una especie de felpudo celeste. De vez en cuando, observa el gran bolillero con pequeñas pelotitas pintadas de naranja. Sabe que va a ser la estrella de la tarde y se inquieta. ¿Vendrá mucha gente? Es la pregunta que se hace una y otra vez hasta que alguien le alcanza una caja con esferas cristalinas colocadas cuidadosamente sobre una tela brillante: son las esferas del dragón, el primer premio de su juego. Las apoya con cuidado sobre la mesa, alejándolas del alcance del público: nunca se es demasiado cuidadoso.
         Gritos anuncian la apertura: chicos y chicas corren como si llegar primero al salón en donde está el escenario significase alcanzar una meta codiciada por miles. Unos pocos se frenan a ver las mercancías ofrecidas en el patio. Pasan varios minutos del mediodía del 14 de junio. El show ha comenzado y se sabe que continuará hasta las 8 de la noche.
***
         La primera vez que vi a Giuliana Pimentel (Keeza) fue en el 2008 y pensé que tenía un pelo digno de ser recordado: era largo y con muchos rulos. Con el paso del tiempo, ella hizo de su cabeza una marca registrada: se lo cortó y sólo se dejó dos mechones a ambos lados de la cara, los cuales tiñó de rosa, verde y/o púrpura. Johann Gómez nunca tuvo un cambio estilístico tan radical pero siempre conservó una solemnidad y seriedad que le resultaron útiles a la hora de transformarse en el relacionista público del grupo. Con 22 y 26 años respectivamente, ambos estudian en Bellas Artes de La Plata.
         A Camila Vallefín la conocí al mismo tiempo que a Giuliana: ambas compartían el salón de clases, el estudio del japonés y el gusto por la cultura asiática. También con rulos, hace honor a su apodo, Chibi (persona pequeña), mientras que habla a diestra y siniestra, sin importarle si los demás la consideran hinchapelotas o no. Nicolás Mele es el último del equipo. Sin miedo a equivocarse, uno podría decir que es una especie de pulpo: con 24 años, escribe un blog personal, estudia Física Médica y organiza un evento cultural. Porque eso es lo que todos tienen en común: son los creadores de Otani, una convención temática sobre producciones culturales japonesas y coreanas que convoca a miles de personas gracias a sus talleres gratuitos, videojuegos, shows, comidas, juegos, stands y concursos.
—Cuando la conocí a Camila, para mí Japón era anime y un lugar mágico con flores de sakura—recuerda Keeza, entre risas—. Vi que ella hacía la Neko Ai, la Vampire Fest y, después, Animaid. Un día le dije: “te llegás a pelear y hacés un evento conmigo”. “Bueno”, me respondió. Pasaron 63 Animaid hasta que se peleó con uno de los organizadores que, eventualmente, también terminó yéndose.
—Fueron dos años nomás—interrumpe Chibi.
—¿Dos años? Para mí fueron eternos…
—Para mí también.
         Animaid es un evento de cultura japonesa que se realiza desde el 2010 en La Plata. Si bien hoy es común hallar convenciones temáticas en distintas partes del mundo (siendo la más conocida, probablemente, la Comic-Con de San Diego, Estados Unidos), estas reuniones empezaron a realizarse desde hace un poco más de 35 años. De hecho, una de las primeras se realizó en Tokio en 1975 y se llamó Comiket. Chibi participó en distintos proyectos antes de aceptar ser parte de Otani.
—Para hacer una convención te tenés que divertir. Si no te divertís, podés hacer otra cosa que te dé más plata. No tiene mucho sentido si no la pasás bien—asegura.
—De a poco empezamos a hacer el evento—suma Keeza—. Bueno, vamos a hacer algo: ¿qué vamos a hacer? Un evento de colegio. Bueno, sí. ¿Cómo va a ser el uniforme? Algo simple, rojo con blanco. Dibujamos a Nekumi, el primer personaje, en noviembre de 2011 sin tener nombre del evento ni la organización, nada. Yo quería que fuera perfecta. Le puse mucha polenta. Un tiempo después, me acuerdo que íbamos en el micro con Dani [la chica que después estaría en “Informes”] y pensaba que teníamos que tener un nombre original porque todos son nombres re fáciles combinando “anime” u “otaku” con algo más. Dani me dijo: otakuanime: Ota-ni. Lo googleamos y significaba “gran valle” en japonés. Quedó así. Respecto al nombre de la organización pensamos en nuestras sílabas iniciales: Jo… Kee… Chi. Decidimos cambiar la J por la Y. Así surgió Yokichi Eventos.
