martes, 19 de agosto de 2014

No importa lo que suceda, sonreiré el día de hoy





Los eventos de cultura asiática son cada vez más populares en el país. Sus organizadores, anónimos en su mayoría, son fuentes de mitos y rumores sobre sus profesiones, pasatiempos y ganancias. En esta crónica, los creadores de Otani desmienten esas leyendas urbanas al tiempo que cuentan su origen y los pasos a seguir para hacer una convención exitosa.

                                                                                                      Florencia Suárez
—¡Ya vamos a abrir las puertas! ¡Ya vamos a abrir las puertas!
         No sé de dónde viene la voz pero ahí está: un poco nerviosa pero potente. Los dueños de los stands la escuchan también y se preparan. Manos temblorosas alinean gorritos con orejas de gato, remeras, llaveros y pines, mientras sus ojos recorren la reja en la que se apoyan más de una veintena de adolescentes que esperan desde hace dos horas.
         Danila sonríe de oreja a oreja mientras se prueba un sombrero fucsia chillón. Es peludo y tiene cola: resulta ser Cheshire de “Alicia en el país de las Maravillas”. Le calza a la perfección y se lo queda para protegerse del frío. Como representante de  “Informes”, se acomoda su uniforme marinero de color rojo y blanco mientras se sienta detrás de su netbook y revisa los últimos detalles. Ya está por empezar.
         Julieta está nerviosa: es su primera vez en la convención de manga y anime, Otani, a cargo de la sección de “Juegos”. Se acomoda el pelo cinco veces en menos de dos minutos mientras engancha los pines en una especie de felpudo celeste. De vez en cuando, observa el gran bolillero con pequeñas pelotitas pintadas de naranja. Sabe que va a ser la estrella de la tarde y se inquieta. ¿Vendrá mucha gente? Es la pregunta que se hace una y otra vez hasta que alguien le alcanza una caja con esferas cristalinas colocadas cuidadosamente sobre una tela brillante: son las esferas del dragón, el primer premio de su juego. Las apoya con cuidado sobre la mesa, alejándolas del alcance del público: nunca se es demasiado cuidadoso.
         Gritos anuncian la apertura: chicos y chicas corren como si llegar primero al salón en donde está el escenario significase alcanzar una meta codiciada por miles. Unos pocos se frenan a ver las mercancías ofrecidas en el patio. Pasan varios minutos del mediodía del 14 de junio. El show ha comenzado y se sabe que continuará hasta las 8 de la noche.
***
         La primera vez que vi a Giuliana Pimentel (Keeza) fue en el 2008 y pensé que tenía un pelo digno de ser recordado: era largo y con muchos rulos. Con el paso del tiempo, ella hizo de su cabeza una marca registrada: se lo cortó y sólo se dejó dos mechones a ambos lados de la cara, los cuales tiñó de rosa, verde y/o púrpura. Johann Gómez nunca tuvo un cambio estilístico tan radical pero siempre conservó una solemnidad y seriedad que le resultaron útiles a la hora de transformarse en el relacionista público del grupo. Con 22 y 26 años respectivamente, ambos estudian en Bellas Artes de La Plata.
         A Camila Vallefín la conocí al mismo tiempo que a Giuliana: ambas compartían el salón de clases, el estudio del japonés y el gusto por la cultura asiática. También con rulos, hace honor a su apodo, Chibi (persona pequeña), mientras que habla a diestra y siniestra, sin importarle si los demás la consideran hinchapelotas o no. Nicolás Mele es el último del equipo. Sin miedo a equivocarse, uno podría decir que es una especie de pulpo: con 24 años, escribe un blog personal, estudia Física Médica y organiza un evento cultural. Porque eso es lo que todos tienen en común: son los creadores de Otani, una convención temática sobre producciones culturales japonesas y coreanas que convoca a miles de personas gracias a sus talleres gratuitos, videojuegos, shows, comidas, juegos, stands y concursos.
—Cuando la conocí a Camila, para mí Japón era anime y un lugar mágico con flores de sakura—recuerda Keeza, entre risas—. Vi que ella hacía la Neko Ai, la Vampire Fest y, después, Animaid. Un día le dije: “te llegás a pelear y hacés un evento conmigo”. “Bueno”, me respondió. Pasaron 63 Animaid hasta que se peleó con uno de los organizadores que, eventualmente, también terminó yéndose.
—Fueron dos años nomás—interrumpe Chibi.
—¿Dos años? Para mí fueron eternos…
—Para mí también.
         Animaid es un evento de cultura japonesa que se realiza desde el 2010 en La Plata. Si bien hoy es común hallar convenciones temáticas en distintas partes del mundo (siendo la más conocida, probablemente, la Comic-Con de San Diego, Estados Unidos), estas reuniones empezaron a realizarse desde hace un poco más de 35 años. De hecho, una de las primeras se realizó en Tokio en 1975 y se llamó Comiket. Chibi participó en distintos proyectos antes de aceptar ser parte de Otani.
—Para hacer una convención te tenés que divertir. Si no te divertís, podés hacer otra cosa que te dé más plata. No tiene mucho sentido si no la pasás bien—asegura.
—De a poco empezamos a hacer el evento—suma Keeza—. Bueno, vamos a hacer algo: ¿qué vamos a hacer? Un evento de colegio. Bueno, sí. ¿Cómo va a ser el uniforme? Algo simple, rojo con blanco. Dibujamos a Nekumi, el primer personaje, en noviembre de 2011 sin tener nombre del evento ni la organización, nada. Yo quería que fuera perfecta. Le puse mucha polenta. Un tiempo después, me acuerdo que íbamos en el micro con Dani [la chica que después estaría en “Informes”] y pensaba que teníamos que tener un nombre original porque todos son nombres re fáciles combinando “anime” u “otaku” con algo más. Dani me dijo: otakuanime: Ota-ni. Lo googleamos y significaba “gran valle” en japonés. Quedó así. Respecto al nombre de la organización pensamos en nuestras sílabas iniciales: Jo… Kee… Chi. Decidimos cambiar la J por la Y. Así surgió Yokichi Eventos.
         En ese momento, Nicolás, que había conocido a Chibi en la fila de una convención llamada Animate, no era parte del grupo pero, tras ayudarlos en más de una ocasión, decidieron incorporarlo.
—Con el eslogan, empecé a dibujar diferentes cosas hasta que salió un pulpo—. Keeza recuerda cómo pasaron de una llama al diseño final, pasando por un hipopótamo y un hámster.
—Iba a ser un onigiri, ¿te acordás?. Todavía lo tenemos. Era mucho más promocional.
—¡Sí! El pulpo fue un delirio. Pero nos enamoramos de él. Todo esto lo hicimos antes de saber cómo iba a ser el evento. Empezamos bien —dice con ironía.
        El 9 de enero del 2012 iniciaron la campaña en Facebook (la cual hoy tiene 3952 seguidores): su primera publicación fue la sombra de su heroína, Nekumi. Otra marcaba, de manera indirecta, su inclinación a la temática del Mahou Shoujo (género con magia y chicas como protagonistas): “Se dice que el número 7 es un número mágico. Nosotros también lo creemos así, por eso elegimos ese día para traer un nuevo punto de vista en eventos platenses, este 7 de abril vení a compartir una jornada mágica con todos nosotros!”.
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         Todo evento conlleva una interminable lista de “cosas para hacer” que son divididas entre los organizadores. Keeza es la ilustradora oficial: habiendo creado cinco personajes para el evento (Nekumi Takimoto, Maki y Okashi Nobushiro, Effie Kawashita y Yumiko Murakami), se encarga los panfletos y nuevas imágenes; Chibi hace el diseño gráfico; mientras que Johann y Nicolás son los relacionistas públicos. El primero pacta los contratos con los stands y el segundo con el resto de las personas (staff, shows, torneos, talleres).
—¿Qué es lo que les genera más miedo antes de cada convención?—les pregunto.
—Que salga feo. Que no venga ni medio stand—responde de inmediato Johann.
—Que no vaya nadie—agrega Keeza.
—Sí, que no venga gente. Los del staff también—concluye Chibi—. Creo que nos falta tomarnos con más calma el hacer. Tenemos confianza en el otro. Nos podemos cagar a puteadas pero yo sé que lo van a hacer. El tema es la presión de que va a salir todo mal, que va a ser tu culpa y que vamos a defraudar al público.
—Nosotros cuatro somos muy distintos pero coincidimos en un montón de cosas: nunca le faltamos el respeto al público y cada vez que preguntan, por más que sea algo tonto, contestamos con una carita contenta, un corazón y los chicos se van felices. De a poco, nos empezaron a saludar en los eventos—Keeza sonríe al recordarlo—. Gracias a eso, dejó de verse al organizador como uno que se llena de guita y pasó a ser como “aquel buena onda que quiere que nos divirtamos”. Queremos que la gente se sienta bien. Somos muy abiertos al público.
De hecho, la gente que va, en conjunto con los stands y los shows, es uno de los ejes claves para el éxito del evento: ellos, con mucho nerviosismo, lo recuerdan a diario. Tan es así que, tras anunciar la fecha de su Segundo Aniversario, difunden un evento al cual invitan a 10288 personas, esperando con ansias cada “Asistiré” que se concreta con la compra anticipada de entradas. Faltando exactamente un mes para la fecha, 400 asistentes confirman su presencia durante las primeras cuatro horas. Todavía queda tiempo pero los cuatro están intranquilos.
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         Es tarde y hace frío. Recién empieza junio pero ya parece invierno. La Galería Rocha es nuestro punto de encuentro y, mientras espero, se acerca una chica rubia con un arito en la ceja y un piloto negro.
