sábado, 28 de junio de 2014

Entre chapas y diamantes



 
      La Estación María Eva Duarte –que figura en el sistema electrónico de la SUBE sólo como Eva Duarte– está en el centro de Laferrere, partido de La Matanza. Fue inaugurada el 14 de enero de 1999. Es la duodécima estación del ramal del Ferrocarril Belgrano Sur que nace en Barracas –en la estación Buenos Aires– y termina en González Catán. María Eva Duarte tiene una casita prolija que funciona como boletería y una casucha de la que –de vez en cuando– salen guardas y juegan a pegarle con palos a las rejas. Dicen que no pueden hablar conmigo porque están trabajando, y cuando me alejo continúan su labor de pegarle a las rejas con palos. Los domingos no hay parrillitas ni parrilleros ofreciendo choripanes, no hay superpanchos a diez pesos con todas las salsas ni lluvia de papas. No se venden chipa, ni churros, ni pañuelos descartables, ni cremas bolivianas para curar todo tipo de dolores, ni lapiceras Bic. La Estación María Eva Duarte se encuentra frente a la Agrupación Eva Duarte, la mueblería Eva Duarte, el frigorífico 12 y Gran Surtidos San Rafael. Los carteles de los locales están pintados a mano y sus edificios a medio revocar, a medio pintar o a medio construir. En los alrededores de la Estación María Eva Duarte no está nada terminado. Son obras inconclusas y caseras, como quien fue progresando de a poco pero se detuvo y hace mucho tiempo.

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María Eva Duarte nació el 7 de mayo de 1919 en una ranchería de Los Toldos asistida por una comadrona indígena que ya había ayudado a su madre, Juana Ibarguren, a traer al mundo a sus hermanos. Su padre fue Juan Duarte Echegoyen, un político conservador de Chivilcoy y terrateniente que mantenía paralelamente dos hogares. Mientras que con su esposa Estela Grisolía, llevaba el estilo de vida correspondiente a su posición en la alta sociedad, con Juana mantenía un romance intermitente en una vivienda precaria. El papá de María Eva Duarte no la reconoció ni a ella ni a sus cuatro hermanos como hijos legítimos. Sí accedió a hacerse cargo de sus gastos y a visitarlos de vez en cuando en el rancho que había destinado para ellos dentro de su hacienda. En 1920, él determinó ocuparse sólo de su familia legítima de manera legítima y no se supo mucho más que eso durante un tiempo. Juana, entonces, tuvo la difícil tarea de mantener cinco hijos sola. Decidió mudarse a una nueva casa en la periferia de Los Toldos, cerca de las vías del tren.

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Los domingos, los vagones del tren a María Eva Duarte están desiertos. Durante los primeros minutos, lo único que se destaca es un vómito blanco en el piso y un guardia que recorre los pasillos hablando por teléfono y comiendo un choripan. Nada más hasta que aparece ella.
Ella tranquilamente podría ser una mujer de cuarenta años que aparenta entre cincuenta y sesenta. Lleva unas zapatillas medio pantuflas medio alpargatas y un pantalón de jogging oscuro y está envuelta en una manta cuadrillé. Su rostro es perfectamente simétrico y su mandíbula se marca en dos ángulos rectos. Ojos pequeños, nariz pequeña, boca pequeña. Una pequeña mujer de piel morena que recorre el tren. Su cabello apelmazado  y sucio se confabula en una rasta negra que apenas cae al costado de su cabeza –porque la  gravedad no siempre gana–. Tiene la mirada perdida y ni en un millón de años podría adivinar lo que está pensando.

                                                        ***
Ella se acerca despacio y tira sobre mi falda un papelito sucio. Los bordes del papelito estaban raídos y al abrirlo me di cuenta de que de hecho eran dos papelitos. Por como ella me miraba, pensé que podría tratarse de algún mensaje al estilo de Lo mejor es enemigo de lo bueno. Esos que, a cambio de algunas monedas, pretenden despertar algo de quien lo lee. No lo era. Se trataba de dos pedacitos de hojas arrancadas de alguna fotocopia de algún libro en las que se podían leer palabras sueltas como lengua, corte, nobles, educación, presionado, 23 de enero, 4 de diciembre, cuestión, Mitre y Roca, pusiera, partir, 1882, Suprema, renunciando, 1885. Una capa de visible mugre cubría los bordes arrancados desprolijamente y mientras yo lo leía, ella me miraba. Se sentó delante de mí. La miré. Esperé. Supuse que tal vez quería dinero, pero supuse mal. Si hubiese querido dinero habría extendido la mano, o dicho algo. Pero no, estaba sentada frente a mí, me miraba y ni en un millón de años podría haber adivinado lo que estaba pensando. No hablé, no habló. El guardia del choripan volvió y le hizo un gesto con la mano a modo de portate bien. Ella lo miró desafiante, se paró y se fue. No la volví a ver. No pude evitar pensar que si ella montara semejante performance en el Centro Cultural Recoleta se llenaría de plata.

Caminé un par de vagones hacia alguno que no estuviera vacío y me senté atrás de un grupo de hinchas de Independiente. Ese día, el Rojo se jugaba el ascenso con Patronato de Paraná. Unos asientos más adelante, un hombre mayor gritaba por la ventanilla mientras comía mantecol: ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Salga de acá! ¡Deme dos panchos, dos panchos deme! Los hinchas cantaban: Que demuestre que te quiere de verdaaaaaad, en las buenas siempre vamos a todos ladooooos, en las malas ya copamos una ciudaaaad, en el año ‘83 yo me reia Academia no parabas de lloraaaar, ya pasaron varios años de ese día y por eso te lo voy a recordaaaaar, yo era campeón vos te ibas al descenso por cagón, así son academia la puta que te parió. Les sonreí y casi se me escapó un Rasin putoooo –me gusta decir Rasin puto–. Mientras golpeaban las paredes del tren, el señor que gritaba por la ventana comenzó a gritarles: Andate a la puta que te parió, se apretaba la cara con fuerza y amagó con pegarle a la pareja que estaba sentada delante de él. Cuando se bajaron los hinchas, el vagón quedó en silencio.

                                                       ***

Al costado de las vías del tren se ven casuchas improvisadas con chatarra y cosas que la gente no quiere más. Sillas de oficina viejas, cacerolas abolladas, chapas, maderas astilladas, tablones podridos, sillones rotos. Parecen las precarias construcciones de sobrevivientes de un apocalipsis zombie. Tal vez sean los sobrevivientes de un apocalipsis zombie. Tal vez nosotros, los que los vemos desde el tren, nos convertimos en zombies y nadie nos dijo nada.

                                                        ***

Cuando Eva tenía 6 años su padre falleció repentinamente. Fueron al funeral de riguroso luto pero no los dejaron entrar. La familia legítima de Duarte sólo les permitió seguir el cortejo fúnebre mezclados entre la multitud. A María Eva, la desigualdad le angustiaba. “Recuerdo muy bien que estuve muchos días triste cuando me enteré que en el mundo había pobres y había ricos; y lo extraño es que no me doliese tanto la existencia de los pobres como el saber que al mismo tiempo había ricos” escribió María Eva Duarte luego de haberse transformado en Eva Perón.
Eva Perón se convirtió en primera dama a los 27 años. Además de encarnar un símbolo social y político, Evita luchaba contra el sector que tanto había despreciado a su madre durante toda su vida. Pero también adaptó su estilo de vida. Eva Perón tenía su propio maniquí en la Maison Dior para que le cosieran vestidos a medida. Era dueña de un collar birmano de rubíes y diamantes que en el 2003 se subastó por US$ 450.000 y del broche de zafiros y diamantes que fue comprado por un millón de dólares en 1998. Eva Perón quedaba un poco lejos de la María Eva Duarte que se mudó con su familia de Los Toldos a Junín sin decirle nada a nadie porque debían dinero en el pueblo.

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Pluma que vuela que en mi país tenga gente buena. Gotas de color que en mi país haya amor. Pimienta a medida para que mi país tenga comida. Agua de la fuente para que mi país tenga gente decente. Dientes de ajo que en mi país haya trabajo. Se lee en las paredes de la boletería de la Estación María Eva Duarte, en un mural que hicieron alumnos matanceros. Las pinturas datan de los ‘90 y están en buen estado. No hay rayas, rayones ni miembros íntimos masculinos. Alrededor hay escombros y basura, y más escombros y más basura. Papeles de golosinas, colillas de cigarrillos, botellas aplastadas de gaseosa, maderas pequeñas, cañitos, preservativos, y hasta materia en descomposición de dudosa procedencia. Desechos, mugre, suciedad, excremento, porquería entre bocetos de manos que intentan agarrar hogazas de pan.