         En ese momento, Nicolás, que había conocido a Chibi en la fila de una convención llamada Animate, no era parte del grupo pero, tras ayudarlos en más de una ocasión, decidieron incorporarlo.
—Con el eslogan, empecé a dibujar diferentes cosas hasta que salió un pulpo—. Keeza recuerda cómo pasaron de una llama al diseño final, pasando por un hipopótamo y un hámster.
—Iba a ser un onigiri, ¿te acordás?. Todavía lo tenemos. Era mucho más promocional.
—¡Sí! El pulpo fue un delirio. Pero nos enamoramos de él. Todo esto lo hicimos antes de saber cómo iba a ser el evento. Empezamos bien —dice con ironía.
        El 9 de enero del 2012 iniciaron la campaña en Facebook (la cual hoy tiene 3952 seguidores): su primera publicación fue la sombra de su heroína, Nekumi. Otra marcaba, de manera indirecta, su inclinación a la temática del Mahou Shoujo (género con magia y chicas como protagonistas): “Se dice que el número 7 es un número mágico. Nosotros también lo creemos así, por eso elegimos ese día para traer un nuevo punto de vista en eventos platenses, este 7 de abril vení a compartir una jornada mágica con todos nosotros!”.
***
         Todo evento conlleva una interminable lista de “cosas para hacer” que son divididas entre los organizadores. Keeza es la ilustradora oficial: habiendo creado cinco personajes para el evento (Nekumi Takimoto, Maki y Okashi Nobushiro, Effie Kawashita y Yumiko Murakami), se encarga los panfletos y nuevas imágenes; Chibi hace el diseño gráfico; mientras que Johann y Nicolás son los relacionistas públicos. El primero pacta los contratos con los stands y el segundo con el resto de las personas (staff, shows, torneos, talleres).
—¿Qué es lo que les genera más miedo antes de cada convención?—les pregunto.
—Que salga feo. Que no venga ni medio stand—responde de inmediato Johann.
—Que no vaya nadie—agrega Keeza.
—Sí, que no venga gente. Los del staff también—concluye Chibi—. Creo que nos falta tomarnos con más calma el hacer. Tenemos confianza en el otro. Nos podemos cagar a puteadas pero yo sé que lo van a hacer. El tema es la presión de que va a salir todo mal, que va a ser tu culpa y que vamos a defraudar al público.
—Nosotros cuatro somos muy distintos pero coincidimos en un montón de cosas: nunca le faltamos el respeto al público y cada vez que preguntan, por más que sea algo tonto, contestamos con una carita contenta, un corazón y los chicos se van felices. De a poco, nos empezaron a saludar en los eventos—Keeza sonríe al recordarlo—. Gracias a eso, dejó de verse al organizador como uno que se llena de guita y pasó a ser como “aquel buena onda que quiere que nos divirtamos”. Queremos que la gente se sienta bien. Somos muy abiertos al público.
De hecho, la gente que va, en conjunto con los stands y los shows, es uno de los ejes claves para el éxito del evento: ellos, con mucho nerviosismo, lo recuerdan a diario. Tan es así que, tras anunciar la fecha de su Segundo Aniversario, difunden un evento al cual invitan a 10288 personas, esperando con ansias cada “Asistiré” que se concreta con la compra anticipada de entradas. Faltando exactamente un mes para la fecha, 400 asistentes confirman su presencia durante las primeras cuatro horas. Todavía queda tiempo pero los cuatro están intranquilos.
***
         Es tarde y hace frío. Recién empieza junio pero ya parece invierno. La Galería Rocha es nuestro punto de encuentro y, mientras espero, se acerca una chica rubia con un arito en la ceja y un piloto negro.
—¿Ésta es 7 entre 48 y 49?
—Sí.
—Estoy buscando el séptimo… Digo, el local 7. Está en el hall central.
—Podés preguntar en la boletería del cine.
—Gracias—. Se va.