—¿Ésta es 7 entre 48 y 49?
—Sí.
—Estoy buscando el séptimo… Digo, el local 7. Está en el hall central.
—Podés preguntar en la boletería del cine.
—Gracias—. Se va.
         Me doy vuelta para observar una vidriera llena de muñecos asiáticos, mangas, DVDs con capítulos de anime, peluches, posters y otros productos importados. En la puerta, hay un pintoresco poster de Otani con su protagonista y pequeños carteles anunciando el precio de la entrada ($25 la anticipada y $30 en puerta), las actividades, el horario. Este local no sólo es auspiciante de las convenciones de la ciudad, sino que también es el punto de venta de las entradas. En La Plata, los más conocidos son ese y “La oruga azul”, que queda en diagonal 80. Mientras observo el vidrio, noto que un cartel indica que es el local 7 y tiene todo el sentido del mundo: el negocio se llama “El séptimo portal”.
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         Cuando uno escucha la expresión “tengo que ir a cobrarle”, inmediatamente se imagina formando parte de una escena digna de “El Padrino” en la cual hombres de ambos bandos se miran seriamente por una incontable cantidad de minutos hasta que uno da el brazo a torcer. El caso de Otani no tiene nada que ver: tras caminar por una diagonal bajo una molesta llovizna, llegamos al edificio de una chica bajita que se asoma con total naturalidad y le alcanza un tubito hecho con billetes a Johann, al tiempo que cuenta que su casa huele espantoso por el pegamento.
         Pagar el lugar en donde se hará el evento, también se realiza bajo un ambiente alegre y divertido, como si el contrato se realizase entre amigos y no entre desconocidos: Mario, el casero del Centro Asturiano, lamenta haberse perdido “lo de los papelitos” en la última edición (con esfuerzo, entiendo que se refiere al origami). Está anocheciendo pero los chicos aprovechan las pocas luces que iluminan la entrada del club, ubicado en 42 entre 19 y 20, para medir los espacios del patio, el salón principal y uno más pequeño invadido con olor a pintura fresca. Saben que tienen que alquilar gazebos pero no cuántos.
         Después de unos minutos, Mario nos llama y nos hace pasar a una pequeña habitación con mucho olor a cigarrillo. En cada una de las paredes, en vitrinas, hay decenas de trofeos de distintos deportes. El centro del lugar está ocupado por una mesa en donde están sentadas cinco mujeres y dos hombres, que charlan alegremente ignorando la pila de revistas del Hospital Español que tienen bajo sus manos. Irónicamente, ninguno tiene acento español.
—Vinimos a pagar la seña—dice Johann con mucha seguridad.
         Uno de los hombres hace un chiste y habla de un cumpleaños mientras la tesorera escribe el recibo para el grupo. De fondo, a lo lejos, se escucha una música que recuerda al estilo que se usaba en películas mudas. Resulta ser la que se baila en las danzas asturianas.
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—¿Belgrano C?
—Sí, C de chino.
         En Barrancas de Belgrano está la meca de los fanáticos de la cultura asiática: el Barrio Chino. Sus tres o cuatro calles están pobladas de negocios pequeños que rebalsan de mercadería importada de dudosa calidad pero de inmejorable precio. Ese es uno de los puntos de compra de los organizadores de Otani: reuniéndose a un costado de uno de los dragones que custodian el gran arco ubicado a unos metros de la Estación de tren “Belgrano C”, se reparten un listado con ítems. Cada uno tiene el trabajo de buscar los precios más económicos.
         Harumakis, ramen, golosinas coreanas, sushi, entre otros, son sus objetivos; Casa China, Asia Oriental, Ichiban y Nueva Casa China, sus destinos. Después de un debate, eligen la mejor opción para cada uno de sus productos. Al finalizar, las chicas buscan chucherías (“¡Esto es rosa y peludito! ¡Tiene que estar en el evento!”).
         Las compras de la convención se hacen en tres etapas: la primera, la del Barrio Chino, es la más tediosa. Unos días después, optan por ir a Carrefour para buscar las bebidas y, en el medio, agregan los descartables.
         Durante el evento se usan ollas y utensilios de la familia de cada uno de los organizadores. Salvo que sea necesario, no se compra nada extra. De hecho, los cálculos de cada uno de los gastos se hacen en base a la convención anterior, la cantidad de entradas vendidas y al número de “Asistiré” que aparece en Facebook. Es 7 de junio y el público confirmado supera los 1400 pero aún persiste la intranquilidad. Johann repite varias veces que, hasta no superar los 1500, no puede calmarse. La difusión, a través de dibujos, concursos de selfies e imágenes compartidas, continúa.
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         El barro del patio del lugar es el único rastro de la lluvia de los días anteriores. Un tímido sol se asoma ese mediodía del 14 de junio y se mezcla entre los centenares de asistentes que, vestidos mayormente de color negro, saltan, gritan y corren volcando un plato de ramen a su paso. El público está conformado por adolescentes, nenes con sus padres y grupos de amigos con carteles del estilo “Abrazos gratis”.
         Los organizadores corren de un lado a otro resolviendo todo tipo de problemas: inscripciones a los concursos, cumplimiento de itinerario, búsqueda de cambio para las cajas, etc. Se nota que siguen preocupados pero, con el pasar de las horas, se calman: los stands están, los shows también y la gente no deja de hacer fila y entrar.
         Por la tarde, en los salones hace calor: hay demasiadas personas que se amuchan entre las mesas repletas con merchandising y compran, compran, compran. Contrariamente a lo esperado, hay olor a perfume. Es un buen indicio. En el escenario, unas personas hablan con Nicolás sobre el karaoke. Salvo los de las primeras filas, nadie parece prestar demasiada atención.
         Distintos personajes pasan a mi alrededor: los cosplayers suelen ser los protagonistas de la tarde. No son simplemente personas que se disfrazan para participar en un concurso por mil pesos, son también artistas que dedican horas y horas de su vida para un acto de cinco minutos.
—¿Te puedo sacar una foto? ¿Te puedo sacar una foto?
         Chicos anónimos se acercan a una joven con peluca azul y blazer rojo. Evidentemente, la reconocen de algún manga o anime y, mientras algunos sólo obtienen una captura de ella, otros se animan a posar en conjunto. La chica sonríe, acostumbrada.
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Alvaro Pesoa: lo que más me gusta de la Otani es la buena onda y simpatía de todos. No sólo por eso, sino que también los stands y la buena música son geniales y hacen que la pases genial y divirtiéndote con tus amigos, haciendo de todo como dibujar, cantar, etc. y lo mejor es que podés pasar el día junto con todos tus seres queridos y guardar esos momentos inolvidables en tu corazón.
Agustina Montiel: me gusta el Otani porque fueron mi primera convención, es como mi segundo hogar(? xD y ustedes son super grosos, se les ocurren las ideas más locas para pasarla bien y también son el motivo para portarme como angelito en clases. A los Otani nunca falto loco! xD
Irregular DS: me encanta porque fue la primera conve a la que fui, además los stands, los chicos del karaoke y la onda que le pone el Sr. conductor siempre hacen que pase una tarde de 10 y me alegra la semana. AGUANTE OTANI!!!
Tosi Oriana Ailén: lo que más me gusta es la amistad que hay entre todos en la Otani, es muy agradable, me encanta y también la variedad para complacer a todos depende sus gustos y sus gorros.
Claudio Pérez: Me gusta porque hay gente distinta con la que suelo convivir… En las veces que fui nunca le vi algo negativo, me parece divertido ir allá con mis amigos y pasar el tiempo en los torneos de Urban Champions, ver los puestos y caminar por ahí... Es un como otro mundo estar allí…
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         Keeza, Nicolás, Chibi y Johann hacen de todo: desde las publicaciones de noticias y concursos en Facebook, pasando por los posteos de imágenes en Twitter e Instagram y la repartición de panfletos en el centro de la ciudad y en Buenos Aires. A pesar de que dicen lo contrario, tratan de delegar lo menos posible y pierden horas de sueño y estudio buscando la convención ideal. Tienen mucha confianza en el otro y nunca se cansan de repetirlo. No son celebridades. No ganan mucha plata pero aman lo que hacen.
—Yo no podría vivir de esto. Ninguno podría—asevera Keeza—. Pasamos mucho tiempo pensando en la convención. La gente cree que nos sentamos, llamamos a un par de personas, un par de stands y ya está: nos llenamos de guita.
—Subestiman lo que hacés—agrega Nicolás.
         Pero esas personas se equivocan: hacer una convención es un riesgo que lleva tiempo, esfuerzo, ganas y buena voluntad. Como en toda inversión, uno puede ganar o perder. Afortunadamente, la última edición de Otani fue un éxito: teniendo confirmados 1740 asistentes y 457 “Tal vez”, más de 1500 fueron los que cumplieron su promesa virtual. Si bien hizo una mínima de 1 grado y algunos stands comenzaron a irse a las 19 horas, la gente nunca perdió su entusiasmo.
         Desde el día cero, los organizadores saben que la certeza siempre gira alrededor de saber que el día del evento será un buen día, lleno de fanáticos, familias y grupos de amigos alegres en busca de un espacio con shows y stands de calidad, además de mucha, mucha buena onda.