Florencia Nieto
   

Donde vive la estación De Elía



Faltaban quince minutos para las 14 y estaba sentado en una caseta que vende choripanes y otras delicias gastronómicas muy argentinas a bajos precios. Me tocó el banco que estaba más cerca de la parrilla. Podía ver en todo su esplendor los chorizos cortados en la mitad sobre las brasas que ardían con el fuego y que hacían ese sonido estimulante de la carne quemándose. El aire me traía el humo de frente que hacía más cálida la espera del tren que me llevaría de regreso desde la estación De Elía en el occidente al Buenos Aires de siempre, el que aparece en todas las fotos de los turistas.
No pensé mucho antes de ordenar un “choripán con todo”, que pudo haber sido la peor opción porque me esperaban más de dos horas y media de viaje. Mi estómago colombiano poco acostumbrado a los chorizos podía hacer combustión en la mitad del viaje y Dios sabe lo que podía pasar. Por ahora volvamos a la caseta de la estación De Elía del ferrocarril Roca, en zona oeste, en donde esperaba a que me sirvieran la comida que había pedido.
La parrilla estaba custodiada por un gato blanco que se lamía las patas en el suelo y por las moscas que se posaban encima de los chorizos como si estuvieran inspeccionando su calidad. Me quedé viendo cómo se paraban en la superficie roja y frotaban sus dos patas delanteras. Quien le daba vuelta a los chorizos era un viejo con facciones cansadas y cabello rebelde que se adornaba con una calvicie prominente en la parte de la corona de la cabeza. En él se posaba la misión de alimentarme.
El administrador del lugar era menos viejo. Vestía una camisa a cuadros y un buzo beige al mejor estilo Oxford. Su cabello prolijo y sus mangas dobladas hasta el codo lo hacían el único sujeto que no se ajustaba a esa escena llena de obreros con ropas gastadas y manchadas, que ocupaban todas las butacas que rodeaban la caseta. Almorzaban milanesa con papas fritas, sopa, hamburguesas, choris o locro. En una inspección general, la escasez de dientes se compensaba con el exceso de tatuajes mal hechos.
–¿De dónde sos? –me preguntó el dueño cuando me recibió el dinero del pago y dedujo que mi acento no era de por ahí
–De Colombia.
–¿Y le gusta Argentina?
–Me parece más seguro que mi país –respondí.
A dos puestos de donde yo estaba uno de los hombres en medio de su comida me miró.
–Ni crea, eso espere a que lo roben por acá, ¿qué vino a hacer? –me dijo.
–A conocer, porque me aburrí de ver el obelisco –le dije. Se echó a reír y volvió a sus papas fritas tapadas en mayonesa.

La estación De Elía se encuentra en el límite de los barrios Aldo Bonzi y Tapiales, en la Zona Oeste de Buenos Aires. Está debajo del puente que sostiene la estación Ingeniero Castello. Ese punto es la intersección de las dos líneas del tren, una que va a Haedo y la otra a Marinos del Belgrano. Alrededor de la estación solo se ven terrenos baldíos y algunos barrios marginales: casas construidas con láminas zinc, madera, cartón o bolsas de plástico. En la mayoría de ellas se puede ver la ropa colgada en cables y cuerdas amarradas en la entrada que sirven como decoración y también para adivinar quienes viven en cada casa. En una hay un par de jeans anchos, un buzo rosado chico, remeras con estampados y medias, muchas medias en los calados de las rejas que protegen la ventana en una de las cuatro paredes de ladrillo sin empañetar. El techo es un fuerte de latas de aluminio con bloques de ladrillos encima para que el viento, la lluvia o algún ladrón no se las lleve fácilmente.
Encima del refrigerador que estaba en la mitad de la caseta de los choripanes había una escultura chiquita de lo que parecía un santo. Tenía una sotana blanca con una cadenita que le rodeaba la cintura, una pequeña capa roja y en el cuello una especie de alambrado. El encargado de darle la vuelta a los chorizos me dijo que era Gauchito Gil. Me aclaró que en realidad ese estaba pintado de blanco porque el original tiene el vestido rojo. “Por aquí se le pide mucho a Gil”, terminó explicándome.
Ese tal Gil es una figura adorada en el norte de Argentina. Entre las versiones más difundidas se dice que era un trabajador rural que participó en la guerra de la triple alianza (Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay). Antes de ser asesinado le dijo a su verdugo que después de matarlo pidiera por la salud de su hijo enfermo en nombre de Gil. El niño se salvó y el milagro se propagó por toda la región.
Por fin estuvo mi comida. En un plato azul, el dueño me puso una servilleta de papel y encima el pan con un chorizo grande en medio.
–Y por favor deme una coca cola!
Los hombres de la caseta estaban sumergidos en una discusión sobre el Mundial y las posibilidades que tiene Argentina de coronarse campeón. Uno de ellos no estaba tan confiado, pero da igual: con tanta publicidad en televisión  hasta un extranjero empieza a creer que la selección de Argentina se merece la copa, porque, como dice uno de los avisos, “Dios sigue siendo argentino” y “los argentinos somos eso que nos pasa cada cuatro años”.
Sentada a pocos metros en la escalera que subía a la estación Castello estaba una señora con sus dos hijas. Terminé el choripan y me quedó la botella de la Coca Cola medio vacía. Una de las niñas chifló y miré a ver qué le pasaba. Hizo una seña con su mano, como si tomara de un vaso imaginario y yo le mostré la botella de plástico con una seña de interrogación. Ella asintió con la cabeza y me paré para llevarle la botella. Ella me dio un “gracias” mudo y me devolví a la misma banca a esperar el tren de regreso que pasa cada hora.
Le pregunté a una señora a mi lado si el tren iba a tardar mucho. Me confirmó que no demoraría más de quince minutos en llegar. Pasaba cada hora. Aproveché el tiempo para sacar algunas fotos y casi al instante la misma señora me advirtió con cara de “este no sabe dónde está” que tuviera cuidado con el celular. Eso me hizo acordarme de Bogotá. Allí no hay trenes pero sí hay paradas en las que también roban celulares, y zapatos caros. Nadie le habla a quien tiene sentado al lado por miedo a que sea un violador o un ladrón.
El viaje a tierras desconocidas
Tres horas antes de almorzar choripán estaba preparado para viajar, porque sabía que la estación a la que iba quedaba lejos, muy lejos.
Vicente López – Retiro: Eran las 10:55 y estaba corriendo de mi casa a la estación de Vicente López para que no se me fuera el tren que pitaba a lo lejos y que pasa cada quince minutos hasta Retiro. Me subí medio agitado. Muchos leían, no olían a nada y todos bien abrigados y peinados. Con esa indiferencia que causa estar rodeado por desconocidos, se perdían en sus libros y celulares.
Retiro – Constitución: A las 11:50 estaba en uno de los vagones de la línea C del subterráneo que va a la estación donde nace el ferrocarril Roca, que es el que llega hasta la estación De Elía. Percibo, como cada vez que me subo a este subte, un olor como si fuera la mezcla entre aliento a humo de cigarrillo y dientes picados. Una mujer ciega se abría paso con su bastón mientras pedía monedas.
Constitución – Temperley: Sobre las 12:10  iba camino a tomar el tren eléctrico. Ya sentado junto a la ventana empezó el concierto de un hombre ciego con su guitarra cantando algún tango viejo. Justo después de su performance, otro empezó a vender lapiceros Parker con su lema “si usted sabe de Parker no me va a dejar mentir”. Inmediatamente terminado el acto, otro ofrecía caramelos de menta y el último se puso a vender alfajores Nevares a dos por cinco pesos.
Temperley – De Elía: A eso de las 12:50 me perdí buscando el tren que iba a la estación De Elía, la que quería conocer. De pronto vi en uno de los letreros que el mío salía en diez minutos. Ese tren era lleno y lento, muy lento, desesperantemente lento. No me quedó otra que mirar cómo el paisaje cambiaba drásticamente. Pasé de ver edificios a tierra despoblada, me sentía viajando a un pueblo lejano. De tanto en tanto, conjuntos de casas humildes y ni soñar con encontrar una carretera de pavimento.  