         Me doy vuelta para observar una vidriera llena de muñecos asiáticos, mangas, DVDs con capítulos de anime, peluches, posters y otros productos importados. En la puerta, hay un pintoresco poster de Otani con su protagonista y pequeños carteles anunciando el precio de la entrada ($25 la anticipada y $30 en puerta), las actividades, el horario. Este local no sólo es auspiciante de las convenciones de la ciudad, sino que también es el punto de venta de las entradas. En La Plata, los más conocidos son ese y “La oruga azul”, que queda en diagonal 80. Mientras observo el vidrio, noto que un cartel indica que es el local 7 y tiene todo el sentido del mundo: el negocio se llama “El séptimo portal”.
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         Cuando uno escucha la expresión “tengo que ir a cobrarle”, inmediatamente se imagina formando parte de una escena digna de “El Padrino” en la cual hombres de ambos bandos se miran seriamente por una incontable cantidad de minutos hasta que uno da el brazo a torcer. El caso de Otani no tiene nada que ver: tras caminar por una diagonal bajo una molesta llovizna, llegamos al edificio de una chica bajita que se asoma con total naturalidad y le alcanza un tubito hecho con billetes a Johann, al tiempo que cuenta que su casa huele espantoso por el pegamento.
         Pagar el lugar en donde se hará el evento, también se realiza bajo un ambiente alegre y divertido, como si el contrato se realizase entre amigos y no entre desconocidos: Mario, el casero del Centro Asturiano, lamenta haberse perdido “lo de los papelitos” en la última edición (con esfuerzo, entiendo que se refiere al origami). Está anocheciendo pero los chicos aprovechan las pocas luces que iluminan la entrada del club, ubicado en 42 entre 19 y 20, para medir los espacios del patio, el salón principal y uno más pequeño invadido con olor a pintura fresca. Saben que tienen que alquilar gazebos pero no cuántos.
         Después de unos minutos, Mario nos llama y nos hace pasar a una pequeña habitación con mucho olor a cigarrillo. En cada una de las paredes, en vitrinas, hay decenas de trofeos de distintos deportes. El centro del lugar está ocupado por una mesa en donde están sentadas cinco mujeres y dos hombres, que charlan alegremente ignorando la pila de revistas del Hospital Español que tienen bajo sus manos. Irónicamente, ninguno tiene acento español.
—Vinimos a pagar la seña—dice Johann con mucha seguridad.
         Uno de los hombres hace un chiste y habla de un cumpleaños mientras la tesorera escribe el recibo para el grupo. De fondo, a lo lejos, se escucha una música que recuerda al estilo que se usaba en películas mudas. Resulta ser la que se baila en las danzas asturianas.
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—¿Belgrano C?
—Sí, C de chino.
         En Barrancas de Belgrano está la meca de los fanáticos de la cultura asiática: el Barrio Chino. Sus tres o cuatro calles están pobladas de negocios pequeños que rebalsan de mercadería importada de dudosa calidad pero de inmejorable precio. Ese es uno de los puntos de compra de los organizadores de Otani: reuniéndose a un costado de uno de los dragones que custodian el gran arco ubicado a unos metros de la Estación de tren “Belgrano C”, se reparten un listado con ítems. Cada uno tiene el trabajo de buscar los precios más económicos.
         Harumakis, ramen, golosinas coreanas, sushi, entre otros, son sus objetivos; Casa China, Asia Oriental, Ichiban y Nueva Casa China, sus destinos. Después de un debate, eligen la mejor opción para cada uno de sus productos. Al finalizar, las chicas buscan chucherías (“¡Esto es rosa y peludito! ¡Tiene que estar en el evento!”).
         Las compras de la convención se hacen en tres etapas: la primera, la del Barrio Chino, es la más tediosa. Unos días después, optan por ir a Carrefour para buscar las bebidas y, en el medio, agregan los descartables.
         Durante el evento se usan ollas y utensilios de la familia de cada uno de los organizadores. Salvo que sea necesario, no se compra nada extra. De hecho, los cálculos de cada uno de los gastos se hacen en base a la convención anterior, la cantidad de entradas vendidas y al número de “Asistiré” que aparece en Facebook. Es 7 de junio y el público confirmado supera los 1400 pero aún persiste la intranquilidad. Johann repite varias veces que, hasta no superar los 1500, no puede calmarse. La difusión, a través de dibujos, concursos de selfies e imágenes compartidas, continúa.
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         El barro del patio del lugar es el único rastro de la lluvia de los días anteriores. Un tímido sol se asoma ese mediodía del 14 de junio y se mezcla entre los centenares de asistentes que, vestidos mayormente de color negro, saltan, gritan y corren volcando un plato de ramen a su paso. El público está conformado por adolescentes, nenes con sus padres y grupos de amigos con carteles del estilo “Abrazos gratis”.