El emblema vivo de Mar del Plata



                                                       María Martha de Ortube

El 23 de mayo de 2010 llovía y hacía frío. Las chicas, firmes, como si las bajas temperaturas y las gotas de lluvia no las alcanzaran, avanzaban por el medio de la 9 de Julio. Chaquetas blancas, rojas y azules vestían la calle. Marchaban hacia adelante, giraban, doblaban a la derecha y la izquierda. La música les marcaba el ritmo. La Guardia Nacional del Mar desplegaba toda su capacidad artística abriendo el desfile de Las Integraciones de las Naciones con motivo de los festejos del Bicentenario de Argentina frente a una gran cantidad de personas amontonadas.
Las bastoneras iban al frente con polleras y chaquetas blancas. El bastón giraba en el aire, pasaba de la mano derecha a la izquierda, se lanzaba al cielo y como un bumerang volvía  a la mano derecha. Detrás el cuerpo de baile con sus chaquetas rojas, pollera blanca, botas blancas y gorriones blancos con una pluma roja, les seguían el paso. Al fondo, la bastonera de las tamboreras daba la entrada al cuerpo de percusión con sus chaquetas azules. Atrás, casi imperceptible, venía la Trafic cargada de amplificadores para que la música llegara a los oídos de todos.
Las vallas delimitaban el Paseo del Bicentenario, sobre la 9 de Julio, entre las avenidas Corrientes y Belgrano. Allí, con el handy en la mano, estaban Alejandro, el director de la Guardia del Mar, Mariana, la coordinadora, y Valeria, la secretaria.
Mariana observa detalladamente. Busca fallas. Evalúa. 
–Acá hacemos tres temas y después va la percusión –indica Alejandro al sonidista que está en la Trafic blanca.
–Adelante, atrás, adelante. El brazo bien estirado –dice  Valeria a las integrantes que desfilan.
                                                                ***
“Tres, dos, uno… Fuego! En menos de un segundo, los edificios de una manzana (115)  donde la municipalidad hará una plaza fueron dinamitados cuando Mar del Plata dormía: minutos después de las 4 de la madrugada de ayer, expertos del Ejército demolieron más de mil toneladas de cemento. Lo hicieron en secreto y sin público. Fue la primera vez que en el país se realiza una experiencia con explosivos en una zona tan densamente poblada”. (Clarín – Junio de 1999)