El viaje duró dos horas y media. Más o menos 35 kilómetros para conocer un pedazo del Buenos Aires que a pocos turistas les interesa. El Buenos aires de barrios tan pobres como reales, llenos de personas que componen la base de la sociedad, los que trabajan cada día y se la pasan mucho tiempo en esos trenes y en esas casetas. La estación De Elía puede no ser el lugar más vistoso ni el más caro ni el más bonito de Buenos Aires, pero es parte de la “real realidad” que los folletos de las agencias de viajes no incluyen en sus planes.
                                                             
                                                                                                Yamid Zuluaga Quintero

domingo, 22 de junio de 2014

De conejos y de hombres

        

   Me acerco a las boleterías de la estación Constitución y pido un boleto hasta Kilómetro 34.
         –¿Hasta dónde?
         –Kilómetro 34» -repetí.
Detrás de la ventanilla, el empleado le pregunta al compañero a su lado. Este le indica algo que no logro escuchar y me pide que acerque mi tarjeta para descontarme el importe. «PROHIBIDO VIAJAR EN LOS ESTRIBOS!» advierte el boleto que me entrega. Como ‘estribos’ me remite a ‘sensatez’ y no a esa ‘especie de escalón que sirve para subir o bajar de un vehículo’ me río por dentro al imaginar que lo que en realidad se prohíbe es la posibilidad de viajar con cordura.
Detengo la risa cuando subo las escaleras desde las galerías del subterráneo y alcanzo a divisar los techos altísimos de la estación. Primero, porque a esos monstruos arquitectónicos de mil cabezas hay que guardarles respeto. Segundo, porque en esas grandes construcciones de las que entran y salen colectivos, subtes y ferrocarriles no existe la figura del extraviado. Uno no puede perderse en Constitución y, si lo hace, hay que hacer como si no: llevar el paso firme, esquivar a los lentos, mirar a los lados como si se tomaran polaroids mentales del estado de situación.
Le muestro mi boleto a una de las guardias que vigilan los accesos a las plataformas.
–¿Sabés cuál me tengo que tomar para ir hasta Kilómetro 34?
–¿Hasta dónde?
–Kilómetro 34 –repetí.
Le pregunta a otra compañera que abre grandes los ojos y se queda callada. La primera de ellas se acerca a otro guardia.
–¿Hasta dónde vas vos?
–A la estación Kilómetro 34. Creo que está en el ramal Temperley—Haedo.
La referencia, que oculto desde el principio por una confianza ciega en la pericia de los trabajadores de Argentren, es clave:
–Ah, sí. Tomate alguno de esos dos que van hasta Ezeiza. Te bajás en Temperley y hacés trasbordo en el andén número 1.
Luego de casi media hora de viaje llego a Temperley, casi 20 kilómetros en línea recta al sur del Obelisco. Subo una escalera para bajar al otro lado de la estación y le vuelvo a mostrar mi boleto a un guardia.
–No te sirve.
–¿Cómo que no?
–Esto te sirve para ir hasta Kilómetro 34. Tenés que sacar uno a Constitución.
–Pero yo en Constitución saqué para Kilómetro 34.
–¿Vos adónde querés ir?
–A Kilómetro 34.
–Ah, entonces tenés que ir hasta ese andén que está al fondo.
El intercambio es torpe. Soy un turista absoluto de la línea General Roca y no hay polaroid mental que valga.
La tabla horaria del servicio diesel Temperley—Haedo indica que, de lunes a lunes, a las 11.46 sale un tren de Temperley. La formación a la que me subo —tres vagones nada más— tarda veinte minutos en salir pero nadie se impacienta. Después de recorrer el tren un vendedor de café vuelve a la plataforma y empieza a cantar el Aleluya. Luego, vendedores de estampitas, de chicles y de gorros y guantes. Ni dentro ni fuera del tren hace frío pero el stock de este último es un éxito. «Uf, no. Esos ya se me acabaron» le dice a una chica que le pide un gorro coya. Una señora quiere comprar un par de guantes para el marido y le pregunta al vendedor: «¿Cómo se llama cuando te duelen los huesos?» Con mi vagón a medio ocupar, el tren arranca y el movimiento dentro se detiene.
Las estaciones son pequeñas, la señalización es mínima y el tren no espera. Después de Santa Catalina empiezan a aparecer las primeras villas. ¿O son los primeros asentamientos informales? La distinción elaborada por la imaginación académica se me escurre entre los dedos. Se dice que tradicionalmente las villas son pensadas por sus habitantes como estadios intermedios provisorios antes de poder acceder a la metrópoli. Los asentamientos, en cambio, se planifican y son percibidos como permanentes. Kilómetro 34 es la cuarta estación desde Temperley, pero no me bajo. «Voy hasta la terminal y de regreso me bajo» pienso. Suben dos chicos con guardapolvo, se sientan y uno saca un dibujo de líneas y curvas geométricas a medio colorear y un marcador azul. El otro ojea figurita tras figurita de un mazo de cartas coleccionables. Al rato se ponen a comparar sus cuadernos de clase y bajan, unos minutos después, en La Tablada.
Cuando el tren llega a Haedo nadie lo anuncia. En la estación compro un pasaje con destino a Constitución y me subo al mismo tren en el que llegué. Una fila de asientos me separa de una señora bajita, con calzas negras y pulóver blanco con rayas azules, que lleva al hombro una bolsa de un congreso de oftalmología y abraza una mochila que ocupa el asiento de al lado. Le pregunto si sabe cada cuánto sale ese tren y no logro entender su respuesta. Me acerco apoyando el cuerpo en el respaldo de la fila que me separa. «¿Cada cuánto?» Alcanzo a verle sólo dos dientes. «Dos horas». Y ahí Susana empieza a hablar.
Primero, que viene del Mercado Central. Estuvo toda la mañana caminando y ahora se vuelve cargada a su casa. Es ahí cuando me entero de por qué en la parada Agustín D’Elía el movimiento de gente es intenso. «Llenísimo el mercado» dice con cara de disgusto. Escucha «¿qué compró?» y la mirada se le enciende y las palabras se vuelven a atropellar. Con los ojos en dirección oblicua, empieza: «Lechuga y manzana, un montón. Todo para los conejos. Tengo veinte conejos. El otro día me comí un conejo a la parrilla… dos conejos a la parrilla. Ay, qué delicia. A mí no me gusta ver cuando los matan pero qué rico que estaba. Lo mismo con los pollos. Tengo dos gallos. Son riquísimos cuando no son ni muy pollitos ni muy viejos. Hay un tamaño ideal. Lo malo es que algunos pasan por ahí y te roban los gallos. Si me los piden yo les doy pero, ¡no! Ellos van y… (hace un gesto de robar con la mano)». «También compró albahaca, siento el aroma desde acá». «Sí, un poquito nomás. Quiero hacer un pesto. Mmm, con una pasta…»
Susana se va a bajar en Kilómetro 34, pero yo todavía no lo sé. A unas cuadras de la estación anterior, Turner, vive una de sus hijas. La visita con frecuencia, aprovecha que un colectivo de la zona conecta las esquinas de ambas casas. «Tengo seis hijas, ¡ni un varón! ¿Vos sos de Capital? Una de mis hijas conoció a un chico inglés. Se fueron a vivir a Londres, se casaron y ahora no quiere ni pensar en volver. Ya no están juntos. Ella no le fue fiel. Él no le fue fiel. Pero bueno, conoció gente allá». En su relato, fragmentario y acompasado, se cuelan episodios de una vida pasada. Hace dos años que no trabaja, hace dos años que no vive en Buenos Aires. Hace su vida todos los meses con tres mil pesos, una pensión por viudez que le otorga el Estado.
A pesar de todo, nunca se acostumbró a vivir en las afueras. «A mí me gustaría vivir en Buenos Aires, como antes. Acá no me gusta… todo a la intemperie. En Buenos Aires vivía en un caserón cerca del mercado de Abasto, ahí por Lavalle y Agüero, pero me quisieron subir el alquiler a cuatro mil pesos. Ojo, tenía todo, eh. Pero el sueldo ya no me daba». No le gusta el suburbio ni tampoco esa maraña de esperas y cansancios que moverse, de sur a oeste, de oeste a norte, de sur a norte, exige.
–¿Va seguido a Capital?
–No, no tanto. La semana que viene tengo que ir a cobrar la pensión y este fin de semana tengo el cumpleaños de mi nieto. Dos años cumple. Pero el viaje es largo. Los zapatos no te dan. El tren a veces viene y a veces no.