         Los organizadores corren de un lado a otro resolviendo todo tipo de problemas: inscripciones a los concursos, cumplimiento de itinerario, búsqueda de cambio para las cajas, etc. Se nota que siguen preocupados pero, con el pasar de las horas, se calman: los stands están, los shows también y la gente no deja de hacer fila y entrar.
         Por la tarde, en los salones hace calor: hay demasiadas personas que se amuchan entre las mesas repletas con merchandising y compran, compran, compran. Contrariamente a lo esperado, hay olor a perfume. Es un buen indicio. En el escenario, unas personas hablan con Nicolás sobre el karaoke. Salvo los de las primeras filas, nadie parece prestar demasiada atención.
         Distintos personajes pasan a mi alrededor: los cosplayers suelen ser los protagonistas de la tarde. No son simplemente personas que se disfrazan para participar en un concurso por mil pesos, son también artistas que dedican horas y horas de su vida para un acto de cinco minutos.
—¿Te puedo sacar una foto? ¿Te puedo sacar una foto?
         Chicos anónimos se acercan a una joven con peluca azul y blazer rojo. Evidentemente, la reconocen de algún manga o anime y, mientras algunos sólo obtienen una captura de ella, otros se animan a posar en conjunto. La chica sonríe, acostumbrada.
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Alvaro Pesoa: lo que más me gusta de la Otani es la buena onda y simpatía de todos. No sólo por eso, sino que también los stands y la buena música son geniales y hacen que la pases genial y divirtiéndote con tus amigos, haciendo de todo como dibujar, cantar, etc. y lo mejor es que podés pasar el día junto con todos tus seres queridos y guardar esos momentos inolvidables en tu corazón.
Agustina Montiel: me gusta el Otani porque fueron mi primera convención, es como mi segundo hogar(? xD y ustedes son super grosos, se les ocurren las ideas más locas para pasarla bien y también son el motivo para portarme como angelito en clases. A los Otani nunca falto loco! xD
Irregular DS: me encanta porque fue la primera conve a la que fui, además los stands, los chicos del karaoke y la onda que le pone el Sr. conductor siempre hacen que pase una tarde de 10 y me alegra la semana. AGUANTE OTANI!!!
Tosi Oriana Ailén: lo que más me gusta es la amistad que hay entre todos en la Otani, es muy agradable, me encanta y también la variedad para complacer a todos depende sus gustos y sus gorros.
Claudio Pérez: Me gusta porque hay gente distinta con la que suelo convivir… En las veces que fui nunca le vi algo negativo, me parece divertido ir allá con mis amigos y pasar el tiempo en los torneos de Urban Champions, ver los puestos y caminar por ahí... Es un como otro mundo estar allí…
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         Keeza, Nicolás, Chibi y Johann hacen de todo: desde las publicaciones de noticias y concursos en Facebook, pasando por los posteos de imágenes en Twitter e Instagram y la repartición de panfletos en el centro de la ciudad y en Buenos Aires. A pesar de que dicen lo contrario, tratan de delegar lo menos posible y pierden horas de sueño y estudio buscando la convención ideal. Tienen mucha confianza en el otro y nunca se cansan de repetirlo. No son celebridades. No ganan mucha plata pero aman lo que hacen.
—Yo no podría vivir de esto. Ninguno podría—asevera Keeza—. Pasamos mucho tiempo pensando en la convención. La gente cree que nos sentamos, llamamos a un par de personas, un par de stands y ya está: nos llenamos de guita.
—Subestiman lo que hacés—agrega Nicolás.
         Pero esas personas se equivocan: hacer una convención es un riesgo que lleva tiempo, esfuerzo, ganas y buena voluntad. Como en toda inversión, uno puede ganar o perder. Afortunadamente, la última edición de Otani fue un éxito: teniendo confirmados 1740 asistentes y 457 “Tal vez”, más de 1500 fueron los que cumplieron su promesa virtual. Si bien hizo una mínima de 1 grado y algunos stands comenzaron a irse a las 19 horas, la gente nunca perdió su entusiasmo.
         Desde el día cero, los organizadores saben que la certeza siempre gira alrededor de saber que el día del evento será un buen día, lleno de fanáticos, familias y grupos de amigos alegres en busca de un espacio con shows y stands de calidad, además de mucha, mucha buena onda.