La manzana 115 era un emblema de la ciudad. Un rectángulo que no llamaba la atención por su belleza física, todo lo contrario. Pero sus edificios y puntos de venta de objetos eran conocidos por marplatenses y turistas. Era la esquina de Moreno y Boulevard Marítimo, en pleno Centro de la ciudad, frente al Casino Central. A cincuenta metros de la rambla y de la playa era unos de los pasos obligados.  
Allí estaba el famoso Hotel Bristol. Entre los edificios de departamentos había locales comerciales y dos restaurantes con amplios salones ilustrados con fotos de los platos más característicos de la ciudad como las rabas. El viejo edificio del Ente Municipal de Turismo también estaba ahí. Todo eso quedó reducido a escombros en 40 segundos en junio del 99.
En la manzana 115, hoy la Plaza del Milenio, estaba el viejo edificio  en el que Valeria se anotó en marzo del 92 junto a 202 chicas más.  Tenía 15 años y medía más de 1,65, la altura mínima para ingresar a la Guardia Nacional del Mar. La decisión le llevó dos años, no le gustaba exponerse. Su mamá la ayudó a conseguir la confianza necesaria para inscribirse.
Al mes siguiente de la inscripción, el teléfono de la casa de Valeria sonó. Tenía que acercarse para una preselección. La directora de ese momento, Norma Magrini, la observó en malla. Su físico y altura se correspondían con las condiciones necesarias para pasar a la siguiente etapa.
En la segunda parte, la coreógrafa le enseñó una coreografía, le facilitó la música y un mes después, Valeria se presentaba a rendir.  Quedó entre las 15 para integrar el grupo coreográfico de chaqueta roja.
Estuvo diez años como integrante de la Guardia. Dos fuera de ella porque, la mayoría de sus amigas ya no estaban y se apartó. En ese tiempo sintió que cada miércoles y viernes quedaban reducidos a escombros como el edificio en el que había pasado tanto tiempo. Luego volvió como secretaria. Hoy lleva otros diez años en ese puesto. 
                                                                 ***
Corría 1969 y Alejandro tenía cuatro años. Su mamá, Norma, y su papá, Luis, habían tomado la responsabilidad de crear un grupo coreográfico que acompañe a la Reina Nacional del Mar en sus presentaciones en la ciudad y fuera de ella.
Ambos profesores de educación física contaban con los conocimientos necesarios para agrupar a los chicos, crear las diferentes coreografías y buscar una banda de música. En un principio, las chicas fueron seleccionadas por la profesora Magrini, que ejercía la docencia en la escuela Normal.
“Allí yo sabía cuáles eran las chicas que tenían buena conducta y condiciones para aprender coreografías. Les fui proporcionando la idea y con ellas arme el primer grupo”, comentó Norma en la revista Toledo Con Todos en 1996.
Los primeros años demandaron mucho trabajo para Luis y Norma. Había que agrupar a los chicos, crear las coreografías, buscar una banda de música.
“Me dijeron que no había presupuesto y que tenía que hacerlo ad-honorem, y creo que ese fue el motivo por el cual acepté –agrega– vi que era algo que podía ser una creación artística, estaba dentro de mis posibilidades y le dije que sí. Fui a mi casa, le comenté a mi esposo y desde ese momento estamos trabajando juntos”, dijo Norma en la entrevista.
Norma y Luis sumaron a sus tres hijos adolescentes a la Guardia. Alejandro, con su corta edad, también tuvo un lugar con un pequeño tamborcito de juguete. Para él “era un tema. Como hijo se sufre. Vos queres tener un fin de semana en familia y era una época en  la que todos los viernes salíamos de viaje con la guardia. Éramos uno más dentro del grupo y ahí uno tenía que compartir los padres con 60 compañeros”.
Cuando los hermanos de Alejandro dejaron la Guardia en el 79`, luego de 10 años, él solo tenía 14.  Por eso decidió continuar. Del tamborcito pasó a un redoblante. Y cuando se creó el grupo de abanderados, pasó a formar parte de este. Luego fue  profesor de abanderados y, después de muchos años, se convirtió en director cuando Luis decidió dar un paso al costado.
                                                      ***
De junio a noviembre del 92 Valeria y Lorena corrieron los muebles, hicieron espacio. Pusieron la música fuerte y comenzaron a bailar.  A veces la escena se repetía en la casa de Valeria, otras en la de Lorena.
–Uno, dos, tres, adelante, giro. Uno, dos, tres, el brazo a la derecha y a la izquierda. Otra vez. Uno, dos, tres –dice Lorena.  
Lorena integraba la Guardia del Mar desde hacía un año. Los directores la asignaron madrina de Valeria y debía enseñarle las 30 coreografías que conformaban el repertorio. Hasta que Valeria no las aprendiera todas no le entregarían el uniforme y no sería efectivamente una integrante de la Guardia.
Horas y horas de ensayo dieron sus frutos. El 18 de noviembre de 1992 Valeria recibió su uniforme. Su papá la esperaba en la puerta del Centro de Educación Física Nº2 donde ensayaban habitualmente. Valeria salió con una sonrisa enorme en su rostro. Ya pertenecía a la Guardia. Había que reacondicionar rápido el uniforme porque debutaba a los dos días. Había que pintar el gorro, mandarlo a limpiar, coser los botones, lustrar las botas.
Las chicas llegaron por la mañana a la Ciudad de Buenos Aires. Almorzaron en una casa antigua, que tenía un patio central y una galería. Allí con la ayuda de Lorena, Valeria, se  peinó, se maquilló y se puso el uniforme de la Guardia.
–Vos estas sola, sola. No estaba tu mamá. Te tenes que arreglar con las condiciones que impone el grupo. Horarios, la comida –dice Valeria cuando se acuerda de ese momento.
Vestidas con el uniforme dejaban de ser Lorena o Valeria para convertirse en La Guardia Nacional del Mar, que  avanzaba en la muestra de autos antiguos que se realiza habitualmente en San Isidro. Era noviembre del 92. En la última escuadra marchaba Valeria por primera vez.
La familia de Valeria se quedó en Mar del Plata. Fue  uno de los pocos desfiles que no pudo ver.
                                                        ***
El cargo de director de la Guardia Nacional del Mar le llegó a Alejandro de la mano de la peor crisis que padeció la institución: la gestión de Elio Aprile. Según Alejandro,  “un gobierno que decidió darle la espalda a la Guardia”.
El 27  de agosto de 1996 se promulgó la ordenanza nº 10702, “la baja del funcionamiento municipal al Conjunto Coreográfico – Musical Guardia del Mar”. La política estatal de recorte presupuestaria de los años 90 también alcanzaba a la Guardia. 
–Ese fue un gran cimbronazo porque pertenecer a la municipalidad te da la contención necesaria en lo que respecta al costo del mantenimiento de la Guardia que dependía absolutamente del Estado –dice Alejandro
–Era horrible, porque vos formabas parte del grupo. Había que acortar presupuesto y la Guardia llevaba mucha plata. Igual en ese momento ni lugar para ensayar teníamos. En verano, por ejemplo, practicábamos en la Rambla –recuerda Valeria
Norma, como madre fundadora de la Guardia comunicaba a la prensa la angustia que sentían cuando peligraba la existencia de la institución. Con los ojos llenos de lágrimas les gritaba a los marplatenses a través de los medios de comunicación que los querían “matar en vida”. Sin la decisión política de que la Guardia participará en los eventos más importantes de la ciudad, moriría por decantación, porque perdería  su finalidad como institución, que es la de promocionar a Mar del Plata a través de un cuerpo coreográfico.
Después de mucho trabajo, la Municipalidad y la Asociación Amigos de la Guardia del Mar, que fue creada legalmente ese año, acordaron un convenio. La Asociación asumía la explotación, mantenimiento artístico del grupo, contrataciones y obligaciones civiles. A su vez, garantizaba la presencia del Grupo en todas las presentaciones que el EMTUR (Ente Municipal de Turismo) consideraba que tenían fines promocionales de la ciudad.
Por su parte, el Municipio autorizaba a la Asociación a utilizar el nombre de “Guardia Nacional del Mar” de la cual tenía la licencia y, a cambio de la presencia de la Guardia en todas las actividades que considerara necesaria, les otorgaría un subsidio. Eso le permitió a la Guardia poder alquilar un espacio como sede, algo que nunca antes se había conseguido, y cobrar aquellas presentaciones de índole privada que realizara la Guardia.
Para el actual presidente del Emtur (Ente Municipal de Turismo), Pablo Fernández “la Guardia Nacional del Mar es una parte muy importante de la historia cultural de nuestra ciudad. Hace a la identidad, a la promoción de Mar del Plata, a sus valores. Se tomó una decisión que la Guardia vuelva a tener ese protagonismo promocional dentro y fuera de la ciudad que había perdido. Debe y tiene que ser la gran embajadora de la ciudad de Mar del Plata”.
“Hemos pasado todo tipo de situaciones. Ahora estamos en un momento de repunte. De seis años a esta parte hemos recuperado el aspecto económico, la difusión de la guardia y artísticamente estamos en nuestro mejor momento,” dice Alejandro.  
Hoy la Guardia Nacional del Mar siente la responsabilidad de guiar a las guardias del país en su proceso de formación. Ya que ha inspirado la creación de cuerpos coreográficos a lo largo del país. Ha sido el modelo a seguir de muchas de ellas. Hoy existen en la Argentina más de 30 Guardias con el mismo formato. Todas ellas llevan por delante la palabra “Guardia” haciendo referencia a la Guardia del Mar.