Kilómetro 34 ya no se llama así. Aunque los carteles no lo indiquen, la estación se llama Scalabrini Ortiz y lo que Susana reconoce como su casa no forma parte de una villa ni un asentamiento. «Esto es Barrio Obrero». Como no hay sistema de gas, Susana cuenta que tiene que comprar cada mes una garrafa que a veces no le dura esos treinta días. «En el barrio hay de toda gente. Están los que cuando no tengo para pagar la garrafa me fían. El otro día una de otra casilla pasó y empezó a criticar así que le grité ‘Si sos tan delicada, ¡andate a la ciudad, paraguaya patasucia!’ Jajaja». Sujeta el bolso y agarra la mochila apenas el tren deja atrás Intendente Turner. Como si hubiera aguardado hasta el final para una declaración política, arranca: «A ver si la presidenta se acuerda de la gente pobre también. De este lado de las vías mejoraron todo, está precioso, pero se olvidaron de mi lado». Me sonríe, me dice que tenga “cuidado con los chorros” cuando llegue a Temperley y se despide: «Ahora yo me bajo pero si te sentás en la fila de al lado vas a ver mi casa. Es de madera y material. Vas a ver la madera porque les hice unas jaulas de madera a los animales. Los conejos y los gallos, todos correteando por ahí.
                                                                      Fernando Ojam

Una locomotora es la fucking Gioconda



“Vamos a hacer Yo quiero ver un tren: ustedes saben que es un tema que se sitúa en el futuro, y habla de que estalló una guerra con unas bombas neutrónicas que arrasaron todas las ciudades. Entonces, obviamente, ver un tren es como ir al Louvre, porque no quedó nada (…) La locomotora resistió, quiérase o no, y entonces quizás en el futuro quede así enterrada una locomotora y alguien la quiera ver, tenga la necesidad de verla, como si fuera, prácticamente la estatua de una virgen”, explica Luis Alberto Spinetta antes de cantar. Está en YouTube, hablando a través de la red y del tiempo desde un acústico de MTV en 1997. “Ahora el mundo no tiene ni agua. La mañana me encuentra sospechando en el aire (hiper ultra contaminado) caminando en la nada”. Pide palmas y arenga: “Llévenme a ver un tren, llévenme a ver un tren, oh yeah, llévenme a ver un tren, no los recuerdo, yo quiero ver un tren, yeah”. Después el Flaco loquea cantando sobre una base y termina con esa línea que ahora, en casa, frente a los folletos del museo taller Ferrowhite, me parece tan exacta como los nombres que, me entero, tienen los hombres con los que me pasé la tarde.
      “Pedro Caballero (mecánico del Galpón de Locomotoras de Ingeiero White), Roberto Orzali (marino mercante), Florentino Mazzone (trabajador de YPF) y Pedro Marto (estibador)”, se detalla con precisión al pie de una foto que muestra a estos cuatro hombres, jubilados, sus pelos blancos, sosteniendo enormes herramientas de cartón. Y sonriendo. Identifico rápidamente a los tres que sí conocí: Pedro, Roberto y Florentino.
    A poco de entrar al predio, el último es el primero que nos encontramos. Florentino acaba de despedir a un grupo de participantes de un taller de fotografía que había conseguido un permiso para entrar a hacer tomas en la vieja usina San Martín, desguazada en el 2000 después de proveer de electricidad a la ciudad de Bahía Blanca durante 56 años. Florentino se nos acerca hablando desde antes de alcanzarnos. Lo hace como si nos conociéramos de siempre o, mejor, como si ese hombre nunca dejara de hablar, no supiera cómo pulsar el silencio.
Y no debería reprochársele: lo que se cree, al principio, es el ruido del mar –porque sí, el mar está ahí aunque antes de él haya un alambrado con coronas de púa, y lo prueban los barcos, a lo lejos, con las luces encendiéndose en el atardecer, cuando parece que no hace falta pero hará falta dentro de tan poco que la luz es una posta a media entrega durante unos minutos de indecisión maravillosa– no es otra cosa que el trajín de los elevadores, detrás de la otra usina. La que sí funciona. Y en medio de esa mímica turbia del silencio, entonces, Florentino: una radio encendida que se dirige a unos y a otros, un faro disponible y alegre, alegre, alegre. Así también los demás, una vez dentro, se me aproximarían. Pero ¿cómo preguntar el nombre de alguien sin interrumpir la fe y la belleza cuando la conversación ya está tan avanzada, cuando nos hemos dicho cosas de esas que se confiesan con el atrevimiento de la intimidad intempestiva, cuando nos hemos mirado un poco y hemos reconocido en el otro algo de eso en lo que más tememos convertirnos, algo de eso en lo que más tememos no ir a convertirnos jamás?