***
Después de diez años, Valeria se ponía por última vez las botas, la chaqueta y la pollera blanca. Junto con cuatro amigas dejaban, en el desfile de navidad del 2002, de ser parte de la Guardia. Durante el evento  se reían  y lloraban a la vez. Buscaban la complicidad entre los nervios y la tristeza.
–Cuando no estaba en la guardia esos miércoles y viernes eran rarísimos.
Fueron dos años. “No podía ver a la guardia de afuera. Yo dejé la guardia y nunca la pude ver. Una sola vez”.
Era el primer desfile del año en la Plaza del Milenio y el primer desfile que Valeria vería desde afuera de la Guardia.
Se acercaba junto a su mamá cruzando la plaza Colón. La Guardia apareció por la calle principal. Valeria no lo pudo soportar. Se puso a llorar y volvió a su casa. No las pudo ver más hasta el día que la llamaron para integrar el grupo de trabajo de la Guardia.
                                                           ***
El viernes 27 de junio a las 19:15 ya es oscuro y la calle Savio no está muy iluminada. A una cuadra de la avenida Juan B. Justo, una de las principales de la ciudad, un reflector ilumina el logo de la Guardia del Mar que está pegado sobre la puerta de vidrio indicando que allí es la sede.
Desde la calle se entra directamente a un hall central con una barra de lo que alguna vez fue un buffet. Una pequeña puerta es el acceso al gimnasio principal, un amplio espacio con ventiladores colgados en las esquinas y pequeñas pantallas infrarrojas  a gas apagadas. Un espejo acompañado por una barra, como las que usan en los salones de danza clásica recorre todo el largo del salón. Sobre el espejo hay flores de cartulina y un cartel que dice Bienvenidas.
Volviendo al hall central, que funciona como un distribuidor, se tiene acceso a la oficina del director y una  escalera que lleva a la planta alta donde ensayan los abanderados. Ese espacio es similar al de abajo pero sin las estufas ni el espejo, ni las flores. Su techo es lo suficientemente alto como para tirar las banderas al aire.
En la oficina del director, que está decorada solo con fotos de los desfiles de la Guardia Nacional del Mar, es donde Mariana, la coordinadora, se reúne con las aspirantes a ingresar a la Guardia para realizarles una entrevista personal.
Para ello, Mariana se sienta de un lado de escritorio. Del otro lado hay una chica que ha demostrado un baile “correcto”. La joven aspirante es callada, tímida. Tiene la mirada fija en el regazo. Esquiva los ojos de Mariana, que le pregunta:  
–¿Por qué queres entrar a la Guardia?
La chica levanta la mirada y mira fijo a Mariana. Contesta: 
–Porque yo cuando bailo y veo a la guardia bailar me conecto con la vida.
Según cuenta Mariana, esa chica “entró de cajón porque vimos el aporte que la Guardia y ella se pueden hacer mutuamente. El compromiso de esa chica será diferente al de todas las demás”.
En cada entrevista, la coordinadora pregunta “¿Por qué te interesa ser integrante de la Guardia? “ Muchas con la mano en la cintura, muy derechitas, como si fueran “la reina de la batata”, dice Mariana, sostienen que su intención  “es representar a la ciudad de Mar del Plata”.
Las chicas que ingresan a la Guardia Nacional del Mar tienen entre 13 y 16 años. Mariana sabe que hay cosas personales que las llevan a anotarse. Que el discurso de que quieren representar a la ciudad de Mar del Plata es aprendido y que a esa edad aún no tienen desarrollado el sentido de responsabilidad cívica. Por eso, como buena docente que es, intenta desestructurarlas y les pide que sea una sola palabra la que describa ese sentimiento. Casi siempre es “Me encanta”.
Durante el período de ingreso a la Guardia hay chicas que  van porque la madre no pudo entrar y luego les gusta; y chicas que vieron a la Guardia desfilar y eso les  despertó un gran interés. Si no entran en un año, se acercan el año siguiente y sino, el otro. “Algunas se han llegado a anotar hasta tres veces. Eso es lo más genuino”, dice Mariana.  
“Hoy hay que gente que siente lo mismo por la Guardia que yo y la vive con la misma pasión por eso sigue en pie hace más de cuarenta años” explica Valeria. 

                                                    ***
Valeria, Mariana y Alejandro son la familia que alberga a más de 60 chicas todos los lunes, miércoles y viernes después de las 19  en la sede.
Mariana y Alejandro son marido y mujer desde hace 14 años. Hoy tienen un hijo de seis años, Felipe, que recorre las instalaciones de la Guardia Nacional del Mar como si fueran propias, igual que lo hacía Alejandro en el 69. Quizás Felipe sea el que continúe con este emblema local que representa a la ciudad de Mar del Plata dentro y fuera del país.
Valeria, tiene un profundo amor por la Guardia. Lo dejaron demostrado las lágrimas de alegría que tuvo cuando Alejandro, junto a Luis y Norma, la fueron a buscar a su casa para trabajar en el puesto de secretaria.  “Me encantaba la guardia y me encanta hoy. La guardia a mí me dio mucho. Hoy le estoy devolviendo algo de lo que me dio”.

La Guardia Nacional del Mar conserva entre sus más valiosos tesoros la filosofía que Luis y Norma supieron crear. Alejandro lo comenta en pocas palabras:
–Un grupo sano que puede representar y dejar bien parada a la ciudad desde lo artístico en todo el país. Una institución que busca dejar algo a cada uno de los chicos que pasan por ella desde lo humano.
 “En definitiva más allá de la Pompa, el brillo, los sones de la banda, el ritmo y la gracia de las danzas, de las sonrisas y la belleza está el trabajo de una verdadera escuela de vida que rescata por ejemplo, a una juventud sana física y moralmente. Sin temores, sin complejos ni frustraciones”
 (En La Capital, 18 de diciembre de 1987)


La Guardia Nacional del Mar, con 47 años de vida, ya es un emblema de la ciudad. La tarea de Alejandro, Mariana y Valeria es perfeccionar el grupo  desde lo artístico y principalmente desde lo humano. No solo enseñan a bailar, mover el bastón o tocar el bombo, sino también los valores de independencia, compañerismo, salud, solidaridad y entrega de todos los chicos que pasan por ella.

lunes, 7 de julio de 2014

Un café bajo Camino de cintura




Siempre viví en Barracas y nunca había pisado la estación Buenos Aires de la línea Belgrano Sur, que parte desde la capital hacia dos destinos diferentes: González Catán o Marinos del Crucero General Belgrano. Esta terminal es un resto anacrónico. No sólo por su ubicación (basta recorrer algunas calles de Barracas para sentir que la sombra de Prudencio Navarro nos cuida o nos acecha), también por el aspecto que van tomando las paradas conforme avanza el tren. Al ver una formación detenida, me apresuro a subir casi por inercia. Antes, pregunto: “¿Este va a Mendeville?”, pero mis interlocutores no reconocen el nombre de la estación. A eso de las 15 se ve gente grande, la mayoría duerme y hacia el interior del vagón hay cierta calma. Algunos roncan. Es probable que hayan salido demasiado temprano. Mientras los carteles en rojo advierten sobre los peligros de viajar en los estribos, la gente sube y baja por ambos lados, abre y cierra la puerta con el tren en movimiento. Comienza el camino rumbo a Marinos del Crucero General Belgrano.
El oficial Gorosito se para en la puerta del vagón. Le pregunto si viaja como pasajero o está en servicio. Me dice que está trabajando. Le cuento que normalmente uso el Sarmiento, a veces el Roca, pero que nunca había visto policías en esas líneas. “Es que no hay adicionales en el Sarmiento –me cuenta–, esta línea necesita más atención. Estamos para intervenir por si hay algún accidente o siniestro. A esta hora van los trabajadores, es gente tranquila” Su compañero –también policía– abre y cierra la puerta amagando con sentarse en el estribo. “El problema es en Villegas, que ahí suben muchos pibes drogados con paco. En ese caso, los llevamos al furgón. Otro lugar peligroso es la villa que le dicen Puerta de Hierro”. “¿Me sugerís algo para el regreso?”, le pregunto. “Andá con la ventanilla subida –me responde–, que no te tiren un cascotazo. Hay chicos que arrojan piedras y están con adultos que los ven y se ríen. No les dicen nada. Me bajo acá. Un gusto.” Gorosito baja junto con el otro policía. Estamos en la estación Tapiales, centro administrativo de este ferrocarril. No parece subir ningún otro oficial para reemplazarlos. ¿Qué pasará entonces al llegar a Villegas?  
Me acerco a una parada que se asemeja a la estación de destino. Pregunto: “¿Está cuál es?”. “Mendevishe”, me responde un muchacho que también viaja en el estribo. Ahora entiendo por qué no me comprendían los primeros pasajeros con los que hablé: yo no pronunciaba bien el nombre. El tramo desde Buenos Aires a Mendeville no demanda más de media hora. Y esta no es una estación sino un apeadero, ubicado apenas unos minutos después de Aldo Bonzi, en la localidad de La Matanza, una de las más pobladas y pobres del Conurbano. Camino de Cintura (o Ruta Provincial N° 4) pasa por encima de las vías del tren. A simple vista se ve como un barrio de casas humildes, que mezcla barro y asfalto. Al costado derecho de la estación, mirando en dirección a Belgrano, hay una plaza triangular. Abundan afiches del intendente de La Matanza, Fernando Espinoza. Le pregunto a un baqueano que espera en el andén con un libro en la mano si tiene alguna opinión sobre la campaña de Espinoza: “Como todos los intendentes de La Matanza en todos los tiempos, democráticos o no, apoya fervientemente a quien gobierne a la provincia y a la nación porque se trata de un territorio con casi dos millones de personas. Siempre necesitan fondos. Este tipo sobrevive únicamente por los fondos que le gira el gobierno. No es una localidad pobre por su mala administración, que la tiene. Sino porque la postergación social es tanta que no hay política que la soporte. Por eso, Espinoza apoya a todo y a todos aunque sea un ferviente kirchnerista que desde hace tres años aspira a la gobernación de la provincia.”
En la boletería atienden una señora y un muchacho. A duras penas logro ver sus caras. Para responder mis preguntas deben tener una autorización de la administración y para eso, debo gestionar el trámite en la estación Tapiales. Les explico que no busco información confidencial. Me cuentan que acá es tranquilo, que no es como en Villegas. Y que por suerte podemos hablar: “En Laferrere es taca taca taca, vendo boleto todo el tiempo, no podemos parar.”
–¿Usted sabe por qué se llama Mendeville?
–Mendevishe, ni idea. Pero cuando yo trabajaba en Merlo Gómez, vino una señora a decir que era la nieta de Merlo Gómez. Mendevishe debió ser alguien.
Le pregunto si conoce a alguien en los alrededores de la estación que pueda informarme más sobre la rutina cotidiana de los trenes. Me responde que no son empleados fijos de esa parada, que los mueven de un lugar a otro: “No conocemos a nadie acá.” Pregunto por el bar que está frente a las taquillas y que parece cerrado. No saben nada o fingen no conocer. Noto que mucho no me van a decir sin la correspondiente autorización y con vidrio de por medio. Me dirijo a un bar muy chiquito que se encuentra sobre el andén, pero sus accesos están cerrados. Un cartel dice “Toque timbre”. En seguida se asoma una mujer, abre la ventana y nos indica que la entrada es por la calle. Me siento y le pregunto si puedo conversar con ella. Accede. Me pido un café con leche y un Jorgito de chocolate mientras Patricia (así se llama) y su padre adoptivo (que se presenta como “Alberto Cortés, el pampeano, quizás me viste en televisión”), escuchan mis preguntas.
–¿Hace mucho que trabajan acá?
–Cuarenta años. La estación la hicieron a nuevo. Habilitaron hace poco la boletería. Ahora esto es terreno federal y no se puede vender bebidas alcohólicas. Es una zona un poco abandonada, pasan el 406 que va de Lomas de Zamora a Ramos y el 628, no hay más líneas que bajen de la autopista. Además, en Villegas, cada tanto cortan el tren y la gente que va a Marinos de Belgrano tiene que tomar hasta cuatro colectivos para llegar. Una vez tuvimos seis días seguidos de corte.
–¿Cómo sigue funcionando el tren en esos casos?
–Llegan a Bonzi y vuelven. Y del otro lado, llegan hasta Casanova o Castillo y regresan a Belgrano. Las paradas del medio quedamos aisladas y no llega nada. Además, nos faltan barreras. Las pedimos de muchas maneras y nada. Yo recorro en auto más de cuatro kilómetros y tengo que subir a la autopista para moverme cinco cuadras porque no hay barreras.
– ¿Cambió mucho la zona en estos cuarenta años?   
–Mucho. El barrio antes era otro mundo. Cuando la autopista no estaba y los autos iban por tierra, había mucho movimiento, locales, comercios. Ahora es una zona medio abandonada. A lo sumo hay gomerías o chapa y pintura. Todo se fue reacomodando, pero el municipio no se organizó: son tan pocas líneas de colectivo que bajan, que la gente no tiene combinaciones posibles.
Patricia me señala en dirección izquierda a la estación, yendo para Belgrano, cruzando el puente de Mendeville, que es precisamente la parte de Camino de Cintura que pasa por encima de la estación. Hay un barrio de casas. Es la cooperativa 15 de Diciembre: “Allí antes no había nada. Era campo. Ahora al menos hay un barrio.”