                                                   *

Al Ferrowhite se llega, desde Bahía Blanca, por la Ruta Nacional Nº 3, camino al puerto de Ingeniero White. Se toma por el Puente Colón, se cruza el barrio inglés (donde vivían los gerentes del tren, mientras que la alcurnia ferroviaria se quedaba con Villa Harding Green), se dobla en el empedrado, se sigue, se cruza la vía y se sigue, se toma una rotonda. Ahí, la ruta. Y se sigue. Así hasta llegar a cien metros del parque industrial y ver los carteles que dicen “Ingeniero White”, después de lamentar un horizonte mordisqueado por chimeneas con lenguas de fuego y humo sucio que se traduce en un profundísimo olor a mierda que entra por las ventanillas. Los días nublados, las industrias aprovechan a disimular sus desperdicios: tenemos suerte, hoy estuvo despejado. Ya hubo escapes de cloro y de amoníaco, y el viento no pocas veces, milagrosamente, salvó a la Springfield argentina de un desastre, desviando hacia el mar los venenos. Las familias del puerto han observado cómo se desvalorizan sus inmuebles año tras año, entrampados en una zona industrial que colonizó sin más una zona urbana. Los pescadores artesanales del puerto han visto cómo las especies merman año tras año al punto de volver obsoleta su fuente de trabajo por causa de la contaminación. Pero, claro; las plantas, cuya instalación fuera rechazada en Europa, industrias que no producen ninguna mercancía de consumo directo como para justificar la pauta en medios de comunicación de sus productos, son, prácticamente, los únicos auspiciantes que posibilitan la supervivencia económica de diarios, radios, eventos culturales y televisión en la ciudad.
         Prácticamente todo el discurso de la región está financiado por las industrias del polo: carreras, pistas de salud, recitales, muestras, canales, revistas, obras de teatro. Hay una red antigua de relaciones institucionales (que incluye a la Municipalidad, a la Universidad Nacional del Sur y a la Universidad Tecnológica Nacional) que asegura un estado de resignación desinformado y un nivel de queja controlado, atomizado, incapaz de organizarse de modo suficiente, y dispersado por la intromisión milimétrica y precisa de la pauta industrial en la vida doméstica de los bahienses. Uno de los periodistas más conocidos de radio de la ciudad, mientras yo cubría mi primera nota y preguntaba por qué motivo el polo había financiado un mural en una de las paredes de la Tecnológica, me advirtió: “Si querés trabajar acá, eso que ves salir no es humo, nena: es vapor de agua”.
     Entonces, decía, para llegar al Ferrowhite, que está en la órbita del Instituto Cultural de la Municipalidad y en noviembre cumplirá diez años abierto, hay que pasar en medio de esa lengua de brea estirada entre baldíos y barrios obreros con la contaminación de fondo, atravesar un aire que se pegotea a la ropa, al pelo, a los pulmones. En el caso de un visitante, la respuesta será una ducha. En el caso de un vecino, probablemente, un cáncer: una de las causas de muerte más comunes en la zona, algo que nadie quiere publicar. Y esa pasarela no puede ser obviada porque denuncia, de algún modo, la misma desidia que denuncia el Ferrowhite.
        Después se toma el boulevard y se pasa frente a unas tres cuadras de cabarets de puerto. Se lee en carteles colgantes que llevan muchos años sin recambio: La sirena, El delfín, Champán, El nuevo tiburón, New Las Vegas, Burlesque. También hay prostitución, pero nadie quiere hablar de eso. En 2011 me tocó cubrir un “accidente” en una esquina que parece una casa, pero está en la misma cuadra de todos los cabarets. Una chica paraguaya se había caído por la ventana de un primer piso, en medio de la noche. Su nombre no circuló, no figuraba en el parte, no lo dijo nadie. “Se le cayó el celular y se le fue el cuerpo para adelante cuando lo quiso atajar”, me dijo el comisario, en su despacho. Lo miré fijo: “¿De qué trabaja la chica? ¿Por qué no quiere dar notas?” “Fue un accidente”, insistió. Los vecinos, sin embargo, corrían la versión de que intentaba escapar.
     Me pregunto cuántas casas así hay en Ingeniero White. Me pregunto qué habrá sido de esa chica. Cuántas chicas más así hay ahí. Me pregunto cómo una ciudad como Bahía Blanca podría producir alguna vez un periodismo que se pregunte por cosas como el negocio de la contaminación o la trata de personas: me lo pregunto después de haber trabajado en tres medios gráficos que no pudieron resistir en una ciudad en la que cuando se dice la palabra “diario” se usa el singular sin peligro de confusión.
      Doblando justo frente a la esquina en cuestión, y pasando al lado del Museo del Puerto (toda otra aventura que merece igual atención pero aquí nos excederíamos) se toma La niña. “Puente en condiciones precarias”, advierte un cartel, pero no parece haber más remedio que asumir el riesgo, puesto que otro puente no hay. Al fondo ya se recorta la vieja usina, su torre, y al lado otra chimenea roja y blanca que dispara humo.
        Lo que se ve desde arriba cuando se cruza el puente es tanto que es confuso, difícil de poner en palabras (el folleto del Ferrowhite, de hecho, viene con un plano en el que detalla qué corno hay ahí entre tanta cosa que hay, qué era antes y qué es ahora, qué está desguazado y qué sigue en pie, qué funciona, qué no). El punto más alto del puente queda sobre la playa ferroviaria: hay varios tendidos de rieles paralelos, y vagones de carga, grises y oblongos, enganchados. Como si un gigante estuviese jugando en otro lado y hubiese olvidado sus chiches por acá. Parecen esperar un turno viejísimo, pero están en actividad: eso se advierte cuando se ve, al lado y por contraste, una enorme zona de piezas abandonadas, lo que el desguace regurgitó y nadie sabe dónde meter. Gigantes pedazos de tren oxidados, con ese color feroz que se bambolea entre el rojo y el marrón tan característico de lo que nunca más será de provecho y ha recibido, exactamente, ese trato. Ese abandono no es trágico por sí mismo o por lo menos una no puede darse el lujo de leerlo así cuando se encuentra, después, con las historias de las personas que vieron a esos bichos completos y en funciones.
Cuando uno llega al Ferrowhite llega también a una de las poquísimas zonas en todo el puerto que ofrecen una vista (modesta, apenitas, ganada a fuerza de resistencia, porque querían rellenarla) al mar. Antes, ahí, estaba la rambla de Arrieta: hubo, aunque parezca imposible ahora, un balneario. Las industrias fueron copando toda la costa y lo que ahora se ve de mar desde la Casa del espía –un café que es parte del predio, construido en el mismo estilo que la usina, con los mismos materiales y diseño, donde se han filmado películas y publicidades– ya no es apto para recibir bañistas.

                                                 *

      Entro y está sonando el bolero de Ravel: el lugar que ocupa el Ferrowhite antes fue el taller de mantenimiento de los trenes, y los techos de ese galpón enorme son altos, altísimos. Entonces, la música llega como en una iglesia, reverberando en esa zona vacía que hay entre la altura de los que andamos y las cosas y el límite efectivo con lo que ahora ya empieza a ser la noche, afuera. El museo conserva en el piso las marcas del taller de mantenimiento, un almacén, y está cruzado al medio por las vías. Se pueden ver las dos víboras de hierro saliendo por debajo de sus paredes, raíces expuestas cruzando la playa de pasto y llegando hasta la usina, esa construcción desorbitada que fuera declarada Monumento Histórico y Patrimonio Arquitectónico Nacional. Florentino me explicará que eso es porque había que cargar cosas pesadísimas de un lugar al otro, que no había otro modo de llevar si no era con el tren. “San Atilio, salvad al castillo”, se lee en la pared, y en una silueta grande de una escafandra sobre la inscripción. Atilio era un trabajador de la usina: y es que en el Ferrowhite un trabajador es un héroe y un artista. Un hacedor que produce mundos (o posibilidades de mundo): “Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva de futuro”.