De la zona comercial que fue hace más de treinta años, Mendeville se convirtió en una parada abandonada que empieza a despojarse de su aspecto campestre y rústico cuando se construyen las casas de la cooperativa. El terreno que ocupa el bar pasó a ADIF, la Administración de Infraestructura Ferroviaria Sociedad del Estado. Por eso la puerta está enrejada: para que no acceda al andén el que no pagó el boleto. Igual nadie controla. Patricia sigue contando:
–En otro tiempo, mi papá adoptivo, que ya era grande, recibía a los laburantes viejos como él: albañiles, obreros, ferroviarios, todos tomaban un poco del alcohol. Almorzaban un guiso de mondongo con un tinto y no pasaba nada. No eran borrachos. Pero bueno, es la ley. Estoy de acuerdo, pero nos perjudicó.
– Tenés una historia personal ligada a los trenes…
– Así es. Mi padre biológico era auxiliar y lo mandaban donde no había personal. Nos mudábamos mucho de una estación a otra del antiguo ramal Carhué, que ya no existe. Metíamos las cosas en los vagones de carga pero a veces tardaban tanto tiempo en salir que vivíamos dos o tres meses en algún vagón. Para mis hermanos y yo, era fascinante. En ese entonces, las estaciones todavía tenían aljibes y me acuerdo de que juntábamos agua de ahí. También vivimos en los galpones con materiales de carga, sobre todo cereales. Se llenaban de palomas y mi padre se encargaba de sacarlas. Íbamos con mi mamá y mis hermanos y las espantábamos. Él las encandilaba con los faroles, las metíamos en una bolsa y luego comíamos paloma al escabeche. Vivimos en estaciones que ya no existen: Henderson, Ortiz de Rosas. Ahí llegamos a vivir debajo de un tanque de agua. En ese lugar, crecían flores rojas que juntábamos para mamá y las cargábamos en las zorras. Cruzábamos la tanquera y con las carretas íbamos al colegio.   
Según consta en la página oficial de la empresa, la línea Belgrano Sur inicia su historia en 1900, como parte de la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires, de capitales franceses. El trazado corría entre las principales líneas británicas con la intención de captar una parte del tráfico de esas líneas, ofreciendo un servicio más barato. Desde el inicio, entonces, nuestras vías férreas eran objeto de disputa colonial. La circulación de este tramo era diferente de las líneas más consolidadas. Y esta situación se mantiene hoy, porque es una de las más precarias. Tenía menor importancia en el movimiento de pasajeros y era periférica en relación con los centros urbanos. Además, la diversidad de los tipos de cargas era menor, lo que refleja la especialización de las regiones. Por eso, los trenes eran ‘cerealeros’ o ‘agroganaderos’.
Hay dos ramales que pasan por Mendeville: el que sale de Buenos Aires y el que parte de Puente Alsina. Los dos terminan en la estación Marinos del Crucero General Belgrano. Originariamente, el ramal de Puente Alsina llegaba hasta Carhué: era el famoso Ferrocarril Midland, de capitales ingleses. Se construyó entre 1909 y 1911 pero muchas de las estaciones o aparcaderos que conforman su recorrido se inauguraron entre 1935 y 1955. Es el caso de las estaciones Aldo Bonzi y Mendeville, que emergen como resultado del aumento de la densidad de población suburbana. Tras la nacionalización de los ferrocarriles en 1947 y 1948, un decreto del poder ejecutivo estableció que las líneas recuperadas debían llevar nombres de “próceres”. La ex Midland se convirtió en Belgrano Sur y luego, en 1954, se unió a la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires (actual ramal Buenos Aires – González Catán). En 1957, todas las líneas ferroviarias de trocha angosta conformaron el Ferrocarril General Belgrano. Una serie de decretos de la última dictadura ordenaron la clausura de todo el tramo que seguía a la estación Plomer (actualmente en desuso). El desguace no paró nunca más. Patricia recuerda las viejas campanas, los timbres, los faroles. Cuando se cerraron estaciones, en el gobierno de Menem, se robaron todas esas antigüedades.    
–Mi padre biológico comenzó con el telégrafo y terminó como interventor. Luego, con las privatizaciones, los mismos ingenieros le consultaban a él, y eso que no tenía estudios. Eran otras épocas. Ahora matan a alguien y tenés que esperar que venga la fiscalía. En ese entonces, mi papá movía el cuerpo y el tren seguía andando. Antes el interventor te decía con quién solucionar todo. Ahora hay mucho trámite y nadie te sabe decir.
En el Belgrano Sur opera la empresa Argentren. Los coches no son un desastre pero distan mucho de ser los trenes que nos merecemos. En febrero de este año, la UGOFE y la UGOMS, sociedades integradas por las firmas Roggio y Emepa, que tenían a cargo las líneas Mitre, Roca, San Martín y Belgrano Sur, se repartieron los ramales para administrarlos de manera separada. Emepa, concesionaria del Belgrano Norte, quedó a cargo del Roca y el Belgrano Sur. La medida no modificó el esquema vigente, donde el Estado se encarga de pagar salarios y realizar las inversiones. Desde la Masacre de Once, ocurrida el 22 de febrero de 2012, todo parece indicar que a las concesionarias les conviene más que los pasajeros no paguen el servicio, así no cubren los seguros por accidente. El gobierno y las firmas se reparten trenes con nombres de próceres. Mientras tanto, los pasajeros siguen viajando mal. Después de un siglo y medio de trenes argentinos, nuestros viajes siempre parecen un amague en el estribo.
–¿Sabés por qué se llama Mendeville?- Le pergunto a Patricia.
–Y… Mendevishe era uno de los dueños de estos terrenos. Un caudillo, seguramente.
Mendeville es una parte del nombre completo de Mariquita Sánchez de Thomson y de Mendeville, conocida por el célebre y al parecer poco verídico hecho de haber cantado por primera vez el Himno Nacional Argentino. Su nombre completo era María de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, que vivió entre 1786 y 1868. Cuenta Felipe Pigna que, en 1801, Mariquita inició un juicio de disenso contra sus padres porque le impedían contraer matrimonio con su prometido. Un conjunto de documentos que la Corona Española imponía a sus colonias desde 1778, contenía los protocolos a seguir para efectivizar los matrimonios de las mujeres blancas menores de 25 años. María logró el visto bueno del entonces Virrey Sobremonte y el edicto perdió efecto. Su querella formó parte de la gestación de una voluntad de independencia cultural respecto de las costumbres de la metrópoli. Sin embargo, más allá del mérito de María, algún funcionario decidió omitir la parte más famosa del nombre (Thomson) y usar la de su segundo marido, Jean Baptiste Washington de Mendeville, cónsul francés en Buenos Aires. Víctima de su época, el progresismo de Mariquita no llegó tan lejos: su orgullo de casta la llevó a sostener la necesidad de crear escuelas diferenciales para los sectores populares y los de èlite. Que su estación se encuentre más allá de la General Paz es un guiño irónico.

Patricia me da su teléfono al terminar la conversación. Pienso en sus dos padres, ligados al tren de una u otra forma. No me cuenta nada sobre la historia de su adopción y elijo no invadir ese terreno. Le regalo un ejemplar del periódico que editamos con unos amigos; se llama Andén y el último número habla de trenes. “Ay, cuánto te podría haber contado para este número del diario”, me dice, afligida porque llegué tarde a su vida. En el viaje de regreso, recuerdo de la expresión de Patricia. Cuando le pregunté sobre su historia con las estaciones estaba sorprendida, como si por primera vez hubiera notado que su vida giraba en torno a los trenes. 
                                                                                        Yael Tejero

domingo, 6 de julio de 2014

La vida en las vías




La estación ferroautomotora de Mar del Plata tiene cuatro entradas. Dos sobre la Avenida Luro, la otra sobre la calle San Juan y la última desde el estacionamiento. Tres de estas entradas tienen acceso directo a la estación de micros, que comparte el edificio con la estación del ferrocarril. La  última puerta es  el  ingreso a la confitería central, con mesas y sillas de madera barnizadas y un televisor plasma en el que habitualmente se ve TN. Unos pasos más adelante aparecen los locales de venta de productos regionales y de remeras con inscripciones de la ciudad. La firma de pulóveres marplatense “Mauro Sergio” también tiene allí un pequeño local. Más de 40 plataformas para el arribo de micros, puestos de panchos y  televisores anuncian la entrada y salida de los coches.  
En el pasillo continuo hay más de cincuenta boleterías para la venta de  pasajes de ómnibus. Gente que va y viene. Valijas que chocan entre sí en el apuro de llegar a destino.
Al fondo a la izquierda se presenta un nuevo escenario. Amontonamiento de sillas vacías, una única boletería que dice grande “Ferrobaires”, el depósito y el vestuario de los colectiveros. Un montón de puertas cerradas.  Si se vuelve a doblar  a la izquierda, un gran espacio vacío. Una nueva puerta que nos lleva a la calle – la única que tiene acceso a la estación de trenes – y un conjunto de puertas de vidrio. Todas cerradas, excepto una que permite el paso a las plataformas del tren. Allí los andenes, las vías y el viejo edificio del ferrocarril. 
                                                                                      ***
Corría el año 96. Mario llegaba a su primer día de trabajo. Su padre le había podido conseguir un empleo en la estación de trenes de Mar del Plata. Él sería ferroviario como su papá y su abuelo. Esos andenes que lo habían visto crecer lo recibían para darle trabajo. Sería el último ferroviario de su familia.
El entusiasmo se le notaba con una sonrisa que le dejaba ver todos los dientes. Como ahora, cuando se acuerda de esa época. Empezó a trabajar en la “bandeja automovilera”: la carga de los autos para transportar los vehículos. Poco después pasó a la oficina de control de trenes. En ese lugar, Mario se sentaba frente a un mapa “inmenso”, como lo describe él, y coordinaba las 17 formaciones que llegaban a Mar del Plata durante el día. Todas circulaban por una sola vía. Calculaba, entre otras cosas, los siete minutos que tardaba el tren de estación Camet a Vivorata y cuál debía frenar para dar paso a la siguiente formación. Mario evitaba que los trenes chocaran.
En el 2008, su  “corazón inquieto”, dice Mario,lo llevó a cambiar de sector y empezó a trabajar en la parte de encomiendas. “Me ofrecieron si quería trabajar ahí y ya llevo 12 años “Absolutamente todo se puede mandar, una casa completa, bicicletas, motos, mascotas, todo. Sigue siendo un servicio mucho más económico que un camión. Por ejemplo, mandar un auto tiene más o menos el mismo costo que de nafta en ruta”.
El área donde trabaja hoy se encuentra en el edificio viejo de la antigua estación de trenes, donde antes funcionaba una cafetería. Quizás en algún momento estuvo pintado de beige. Tiene tantas manchas y sus paredes están tan sucias que sólo se puede imaginar el color que alguna vez tuvo. Muebles amontonados, colchones, un tráiler para motos, entre otras cosas, aguardan su traslado a Plaza Constitución, Buenos Aires. El tren con las encomiendas sale los domingos.  
Todos los días, Mario recorre la construcción que hoy es patrimonio histórico municipal. Fue creada el 26 de septiembre  de 1886 por Dardo Rocha, el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires.  El ramal General Roca, que llega a Mar del Plata, fue operado desde sus inicios en 1948 por Ferrocarriles Argentinos. Durante el gobierno de Carlos Menem, cuando se concesionaron y reorganizaron varios servicios ferroviarios, la estación pasó a  formar parte de Ferrobaires, empresa perteneciente al Estado de la provincia de Buenos Aires.  Los ferroviarios que transitan los andenes recuerdan como una mejor época cuando pertenecían a Ferrocarriles Argentinos. 
Durante los  90, Mario y sus compañeros de trabajo vivían con incertidumbre. Hubo una época en la cual llegó a funcionar apenas un servicio semanal. “Una cosa increíble. Creíamos que en algún momento ese tren también iba a parar y nos íbamos a quedar sin trabajo”.
 Mario sabía que en su casa había seis bocas que alimentar, por ello siempre buscó la manera de complementar su trabajo de ferroviario. En la estación observó el negocio que hacían los autos y combis que trasladaban pasajeros al centro de la ciudad. Con unos ahorros se compró su primera combi. El trabajo rendía bien. Mario tenía el contacto con el ferrocarril, entonces consiguió, que se le vendiera al pasajero desde Estación Constitución el pasaje de tren y el traslado en su combi.
Años después, Mario ya acumulaba dos vehículos y junto a un compañero, Pedro, alquilaron un hotel. Con trabajo, esfuerzo e improvisación salieron adelante la primera temporada. Varios veranos después Pedro decidió dejar el hotel y la dueña de la propiedad decidió venderla. Mario accedió a un leasing empresarial para quedarse con el hotel y mantener su fuente de trabajo. Debió vender las combis y trabajar el doble, pero logró terminar de pagar el hotel.
Sin embargo, tantas horas fuera de su casa atendiendo sus actividades laborales desgastaron la pareja y se divorció años después. Hoy, su exmujer se encarga del hotel y a él le alcanza con su trabajo de ferroviario.  
Menem y Duhalde también tuvieron un divorcio, pero éste fue político. Duhalde apoyó la candidatura a la presidencia de Néstor Kirchner, quien rápidamente se ganó la simpatía de los ferroviarios con las políticas públicas que generó. Entre ellas, la de reflotar, junto al intendente de Mar del Plata Daniel Katz, el proyecto de la creación de la Ferroautomotora. La terminal de ómnibus se mudaría a los terrenos de la estación del ferrocarril. Por entonces, la terminal de micros funcionaba en instalaciones insuficientes para recibir a todos los viajantes y el edificio dejaba mucho que desear por su escaso mantenimiento y gran deterioro.
La obra contaría con una inversión de 170 millones de pesos, con 40 dársenas para los ómnibus, cinco andenes para trenes y 1.000 puestos de trabajo. El inicio de los trabajos recién se concretó en 2008.  La nueva estación ferroautomotora, que fue inaugurada por Cristina Fernández de Kirchner  el 22 de julio de 2011, unifica en un mismo predio a la vieja estación de trenes y la nueva terminal de ómnibus. La estación, con una superficie de más de 75.000 metros cuadrados, está ubicada entre  Luro, San Juan, 9 de Julio y Misiones.  Según Mario “lo único que hicieron fue poner la terminal de micros al lado de la estación vieja del ferrocarril y le dieron más prioridad al sector de micros porque hay intereses políticos”.
El gobierno adjudicó la construcción, gerenciamiento y explotación de la terminal a la UTE conformada por Néstor Otero y Emepa-Ferrovías. Los ferroviarios de la zona denuncian la ineficiencia de las obras por parte de la UTE. “Lo único que se hizo fue el techo que está mal. Le dieron a este hombre, Otero, el trabajo con tal de terminar. Y este Otero no sabe nada de ferrocarriles. Hay muchísimas falencias que solamente las sabe el empleado que lo vive diariamente”.
En verano, cuando aumenta el movimiento de gente, las dificultades se multiplican. “En temporada –explica Mario– el tren viene más largo y la gente queda afuera del techo. En días de lluvia, porque en verano también tenemos días lluvia, la gente baja y se moja. Viene con equipaje, porque a la ciudad hay que venir con abrigo. Vienen con los valijones arrastrando entre las piedras bajo la lluvia. Es un mal servicio que se le hace brindar al ferrocarril cuando el usuario es la prioridad”.
***
Mario levanta la vista, mira a su alrededor, mueve rápidamente las manos y dice “desde que empezaron a hacer la ferroautomotora ya llevo cinco mudanzas”. Trabaja incómodo. El espacio que ocupa no tiene baño. En un rincón hay un pequeño televisor de tubo, un sillón y estufa eléctrica que solo alcanza para mantener las manos calentitas. A pesar de todas las falencias que viven a diario, Mario y el resto de los trabajadores del ferrocarril intentan enfocarse en su trabajo. “Todo es una cuestión de guita, no importa la parte humana. Quieren que la estación se llene de gente,  porque si no hay movimiento no generas trabajo y uno busca conservar la fuente laboral”.
      Los empleados del ferrocarril no ocultaban su alegría cuando la secretaría de Transporte de la Nación auguraba recibir un máximo de 1.200 ómnibus y 11 formaciones ferroviarias por día, con un movimiento mensual de 2.200.000 pasajeros. De las 73.333 personas que la Secretaria proyectaba que iban a llegar a la ciudad por día, el viernes 30 de mayo del 2013 no había ninguna. La entrada al hall central de la ferroautomotora “Eva Perón” era un espacio despoblado. A la derecha se podía ver el movimiento de los micros de larga distancia. Parecía que la gente, los locales y el ruido le daban la espalda al salón principal que da entrada a la estación ferroviaria.  Un espacio enorme, un gran salón de baile al que los invitados no han llegado aún. En el centro de la escena había un puesto de información turística. Allí, un chico con cara de aburrido hablaba por teléfono.
Las plataformas ferroviarias también estaban desiertas. Se escuchaba cómo el viento golpeaba contra el tinglado, que a pesar de tener pocos años de funcionamiento ya se encuentra oxidado. Merodeando las plataformas solo estaban Mario y las dos boleteras encerradas en sus cabinas.
El ferrocarril tiene un solo servicio semanal de encomiendas. Las formaciones con pasajeros vienen tres veces a la semana, día por medio. “Llegan a la ciudad lunes, miércoles y viernes. Vienen con poquita gente. Al  haber solo un horario la gente busca otras alternativas y se va por el micro, a pesar de que los coches son buenos y hay calefacción.” Sin embargo, cuando las maquinas se encuentran encendidas y los pasajeros ultiman detalles para subir al tren, los ferroviarios ya se encuentran en posición de trabajo. Todo está listo para que el tren arranque. Sobre el andén se siente la algarabía de los ferroviarios jubilados. Todos vienen a saludar a sus compañeros que empiezan un nuevo viaje. Son más los ferroviarios que hay en la plataforma que los pasajeros. “Ayer viajaron aproximadamente 200 personas y un tren tiene capacidad  para un poco menos de mil.”  

Mario se pone serio. La nostalgia y la desilusión esconden los dientes que se le veían cuando sonreía recordando otras épocas. “Esto camina gracias al esfuerzo de la gente, del ferroviario que quiere que esto siga caminando. El viejo galpón de encomiendas es el que está un poquito más allá. Comenzaron a hacer la infraestructura y ahí quedó. Hoy es un juntadero de gente que viene a dormir o a consumir drogas”.

                                                        María Martha De Ortube