       El Ferrowhite guarda más de 5000 piezas del ferrocarril y el puerto “escamoteadas por un grupo de ferroviarios durante las privatizaciones de la década del noventa”. Pero cómo se hizo el museo es algo que se comprende, recién, cuando uno se pone en diálogo con las personas que deambulan allí. O bailan, pero lo hacen de modo imperceptible. Sí, creo que más ajustado es decir que esas personas están bailando, en ronda, alrededor de algo que consigue sus bordes solo con ellos ahí. Podríamos preguntarnos si el museo será el mismo sin estos hombres dentro, voces y cuerpos como entre fantasmas tangibles: bielas, cajas, bancos, morsas, ruedas, tornos, mesas de trabajo, motores, frenos. Y todo enorme, grandísimo. Partes de cosas que son cosas, también, por sí solas, pero que remiten a lo que fueron (hay fotografías que muestran a las partes de las cosas, ahora cosas, en sistema con otras partes de cosas para conformar a las cosas y hacerlas funcionar). Perec podría haber escrito este lugar mucho mejor que cualquiera.
     El primer sistema de objetos ante el que me detengo es una mesa de trabajo con una caja de metal vieja en el centro de una reunión de tuercas, pinzas y tenazas. Un hombre de unos setenta y largos, quizás ochenta, con una remera corta sobre una de manga larga, se me acerca, encapuchado con un gorro de lana celeste con vivos rojos. Es tremendamente vital y habla, como Florentino, sin parar. La temperatura de sus ojos se beneficia con el marco del gorro: son dos ojos en los que podrían navegar barquitos de papel hasta triturarse e irse al fondo del fondo. “Este era mío. Yo lo traje”, me dice. Giro y ya lo tengo encima, señalándolo todo como si con eso lo hiciera existir solamente para mí. “Cuando se dieselizó el ferrocarril, en el año 59, mandaron 100 cajones de Buenos Aires para los mecánicos, esto es para la parte mecánica, después los eléctricos más chicos, así que este cajón tiene 55 años. Tuvo varios herederos, y cuántas pinturas, cuántos cosos, pero ¡mire qué cajón!, ¡55 años, che!”, y golpea cuatro veces con la mano, la chapa recibe el golpe y responde con un sonido de lata que se encuentra con Ravel en el aire, “sobrevivió y me lo traje para acá”.
     “La máquina de vapor era un laburo pesado, quedabas todo descangallado en la cintura, eran todos laburos pesados, ¡mirá qué herramientas! Era todo laburo bruto”, dice, y me hace seguirlo hacia otro lado. Ni se me ocurre negarme. “Estas son las originales, acá metías el caño y hacías fuerza, de a cuatro, hernias de disco, las piernas, no había montacargas, hacías fuerza, todo a base de fuerza humana, por eso a los cuarenta y pico ya te sacaban del trabajo de la máquina. Ya con la diesel se humanizó más. Te quemabas con los caños de bronce, viste, era laburo, pero ¡teníamos ferrocarril! Ahora no tenemos nada. Y tenía un laburo solo la gente. Yo a la tarde salía del laburo y me iba para el club, a Comercial, a la comisión de fiestas. Ahora salen del trabajo y van a buscar otro trabajo y van a la noche a buscar otro trabajo, por eso está el stress, están los psicólogos y están todas las crías de la vida moderna. Antes no había psicólogos La vez pasada vino una convención de psicólogos, acá. ¡A mí qué psicóloga ni psicólogo! En tiempo mío mi vieja me daba un zapatillazo y se terminaba. Vos venías a las seis de la tarde, te tomabas unos mates y te ibas a hacer la quinta, o las gallinas, y después a jugar al boliche a las cartas. A la noche a comer, a escuchar la radio, los Pérez García, y a las diez y media a dormir. Ahora es imposible, yo antes a las diez terminaba de comer, ponía el velador, me leía el diario, apagaba la luz y diez y media estaba durmiendo. Toda la gente se iba a dormir”, continúa. Y recién entonces puedo preguntarle cómo entró a trabajar y me dice que de peón. “Sobreviví a todos los gobiernos: militares, políticos, civil, peronistas y radicales, toda la cría, y todavía estoy acá, contemplando el panorama, en el museo, ahora pertenezco al museo, ahora estamos acá, observo y miro y me callo la boca”.
     “Era otro mundo, viejo. Es la evolución de la humanidad, lo nuestro fue otro mundo. Nosotros antes llamábamos por teléfono y estaba la telefonista, ahora apretás un coso y hablás a Alemania, en tiempo nuestro para llamar a Buenos Aires había que esperar tres días, te agarraba un coso en el corazón y ¡adiós Pampa mía! Ahora es otro mundo”, insiste Pedro. “Había como diez tornos acá, este era el taller de la usina”, explica mientras avanza. “Estaba el tornero, el sopletero, el plomero, el soldador, había como treinta oficios con la máquina de vapor”. Pedro entró en el 2006 y trajo todas sus herramientas: todo el museo está hecho con aportes de hombres como él y, de hecho, en la folletería se deja un teléfono al que se puede comunicar quien haya trabajado en el ferrocarril, la usina o el puerto o tiene familiares que lo hicieron.
     Como es tarde, Florentino entra y se nos reúne. Quedamos pocos en el museo y temo estar reteniéndolos, porque es la hora de cierre. Sin embargo siguen hablando, como locomotoras increíbles hacia delante. Se nos suma Roberto, que fue marino, y narra cómo un morocho enamoraba a todas las tripulantes enseñándoles a usar el timón, cómo conoció el mundo trabajando en alta mar. Quedamos reunidos frente a una balsa enorme hecha con botellas de plástico que Roberto tripuló en su viaje de bautismo. La prefectura, al verlos pasar, les prohibió seguir navegando en ese portento. “La balsa flota, eh, se fueron de Galván a White… Después se armó lío con la prefectura, lo vio el prefecto, lo vio… Porque no podés navegar con esto. Bueno, pero nos dimos el gusto de andar. Se llama El arca obrera, mirá, viene con un instructivo”, dice Pedro.
       Es una denuncia a la contaminación, una maniobra irónica descollante, una protesta: no se puede leer de otro modo. “Agarrás, vos, después fabricás una y te mandás a mudar. Tiene todo su significado eso. ¡Estuvo en el Centro Recoleta esta balsa, eh!”
      “¿Te imaginás al Prefecto tomando un matecito, cuando nos ve pasar? ¡Ah, andá que hay unos locos ahí, sin permiso. Se armó la podrida”, interviene Roberto. “Estamos todos medio rayados en este museo”, me dice. Y Pedro agrega: “Lo más cómico pasó a los días: entran dos señoras al museo y yo les conté y les dije nah, es que había un prefecto mal arriado, y me dice la señora: Tiene razón, es mi marido, es un mal arriado”. Se ríen como chicos y cuando se ríen se convierten en seres hermosísimos. ¿Cuántas veces se escucharon las historias entre sí? Y se escuchan entre ellos como si todo acabara de sucederles.
    El museo ya está cerrado. A lo lejos titilan, azules, no los astros –difícil ver las estrellas desde White con el empañado humeante– sino las luces de los barcos. “La pasamos bien. Yo me jubilé: vengo acá y revivo”, dice Pedro, mientras nos despedimos.
     El Ferrowhite, pienso mientras cruzo de vuelta el puente, es como la Mona Lisa. Tiene ese gesto que uno está tentado a creer que es una sonrisa pero en realidad es algo mucho más complejo, mucho menos alegre y mucho más inasible.
      Y mucho, pero mucho más valiente.
                                                               

                                                   Valeria Tentoni

Camino a Castello



La estación Ingeniero Manuel F. Castello es una de las que conforman la Línea Belgrano Sur que conecta a la Capital Federal con el oeste y el suroeste del Conurbano Bonaerense. Una parada intermedia, un lugar de tránsito, un espacio esencialmente utilizado por quienes frecuentan el Mercado Central.

“Pero ¿quién te mandó a ese lugar?”, “¿A qué vas a ir allá si eso es feo?”, “Tené cuidado que te pueden afanar el celular.”, “Decile a alguien que te acompañe porque hay mucho guacho por la zona.”, “Andá de día.” Interrogantes y recomendaciones fue lo primero que recibí de algunos argentinos que conozco al preguntarles si sabían cómo llegar a la estación Buenos Aires de la Línea Belgrano Sur, esa que me llevaría hasta la estación Ingeniero Castello para buscar una historia en un ferrocarril del que nunca había oído hablar, y del que pocos minutos después de conocerlo pensé: “definitivamente, este no es un tren del que se le hable a los turistas.” En todo caso, lo segundo que me dijeron casi todos fue: “No, ni idea de dónde sale, buscá en Google y ya está”. Si ni siquiera habían ido al lugar ¿cómo podían presumir lo que me podía pasar?
Atendí a la recomendación de buscar en Internet y luego de tener algunas referencias claras emprendí el viaje que me llevaría a Castello. Era un sábado frío con vientos de otoño, las baldosas sueltas de las aceras de la capital (que tiran chorros de agua al pisarlas) me indicaron que había llovido la noche anterior y las nubes espesas que cubrían el cielo no dejaban salir el sol: el escenario perfecto para ir a ese lugar del que me habían dado tan “buenas” referencias.
Tomé un colectivo que me llevó hasta la avenida Vélez Sarsfield al 700, bajé en uno de los paraderos y comencé a caminar hasta encontrarme con la calle Olavarría, pues el dato más exacto que llevaba en ese momento era la dirección: Olavarría 3120. Poco después de estar caminando por un sector que parecía deshabitado, en donde pasaban pocos carros, una que otra persona y muchos perros callejeros, divisé a lo lejos un techo de color gris oscuro; enfocando la mirada pude ver las letras “LBS” (Línea Belgrano Sur). Todavía hacía frío, las nubes espesas continuaban tapando el sol y el olor a tubería podrida se mezclaba con la humedad, una combinación poco agradable para los cinco sentidos. Por suerte, ya estaba cerca del ferrocarril que me llevaría hasta Ingeniero Castello, mi destino “peligroso” de ese día.
Habría sido más fácil encontrar la estación Buenos Aires de la Línea Belgrano Sur (donde comenzaría mi recorrido en tren), de haber sabido que está junto a la terminal del colectivo 59; o por lo menos si algunos de los que me hicieron tantas advertencias (en especial los amantes del fútbol), hubieran tenido en cuenta que se encuentra frente al estadio del Club Atlético Huracán.
Dos perros flacos custodiaban la entrada, probablemente esperando por algún bocado de comida, pero ese día comerían poco. No había filas, quioscos abiertos, ni vendedores ambulantes; era un sábado tranquilo, sin mucho movimiento en una estación que conecta a la Capital Federal con las zonas oeste y suroeste del Conurbano Bonaerense. Precisamente, fue en ese momento cuando pensé que ese no era un tren del que se les hablara a los turistas.
Observé el tablero que muestra la hora de salida, me di cuenta de que tenía poco tiempo para comprar el tiquete y subirme a alguno de los coches. Le indiqué a la máquina que expide los boletos mi destino y tomé deprisa el papelito que salió, caminé con rapidez hacia el único tren que estaba estacionado en los andenes, aunque no tenía la seguridad de que fuera el que estaba buscando. Antes de subir pregunté a dos personas si ese me llevaba a la estación Ingeniero Castello, pero al parecer no sabían de qué les hablaba. El sonido de algo que parecía ser una campana hacía que las pocas personas que estaban más lejos de los vagones corrieran hacia ellos y no tuve más oportunidades de preguntar. Sentí un impulso de subir al coche que tenía más cercano, estaba sucio, no había nadie sentado allí, entonces decidí cambiarme de lugar. Caminé un poco hasta encontrarme con un trabajador del tren quien me confirmó que pronto pasaríamos por Castello.
El tren inició su marcha y mientras tanto yo recorría con la mirada las partes superiores del vagón buscando algún mapa que me indicara las estaciones; pasamos varias pero yo seguía sin saber en dónde estaba. Al parecer, uno de mis vecinos de viaje notó que no era una pasajera frecuente y comenzó a indicarme el nombre de cada una. Entre estación y estación, le conté cómo es Colombia y él me contó que venía de trabajar, que todos los días usa el tren, que no suelen haber muchos turistas por el lugar, entonces salió la pregunta: “¿qué estás haciendo por acá?”. Luego de contarle el propósito de mi visita continuó orientándome hasta que en Tapiales me dijo: “la próxima es Castello”. Le di las gracias y no volvimos a hablar.
Parada intermedia
Cuando busqué en Internet cómo es la estación Ingeniero Castello encontré un mapa de la Línea Belgrano Sur que indica que ésta se conecta con otras líneas ferroviarias. Eso me animó porque generalmente las estaciones de conexión que conozco son grandes y llenas de elementos interesantes. De inmediato imaginé: “Voy a buscar a alguien que cante o que toque algún instrumento, tal vez le pregunte a algún quiosquero cuánto tiempo ha pasado viendo ir y venir los trenes, o en el mejor de los casos sucede algo inusual y ahí tengo mi historia”. Sin embargo, todos esos pensamientos se me vinieron al piso cuando bajé del tren y vi letreros desgastados por el paso del tiempo, sillas vacías, pocos transeúntes, un hombre sentado con los ojos cerrados en una esquina de uno de los dos paraderos con techo que conforman la estación y luego de que partiera el tren: soledad.
¿Dónde estaban los músicos, los quiosqueros, los vendedores ambulantes o por lo menos los ladrones? No había ni siquiera perros callejeros. Observé por unos minutos cada rincón de esa estación pequeña y solitaria. El ruido de los carros que pasaban a gran velocidad por la autopista Ricchieri se mezclaba con el silencio que provenía de un terreno solitario y extenso al otro lado de la estación; hacia el frente solo veía tres edificios altos, blancos, con ventanas pequeñitas que me daban la sensación de estar encerrada en ese lugar; el cielo todavía estaba gris y pasaba un viento muy frío, ya que la estación Ingeniero Castello está a alto nivel, sobre las estaciones Agustín de Elía (Ferrocarril General Roca) y Kilómetro 12 (ramal Puente Alsina, LBS), en la localidad de Tapiales.
Para no congelarme comencé a caminar hasta que llegué a la boletería. Cuatro personas hacían fila para comprar el tiquete que les pasaba una mano que salía por un pequeño orificio de la ventanilla. El vidrio estaba tapado con un papel amarillento que impedía ver al boletero y un hombre con aspecto de guardia que estaba cerca del lugar comenzó a mirarme con curiosidad. Me sentí intimidada, entonces retrocedí y me senté en una de las sillas para dar la impresión de que esperaba el tren.
Me animé a hablarle a un hombre mayor que estaba sentado a mi lado. Su nombre es Salvador Cruz y nació en la provincia de Salta. Él me contó que en los noventa llegó a Buenos Aires y que desde ese momento, casi todos los días frecuenta la estación Ingeniero Castello porque queda a quince minutos de su trabajo como repositor de tomates en el Mercado Central. También me dijo que ha visto varios cambios en la estación, que ahora está más bonita, que no sabe el por qué del nombre del lugar; pero en ningún momento me habló de inseguridad. Llegó el tren y Salvador se despidió al ver que me había quedado sentada, saqué mi cámara e hice clic. Cuando la máquina arrancó se me acercó el hombre con aspecto de guardia, quien seguramente ya se había dado cuenta de que yo no era una pasajera usual.
-¿Tiene algún permiso para sacar fotos?, me preguntó.
-No sabía que hay que tenerlo, contesté.
-¿Para qué las está sacando?
-Para ponerlas en una crónica que estoy escribiendo, es un trabajo de la universidad.
En ese momento, el hombre dejó de lado su cara seria al descubrir que lo que yo necesitaba era ayuda y no regaños. “Es que a los de arriba no les gusta que tomen fotos de las estaciones ni de los trenes”, me dijo en voz baja mientras caminábamos hacia la boletería.
-Aquí Roque te da la información que necesites  -me indicó señalándome al hombre.
Roque Iturralde es el boletero de las tardes en la estación Ingeniero Castello, a él le pertenece la mano que minutos antes yo había visto entregarle boletos a los pasajeros. Casi no hablaba y se veía que estaba incómodo con mi visita. Sin embargo, me hizo pasar al interior de la boletería. Percibí el olor a mate y observé restos de bizcochitos de grasa sobre una mesa grande de madera. “A veces nos juntamos aquí para comer algo con los compañeros de trabajo”, me comentó como queriendo explicar la presencia de estos elementos.
Nuestra conversación fue pausada y ocasionalmente interrumpida por los pasajeros que buscaban su boleto, o por el aviso titilante de la máquina que los expide pidiendo cambio de papel. Roque me aclaró que me recibió en su lugar de trabajo porque era un día calmado, pero que en semana hubiera sido imposible ya que hay muchas personas que transitan por la estación, “tantas que yo digo que es necesaria otra boletería”, anotó.
              Para Iturralde, “esta es una estación de servicio, especialmente para quienes van al Mercado Central, es una parada intermedia en donde el tren se detiene poco tiempo y un lugar en donde la gente circula constantemente.” Para mí es un espacio sin cafeterías, restaurantes, ni quioscos, una zona de tránsito para personas que bajan del tren con bolsas vacías y vuelven a él cargados de cosas; un sitio que no me recomendaron visitar, que a primera vista me pareció desolado, pero que con el paso de las horas me mostró su utilidad. Puede parecer extraño, pero cuando salí de la boletería el cielo estaba despejado y en los andenes varias personas esperaban su medio de transporte; el sonido de un silbato me indicó que era tiempo de volver a casa.
                                                                                          Susana Avendaño Lopera 

Paciencia y tranquilidad a toda máquina



La línea Belgrano Sur va de Buenos Aires a La Matanza y a Merlo. En el medio, sus paradas cuentan historias propias con personajes y edificios característicos: algunos modernos y populares; otros antiguos y demasiado serenos. El caso de M. del Fournier es uno de los últimos y esta crónica así lo muestra.
Por Florencia Suárez

         Es jueves y el clima está raro: hace frío y calor al mismo tiempo. Tal vez es eso lo que lleva a los pasajeros de la Estación Buenos Aires, ubicada en el límite entre Parque Patricios y Barracas, a caminar despacio por el hall central. Tampoco hay mucho que ver: un buffet que promociona, en una cartulina amarilla, las hamburguesas a 15, 20 o 25 pesos; un kiosco pequeño; y un puesto de revistas.
         La pereza alcanza, también, al único perro que está allí: despeinado y esbelto, mira de reojo a los pasajeros que caminan hacia la puerta de salida del edificio pintoresco, recientemente pintado de blanco y verde, para esperar el colectivo 59.
         Un hombre de 60 años, vestido con un delantal, pelado y con nariz aguileña, bosteza y camina unos pasos antes de retornar al buffet. En la barra, detrás de fuentes con empanadas, sándwiches de miga, pebetes y chorizos, hay un muchacho morocho, con anteojos a la altura de la nariz: se toma su tiempo para terminar de comer. No hay apuro. Igual a los que llegan y los que se van. No hay apuro para nada.
***
         Los trenes de la Línea Belgrano Sur parten de la Estación Buenos Aires y tienen dos destinos finales: González Catán (La Matanza) y Marinos del Crucero General Belgrano (Merlo). Antes de llegar, el primero pasa por 12 estaciones mientras que el segundo, con el recorrido más largo, alcanza a las 15 paradas.
         La línea se inauguró con el siglo XX al formar parte de la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires. A pesar de su edad, nunca consiguió la popularidad de las otras empresas. Esto puede verse hoy en el hecho de que la Buenos Aires es la única estación de la Ciudad a la cual no se puede llegar mediante subte.
         La frecuencia de los servicios varía entre 15 y 50 minutos, según la pantalla que se encuentra enfrente de la entrada principal, que indica no sólo las estaciones sino también si el siguiente tren llevará o no pasajeros.
***
—Ya es hora.
         El hombre con los anteojos en la nariz se levanta perezosamente y saca de su bolsillo un boleto que muestra al guarda, quien, con una sonrisa, le da los buenos días.
         Los andenes están renovados: se parecen a los de Nagoya, en Japón, por su extrema limpieza, asientos en el medio y techos para proteger a los tres pasajeros que esperan.
—Hola, buen día—dice un guarda regordete.
—Buen día—responde de manera cortada una chica rubia, con uniforme azul, que rápidamente se sube al tren que se dirige a González Catán.
         La joven camina rápido hasta el primer vagón. De acuerdo tácito, otros trabajadores de la línea (todos con el mismo uniforme) se sientan alrededor de ella, ignorándose mutuamente.
         La tranquilidad entre los viajeros persiste. En el pasillo, dos palomas se asoman indecisas mientras los asientos continúan llenándose. Finalmente, huyen tras el arribo de la última pasajera: baja, sin dientes y con pelo apelmazado. Usa un tapado negro y una frazada floreada sobre sus hombros. Unas manos ennegrecidas reparten papeles que resultan ser pedazos de un diario.
—¡Eesa!—. El trabajador ferroviario está sentado con un compañero; es canoso y mantiene el ceño fruncido todo el tiempo pero lo relaja al ver a la mujer bailando al ritmo de una música inexistente.
—Voluntá. Voluntá—repite la señora mientras estira la mano. Cuando le intentan devolver el recorte de diario, ella los ignora; cuando otros le dan unas monedas, las agarra y los ignora. Un chico le regala dos paquetes de galletitas. Ella los acepta, desconcertada.
***
—Superpanchos. Bebidas.
         Los vendedores ambulantes no son novedad en los trenes. De hecho, es normal hallarse con diez o más de ellos a lo largo de un recorrido entre estaciones terminales.
         El trayecto entre Buenos Aires y Marinos del Fournier se realiza en  28 minutos, tiempo en el que se ofrecen desde panchos a música, pasando por pebetes “fresquitos” de jamón y queso, alfajores y empanadas.
         Los pasajeros no compran: prefieren dormir. Los que no descansan, escuchan música o se quejan por el sol; tiran basura al piso o por la ventana (aún cuando se ven trabajadores juntando los residuos cerca de las vías del tren).
         Una pareja se acomoda: ella tiene pelo lacio y engrasado, él utiliza una gorra que tapa su rostro. Charlan en susurros mientras que, con total naturalidad, se desprenden de los objetos que no les sirven: primero un papel, luego el envoltorio de un chupetín. A conciencia o no, ayudan a formar las más de 6300 toneladas de residuos que se producen a diario en la Ciudad de Buenos Aires.
***
         La Estación M. del Fournier (como se anuncia en las pantallas, mapas y el boleto) es otro mundo: con una edificación evidentemente vieja, se encuentra muy bien cuidada. No hay ni un solo papel en el piso, ni siquiera pasajes usados. Como sucede en casi toda la provincia, es muy fácil no pagar: no hay controles ni siquiera rejas que restrinjan el paso.
PIIP
         La espera es silenciosa salvo por un sonido inquietante que suena cada seis segundos: es la máquina rota para sacar boletos a través de la tarjeta SUBE.
PIIP
         Un hombre canoso con un conjunto deportivo azul y zapatos de vestir lustrados prende un cigarrillo y se para cerca de las vías. Observa y encoje los hombros.
PIIP
—Doce minutos de atraso—anuncia un hombre obeso con pelo corto y barba. En sus manos aprieta con fuerza un pack de revistas atadas y dos bolsas.
—¿Doce minutos?—. Una mujer se levanta. Está teñida de pelirrojo y tiene rulos. Ambos llevan buzos polares iguales, pero de distinto color. Parece ser su madre.
PIIP
         Cuando el tren llega, hay confusión: por la estación del Partido de La Matanza pasan los servicios dirigidos a González Catán y a Marinos del Crucero General Belgrano y, si bien una voz femenina anuncia el destino, no se entiende nada.
—¡Flaco! ¡Flaco! No va.
—¿No? Ya estaba arriba yo. Estaba buscando asiento y todo. ¿Dijo que iba a Belgrano? —. Un muchacho corpulento camina arrastrando los pies hasta dejarse caer en uno de los cinco grandes asientos de construcción que se encuentran bajo el techo de los andenes.
PIIP
***
         “Rapipago: Muy pronto lo que esperabas en Fournier” anuncia un cartel pegado en la empolvada vidriera de un bar. Los negocios alrededor de la Estación están cerrados. Los que no están en venta o alquiler, tienen los vidrios sucios. Su mercadería parece de otra época: una zapatería, aún con adornos navideños, ofrece calzado femenino de moda hace medio siglo; una supuesta perfumería muestra unas cajas de madera despintadas; una casa de electrodomésticos expone cajas desteñidas por el sol.
         Las calles del barrio están limpias: una mujer baja, con jogging fucsia y una escoba maltratada junta las últimas hojas de los árboles y las pone en una bolsa de alimento para perro adaptada para la ocasión. Cada 10 o 20 metros hay cestos de basura, todos llenos pero ninguno desbordado: botellas de vidrio, papeles de todo tipo y pañales viejos son los principales protagonistas.
         El club para jubilados ferroviarios, “Los amigos de Fournier”, está próximo a la Estación. Adentro, un perro salchicha muy simpático parece ser el único habitante. Él y un improvisado altar con rosarios en forma de collares y pulseras. Porque Fournier es amante de esas dos cosas: de los perros callejeros (los pocos que se ven están muy bien cuidados y tienen disponibles baldes con agua) y las figuras religiosas (hay ofrendas a la Virgen María, a Jesús e inclusive a los Santos; todos reunidos en un pequeño monumento ubicado a una cuadra de las vías).
         Sólo la eventual camioneta con marcha o reggaetón rompe el casi ininterrumpido silencio. Unos pocos habitantes esperan colectivos o caminan despacio hacia la Estación. El resto del barrio parece estar dormido, estancado en el tiempo. Tranquilo y sin apuro.
***
         Un par de personas aguardan el tren para volver a Capital Federal y el kiosquero lo sabe. Adentro de un cuartito repleto de mercadería habla por teléfono con total despreocupación.
—Sí. Entiendo. Sí. Sí.
         Parece ser una costumbre en Fournier puesto que la propia boletera tampoco se molesta en terminar su conversación. Así demuestra la veracidad del cartel pegado en la ventanilla anunciando “problemas en el sistema” que llevarían a demoras a la hora de vender los pasajes.
—Sí, sí… Un dentista para el nene... Tiene que cubrirlo... Pero no. Soy de Catán…
         La gente espera. Aún cuando suena el silbato que anuncia el descenso de la barrera o cuando es su tren el que se acerca: nunca se inmuta. Algunos están de paso, pero la mayoría, por su familiaridad entre sí, parece ser de ahí. Usan la Estación casi a diario aunque ninguno sabe por qué se llama así. “Ni idea” y “si te digo te miento” son sus respuestas.
         Lo curioso es que la palabra francesa fournier significa panadero, aquel que trabaja de noche y duerme de día, actitud que parecen tomar sus habitantes. Históricamente, refiere al rastreador Fournier que realizó un viaje de rutina en 1949 hacia Ushuaia pero nunca retornó. Tras una intensa búsqueda aérea y marítima, hallaron los cuerpos de los marinos, conmoviendo a los bonaerenses que decidieron homenajear a los desaparecidos a través de sellos postales, monumentos y estaciones de ferrocarril, como la de Belgrano Sur.
         El dato permanece desconocido para los pasajeros que día a día utilizan el transporte. De hecho, ningún cartel o monumento puede encontrarse en los alrededores. Pero no parece importarles.

         El silbato vuelve a sonar, anunciando la partida del tren. Los dos o tres pasajeros se acomodan y dejan atrás Fournier. Atrás ese barrio estancado en el tiempo. Atrás esas personas que, con excesiva calma, esperan el próximo servicio. Atrás a esa familiaridad con la que se saludan. Atrás a esa inexistente duda sobre por qué Fournier es Fournier.